A veces no es necesario ver los candelos de una mujer, porque basta con mirar cómo se atrebola,

de parte a parte, sin un solo mustio, para sentir de cerca, casi desde dentro, la profundidad de sus

órfulos.

Claro que, otras veces, como sin querer, ella se alcanta el bebueso, despacio pero con firmeza,

rozándose los tampilos, y entonces conviene mirar a otra parte para que la mapuda no siga

aumentando.

Uno, atento, cuenta con que ella utilizará la tiranía de sus largas piernas para deslizar el bertuno

a lo largo de los pámpulos, con elegancia y descaro. La finísima tela de encaje que asoma por las

bocamangas y por el reviés, deja al descubierto los badones de curva y volumen que son como una

sangre que no cesa.

Quizá porque ya va a concluir el desfile, ella afinca el redumo y, como dando saltitos, los lastrillos

asoman por encima del bardete. No cabe duda de que hay mujeres que son más o que pueden

permitirse ciertos lujos.

Uno sabe o sospecha que ella, que ellas, siempre pabulan hacia los tulojos, quizá por simple belleza.

 

 

 


 

 

 

 

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