ENTREVISTA: PERE GIMFERRER | LA BIBLIOTECA DEL POETA

‘El futuro de la poesía no lo deciden ni los premiados

ni los académicos, sino los jóvenes’

  • BIBLIOGRAFÍA
ANA MARÍA MOIX 26 SEP 2001
 
 

 

Un repaso a la poesía a través de nombres propios es el resultado de esta entrevista a uno de los autores catalanes más importantes.  

Recordado como una biblioteca ambulante durante los sesenta, esta conversación se convierte en guía para adentrarse en la poesía.

El escritor recomienda los mejores atajos, cómo disfrutar por sus rutas y se asoma al futuro del género.

‘Rubén Darío sigue siendo un autor recomendable para pasar de la poesía histórico-arqueológica

a la que tiene relación con la vida contemporánea’

‘En la literatura catalana contemporánea existe un problema: nunca ha acabado de resolver la cuestión entre

reelaborar el léxico medieval o hacer frente al lenguaje de la vida cotidiana’

‘No todos los poetas que te han interesado te siguen a lo largo de toda la vida. Sigo leyendo a Rubén, Góngora,

Rimbaud…’

A partir de 1965, y durante varios años, quien esto escribe tuvo la suerte de acceder a una biblioteca fabulosamente bien provista,

tanto de literatura clásica como moderna; una biblioteca de tamaño reducido, portátil, que respondía a la forma de cartera de piel

color marrón, que cerraba con cremallera, y que Pere Gimferrer llevaba siempre consigo, portando en el interior los libros destinados

a ser prestados.

El ritual (intercambio de libros ya leídos por libros por leer) se oficiaba en el bar Velódromo de la calle de Muntaner, de Barcelona,

bar entonces todavía libre de modas, o en el ahora, y desde hace muchos años, inexistente Oro del Rhin de Gran Vía.

De aquella biblioteca inestimable, que era el badem de Pere Gimferrer, surgían las obras completas de Freud, A la recherche du

temps perdu, Henry James, Faulkner, Nora Lange, Beatriz Guido, Borges, Cortázar (cuyas obras aún no se encontraban en las

librerías y él adquiría en las distribuidoras de libros editados en Latinoamérica), Joyce, Stendhal, Flaubert, Dostoievksi y, por supuesto,

libros de poesía, muchos libros de poesía: Baudelaire, Rimbaud, Vicente Aleixandre, François Villon, Lautréamont, Pedro Salinas,

Cernuda, Homero, Ungaretti, Quasimodo, Rilke, Gil de Biedma, Wallace Stevens, Eliot, Pound, Rubén Darío…

Transcurridos 35 años desde que la biblioteca ambulante de Pere Gimferrer supliera

para sus amigos de entonces la indigencia libresca propia de la miseria cultural de un

país fascista, el encuentro con el poeta se produce hoy en su despacho de la editorial

Seix Barral.

‘El itinerario del escritor es paralelo al itinerario del lector’, escribía en su colección de

ensayos Itinerario de un escritor, en cuyas páginas sitúa su voluntad de iniciarse en el

ejercicio de una literatura ‘adulta’ paralelamente al descubrimiento de Rubén Darío.

¿Recomendaría hoy la poesía de Darío como lectura capaz de iniciar al lector o a un poeta en ciernes en el lenguaje poético?

‘Creo que Darío sigue siendo un autor recomendable para pasar de la poesía histórico-arqueológica,

como es la de Quevedo o Góngora, a la poesía como algo que tiene relación con la vida contemporánea.

A mí, Rubén me sirvió para esto. (Y, antes que a mí, a Aleixandre y a Josep Maria de Sagarra, entre

otros poetas). Y no por su aspecto más aparente, sino por realidades más profundas, por los aspectos

que se refieren más marcadamente al amor, a la muerte, o, por ejemplo, a su reacción violenta frente

a la ya entonces incipiente americanización del mundo contemporáneo.

Tengo la impresión, que puede ser falsa naturalmente, de que, en este sentido, Rubén sigue funcionando

para una persona joven, aunque no estoy tan seguro de que esto suceda en caso de que esta persona sea

una mujer…’. ¿Por qué? ‘No lo sé, no soy mujer. En Rubén hay aspectos específicamente masculinos, como

la visión del erotismo, por ejemplo; aunque masculino, en este caso, no significa machista; en Rubén hay

un erotismo muy masculino, y muy heterosexual, que, me parece, puede ser aceptado por el mundo gay…

y, pensándolo bien, también por una mujer, ¿por qué no? Pero, no sé, eso tendría que decirlo una mujer.

Hay otros aspectos por los que Rubén es muy recomendable para quien desee iniciarse en la lectura poética:

su poesía es, en gran parte, no toda, rimada, y permite diferenciar la simple interposición de elementos, que

parecen versos, del verso en sí; en sus poemas hay una métrica muy rigurosa, y permite un buen aprendizaje

de métrica. Eso no es tan fácil de apreciar en otros poetas posteriores.

Otro buen inicio para adentrarse en la lectura poética puede ser Bécquer, pero lo considero un poeta menos

contemporáneo; Bécquer es el final del romanticismo, no es un comienzo de una etapa, como Rubén lo es del

modernismo. Inversamente, podríamos decir que Rubén está en el umbral de la poesía contemporánea pero

no pertenece del todo a ella, o al menos, no en la medida de Juan Ramón Jiménez, quien se centra más en

problemas que ya pertenecen a la poesía contemporánea.

Sin embargo, Juan Ramón, aun siendo un poeta enorme, presenta menos variedad de posibilidades que Rubén;

es un poeta muy abarcador, pero quizá no posee esa cualidad, que sí tiene Rubén, de bifurcarse en muchos poetas

que, siendo él mismo, ofrecen caminos muy distintos’.

En 1969, Pere Gimferrer publicó Els miralls, poemario que cerraba una etapa poética (la iniciada en 1966 con Arde el mar, obra

fundacional de la poesía peninsular escrita en castellano durante los tres últimos decenios, y a la que siguieron La muerte en Beverly

Hills y Extraña fruta y otros poemas) e iniciaba otra en lengua catalana (la recogida en el volumen Miralls, espais i aparicions, 1981,

más El vendaval, 1988; La llum, 1991;Mascarada, 1996, y El diamant dins l’aigua, 2001).

En su momento, el hecho de que Gimferrer optara por la lengua catalana fue uno de los gestos literarios que más tinta hizo correr en

la prensa cultural de este país, y no es ahora motivo de este encuentro. Sin embargo, no fue una opción ajena a su formación literaria.

Su insaciable curiosidad lectora se nutrió no sólo de las obras escritas en lengua castellana, sino también en catalán, francés, inglés e

italiano.

¿A qué poeta en lengua catalana atribuye una función semejante a la de Rubén Darío?

‘Si el lector puede leer catalán medieval, a Ausias March, pero existe un problema: hay que saber catalán

medieval. Yo empecé a leer a March a fondo a partir de los 30 años, pero por una razón muy particular:

porque es entonces cuando adquiero una formación de lectura medieval’. Recuerdo que, mucho antes de

haber él cumplido esta edad, me descubrió a Ausias March. ‘Lo había leído, sí, pero yo no me atrevo a decir

que he leído a un poeta si no lo he hecho en su lengua original. En el caso de Ausias March, el lector que no

sepa catalán medieval dispone de una ayuda enorme, que es la versión en catalán contemporáneo que de

March hizo Joan Fuster. Para un lector no catalán, está la traducción de Montemayor, la de Quevedo, la de

Riquer y las más actuales de Masoliver y de Joseph Maria Micó’. Aparte de la del propio Gimferrer, excelente,

que editó Alfaguara en su colección de clásicos.

Dejamos la cuestión de la traducción de poesía y volvemos a las lecturas del Gimferrer adolescente que lee a Vicente

Aleixandre y a otros poetas del 27, a la vez que se interna en lectura de poesía en catalán y en otros idiomas:

‘En francés leo a Baudelaire, a Lautréamont y a Rimbaud. Y, cuando tengo 14 años, descubro a un poeta muy importante para mí:

Quasimodo, que dio una conferencia en Barcelona y me firmó una edición bilingüe, en catalán. Es un poeta que me sigue interesando

mucho. En catalán, en aquella época, leo a Foix, en la medida en que circula, a Brossa, a Riba…, pero a Riba no lo puedo captar

hondamente. El Riba de las Elegies de Bierville y de Salvatje cor, que es el que perdura, es un Riba difícilmente asequible a un lector

joven; son obras escritas en torno a los cincuenta años y reflejan una experiencia difícil de asumir para alguien menor de treinta años.

A una persona joven, o a un lector no muy formado en el lenguaje poético, les recomendaría, aunque parezca una ironía, a Maragall

y a Joan Salvat-Papasseit, que, aunque tienen en común el ser lingüísticamente imperfectos, están mucho más cerca de lo que pueda

interesar a una persona joven…’.

¿Qué consideración le merece la poesía catalana contemporánea?

‘En la literatura catalana contemporánea existe un problema muy grave: nunca ha acabado de resolver por completo la cuestión entre

reelaborar el léxico medieval o hacer frente al lenguaje de la vida cotidiana. En el terreno de la prosa, la cuestión quedó bastante resuelta

con Josep Pla y Mercé Rodoreda. En cambio, en verso, el problema de qué hacer con la lengua coloquial no siempre se ha resuelto

satisfactoriamente. Se han hecho cosas extraordinarias con un material lingüístico que parte de los poetas medievales, y en este sentido

Foix es admirable, tanto como los continuadores de Góngora en el siglo XX en poesía castellana. El poeta, como decía Pound, no puede

escribir algo que no sea capaz de decir en una conversación (bueno, algunos poetas, porque no es el caso de Foix o de Mallarmé, por

ejemplo). Pero el catalán no puede ser sólo el de Ausias March, ni el de Foix; aunque tampoco el de programas de televisión como Plats bruts

o los de Buenafuente, por mucho que me diviertan.

El problema de la relación entre lengua culta y lengua cotidiana no está resuelto. Carner, que en su vejez reescribió buena parte de su obra,

hizo un intento muy serio en este sentido; llegó a estilizar un idioma que, como tal, ya no existe, que es el catalán que se hablaba en

Barcelona cuando él era joven, pero es un idioma que nosotros ya no hemos conocido. Se trató, pues, de una tarea extraordinaria sobre

una base idiomática ya no reconocible para el lector actual. En cambio, y curiosamente, el catalán de Salvat-Papasseit o de Maragall se

acerca más al de la gente de hoy día. A mi juicio, sólo dos poetas han resuelto el problema: Joan Brossa y Gabriel Ferrater’.

¿Maria Mercé-Marçal?

‘¡Era una poeta extraordinaria, sí! Pero, en este aspecto, es tributaria de Brossa. Es un problema que también existe en poesía

castellana y que Gil de Biedma, en parte, atinó a resolver. Ahí radica una de las grandes  aportaciones de Neruda, en la poesía

de Latinoamérica, y, más tarde, de Nicanor Parra’.

Hay un público lector, no inculto precisamente, que lee ensayo y novela más bien minoritaria, ve cine no comercial,

frecuenta museos y exposiciones, asiste a conciertos y, sin embargo, se confiesa incapaz de leer poesía por las dificultades

que entraña.

‘Hay poetas, como Góngora, Rimbaud, Foix o Mallarmé, pongamos por caso, todos ellos extraordinarios, de quienes el lector

no debe esperar que le proporcionen la misma información que proporciona la prosa. Hay personas que difícilmente escapan

a la idea, falsa completamente, de que un texto literario consiste no en las palabras, sino en lo que las palabras designan: el texto

literario consiste precisamente en las palabras, no en lo que las palabras denominan; pero esta frontera, que a mi juicio está clarísima

y que vale tanto para Mallarmé como para una novela de un autor aparentemente tan fácil de leer como Eduardo Mendoza (o como

Cervantes o Borges, para el caso es lo mismo), hay muchos lectores que no la captan.

Pero, dejando a un lado este aspecto que no puedo desconocer porque es un hecho, existen muchos poetas que cualquier persona

puede leer. Bécquer, por ejemplo, Rubén Darío, Neruda… no todo, pero sí el Neruda joven de Veinte poemas de amor y una canción

desesperada y Crepusculario, y también el Neruda político, que me interesa muchísimo; aunque muchos opinen que está superado,

el Neruda político me parece excelente, como Nazhim Himmet y parte de Alberti’.

No es habitual oír a Gimferrer hablando de poesía política.

‘Una cosa es la forma concreta que la revolución tomó en el periodo histórico vivido por Alberti o Neruda, y otra muy distinta

es la idea de la revolución que aparece en los poemas de estos autores y que no ha envejecido porque no está sujeta a la

forma histórica que la revolución adquirió. Ya sé que esto tiene muchos detractores. Pero, para mí, los poemas funcionan

aun cuando sepas que, históricamente, esta idea de revolución no llegó a cumplirse en la realidad. Y lo mismo sirve para

Nazhim Himmet. Y para el cine soviético. Néstor Almendros decía que, en este sentido, los filmes de Eisenstein pueden ser

vistos sólo como una ficción sin relación directa con la vida soviética. El envejecimiento político no afecta a la obra de arte.

¿Qué mayor envejecimiento que la lucha entre güelfos y gibelinos en Dante? ¡Sin embargo, esto no te impide leer a Dante!’.

La irrupción de la poesía de Gimferrer, en los años sesenta, y de la de otros poetas de su generación,

más bien significó un rechazo a la poesía social peninsular. ¿Qué relación existe entre aquella poesía social y la poesía

política de los autores citados?

‘Entiendo por poesía social la que se escribía en España en los años cuarenta, cincuenta y comienzos de los sesenta, y presenta

una diferencia fundamental respecto a la poesía política de Alberti y de Neruda, que es equivalente a la de Paul Eluard, Quasimodo o

Aragon, por ejemplo, y está relacionada con la actitud que la vanguardia tomó en su vertiente políticamente revolucionaria.

Esto quizá hay que tenerlo en cuenta, en cierto aspecto, en Miguel Hernández, mezclado con su vertiente gongorina. En la posguerra

española se da otra situación: el tajo de la guerra civil fue muy profundo y no fue seguido por un cambio político, como ocurrió en

Europa; en poetas europeos como Aragon o Quasimodo, la prolongación de la vanguardia en poesía tenía un sentido; en España,

donde se vivió bajo el fascismo, se produjo un repliegue hacia formas estéticas anteriores a la generación del 27 y que, de modo

indirecto, produjo una tendencia a lo autóctono que parecía haber desterrado de la poesía española a Rubén Darío. Esta tendencia

a lo autóctono no era nueva, se dio ya en el romanticismo español. Este repliegue (que no vale para algunas excepciones, como la

de Rosales) es lo que yo rechazaba de la poesía social peninsular: hacer lo que hubiera hecho Campoamor de haber vivido en los años

cuarenta y cincuenta. No obstante, de esta época, existen obras muy valiosas, como Cuerpos transparentes, de Celaya, pese a ser un

poeta con el que nunca comulgué. Y Blas de Otero era un poeta excepcional, muy mal tratado por la historia; incluso los poetas de

izquierda se han burlado de él inmerecidamente. Lo que hizo Blas de Otero con Ángel fieramente humano, con Redoble de conciencia,

y también con Pido la paz y la palabra e incluso con Lo que trata de España sigue teniendo toda mi admiración, porque sí que es poesía

moderna posterior a la vanguardia. Lo que ocurre con Blas de Otero es una injusticia que clama al cielo’.

Esta tendencia de la poesía peninsular en castellano por nutrirse de lo autóctono contra la que arremetió Gimferrer

y buena parte de los poetas de su generación, ¿no es una de las dominantes de la poesía actual?

‘Si nos fijamos en la poesía más premiada o más leída, sí; pero si atendemos a la más importante, a la de Gil de Biedma, la de Ory,

tan injustamente marginado por cierto; la de Valente o la del Juan Ramón recuperado, no.

La poesía más premiada, o la de los poetas que salen más en los periódicos, ya forma parte del pasado, y esto me incluye a mí mismo.

El futuro de la poesía no lo deciden los poetas que obtienen más premios, ni los más leídos ni los que están en la Academia, ¡no, no,

al contrario! Son poetas que ahora tienen 20 y 25 años y que ya están haciendo otra cosa, están en Aleixandre, en el Juan Ramón

de madurez, en el Cernuda juvenil… Estoy pensando en Pérez Azaustre, en José Luis Rey, en Goretti Ramírez, que está en la estela

de Robayna y, por tanto, en la de Valente. Son muy distintos entre sí, y el futuro de la poesía depende de la elección que hagan estos

poetas y otros de la misma edad’. ¿Qué poetas peninsulares recomendaría a un lector común? ‘Depende…, pero hay algo que no

podemos olvidar: en poesía, el lector, para creer que algo es estéticamente válido, necesita reconocer las palabras que emplea

cada día en su propio idioma. En este sentido, a un gallego le recomendaría, más que a Rosalía de Castro, las cantigas de amigo;

a un catalán, a March, a Salvat-Papasseit y a Brossa; a un castellano, a Góngora y a Rubén Darío, y, si es de Castilla, a Claudio

Rodríguez; a un barcelonés castellano hablante, a Gil de Biedma; a un vasco, a Atxaga… Aunque esto no justifica la tendencia a leer

sólo en la propia lengua’.

Hace un par de años, en Barcelona, en su presentación de una lectura de la poeta argentina Ana Becciu,

Gimferrer dijo que, durante la posguerra, la poesía que se escribió en español de Latinoamérica fue, en cierta

medida, la que debía haberse escrito en España en la misma época.

‘Esto está clarísimo en Octavio paz, en Nicanor Parra, en Lezama Lima. Por eso la poesía latinoamericana me interesó tanto a

mí como a los de mi generación. En arte, no creo en el progreso. Lo que se hacía en Altamira no era ni mejor ni peor que lo que

podamos hacer nosotros, no hay avance ni retroceso; pero sí creo en la historia de la literatura. Y la frecuencia histórica no nos

lleva de Poeta en Nueva York a la obra de los poetas españoles de posguerra por mucho respeto que tenga por alguno de ellos.

Lezama no se explica sin la recuperación de Góngora llevada a cabo por Dámaso Alonso y la generación del 27; Octavio Paz no

es concebible sin la generación del 27 (y él mismo lo dijo), aunque tampoco sin la poesía francesa e inglesa, claro’.

¿Qué poetas latinoamericanos recomendaría?

‘Muchos de los más importantes, como Olga Orozco, Girri, Paz… han muerto. Quedan Nicanor Parra, José Emilio Pacheco…

No conozco bien la obra de poetas más jóvenes, conozco la de algunos, pero de un modo azaroso, racheado, que no puede darme

un conocimiento real de la poesía actual latinoamericana’.

Para un lector actual, dada la penosa situación de la enseñanza de las humanidades, los contenidos de

la obra de los autores clásicos le resultan cada vez más inasequibles.

‘No lo creo del todo cierto; al menos no en el caso de muchos autores griegos y latinos. Me parece improbable que un lector no

capte algo en Virgilio, en Ovidio o en Catulo, de quienes existen versiones bilingües. Siempre hay algo que llega al lector. Ocurre

lo mismo con Shakespeare. ¿Qué? No lo sé. Quizá obedezca a aquella frase de Goethe, que decía: ‘Sólo la alta poesía es traducible’.

Aunque esto no justifica…’.

Sí, la tendencia a leer sólo en la propia lengua. Pero, ¿cómo se enfrenta el lector actual a

poetas como Góngora y Dante, tan fundamentales para Gimferrer?

‘El problema entre Dante y el mundo moderno ya está resuelto: aparte de los dantistas, Eliot y Borges (en Siete ensayos dantescos

y otras cosas) ya lo han hecho. Si no se puede leer en italiano, está la traducción castellana de Ángel Crespo, y, en catalán, aparte

de la de Sagarra, que es muy buena, existe la traducción medieval de André Fabré, que uso bastante por la proximidad filológica.

En cuanto a Góngora…, en los problemas de arte menor y en los sonetos no plantea ningún problema para el lector común; los poemas

narrativos ya son otra cosa. Para leerlos, el estudio de Dámaso Alonso es insustituible; se puede discrepar de él en algún punto, pero

es insustituible. Naturalmente, después de leer a Dámaso hay que volver a Góngora. También están los comentarios a Góngora escritos

por sus contemporáneos. Y aún hay otra posibilidad: leer a Góngora prescindiendo de intérpretes y entendiendo lo que entiendas.

Así lo leyó Rubén Darío, y también Cernuda. Y así es como hay que leer a Rimbaud, que, en este sentido, es más difícil de leer que

Góngora. El lector puede llegar a saber qué se proponía decir Góngora, Mallarmé o Foix, pero en el caso de Rimbaud no existe una

interpretación unívoca y aceptada por todos. Hay que leerlo como si escucharas música o contemplaras una pintura’.

Byron, concretamente su Don Juan, era una de sus pasiones compartidas con Jaime Gil de Biedma:

‘Sí, a Gil de Biedma le gustaba mucho. Y a Aleixandre también. Ahora existe una traducción bilingüe de Don Juan, de Byron, pero

hay que leerlo en inglés por la enorme invención de las rimas, absurdas a veces, pero que funcionan.

Es notable la enorme gracia con que, en un poema narrativo, introduce cualquier cosa, da cabida a todo, a un ataque a un enemigo

político, a un enemigo personal, a su hermana, a poetas con quienes rivaliza, a cuestiones políticas de la Inglaterra de la época…

Byron ha dejado huella en mí’.

¿De ahí la irrupción contra Felipe González en su poema Mascarada?

‘Exacto’.

Pound, Eliot, Saint-John Perse, Ungaretti, Quasimodo, Wallace Stevens…, ¿seguirían saliendo hoy de aquella cartera

que, en mi recuerdo, parecía no tener fondo?

‘Eliot, sin duda, y también Saint-John Perse, aunque a éste, como a Ungaretti y a Pound, ahora los leo menos, quizá porque la función

que debían cumplir en mí ya está consumada. Wallace Stevens sigue siendo, para mi gusto, el mejor poeta norteamericano.

Lo que ocurre es que no todos los poetas que te han interesado te siguen a lo largo de toda la vida. ¿Qué sigo leyendo? Rubén,

Góngora, Rimbaud… y poetas en quienes aún me falta afinar cosas, como Ausias March. Ahora quizá leo más prosa. Y poetas con

quienes he tenido una vinculación intensa, como Biedma, Aleixandre, Alberti y Octavio Paz. Leo mucho el Romancero. ¿Manrique?

Me es muy ajeno, me siento más cerca del marqués de Santillana, aunque sé que es un poeta inferior.

Me siento muy ajeno a Manrique, nunca me he podido identificar con esta actitud tan recia, tan de un hombre castellano de aquel

momento. Me ocurre algo similar con Cervantes: he leído tres veces el Quijote, lo considero admirable, pero no es importante en mi vida;

en cambio, sí lo es el Persiles. En general, la literatura realista me interesa muy poco, y, en particular, el realismo hispánico me resulta

particularmente ingrato, de ahí que no me interese la picaresca. Góngora, que es un personaje enormemente antipático, me fascina

porque su capacidad para entrar a fondo en el idioma es superior a cualquier reserva que puedes tener respecto a su carácter.

En medida no menor que Quevedo o Calderón, tiene rasgos absolutivos de carácter que podrían desagradarme, pero el trabajo que

hace con el idioma es tan profundo que está por encima de esto. Por la misma razón, soy un entusiasta de Calderón. Nunca me ha

agradado Garcilaso; en cambio, siempre me ha caído simpático Lope, pese a que muchos lo detestan. Lope poeta lírico me gusta

muchísimo, y Lope poeta dramático, también; no digamos ya el Lope de La Dorotea, que es una obra excelente’.

Gimferrer manifestó, en diversas ocasiones, su admiración por la poesía de Maria Mercé Marçal.

¿Qué otras poetas mujeres destacaría?

‘En catalán, Rosa Leveroni. Y es más que aceptable la poesía de Mercé Rodoreda, tributaria, en cierto modo, de la de Armand Obiols,

que era un poeta extraordinario. En castellano: Olga Orozco, Rosa Chacel, Ernestina de Champurcí, Delmira Agustina, Alfonsina Storni,

Gabriela Mistral, a quien, injustamente, nadie lee; Guadalupe Aamor, Idea Vilariño, Alejandra Pizarnik y Ana Becciu…

La brasileña Eunice Odio me gusta mucho. Y están las poetas del mundo anglosajón: Hilde Dootlie, Elisabeth Barret Browning, Emily

Brönte, Elisabeth Bishop, Emily Dickinson… Y, yendo más atrás en el tiempo, están las trovairits, cuya obra recogió Martín de Riquer, y

las italianas como Gaspara Stampa y Vitoria Colonna, cuya poesía es indiscernible respecto a la de los poetas varones de su misma

época. Y considero extraordinarios los lais de María de Francia.

A los autores en lengua castellana que hemos ido citando y que nos recomendaba hace más de treinta años,

¿a quién añadiría hoy?

‘Bueno, no ha pasado tanto tiempo. Además, en poesía española, no ha vuelto a producirse una conmoción como la que significó

pasar de Núñez de Arce a Rubén Darío. Esto es evidente’. Y rotundo.