traduciendo a emily dickinson

 

La poesía es la otra forma de usar el lenguaje.

Esta simple fórmula, que no me he cansado de repetir a lo largo de los ensayos y los años, no podría encontrar una mejor ejemplificación que la obra de Emily Dickinson. Y no me parece una exageración afirmar que en la medida en que la poesía constituye la otra forma de usar el lenguaje, deberíamos utilizar en realidad dos verbos diferentes para referirnos al acto mediante el cual desciframos un poema. Porque la poesía no es sólo otra forma de decir, de cantar o de escribir, sino que, también y sobre todo, es otra forma de escuchar y de leer.

Como decía Cesare Pavese:

“la poesía es otra cosa”

Más aún: me atrevo a decir que la acepción común y corriente del verbo “leer” es válida para todos los casos de la escritura, excepto para el caso de la auténtica poesía.

Hasta la manera de manejar un libro de poesía es distinta a la forma en que se lee, se manipula, y se maneja un libro de cualquier otra clase de literatura.

La experiencia de leer poesía implica una forma distinta de aproximarse a los polos del espacio y el tiempo en la literatura.

Implica, pues, otro modo de balancearse, otro equilibrio, otra forma de oscilar.

El ir y venir entre el ojo y el oído del poema, entre lo que sabemos y todo lo que no sabemos, entre la palabra y el silencio, entre esos dos polos opuestos y complementarios de siempre, tiene una clara función: sin este oleaje incesante, no hay corriente ni contrapunto.

No hay obra que redondear. Y la experiencia de leer la poesía de Emily Dickinson no podría ser, en este sentido, más rica: un viaje donde, como ella misma decía,

“multiplicar los muelles no disminuye el mar”.

¿Cómo es posible que esta mujer pequeñita que vivió toda su vida en Amherst a mediados del siglo XIX, prácticamente sin ningún contacto con los grandes movimientos literarios europeos (su padre, un puritano de rancio abolengo, muy estricto y distante, pero no, por cierto, carente de buenos sentimientos, le compraba algunos libros y se los regalaba con la petición expresa de que no los leyera) y, para el caso, de ninguna otra parte del mundo, fraguara una obra que iba a cambiar el curso de la poesía norteamericana del siglo XX?

Desde la soledad de su voluntaria reclusión en la casa familiar (en las últimas décadas de su vida tan sólo salió un par de veces a la vecina ciudad de Boston, y esto sólo para atenderse un problema ocular), esta mujer admirable logró realizar una de las obras más originales de la poesía moderna. Y digo moderna con pleno conocimiento de causa. Tanto por la forma como por el contenido, la poesía de Emily Dickinson se cuenta entre las obras que resultan indispensables para entender el modus operandi de la poesía contemporánea.

Casi al mismo tiempo que Laforgue y Rimbaud en Francia, y apenas algunos años después que Baudelaire y Hölderlin, esta gran escritora abrió nuevos cauces a la poesía de su tiempo y del nuestro. Su obra se destaca como un contrapunto preciso, necesario, de aquella otra obra majestuosa de la poesía estadounidense del siglo XIX: nos referimos, por supuesto, a la obra de Walt Whitman. ¡Qué contraste tan marcado entre estas dos creaciones, entre estas dos vidas! Y, sin embargo, aunque construidas en las antípodas de la experiencia poética, cuántos rasgos en común tienen, cuántos vasos comunicantes las hermanan, y cuántos lazos fraternales, vitales, existen entre sus visiones del mundo. Frente a la desbordante y apasionada curiosidad de Walt Whitman, la reconcentrada capacidad de observación de Emily Dickinson.

El mundo no fue extraño a ninguno de los dos. Lo conocieron y lo gozaron, cada uno a su modo. Un mundo no ajeno a nada; ni siquiera a la ciencia que despuntaba con avasalladora fuerza en su época, por más que sus telescopios y sus microscopios pudieran llegar a reducirse a un solo instrumento: el de la imaginación. Es por esto que ya en 1860 decía Emily Dickinson en un brevísimo y magistral poema:

        La “Fe” es toda una invención
        Para el Hombre con conciencia-
        Los Microscopios son buenos
        En un caso de Emergencia.

Emily Dickinson utilizó magistralmente varios recursos que después han sido explorados y explotados de mil formas distintas: los cambios de ritmo; las rimas sorprendentes,
“esos cascabeles que con su tintineo dan ánimo en el camino”
como ella misma decía.

Walt Whitman vio el mundo que le tocó vivir con su poderosa vista telescópica; Emily Dickinson lo hizo al microscopio, casi sin tocarlo, casi sin hablar, con un cuidado punto menos que infinito. Con el mismo cuidado que utilizó para vestirse impecablemente de blanco, para seleccionar y arreglar las flores que regalaba a sus escasos visitantes, o para escribir sus poemas. Un cuidado que se manifiesta constantemente en sus extraños versos y que la lleva a identificarse con las criaturas más pequeñas y humildes, hasta llegar a decir, en una declaración de principios que es, acaso, la negación misma del American way of life (el modo de vida norteamericano):

“¡Yo no soy nadie! ¿Quién eres tú?”

El verso blanco, ágil, que no duda en romper con la cadencia musical regular si las necesidades intrínsecas del poema así lo exigen; y una sintaxis inusual que ha venido a ser el sello de garantía de la casa. Y es que aquí, como en tantos otros aspectos, la poesía de Emily Dickinson resulta doblemente engañosa.

Primero, resulta engañosa por hacernos creer que se trata de una poesía tradicionalista en un sentido peyorativo y atildada. Nada más errado. En sus poemas podemos encontrar con frecuencia irrupciones de una poética sumamente moderna, tanto en la rima como en el metro, tanto en la sintaxis como en la puntuación. Segundo, decimos que es doblemente engañosa porque, en cuanto al sentido de los poemas, en lo que toca a la observación apasionada que del mundo hizo la autora, nos encontramos frente a una poesía que, aunque a primera vista, pudiera parecer sencillamente un ejemplo más de poesía religiosa y, en particular, cristiana, en una lectura cuidadosa nos revelan una visión acendradamente personal, enraizada en el escepticismo, plena de contradicciones. Una concepción moderna y angustiada de la existencia que, si bien hunde sus raíces en la herencia tradicional cristiana (el libro de los Salmos era una de sus lecturas de cabecera), tiende sus brazos desconsolados a la tierra baldía del siglo XX.

“Canto como lo hace el niño al pasar junto al cementerio: porque estoy asustada.”
Oscuridad y temor en una mujer que amó la blancura y la claridad Emily Dickinson decía lo mismo
“¡Ah, cómo cantamos para apartar la oscuridad!”
que confesaba en una carta a su mentor, T. W. Higginson; oscuridad y temor en la poesía de una artista que buscó siempre la seguridad y el amor. Es una poesía que no deja de sorprendernos. La vida de su autora, tampoco. A pesar de los largos estudios que se le han dedicado, su vida sigue siendo un enigma. Durante su existencia, Emily Dickinson solamente publicó siete poemas, sin firmar, y no fue sino hasta 1890 -cuatro años después de su muerte, acaecida el 15 de mayo de 1886- que se publicó su primer libro: una selección hecha por Higginson (¡el mismo que le aconsejara en vida no publicar nada!) de los casi dos mil poemas que dejó escritos.

Unos cuantos años después se publicaron otros dos volúmenes de poesía, junto con dos recolecciones de su fértil correspondencia. En 1914 se publicaron más poemas, y no fue sino hasta mediados del siglo XX que la Universidad de Harvard adquirió todos sus manuscritos y los derechos de publicación, que se inició la edición meticulosa de su obra completa; eso que a ella le gustaba llamar: “una carta dirigida al mundo”.

Sólo existe una semblanza escrita en vida de la autora, que nos permite asomarnos a la distancia a su mundo. Es obra también de su inefable mentor, Thomas Wenworth Higginson, el único literato con el que Emily Dickinson tuvo contacto en su vida, casi únicamente a través de una larga y copiosa correspondencia que, por sí sola, se distingue como una obra maestra de la literatura del siglo XIX. Higginson vio a la poeta sólo en una ocasión (a lo más dos) y el único recuento que escribió de su visita nos resulta ahora precioso. Años después Higginson pagaría no sólo su hospitalidad, sino su gran amistad, devoción y confianza, haciéndose cargo de su primer libro.

“La impresión de un genio poético original, totalmente nuevo, se abrió paso en mi mente de inmediato…” dice el azorado Higginson, aunque más adelante agrega: “indudablemente me impresionó su tremenda tensión y, en parte, su anormalidad… era demasiado enigmática para mí.”

La obra de Emily Dickinson sigue siendo también enigmática para sus lectores. La selección de textos que se ha reunido en el libro 55 poemas de Emily Dickinson, publicado por Hiperión en 2010, da buena cuenta de ello. Un breve pero sentido homenaje a esta poeta excepcional a los 120 años de su muerte. Sólo 55 poemas: uno por cada año que vivió la autora. Hay que agregar que el libro -y la idea y el crédito del mismo, del poeta Jesús Munárriz- se redondea con 40 poemas breves Amherst Suite que he escrito a manera de un sentido homenaje a la autora, y un ensayo que precede a los poemas.

Y si la experiencia de leer la poesía de Emily Dickinson es radical, ¿qué decir de la experiencia de traducir sus poemas? Se trata de una experiencia, por una parte, claro, de lectura atentísima y profunda; una lectura que ha requerido de años y años. Se trata, por otra parte, de un intento de producir en nuestro idioma efectos semejantes o equivalentes a los que la Dama Blanca de Amherst consiguió cifrar en su impar idioma. Y de todos los efectos, quién duda que los musicales son, a fin de cuentas, los más complicados de reconstruir en español. No sé hasta qué punto lo he logrado… lo que sí puedo decir sinceramente es que en todos los poemas que he traducido lo he intentado, y que no me conformé en ningún momento con traducir sólo “el sentido” (o el significado, ya de por sí ambiguo) de los poemas, o de conservar nada más las imágenes.

Además, en las traducciones he respetado, en la medida de lo posible, su peculiar puntuación así como el característico uso de las mayúsculas de los textos originales, tratando de conservar el espíritu que los animó al ser escritos. En última instancia, y a pesar de la extrema brevedad de los poemas, nos queda la innegable sensación de estar ante una obra de grandes dimensiones. Esto se debe, en buena medida, a que en la poesía de Emily Dickinson cada detalle ha sido larga y serenamente sopesado. Todo está en foco. Cada poema ha sido trabajado por la autora con esforzado esmero, procurando no desperdiciar nada. En la traducción de sus poemas he procurado hacer justo lo mismo, evitando, sobre todo, desperdiciar el tiempo y la inteligencia del lector; atendiendo siempre a esta otra forma de usar el lenguaje, esa otra manera de conocer, de ver y de dar a ver que es la poesía.
 
 
 
 
 
 
alberto blanco
 
en poesía digital