Antes era una tía normal, una persona más, una pringada. En un momento dado,

la vida la dejó con dos opciones puras: ser una estrella o vender berberechos.

Y aquí está, con la escalera entre las piernas, la misma escalera de subir a las estrellas,

y Kasia tal vez es feliz.

No quiso verse condicionada, sometida por su entorno, sino más bien que su entorno

se viera condicionado por ella. Somos lo que los otros creen que somos: la realidad es

irrelevante.

Kasia está hermosa de postura chic, con esa pierna que se interpone entre ella y nosotros

y con el vestido que le cae como la cola de un ave grande que el viento empuja.

Está hermosa entre dos luces, sin salirse de punto, con un aroma entre metálico e

incandescente como el olor de los intensos vientos de Boquiñeni, que atraviesan tierras

volcánicas y mineras.

Se dice que si las naranjas no tomaran el sol no estarían tan orgullosas de sí mismas.

Puede ser, pero la luz del sol y de la sombra mancha la piel de Kasia con los tenues colores

de la pólvora y de la vida, ciñe su cuerpo, le toma las medidas y acaricia sus muslos y su

cuello con mucha suavidad, dulce y tristemente.