Amparo está todavía en el mundo, en el tiempo, en la era de los ventiladores de pie y giratorios,

que eran como helicópteros de campaña, de intendencia, troteros y siempre con el cuello flojo o suelto,

que lo tenían muy delicado.

Hacían un viento casero, doméstico, que despeinaba y barría toda la habitación, como los grandes focos

de la cárcel o las ametralladoras desde encima de la colina.

Amparo se está quitando la preciosa rebequita del color del coral que lleva encima del top,

con adorno de unos hermosos cerezones.

Encima de la mesita de noche tiene una cabeza de maniquí –o un maniquí de cabeza- y una foto de uno

que ya no se morirá: por algo se dice que la verdad es de pequeñas dimensiones.

Nos encontramos, pues –y sin quererlo- en medio de una película italiana: la esposa nos mira lascivamente

y el muerto de la foto parece sonreír. Siempre hay queso gratis en las ratoneras.

‘Recuérdelo: las personas lo juzgarán por sus actos, no por sus intenciones. Podrá usted tener un corazón

muy grande -pero las vacas también lo tienen y nadie las recuerda por eso’ –dijo el poeta.

 

 

 


 

 

 

 

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