De modo que decido ir allí, y tras la batalla del pasaporte

y la batalla de la maleta, emprendo el viaje a

Banjul en un Renault 4 azul celeste. Soplos de aire

frío y caliente entran alternativamente en el coche;

las noches junto al mar, aprendo más adelante, pueden

ser muy frescas. Ha oscurecido ya, veo corros de

gente en torno a pequeñas hogueras, conjuntos de árboles

negros entallados en la noche negra, nada más.

Esta mañana a las seis estaba todavía en Madrid; sé

que ninguno de mis amigos y parientes sabe que me

encuentro en este curioso lugar y eso me procura una

sensación de placer. Estar un poco ausente resulta

agradable. Ir sentado en un taxi como un señor en un

país que nadie conoce te hace sentir como si estuvieras

interpretando un personaje; has tenido que sustituir

de improviso a un actor y aún no te sabes el papel.

|•

Hotel Nómada

trad. de Isabel Clara Lorda Vidal

Siruela

2002

 

 

Tú piensas con los ojos

 

En cierta ocasión, mientras observa los estantes

más altos de una librería de lance de París, la

mirada de Nooteboom se clava en la palabra

voyage del lomo de un libro árabe.

Lo toma en sus manos y comprueba que se

trata de una edición bilingüe de El libro de la revelación

los Efectos del viaje, un relato extenso de los viajes

de un sabio árabe del siglo XII.

Mientras le echa un vistazo, piensa en los intereses

que puedan tener en común los viajeros del siglo XII

y los del suyo.

Se detiene en una página al azar:

«El origen de la existencia es el movimiento. Esto

significa que la inmovilidad no puede darse en la

existencia, pues, de ser inmóvil, ésta regresaría a

su origen: la Nada. Por esta razón, el viaje no tiene

fin, tanto en el mundo superior como en el mundo

interior».

Más tarde, ese mismo día, se encuentra en el prólogo

con una palabra que abre de nuevo su mente a las

asociaciones.

Siyaha: peregrinación.

Un collage de imágenes suspendidas en el tiempo.

Santiago de Compostela.

Una mochila empapada.

La despedida de su madre.

El tren hacia Breda. Una carretera húmeda cerca

de la frontera belga.

Las anotaciones de ese viaje culminan en El desvío

Santiago, libro de viajero que se deja llevar por

continuos desvíos, fuera del tiempo, dejándose guiar

por un nombre oído al paso, un viejo indicador de

carretera secundaria, un párrafo leído a la luz de

una lámpara ajena, cuando afuera se acercan los

zorros.

Viajar es algo que hay que aprender en solitario,

«una permanente transacción con los demás en

la que, sin embargo, estás solo».

Escribe el sabio árabe:

«En cuanto ves una casa, te dices: aquí me quedo.

Pero nada más llegar a la casa, ya la estás

abandonando para partir de nuevo».

Como los viajeros del siglo XII, viaja sin pretensiones

metafísicas, alejado en ese momento de cualquier

intención meditativa, ese tipo de cosas vendrán

más tarde.

«De hecho, sucede como en las ruedas de oraciones

tibetanas: el movimiento adelanta al pensamiento.»

El movimiento y la calma no son contrarios, se

aúnan para conformar la esencia del viajero, en cuya

mirada reina la misma calma que en la celda

de un monje.

 

 

 

 

 

En Mokusei, otra de las novelas

de Nooteboom, Arnold Pessers pasea

por última vez con su Leika por Ginza,

el barrio comercial de Tokio.

La memoria ignora al tiempo, siempre

está pensando en otra cosa, creando

naturalezas muertas, fragmentos de

tiempo fotográfico.

Reconcilia las imágenes, le dice una

voz al viajero.

Lleva una pequeña bolsa de cartero

con su pasaporte, el mapa de Bangkok y

un cuaderno de notas rojo donde más tarde

aparecerá escrito el viaje. Recordar.

Re-acordar. En la India no hay distinción

entre aprender y recordar.

Lo desconocido es lo que debes recordar.

Es más, lo desconocido es lo que te induce

a recordar, y ese recuerdo lo provoca

el vásana.

Literalmente, vásana significa «aroma»

y es un residuo del karma, aquello que

perdura de una vida anterior. Cada vida

genera vásanas que permanecen latentes

hasta que nos reencarnamos en la misma

especie.

Arnold Pessers no se lo cree, pero le suena

agradable. Recuerda haber leído

no hace mucho algo sobre genes que se

sirven temporalmente de nuestro organismo

de camino hacia algo diferente, genes que

sencillamente sobreviven en nosotros como

estación intermedia.

Se deja llevar por la multitud de las calles

estrechas de Bangkok, él mismo

pertenece a esa multitud y decide entregarse

a ella, comportarse como el

agua, no ofrecer resistencia alguna.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

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