hacia el amor sin destino

Siento el silencio como esa piedra blanca que resbala so­bre el corazón de las madres, y no tengo fuerzas más que para perdonaros a todos el mal

que me habéis hecho, sin ignorarlo, con la forma de vuestra sombra cuando pa­sabais.

Sois todos tan claros, transparentes como la yedra, y yo puedo uno a uno prescindir de mis sentimientos, que no me hacen ya cosquillas con ese cono

doloroso que me he quitado de los ojos. La avispa dulce, la sin igual dulzura que apagaba fa luz bajo la carne cuando daba la sensación del dolor

dispensando la muerte, ese minuto tránsito que consiste en firmar con agua sobre una cuartilla blanca, aprovechando el instante en que el corazón

retrocede.

Es tarde para pensarlo. Siempre esta sensación de tardanza ha dado lugar a que creciese una rosa sobre un hombro, a que un labio volase sin oírse,

a que tu realidad viva se desvaneciese como un aire que se eleva.

La caduca forma del papel sobre el que se apoya tierna­mente la mejilla no engaña, suspira y no responde, oculta la armazón de sus huesos, la 

instantánea mariposa de níquel que late bajo su superficie encerada. No me pre­guntes más. Descansa. Evoca la salvación de las manos,ese esmerado

vuelo en que la arribada esta prevista a unos montes de terciopelo, donde los ojos podrán al cabo presenciar un paisaje caliente, una suave transición

que consiste en musitar un nombre en el oído mientras se olvida que el cielo es siempre el mismo.

Duerme, muchacha. Aguza la calidad de tus uñas, mien­tras se embota la sensibilidad de tu pecho distraído en convertirse en una bahía limitada, en

una respiración con fronteras a la que no le ha de sorprender la luna nueva.

Tienes un rostro abandonado. Esa laxitud no es la de tus miembros. Esa quietud que proclama con su signo la vigencia del día es una pura mentira

que se evade, que no puede irse y que acaba convirtiéndose en vegetal. No permanezcas, crece pronto. No me mientas una lágrima de mercurio que

horade la tierra y se estanque, que no acierte a buscar la raíz y se contente con los labios, con esa dolorosa saliva que resbala y que me está quemando

mis manos con su historia, con su brillo de cara reinventada para morir en el arroyo que ignoro entre las ingles.

Vicente Aleixandre

Pasión de la tierra

Obras completas 1924-67

Volumen I: poesía

aguilar/ biblioteca de premios nobel

segunda edición-primera reimpresión-1978

madrid