alejandra pizarnik

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

palabras

 

    

Se espera que la lluvia pase. Se espera que los vientos lleguen. Se espera. Se dice. Por amor al silencio se dicen miserables palabras.

Un decir forzoso, forzado, un decir sin salida posible, por amor al silencio, por amor al lenguaje de los cuerpos.

Yo hablaba. En el lenguaje es siempre un pretexto para el silencio. Es mi manera de expresar mi fatiga inexpresable.

Debiera invertirse este orden maligno. Por primera vez emplear palabras para seducir a quien se quisiera gracias a la mediación del silencio mas puro.

Siempre he sido yo la silenciosa.

Las palabras intercesoras, las he oído tanto, ahora las repito. ¿Quién elogió a los amantes en detrimento de los amados? Mi orientación mas profunda: la orilla del

silencio. Palabras intercesoras, señuelo de vocales.

Ésta es ahora mi vida: mesurarme, temblar ante cada voz, temblar las palabras apelando a todo lo que de nefasto y de maldito he oído y leído en materia de formas de

seducción.

El hecho es que yo contaba, yo analizaba, yo relacionaba ejemplos proporcionados por los amigos comunes y la literatura. Le demostraba que la razón estaba de mi

parte, la razón de amor.

Le prometía que amándome iba a serle accesible un lugar de justicia perfecta. Esto le decía sin estar yo misma enamorada, habiendo solo en la voluntad de ser

amada por él y no por otro.

Es tan difícil hablar de esto. Cuando vi su rostro por primera vez, desee que fuera de amor al volverse hacia mi rostro. Quise sus ojos despeñándose en los míos.

De esto quiero hablar. De un amor imposible porque no hay amor. Historia de amor sin amor.

Me apresuro. Hay amor. Hay amor de la misma manera en que recién salí a la noche y dije: hay viento. No es una historia sin amor. Más bien habría que hablar de los

sustitutos.

Hay gestos que me dan en el sexo. Así: temor y temblor en el sexo. Ver su rostro demorándose una fracción de segundo, su rostro se detuvo en un tiempo incontable, su

rostro, un detenerse tan decisivo, como quien mueve la voz y dice no.

Aquel poema de Dylan Thomas sobre la mano que firma en el papel. Un rostro que dure lo que una mano escribiendo un nombre en una hoja de papel. Me dio en el

sexo. Levitación; me izan; vuelo. Un no, a causa de ese no todo se desencadena. He de contar en orden este desorden. Contar desordenadamente este extraño orden

de cosas.

A medida que no vaya sucediendo.

Hablo de un poema que se acerca. Se va acercando mientras a mí me tienen lejos. Sin descanso la fatiga; infatigablemente la fatiga a medida que la noche -no el

poema- se acerca y yo estoy a su lado y nada, nada sucede a medida que la noche se acerca y pasa y nada, nada sucede.  Solo una voz lejanísima, una creencia

mágica, una absurda, antigua espera de cosas mejores.

Recién le dije no. Escándalo. Transgresión. Dije no, cuando desde hace meses agonizo de espera y cuando inicio el gesto, cuando lo iniciaba … Trémulo  temblor,

hacerme mal, herirme, sed de desmesura (pensar alguna vez en la importancia de la sílaba no).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Prosa completa

Alejandra Pizarnik

Edición a cargo de Ana Becciu

Prólogo de Ana Nuño

19ó4

Incluido en El deseo de la palabra, Denos, Barcelona, 1972, y en Textos de Sombra

y últimos poemas, Sudamericana, Buenos Aires, 1982

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

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