el misterio de botticelli

‘La derelitta’ se pudo ver por primera vez en 2005, durante tres días, en el palacio romano de los Pallavicini

 

Filippino, disperazione di mardocheo [derelitta di botticelli]

 

 

 

EL PAÍS 2005

 

 
 

Una figura llora ante una puerta cerrada. Nada más. Ésta es la pintura de pequeño tamaño que en 1816 compró el príncipe Giuseppe Ruspigliosi. Los vendedores, la familia Amigoli de Florencia, llamaban a la obra Rea Silvia, suponiendo que representaba a la heroína de la mitología romana, y atribuían la autoría a Masaccio, el fugaz genio prerrenacentista al que Miguel Ángel y Leonardo consideraban maestro.

A finales del siglo XIX, Adolfo Venturi examinó la pintura, dictaminó que había sido trazada por el pincel de Alessandro Botticelli y la rebautizó como La derelitta (La desamparada). No acertó ni en el autor ni en el tema. Sólo en el origen: el taller de Botticelli, en torno a 1475.

Venturi dio el primer paso hacia la verdad, más interesante y compleja que cualquier mito y descubierta hace muy pocos años. La clave se hallaba en las ropas tendidas sobre el suelo, cuyos pliegues encubrían las iniciales F. L. La verdad última había que buscarla, según el estudioso Enrico Guidoni, en una vieja pasión sacrílega, la que en 1456 empujó al monje Filippo a raptar a sor Lucrezia Buti, monja en el convento de Santa Margarita de Prato. Y en la vergüenza de un muchacho.

La derelitta, que en realidad no representa a Rea Silvia ni a ninguna mujer desamparada, permanece desde 1816 en el sector privado del palacio Pallavicini de Roma. Nunca ha sido expuesta hasta ahora; por iniciativa de la Asociación de Residencias Históricas Italianas, los Pallavicini abrirán al público las puertas de su casa y exhibirán, por primera y quizá última vez, su pieza más preciosa.

La identidad de la misteriosa figura que se cubre el rostro empezó a desvelarse cuando hacia 1910 la crítica moderna relacionó el cuadro con otros cinco, colgados en la National Gallery de Ottawa, el Museo Condé de Chantilly, el Museo Horne de Florencia, la Galería Liechtenstein de Viena y en la colección del Conde de Vogue de París.

Los cinco representaban escenas bíblicas del Libro de Ester y La derelitta formaba parte de la serie. La supuesta desamparada tenía que ser, en ese caso, un hombre, Mardoqueo, el judío babilonio que al saber que Artajerjes había ordenado el exterminio de los hebreos, se desgarró las vestiduras y, “dando fuertes, dolorosos gemidos, llegó hasta la puerta del rey”.

La serie sobre el Libro de Ester era atribuida al “taller de Botticelli”. El estudio de las pinceladas permitía detectar el trabajo de varias manos, entre ellas la del propio Botticelli. Pero el cuadro de los Pallavicini contenía una pista definitiva, descubierta gracias al estudio de las ropas de Mardoqueo. La prenda de la izquierda escondía un signo gráfico que combinaba una F y una L, a la manera de la L y la V unidas con que firmaba Leonardo da Vinci. En la de la derecha, el signo de la F y la L era distinto y más obvio. Ahí estaba la firma: Filippino Lippi, pintor florentino, alumno de Botticelli.

Federico Zeri, en su catálogo de la colección de los Pallavicini (1959), consideró que Lippi sólo había tenido un papel destacado en La derelitta, no en el resto de la serie, y buscó el sentido de la extraña composición en una alegoría: la Iglesia se humillaba a las puertas del palacio de Jesucristo. Otros críticos, como Antonio Paolucci, siguen sosteniendo que el trabajo principal lo ejecutó Botticelli y que Lippi sólo colaboró como alumno.

Entonces, ¿por qué Botticelli permitió que Lippi ocultara en el cuadro sus iniciales? Fuera el maestro o fuera el alumno quien pintó la figura que llora, resultaba claro que para Lippi aquel cuadro tenía una especial importancia.

 

el hombre que llora

 

El profesor Enrico Guidoni, uno de los especialistas contemporáneos de mayor prestigio, cree haber dado con la solución definitiva del enigma. Cuando Lippi trabajó en La derelitta tenía unos 15 años, empezaba a conocer la vida social y sufría el peso de su origen. El hombre humillado que llora porque no puede entrar en palacio, dice Guidoni, es el propio Filippino Lippi.

El joven Filippino era hijo de fray Filippo Lippi y de sor Lucrezia Buti. El rapto de la monja por el monje, en 1456, había causado sensación en la Florencia de la época, y el arreglo del papa Pío II, que cinco años después les liberó de los votos, no hizo olvidar el escándalo. Filippino lo sabía y Botticelli lo sabía. De ahí que el maestro cediera protagonismo al alumno, quien se sentía representado en aquella figura socialmente rechazada.

 

 

       

 

 

 

 

 

la derelitta, de aníbal núñez

 

 

 

Lienzos de la tragedia por las gradas

tendidas a cordel. Se han congelado

el rosa, el siena, el gris. Desventurado

el que tiene las puertas clausuradas.

 

Clausuradas están. Soñar espadas

contra el bronce tenaz es un pecado

de inocencia. No hay llave ni candado

que te abran paso al Reino de las Hadas.

 

No te tapes la cara: nada puedes

hacer contra la faz del abandono

si ya pasó el umbral de tus retinas.

 

Por más que trates de abolir el trono

de la ausencia con llanto, las paredes

del dolor ya han formado cuatro esquinas.

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos requeridos están marcados *

Publicar comentario