alberto caeiro

 

 

 

Si muero muy joven, oíd esto:

Nunca fui mas que un niño que jugaba.

Fui pagano como el sol y como el agua,

de una religión universal que solamente los hombres no

poseen.

Fui feliz porque no pedí cosa ninguna,

ni procuré encontrar nada,

ni creí que hubiera más explicación

que el que la palabra explicación no tenga ningún

significado.

 

No deseé más que estar bajo el sol o la lluvia,

al sol cuando había sol

y bajo la lluvia cuando estaba lloviendo

(y nunca al contrario),

sentir calor y frio y viento,

y no ir más lejos.

 

Una vez amé, juzgué que me amarían,

pero no fui amado.

No fui amado por la única gran razón:

porque no tenía que ser.

 

Me consolé volviendo al sol y a la lluvia,

y sentándome otra vez a la puerta de casa.

Los campos, al fin, no son tan verdes para los que son

amados

como para los que no lo son.

Sentir es estar distraído.

 

 

Se eu morrer muito novo, oiçam isto:

Nunca fui senao uma criança que brincava.

Fui gentio como o sol e a agua,

De uma religiao universal que so os homens nao

tém.

Fui feliz porque nao pedi coisa nenhuma,

Nem procurei achar nada,

Nem achei que houvesse mais explicaçao

Que a palavra explicaçao nao ter sentido nenhum.

 

Nao desejei senao estar ao sol ou a chuva- Ao

sol quando havia sol

E a chuva quando estava chovendo

(E nunca a outra coisa),

Sentir calor e frío e vento,

E nao ir mais longe.

 

Urna vez amei, julguei que me amariam,

Mas nao fui amado.

Nao fui amado pela única grande razao-­

Porque nao tinha que ser.

 

Consolei-me voltando ao sol e a chuva,

E sentando-me outra vez a porta de casa.

Os campos, afinal, nao sao tao verdes para que os que

sao amados

Como para os que o nao sao.

Sentir é estar distraido.

 

 

 

 

 

Alberto Caeiro de Silva nació cerca de Lisboa, el 16 de abril de 1889 y allí murió, tuberculoso. Alimentó la sencillez de su verso con la vida simple de Ribatejo, quinta donde vivió y escribió. Pessoa era un poco menos joven (nació el 13 de junio de 1888) y también lisboeta; debieron conocerse desde la infancia (seguramente desde que murió el padre de Pessoa y tuvo éste que inventarse a su familia). Y contarse el drama de sus existires.

 

Alberto Caeiro, hermano de sangre y del incontenible amor a vivir sin más talentos, surgió de la forma que el propio Pessoa cuenta:

«cierto día se me ocurrió gastarle una broma a Sa-Carneiro: inventar un poeta bucólico de especie complicada y presentárselo, no recuerdo ya cómo, dentro de alguna

especie de realidad. Pasé unos días elaborando poeta, mas no lo conseguí.

Ya había desistido cuando un día, por fin -era el 8 de marzo de 1914-, me acerqué a una cómoda alta, cogí papel y comencé a escribir de pie, que es como escribo

siempre que puedo. Y escribí treinta y tantos poemas uno tras otro, en una especie de éxtasis que no podría definir.

Fue el día triunfal de mi vida, y nunca volveré a tener otro igual.

Empecé con un título: O guardador de rebanhos.

Y lo que vino después fue la aparición de alguien a quien di en seguida el nombre de Alberto Caeiro.

Pido perdón por lo absurdo de la frase: de mí había surgido mi maestro.

Fue ésta la sensación inmediata que tuve. Tanto es así que, escritos los treinta y tantos poemas, cogí en seguida más papel y escribí, también uno tras otro, los seis

poemas de Chuva oblicua, de Fernando Pessoa.

Inmediata y totalmente … Era el regreso de Fernando Pessoa -Alberto Caeiro a Fernando Pessoa- sólo él.

O mejor: era la reacción de Fernando Pessoa contra su inexistencia en tanto que Alberto Caeiro».

 

Alberto Caeiro, de estatura mediana, mal escritor en portugués y con escasa instrucción, uno de los heterónimos de Fernando Pessoa.

Y el poeta de Pessoa más noble: « . . • si hay una parte de mi obra que tenga un sello de sinceridad, esa parte es … la obra de Caeiro, al

que Pessoa consideraba maestro suyo, maestro de Alvaro de Campos, maestro de Ricardo Reis, los otros heterónimos.

 

Puse en Caeiro todo mi poder de despersonalización dramática, puse en Ricardo Reis toda mi disciplina mental, investida de la música

que le es propia, puse en Alvaro de Campos toda la emoción que no debo ni a mí ni a la vida.

 

«Llamo insinceras a las cosas hechas para asombrar, y a las cosas

también -fíjese en esto, que es importante-, que no contienen una

fundamental idea metafísica; esto es, por donde no pasa, aunque

sea como un viento, una noción de la gravedad y del misterio de la vida•

 

«Tristes de las almas humanas que ponen todo en orden,  que trazan

líneas de cosa a cosa, que ponen letreros con nombres en los árboles

absolutamente reales.»

 

 

 

 

 

 

 

 

POEMAS DE ALBERTO CAEIRO

Versión e introducción de PABLO DEL BARCO

VISOR MADRID 1984

VOLUMEN CV DE LA COLECCION VISOR DE POESIA

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

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