nadando en el lago chenango

 
de charles tomlinson
 
 
 
El invierno prescindirá del nadador ya pronto.
Éste interpreta las fluctuaciones otoñales del agua
de abundantes maneras: tiene sacudidas,
está agitada ya a pesar de su firmeza
donde han caído las primeras hojas
con el primer temblor del aire matutino,
anticipándose así a él, extendiendo sus huellas
hacia afuera en superpuestos círculos excéntricos.
Hay una geometría del agua que esparce
inesperadamente la superabundancia de las nubes
y las deja flotando en una atmósfera inferior
llena de ángulos y alargamientos: los árboles
pareen cipreses cuando allí se estiran,
y los matorrales que dan muestras del otoño,
rayos de fuego. Es una geometría y no
una fantasía musical de figuras deformantes,
pero cada fluida variación adecuada al tema
del cual se aleja, suena antes:
es una consistencia, la fibra del caudal palpitante.
Pero el nadador ya ha mirado bastante, y ahora
el cuerpo debe hacer volver a la mirada
a su dependencia, mientras él corta y separa
el paisaje acuático y lo agita hasta hacerlo jirones.
Acepta que lo aferre el frío del agua,
pues nadar es también apropiarse
del sentido del agua, moverse en su seno
y ser libre entre brazada y abrazo.
El nadador se sumerge y recorre ese espacio
del que es heredero el cuerpo, y se hace un sitio
en el agua, una posesión a la renuncia
conscientemente con cada impulso. La imagen
que él ha quebrado se renueva por detrás, cicatrizándose,
se eleva y se alarga, extendida como las plumas
de un ala inmensa cuya oscurecedora envergadura
ensombrece su soledad: solo, al nadador no le da nombre
este bautismo; solamente Chenango tiene nombre
en un idioma perdido que él comienza a interpretar:
un habla de densidades y desprecios, de medias
respuestas a las preguntas que su cuerpo debe formular
como una rana a través del elemento casi penetrable.
Humano, el nadador le hace frente y, humano,
retrocede ante el frío interior, la crueldad
que aún muestra una especie de piedad que le sostiene.
El último sol del año seca su piel por encima
de una superficie que es un mero mosaico de diminutos
destrozos,
donde el viento borra todas las imágenes en la obsidiana
que fluye,
el irse de las ondas que se forman incesantemente.
 
 
 
 
 
 
 
 
esta soledad en las cataratas
 
de wallace stevens
 
 
Nunca sintió dos veces lo mismo respecto del salpicado río,
Que seguía fluyendo y nunca dos veces el mismo, fluyendo

A través de muchos lugares, y como inmóvil en uno,
Fijo como un lago donde se agitan los patos silvestres,

Rizando sus usuales reflejos, pensados Monadocks.
Parecía ser un apóstrofe que no fue dicho.

Había tanto de lo real que para nada era real.
Una y otra vez él quiso sentir lo mismo.

Quiso que el río siguiese fluyendo de la misma manera,
Que siguiese fluyendo. Quiso caminar a su lado,

Bajo los sicómoros, debajo de una luna rápidamente enclavada.
Quiso que su corazón dejara de latir, que su muerte descansara

en una permanente comprensión, sin patos silvestres
o montañas que no eran montañas, sólo por saber cómo sería,

sólo por saber cómo sentiría, liberado de la destrucción,
ser un hombre de bronce respirando bajo arcaica piedra,

sin las oscilaciones del paso planetario,
respirando su aliento broncíneo en el azulado centro del tiempo.

 
 

(1) Monadocks es el nombre de una línea de montañas,
y se usa ese término en geología para indicar restos de
antiguas zonas altas que se alzan sobre un llano como
una aislada masa rocosa (Nota del T.)