No hay nada como pasear y pasear por un aeropuerto para comprender

qué son las alas, cuándo hay que usar las propias alas y, en el caso de Isabeli,

cuándo hay que pasar directamente al vuelo a reacción, con o sin alas.

Está hermosa del bamboleo que se le adivina, con ese tumbao que tienen las guapas

al caminar y que ella convierte en un marchoso y estiloso arrastre de piernas inferiores

con acompañamiento de los oboes largos de los muslos, dislocados en la decisión

poderosa de la cadera que los hace avanzar por turno invertido.

El resto de la función móvil de su organismo atómico y molecular es ya opcional:

puede remar con denuedo, hombro a hombro, como abriéndose paso a elegantes

codazos sin codazos o bien puede limitar, contener los desplazamientos de orbitación

a la mitad inferior de la charnela, por debajo de la cintura del mediodía físico,

dejando el torso para más tarde.

Si no exagera para epatar al personal o porque está cansada y, en verano, vivir es más

fácil, o porque se aburre y tal, ver desplazarse a esta hermosísima mujer por una terminal

de aterrizaje puede acercarse a una experiencia de electrocución sin barreras.