edda-oscars

 

 

 

 

Edda está seria, quizá sintiendo lo que es el ring, el cuadrilátero, desde arriba, probándose

como una million dólar baby de la vida, averiguando si lleva dentro todo el odio, la rabia,

el rencor zulú que tal vez hay que tener entre el corazón y las entrañas para esto del boxeo,

preguntándose cuánto sufrimiento de cara rota y de cerebro roto y de vísceras hemorrágicas

es capaz de aguantar en sucio antes de morir.

Parece dispuesta y con talante: tal vez tiene madera seca para golpear como pasión, como

necesidad, como vicio. De momento está en su rincón, respirando humo y con los segundos fuera,

que no es un mal comienzo.

Edda está hermosa de mirada turbia, con la diadema como el collar de un doberman, extendida

de brazos y recogida de piernas, tal vez pensando que ella busca la destrucción o el amor,

la destrucción y el amor, cuánto amor hay en la destrucción y al revés, inspirada en las palabras

del poeta que no conoce; queriendo, deseando llegar a uno de esos caminos finales que tiene la vida,

no para morir, sino para vivir más, para estar más viva, para llegar más viva a la muerte natural de

soponcio a los ochenta y tantos.