Elsa está dentro de un barreño en el que sólo cabe encogida, rodeada de cubos

goteros que recogen el agua que cae, y todo el montaje está instalado en una caja

del tamaño –y la apariencia- de un ascensor, con las paredes de madera, ventanas

enrejadas al norte y al sur y un suelo de malla gruesa de alambre que es por completo

permeable al agua que cae y que se acumula debajo del cajón.

Elsa está, sin más, no se la ve contenta pero tampoco desesperada.

Plegadita sobre sí misma, su cuerpo lozano ocupa con bastante exactitud la mitad del

barreño. Las gotas que caen, quizá de lluvia, producen una ondulación circular y

concéntrica en la superficie del agua.

Es hermoso el color de piel blanca de Elsa, es también inquietante como un cadáver;

es hermoso apreciar la isla que forma su cuerpo orgánico, las partes sumergidas y

las que sobresalen, los pies extendidos para alcanzar con los dedos la pared oscura

del barreño, los ojos abiertos que son la mayor señal de vida; la mano hundida para

apoyar en ella la cabeza y mantenerla así fuera del agua.