dylan thomas:

muertes y entradas

 

 

 

Muertes y entradas ha sido considerada la obra cumbre de Dylan Thomas (Swansea, 1914 – Nueva York, 1953).

En tan sólo treinta y nueve años de vida se convirtió en uno de los poetas más populares y admirados en el mundo anglosajón de mediados del siglo XX. Fue publicada en 1946, al finalizar la Segunda Guerra Mundial (y varios poemas hacen referencia al trágico conflicto). Previamente había publicado Dieciocho poemasVeinticinco poemas y El mapa del amor.

La poesía de Thomas es vitalista y pasional, con ciertos tintes surrealistas, a diferencia de la de su época de carácter más social. Tiene un agudo sentido de lo sagrado y lo numinoso, más fruto de su íntimo contacto con la naturaleza que derivado de unas determinadas convicciones religiosas, aunque tuviese un profundo conocimiento de la Biblia (de hecho utiliza recursos como repeticiones, letanías o fórmulas sacras en la construcción de algunos de sus poemas).

Un tema recurrente de sus versos es los recuerdos de infancia, por lo general asociados al contacto con la naturaleza. Eso ocurre en Poema en octubre:

 

“Era mi trigésimo año hacia el paraíso

/… /

yo vi en el cambio claramente las olvidadas

mañanas de un chico que caminaba con su madre

atravesando las parábolas / de la luz del sol”

 

o en Colina del helecho 

 

“cuando yo era joven y alegre, bajo los manzanos

/…/

vivía libre y sin preocupación…”

 

que es un canto a un tiempo y un espacio en armonía con la naturaleza y con otros seres humanos.

En Colina del helecho –uno de sus poemas más célebreshay también un sentido de lo sacro, una comunión entre la voz poética y el medio natural.

Es una oda de contenido casi místico a la inocencia y la infancia.

No por ello deja de haber un sentimiento del inexorable paso del tiempo:

 

“el tiempo me mantuvo verde y moribundo,

pero cantaba encadenado, como el mar.”

 

También el paso del tiempo está recogido en Aniversario de boda:

 

“Demasiado tarde en lluvia equivocada

a quien dividió su amor, se juntan;

las ventanas llueven en sus corazones

y las puertas arden en sus pensamientos.”

 

El yo está también muy presente en sus poemas, al dejarse llevar por su fuerza vital e, incluso, por una visceralidad que impregna su poesía.

En Rechazo a lamentar la muerte, por fuego, de una niña en Londres, afirma rotundo:

 

“Yo no asesinaré

la humanidad, de su ida a una verdad de tumba

ni blasfemaré las estaciones de la respiración

con una última

elegía de inocencia y juventud.”

 

En este poema hay un sentido ambivalente porque, aunque la niña al morir, “entra en la sinagoga de maíz”, que puede tomarse como una promesa de vida eterna, concluye con un “tras la muerte inicial, ya no hay otra”, como si por el hecho de nacer ya se estuviera muerto para siempre.

La juventud, la plenitud y el amor  –en ocasiones con referencias explicitas al cuerpo y el sexo– son otros de sus temas; e, inevitablemente su opuesta: la muerte. Así en La boda de una virgen escribe:

 

“el sol de ese día brincó desde el cielo de los muslos de  ella

/…/

aunque el momento de un milagro es relámpago sin fin”

 

y en Hubo un salvador habla de

“el áspero amor que rompe toda roca”. Y la muerte hace su presencia, a parte de en el poema que da título al libro, en otros como Infortunio de una muerte:

 

“Veo al tigre en lágrimas

en la andrógina tiniebla

su tribu en trizas y la humana

luna camino del holocausto.”

 

El poema Muertes y entradas está constituido por tres estrofas que se inician anafóricamente:

“En la casi incendiaria víspera…”,

para, en los siguientes versos, exponer experiencias individuales y colectivas, y concluir con una reflexión.

En la primera estrofa evoca la experiencia de la guerra, el dolor y el luto de la gente ante la pérdida de seres queridos: “inusual angustia en muchos casados de Londres.” La segunda establece un paralelismo entre los muertos propios y los del enemigo –“uno que es del todo desconocido”– ya que “él bañará su sangre de lluvia en el mar varonil / que caminó por tus propios muertos.

La guerra proporciona una ceguera que hace que unos no vean la humanidad de los otros.

En la última hay una sensación apocalíptica. La “entrada” de un peligro mortal para el individuo –“extraños heridos…han buscado su sepulcro” –, la oscuridad se hará presente –“lanzarán los rayos / que anulen el sol” –, y, al final, “como el último Sansón de tu zodiaco”, se morirá con el enemigo a fin de matarlo también.

Debido a un simbolismo misterioso, a imágenes oscuras y a un surrealismo casi onírico, el asunto de algunos poemas es difícil de concretar, no se puede tener una idea clara de lo que el poeta quiere decir. Así ocurre en el poema Amor en el asilo:

 

“Ha venido una extraña

a compartir mi espacio en la casa,

/…/

corriendo el pestillo de la noche

con su brazo de pluma.”

 

O en Ceremonia tras un bombardeo donde escribe:

 

“las masas del mar bajo

las masas del mar portadora de niños

/…/

entra a parar para siempre

gloria gloria gloria

el partido reino último del trueno del génesis”

 

poema en el que también juega con las formas: “yomismos”, “perdonad / nos perdonad / dad / nos vuestra muerte.”

 

Se ha dicho que a Thomas le interesaba casi más la forma que el contenido; sin ser completamente cierto tampoco es muy inexacto. Hizo un amplio uso de la asonancia, la aliteración, las rimas internas, utilizando como principal unidad métrica el pentámetro, aunque adaptándolo a su sentido personal del ritmo. La base de sus poemas es una historia que se articula mediante una serie de imágenes visuales muy creativas e inusuales, a la par que misteriosas a veces (“casa a prueba de cielo con nubes entrantes”, “las mulas portan sus minotauros”, “cien cigüeñas se columpian en la mano derecha del sol”).

En este libro, además, hay una sección al modo de caligramas, en dos partes, una con poemas en rombo y otra en forma de diábolo (Visión y oración). También se le ha tenido por excesivo y prolijo, fruto de una necesidad intrínseca nacida de su fuerza vital. Y a la búsqueda de una cierta pureza, de un paraíso perdido, al combate de Eros y Tánatos, a la manifestación del dolor humano, a la sacralización de la naturaleza, añade el conocimiento de que lo único que sobrevive a la muerte es la palabra.

Rafael González Serrano