el amor padecido

Perdóname que cuando se detiene la tristeza a la entrada de la esperanza

adolescente, no asomen todas las palomas, las más blancas, con sus voces

humanas, preguntando sobre la ruta apasionada. He esperado mucho. Tanto,

que mis barbas de tiempo han tejido dos rostros, un aspa de tijeras con que

yo podría interrumpir mi vida silenciosa.

Pero no quiero. Prefiero ese ala muscular hecha de firmeza, que no teme herir

con su extremo la cárcel de cielo, la cerrazón de la altura emblanquecida. No

son dientes esos límites de horizonte, ese cénit instantáneo que en lo más alto

hace coincidir el péndulo con la sangre, la conjunción que no desmaya con su

tacto. Esperar en los límites de la vida, adormecer la criatura débil que nace con

una risa crepitante en el extremo de la ropa (allí donde no llega el latido cierto),

es una postura sí esperada, no cansada, no fatigosa, que no impide toser para

conocer la existencia, para amar la forma perpendicular de uno mismo.

La esperanza es lo cierto. Hay quien pretende haber tocado un día los límites

de la tierra, esa terrible herida que lleva uno ignorada en el costado. Pero no lo

creáis. A veces se ha visto salir una forma, un pájaro de ignorancia vestido de

corazón reciente, hecho una pupila que no ha temido la mirada en redondo. Pero

el paisaje sin nubes, la heridora verdad de no-cortezas se abandonaba engañosa,

ocultando su simetría simulada. Una bella palabra, un árbol, un monte de denuestos

olvidados, todas las incidencias de los besos, se repartían mintiendo. No los creáis

si hay vida. No los creáis, porque no podríais respirar. No entréis en su atmósfera

de alfa. En el umbral de un pecho me llamaron. No era la buena voz, mentira idiota,

sino la cerrazón de los fríos, las dos violetas pálidas de ansia, ese instante de los

labios en que se adivina que la sangre no existe.

Pero me he reído mucho. No es burla, no. He llorado sobre un resplandor último.

Llegó tan nuevo, tan claro y tan despacio; se puso como un hombro, como un calor

caliente. Se estiraba y quedaba. Allí me dormí sin saberlo. Me fui quedando helado,

hecho calor de entonces, hecho aspiración sin descanso.

No grité aunque me herían. Aunque tú me ocultabas la forma de tu pecho. Sentí salir

el sol dentro del alma. Interiormente las puntas del erizo, si aciertan, pueden salir

de dentro de uno mismo y atraer la venganza, atraer los relámpagos más niños, que

penetran y buscan el misterio, la cámara vacía donde la madre no vivió aunque gime,

aunque el mar con mandíbulas la nombra.

 

no asomen todas las

palomas, las más blancas,

con sus voces

humanas,

preguntando 

sobre la ruta apasionada

para amar la

forma perpendicular 

de uno

mismo

.

no impide toser para

conocer la existencia

adormecer la criatura

débil que nace con

una risa crepitante

en el

extremo de la ropa

Dios no me acusa

Por qué me saco del 

pecho este

redondo pájaro de

ocasión

No entréis

en su atmósfera

de alfa

un pájaro de ignorancia 

vestido de

corazón reciente

 .

Interiormente las

puntas del erizo,

si aciertan,

pueden salir

de

dentro de uno mismo

No los creáis,

porque

no podríais respirar

ese instante de los

labios

en que se

adivina que la sangre 

no existe

Vicente Aleixandre

Pasión de la tierra

Obras completas 1924-67

Volumen I: poesía

aguilar/ biblioteca de premios nobel

segunda edición-primera reimpresión-1978

madrid