anna crowe

 

 

 

de: unpublished
Producción de Audio:
Literaturwerkstatt Berlin, 2014

 

 

Gollop’s

 

 

 

Gollop was our grandmother’s butcher.
Saying his name out loud, you swallowed
a lump of gristle whole. Even the thought
of going to Gollop’s made us gulp,
made my little green-eyed sister’s eyes
grow rounder, greener. Swags of rabbits
dangled at the door in furry curtains;
their eyes milky, blood congealed
around their mouths like blackcurrant-jelly.
You’d to run a gauntlet of paws.

Inside, that smell of blood and sawdust
still in my nostrils. Noises. The thump
as a cleaver fell; flinchings, aftershocks
as sinews parted, bone splintered.
The wet rasp of a saw. My eyes
were level with the chopping bench.
Its yellow wood dipped in the middle
like the bed I shared with Rosy.
Sometimes a trapdoor in the floor
was folded back. Through clouds of frost
our eyes made out wooden steps, then
huge shapes shawled in ice— the cold-store.

Into which the butcher fell,
once, bloody apron and all.
When my grandparents went to see
Don Juan, and told us how it ended
Like Mr Gollop! I whispered.
Mr Gollop only broke his leg, but
            Crash! Bang! Wallop! 
            Went Mr Gollop!
we chanted from our sagging bed,
giggles celebrating his downfall,
cancelling his nasty shop.
As the Co-op did a few years later
when it opened on the High Street.
Giving him the chop.

 

 

  

 

 

 

 

Gollop

 
 
Gollop era el carnicero de nuestra abuela.
Si decías su nombre en voz alta, tragabas
un bolo entero de cartílago. Incluso el pensamiento
de ir a Gollop nos hacía tragar saliva,
hacía los ojos verdes de mi hermana pequeña
más redondos, más verdes. Los atados de conejos
colgados a la puerta en cortina de pieles;
sus ojos lechosos, la sangre coagulada
alrededor de la boca como gelatina de grosella negra.
Tenías que esquivar el desafío de las zarpas.
 
Dentro, aquel olor de sangre y serrín 
que todavía siento en la nariz. Ruidos. El golpe sordo
al caer la cuchilla; encogimientos, escalofríos
cuando se rompían los tendones, se astillaba el hueso.
El húmedo raspar de la sierra. Mis ojos
estaban nivelados con el mostrador de cortar. 
Su madera amarillenta hacía pendiente hacia el centro
como la cama que compartía con Rosy.
A veces, una trampilla que había en el suelo
se abría. A través de las nubes de hielo
nuestros ojos entreveían peldaños de madera, luego
enormes formas envueltas en hielo – la cámara frigorífica.
 
 
Dentro de la cual, el carnicero se cayó
una vez, el delantal ensangrentado y demás.
Cuando mis abuelos fueron a ver
Don Juan y nos contaron cómo termina
     -Como el señor Gollop! musité.
El señor Gollop sólo se rompió la pierna, pero
                          Plis!  Plaf!  Plop!
                          Hizo el señor Gollop!
cantábamos desde nuestra cama blanda,
risitas que celebraban su caída,
que clausuraban su asquerosa tienda.
Tal como hizo la Cooperativa unos cuantos años después
cuando abrió en la calle mayor.
Le dieron el golpe de gracia.