anna crowe

de: Punk with Dulcimer

Peterloo, 2006

Traducción: Joan Margarit

Punk con Salterio

4 Estaciones 2008

 

 

 

 

 

the shadow

 

after The Balcony Room 
by Adolf Menzel, 1845

 

in memory of my sister, Rosy

(2.11.1946-21.2.2004)

 

Since your death,
I’ve taken to visiting this room.
I like its emptiness, its modest triumphs,
the way sun pours through gauzy curtains
to lay a block of light on the bare floor.
Matter-of-fact. Unheroic. A stillness
big enough to hold a room we shared
as girls, on holiday at Talloires,
releasing a scent of beeswax,
a shimmer of lakewater,
and mountains looming like the future.

 

The muslin curtains billow
in sprigged folds like a nightdress,
and I picture you, who always dressed with care,
pausing to smooth your skirt
in front of the tall pier-glass.
Like death, it renders everything clear
within its narrow compass—
the striped sofa, the engraving whose gilt frame
catches the light like a strand of hair.
And these two chairs that turn their backs on each other
have ceased a lifetime’s conversation.
The sun highlights their uselessness
while touching a curved back
to warmth and colour.

 

Better to focus on that rough patch
the sun picks out on the opposite wall.
Is it a shadow, banal as death itself,
cast by the world outside on the balcony,
or did the decorator simply abandon his task?
I stare at it and take courage from that baldness,
from blemished plaster with a crack at its centre
like the confluence of two rivers; from this faithful
portrayal of things as they really are. 

 

    

 

 

la sombra

 

Según El cuarto del balcón,
de Adolf Menzel, 1845

 

en memoria de mi hermana, Rosy,

(2.11.1946-21.2.2004)

 

 

Desde que estás muerta
me he acostumbrado a visitar esta habitación.
Me gusta su vacío, sus triunfos modestos,
la manera como se derrama el sol por las cortinas de gasa
para colocar un bloque de luz en el suelo desnudo.
Normal. Sin pretensión alguna. Una quietud
suficientemente grande para contener una habitación
que compartimos cuando niñas, de vacaciones en Talloires.
Un cuarto que huele a cera de abejas,
un temblor de agua de lago 
y montañas que se asoman como el futuro.

 

Las cortinas de muselina ondean en sus pliegues, 
floreadas como un camisón de noche,
y te imagino a ti, que siempre te vestías con cuidado,
deteniéndote para arreglarte la falda
frente a este alto espejo entre ventanas.
Dentro de su estrecho alcance
todo se ve dos veces más claro, 
el sofá rayado, y el grabado en cuyo marco dorado
reluce el sol como en una trenza de pelo.
Estas dos sillas que se han puesto de espaldas
han acabado la conversación de una vida entera.
El sol subraya como ya carecen de importancia
mientras toca un respaldo curvado
con calidez y color.

 

Mejor fijarse en ese áspero pedazo 
que el sol pone de manifiesto en el muro de enfrente.
¿Es una sombra, sucediendo como sucede la muerte,
una parte del mundo exterior del balcón,
o simplemente es que el yesero abandonó su trabajo?
Lo miro bien y saco coraje de esta desnudez,
de este yeso manchado con una grieta en su centro
como la confluencia de dos ríos. 
De este fiel retrato de las cosas, tal como son de verdad.


 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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