jorge gallego roca: poesía en traducción

 

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Me detendré sólo en dos ejemplos de autores norteameri­canos traducidos al español, John Ashbery y Charles Bukowski. Evoluciones divergentes de una misma rama romántica que nos aportan modelos para tratar poéticamente el sinsentido del individualismo actual.

Ashbery ya había gozado de una versión española de Autorretrato en espejo convexo firmada por Javier Marías (1990), pero ahora toma de nuevo aliento de la mano de unas muy militantes traducciones de Julián Jiménez Heffernan (Tres poemas, 2004, y Autorretrato en espejo convexo, 2006).

A éstas debemos añadir las de Alejandro Vale­ro (Oyes, pájaro?, 1999) y Martín Rodríguez Gaona (Pirografía. Poemas escogidos, 2003).

Desde el punto de vista de la forma, las traducciones de Ashbery desafían el estatuto español de las poéticas del verso libre y el poema en prosa.

Para Ashbery, la utilización de la prosa como manifestación del verso corresponde a una laboriosa construcción de una nueva subjetividad fantasmagórica. No parece casual que el interés por Ashbery coincida con la publicación de dos antologías del poema en prosa en español (Marta Agudo y Garlos Jiménez Arribas, Campo Abierto. Antología del poema en prosa en España, Barcelona, DVD, 2005, y Benigno León Felipe, Antología del poema en prosa en español, Madrid, Biblioteca Nueva, 2005). 

Jiménez Heffernan, en los polémi­cos y hondos prólogos de sus traducciones, subraya la posible aportación formal de las mismas: el trabajo con formas abiertas y los ensayos de verso proyectivo. Una tradición que viene de Whitman y Pound y que instala la poesía inglesa nortea­mericana en un horizonte de supervivencia de la vanguardia insólito en otras tradiciones literarias.

Sabemos que Holderlin fue el primer poeta occidental en teorizar la necesidad de apertura poemática a la diversidad magmática del afuera, y quizá la lectura nerudiana de Holderlin inicia un proceso que ahora empieza a integrarse como herramienta de futura poesía en el contexto español.

El otro gran reto formal que plantea Ashbery, y que quizá es la otra cara del mismo proble­ma, es la sintaxis. Por medio de una sintaxis tensa, apasiona­da y despersonalizada, se logra tocar artísticamente el ruido de fondo que caracteriza nuestro tiempo. En conclusión, y siguiendo de nuevo a Jiménez Heffernan, la obra de Ashbery supone aceptar la superación de una cierta vanguardia pero sin renunciar a la potencia de su sentido inaugural.

Por otro lado encontramos las traducciones de Bukowski; ahora al calor del descubrimiento de Fonollosa, un maldito español de la posguerra. El primer Bukowski conocido en España es el narrador, el alcohólico y el follador, un referente para el «realismo sucio».

La poesía la empezamos a conocer traducida en el volumen misceláneo Peleando a la contra, que reúne fragmentos, relatos y poemas en traducción de José Manuel Álvarez Flórez, Ángela Pérez, Jorge Berlanga, Ernesto Giménez-Caballero, Cecilia Ceriani y Txaro Santero.

Esta segunda oleada de Bukowski dibuja un nuevo autor que interesa sobre todo por el nihilismo vitalista de su propuesta. Recientemente han aparecido dos nuevas traducciones de su poesía a cargo de Eduardo Moga (Poemas de la última noche de la tierra, 2004) y Eduardo Iriarte (Escrutaba la locura en busca de la palabra, el verso, la ruta, 2005).

Iriarte señala cómo la simplicidad de la poesía de Bukowski hace imposible dar rienda suelta a la genialidad hermenéutica. Los poemas se explican por sí mismos y ante el traductor se pre­sentan nuevos retos. El prosaísmo ordenado en versos implica un constante trabajo de depuración y superación del retoricismo. El traductor, paradójicamente, tiene que trabajar la espontaneidad, y, según Iriarte, esto “sólo se consigue tras haber traducido miles de versos de este poeta, tantos que los gestos automáticos del autor hayan pasado a ser también ade­manes mecánicos en la lengua de llegada, lengua que previamente ha habido que despojar de metáforas superfluas hasta dejarla desnuda para la palabra ajustada”.

Ashbery y Bukowski son ejemplos muy válidos de los caminos por los que se adentra en nuestros días la traducción poética. El poeta en lengua española busca modelos con los que enfrentarse al sinsentido, al ruido de fondo de nuestro tiempo, algo que pasa por trabajar la prosa como poesía, por investigar las posibilidades sintácticas de la subjetividad. Pasa por no olvidar las raíces románticas de la imaginación moderna y pasa, no lo dudemos, por la promiscuidad de las lenguas. Sigue siendo válida la opinión de Renato Poggioli:

«Specially in modern times, a national literature reveals its power of renewal and revival through the quality and number of its translators» Es posible que la historia de la literatura del siglo XXI sea mucho más que en otras épocas una historia de las traducciones. También es posible que la poesía en español está afrontando la conciencia de sus límites dentro de la tradición y que, de nuevo, «la tarea del traductor», en la versión de Benjamin, sea la ampliación de los límites lingüís­ticos. Benjamin partía de una afirmación de Rudolf Pannwitz en su obra Crisis de la cultura europea «El error fundamental del traductor es que se aferra al estado fortuito de su lengua, en vez de permitir que la extranjera lo sacuda con violencia». Con violencia parecen estar golpeando Ashbery o Bukowski en las traducciones que hemos comentado.

 

jorge gallego roca

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Círculo de Bellas Artes de Madrid, 2006-7