libro de los venenos

corrupción y fábula del Libro Sexto

de Pedacio Dioscórides y Andrés de Laguna,

acerca de los venenos mortíferos

y de las fieras que arrojan de sí ponzoña

antonio gamoneda

 ed en La biblioteca sumergida 1995

 

de la yerba sardonia

 

La yerba llamada sardonia es una especie de ranúnculo. Ingesta, perturba el sentido y de tal suerte retira y tuerce los labios que parece que engendra risa.

A los que la hubiesen tragado, será remedio útil y particular darles a beber, después del vómito, aguamiel y leche en cantidad y hacerles unciones con medicinas ca­lientes por todo el cuerpo. Aprovechará también meter­los en un baño de agua y aceite, dentro del cual conviene fregarlos con diligencia. En suma, requieren la misma cu­ra que los que padecen de retracción de nervios.

LLaman los herbobrios a esta especie de ranúnculo apium risus, porque, mascada, tuerce con su dema­siado calor los labios y hace reír y regañar los dientes. Socorren contra esta yerba los mismos remedios que sirven contra el espas­mo, y no contra todo espasmo sino contra aquel que nace de las ebulliciones héticas y efímeras, que con estas cualidades nos ofen­de el ranúnculo. Se tiene pues en este caso por remedio excelente la borrachera y, así, conviene a los pacientes darles a beber vino en gran cantidad para que duerman largo tiempo.

Es también muy saludable el zumo del toronjil. Por lo demás, procuraremos confortar los nervios con fermentaciones hechas de aceite o vino, en el que hayan hervido la salvia, el cantueso y otras yerbas de este jaez. Tienen propiedad admirable en este negocio el aceite vulpino y el de castóreo, con cada uno de los cuales conviene un­tar toda la espina, principalmente aquella parte donde la cerviz se junta a la cabeza.

De los ranúnculos violentos describe Plinio hasta cua­tro géneros y uno de ellos, cuyas flores tienen el co­lor del azufre, debe de ser el apium risus, que en Castilla llaman revientabueyes y yerba de fuego. Del nombre gené­rico, ranúnculo —ya dicho por los griegos batrachion—, no sé la causa cierta aunque bien pudiera ser el que toda es­pecie de yerba ranúnculo se da en tierras encharcadas. La salvia es mata blanquecina y aromática; hervida, alivia la comezón de la entrepierna, hace fecundas a las mujeres viejas, ayuda a orinar y conviene a los tísicos. El aceite vul­pino es el zumo de la que llaman cola de zorra; seca las ri­jas sangrientas.

De la región de Uta, en la isla de Cerdeña, se había hecho traer Kratevas algunos manojos de sardonia, con su blanca cabellera de raíces, y los puso en cultivo en lugar re­cogido del jardín, hincándolos en tierra que mantenía ane­gada con agua de lluvia. Sabía el Rizotomo —que éste era el sobrenombre de Kratevas— que los antiguos sardos usa­ban esta yerba para sacrificar a los ancianos, lo cual hacían con arrebatada crueldad. Y de esta misma usó él, apartado de la serenidad científica, llegados el día y la causa, que fueron al hacerse manifiesta la preñez de lbrah, asiática, es­clava, de trece años, a la que Kratevas amaba sin haberla to­cado aún en su virginidad.

Fue averiguado que el autor de la preñez —Kratevas no dice su nación ni su nombre— era un mozo, poco más que un niño, servidor de Tigranes. el primer general póntico de Mitrídates, y a este Tigranes compró Kratevas el es­clavo por cuanto quiso, sin pararse en avaricias —que eran muchas, según se sabe por las actas que tratan de la servidumbre a Pompeyo después de la muerte de Mitrídates— Y escribe Kratevas:

De la flor amarilla amasada en el vinagre, puse dos onzas repartidas en los oídos y en los ojos, en las narices y en los labios, en el interior del prepucio y en la profundi­dad del ano. Hervía la carne y rezumaba una substancia se­mejante a cardenillo adelgazado en leche. Los gritos llega­ron a resultarme molestos. Añadí más vinagre al preparado y le ordené abrir la boca. Obedecido, hice que recibiese en su interior la sardonia líquida. El hombre puso en el aire un solo y gran alarido que fue debilitándose hasta adquirir suavidad musical, y así dio paso a una risa muda sobre el crujido de los dientes. Con las horas, la necia sonrisa se in­movilizó; uñas y párpados se mostraban azules, indicando la interior gangrena; hedía y sus orejas parecían talladas en hielo. Era mozo fuerte y tardó dos días en morir.»

 

 

 

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