‘Sus labios tienen unas alas del tamaño de la nieve’. Sí, claro, claro que lo dijo el poeta,

y no podemos argumentar que los labios no tienen alas ni la nieve tiene tamaño, porque

ahí está la entera boca de Lakshmi para darle la razón al poeta, que no calla, no sabe

estarse callado.

Sus ojos son oscuros como la tierra muy profunda bajo la tierra.

Dicen que el poeta le preguntó a cierta reina: ‘¿querrías entrar en mi vida con todo tu dolor

y tus negros carruajes y tu perfecta memoria?’. La respuesta es lo de menos: lo que nos interesa

es la elegante y mesurada pregunta. 

Cómo se oscurece la tierra después de llover, la espesa tierra, que no comprende su nombre,

hecho de impenetrables sustancias divinas: Lakshmi fue la diosa consorte de Vishnu antes de

transformarse en Paramita, la personificación femenina de Buda.

Lo negro y lo nocturno abundan en ella, la dama silenciosa que pasa decapitando los tulipanes

sin detenerse. 

Es inquietante como el perfecto color de su piel, como ciertas sustancias peligrosas, como el olor

a azucena del alma, como una sima de bello dibujo.

Lakshmi: el aire que la sigue tiene forma de océano, y su carne es dulce como el vino espeso:

como la sangre del verano. 

Enseguida caerá la noche y el viento cósmico devorará nuestro rostro y nos captará en su terrible

longitud de onda.