punk with dulcimer

 

 

 

He stood at the end of the carriage.

A black-clad giant, fearsome

in fringed and studded leather, ginger mohican.

Then sat down in the seat beside me.

 

Soon – Plants are amazing, so they are!

The voice, rich Ulster. He looks up from his book,

eyes shining under the tawny crown.

– If it weren’t for plants,

if it weren’t for vascular bundles,

we’d not be walking upright.

He speaks in a creaking of leather,

a sound like branches in a pine-wood,

rubbing. And a multitude of studs,

from his ears to his bare, braceleted arms

and eloquent knuckle-dustered mittens,

sparkle and gleam like rain on thistles.

 

He is a green man speaking leaves.

Rainforest canopy fills the carriage

with rustled whispers; words

that make Linnaean music, space

for colobus, catleya, bell-bird

to peep from the fringes of speech.

 

For an hour he held sway, in language

as way above my head as, say, a sequoia.

Elusive as jaguar, and all gone.

All but those resonant, homely

vascular bundles. Oh, and the dulcimer.

He played a dulcimer in a folk-group,

was going, in fact, to play it in Newcastle

where he duly got off the train.

I think of how I had feared him,

of how we fear what we don’t know.

And when I hear the whistles and drums

of marching Orangemen on the news,

 

I try to imagine the tune arranged for dulcimer

– hearing soft-struck strings;

seeing a black-clad figure,

tall as a cedar of Lebanon, and dancing.

Like David with his psaltery

before the Lord.

 

         

punk con salterio

 

 

Estaba de pie al final del vagón.

Un gigante espantoso vestido de cuero negro,

con franjas y clavos y el pelo rojo cortado a lo mohicano.

Ha venido a sentarse en el asiento de al lado.

 

Y de pronto: Las plantas son extraordinarias, ¿no es verdad?

La voz, con un fuerte acento del Ulster. Y levanta la mirada del libro,

los ojos brillantes bajo la cresta leonada.

—Si no fuera por las plantas,

si no fuera por los haces vasculares,

nosotros no podríamos mantenernos en pie.

Habla con un crujir de cuero,

con un sonido como el de las ramas de un pinar

al rozarse entre sí. Y una multitud de clavos,

desde las orejas hasta los desnudos brazos con pulseras,

y sus elocuentes mitones con puños de hierro,

relucen y destellan como la lluvia sobre los cardos.

 

Es un hombre verde que habla hojas.

El frondoso follaje llena el vagón

de rumores susurrados: de palabras que componen

una música linneana, dejando espacio

para que el colobo, la catleya, y la manorina campaneras

se asomen a hurtadillas desde las periferias del habla.

 

Durante una hora dominó la conversación con un lenguaje

tan por encima de mí como una secuoya.

Esquivo como el jaguar, y con todo perdido.

Todo menos aquellos hogareños y resonantes

haces vasculares. Ah, y el salterio.

Tocaba el salterio en un conjunto de folk-rock,

e iba tocar a Newcastle, donde bajó del tren.

 

Pienso en como le había temido,

de cómo tememos lo que no conocemos.

Y cuando escucho por la radio los silbidos

y los tambores de los orangistas que marchan,

intento imaginar la melodía adaptada para salterio,

oyendo las cuerdas mansamente pulsadas,

viendo una figura vestida de negro,

alto como un cedro del Líbano y bailando,

como David con su salterio

ante el Señor.

 

 

 

 

 

 

 

 

anna crowe

de Punk with dulcimer, Ed. Peterloo Poets

2006 England

traducción joan margarit

 

 

 

Θ


 

 

 

 

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