John Ashbery, del que en 2004 se editaron

en España Tres poemas, muestra en la

composición que publicamos su feroz y

escéptica ironía bajo el terso fluir de los

versos.

 

      

TRES POEMAS

John Ashbery

Traducción y prólogo

de Julián Jiménez Heffernan

 

 

maestro de los tiempos muertos

 

 

jordi doce

 

Tuvimos que esperar quince años para ser capaces  de una lectura interpretativa acorde con el esfuerzo de aclimatación que nos proporcionaron los 4 o 5 libros ya traducidos en España antes que Tres poemas [Una ola, Galeones de abril, Diagrama de flujo y ¿Oyes, pájaro?, así como el poema Autorretrato en espejo convexo  y una selección de su obra —Pirografía—] pues el neoyorquino no es un poeta fácil ni fácilmente asimilable a las categorías que dominan nuestro discurso crítico.

 

No se podía abordar su poesía (ni la de nadie) desde la virginidad informativa, y sospecho que en este caso el desconocimiento nos ha impedido asumir cabalmente el potencial subversivo de una obra que está en el centro de cualquier reflexión sobre la modernidad literaria, pues, como afirma Jiménez Heffernan en su prólogo, su reto es «aceptar la superación de una cierta vanguardia, pero convivir con ella en toda la potencia de su sentido inaugural».

Las viejas preguntas no han sido satisfechas y piden aún nuevas respuestas, nuevos cursos de acción. De ahí la importancia de este volumen, que en rigor son dos, pues incluye una larga exposición de las principales lecturas que ha merecido la obra de Ashbery en Estados Unidos y en la que Jiménez Heffernan, en un tono más didáctico del que es habitual en él, inserta la suya propia, plena de hallazgos y sugerencias.

 

 

 

 

el rayo de auden

 

 

 

Parece claro que el modelo primero de esta poesía es el escepticismo irónico del Auden maduro, con su avidez referencial y su empleo distanciado y a veces paródico de las jergas de la sociedad urbana. Pero Ashbery descompone el rayo de Auden en un prisma hecho, entre otros, con los cristales de Wallace Stevens, Gertrude Stein y el escritor francés Raymond Roussel.

Dicho de otro modo, Ashbery inserta el natural prosaico del autor de Gracias, niebla en un horizonte de vanguardia determinado por la ruptura temporal y espacial, la aceptación de la entropía y el carácter fragmentario del sujeto, el abandono de todo impulso moralizante y una concepción del verso como unidad declarativa (Pound en Cathay) y energía verbal que fluye y se despliega por el «campo abierto» de la página (Williams).

Así, toma de Stevens lo rococó y ese tono algo burlón con que ambos registran sus obsesiones; y de Stein la pulsión no referencial, el serialismo, la sequedad de notario, el gusto por lo naïf.

     

punto de inflexión

 

Tres poemas (1972) es un punto de inflexión en la obra de Ashbery, asfixiado por el rigor estructural de Rivers and Mountains (1967) y The Double Dream of Spring (1970), libros en los que forja su voz pero también la cárcel desde donde encara el dilema inicial de este libro:

«Pensé que, si podía ponerlo todo por escrito, ésa sería una forma. Y luego se me ocurrió que dejarlo todo fuera sería otra forma, aún más verdadera».

 

Ashbery opta sin ambages por la primera alternativa, en una parodia de Frost. Compuesto por tres largos poemas en prosa («El nuevo espíritu», «El sistema» y «El recital»), Ashbery despliega en estas páginas una prosa obsesiva y circular, infinitamente dilatada y postergada, toda superficie en su ánimo de integrar las superficies de la vida cotidiana, la banalidad e «insoportable levedad del ser» del sujeto moderno que habita los barrios residenciales y se nutre de la cultura pop, sea la jerga de los periódicos y los libros de astrología o la comida basura de nuestros televisores y frigoríficos.

Prosa tentacular, en fin, de pulpo que debe su acedía y su fraseo prolijo a la pulp fiction de una vida suburbana donde las horas muertas destilan una vaga amenaza y la apelación trascendental es un gesto hueco ante las sombras que invaden el césped.

Pero también de un sujeto culto que escribe con ecos y pastiches de Emerson, Henry James o Traherne y cuya aparente ultracorrección verbal esconde una violencia productiva, un fértil sincretismo.

Tres poemas es un libro esquinado y desafiante, el hijo de una sensibilidad crepuscular, y la mina de la que Ashbery, desde entonces, ha sacado todas sus piedras, preciosas y no.

 

 

desconocer la ley no es excusa

 

 

 

Nos advirtieron de las arañas y la hambruna ocasional.

Fuimos en coche al centro para ver a nuestros vecinos. Ninguno estaba en casa.

Nos acurrucamos en jardines creados por el municipio,

rememoramos otros lugares diferentes:

pero ¿lo eran? ¿Acaso no lo conocimos todo antes?

 

En viñedos donde el himno de la abeja anega la monotonía,

dormimos buscando la paz, sumándonos a la gran estampida.

Él vino hacia mí.

Todo era como había sido,

salvo por el peso del presente,

que saboteó el pacto que hicimos con el cielo.

En verdad no había motivo para la alegría,

ni necesidad, tampoco, de volver atrás.

Estábamos perdidos con sólo estar de pie,

escuchando el zumbido de los cables en lo alto.

 

Lloramos la defunción de esa meritocracia que, salvaje, vibrante,

había preservado la comida en la mesa y la leche en el vaso.

Con estilo chapucero, barriobajero,

regresamos al cristal de roca original en que él se había convertido,

todo nos parecía inquietud, todo eran miedos.

Descendimos con cuidado

hasta el escalón más bajo. Allí puedes lamentarte y respirar,

enjuagar tus posesiones en el frío manantial.

Guárdate tan sólo de los osos y lobos que lo rondan

y de la sombra que llega cuando esperas el alba.

 

 

 

 

ignorance of the law is no excuse

 

 

 

We were warned about spiders, and the occasional famine.

We drove downtown to see our neighbors. None of them were home.

We nestled in yards the municipality had created,

reminisced about other, different places –

but were they? Hadn’t we known it all before?

 

In vineyards where the bee’s hymn drowns the monotony,

we slept for peace, joining in the great run.

He came up to me.

It was all as it had been,

except for the weight of the present,

that scuttled the pact we made with heaven.

In truth there was no cause for rejoicing,

not need to turn around, either.

We were lost just by standing,

listening to the hum of the wires overhead.

 

We mourned that meritocracy which, wildly vibrant,

had kept food on the table and milk in the glass.

In skidrow, slapdash style,

we walked back to the original rock crystal he had become,

all concern, all fears for us.

We went down gently

to the bottom-most step. There you can grieve and breathe,

rinse your possessions in the chilly spring.

Only beware the bears and wolves that frequent it

and the shadow that comes when you expect dawn.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

(Poema traducido por Jiménez Heffernan del libro de Ashbery, Where I Shall Wander)

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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