luisa castro

 

el país: tribuna

marzo 1988

 

las invitadas

 

Dan color. La fiesta perdería puntos sin ellas. Dan compañía.

¿Qué hace uno solo en medio de la fiesta, sin alguien atractivo colgado del brazo?

Pero a la salida los papeles se pierden, los gestos se entremezclan, y lo penoso es asistir a la vida de invitada, como si fuera, en la calle, en el mundo de todos los días, uno hubiese de confirmar su asistencia y agradecer la llamada al gran anfitrión, como si la vida no nos perteneciese tampoco a todos.

Todavía quedan muchos invitados, muchas invitadas forzosas con cara de prestado, muchos anfitriones empeñados en convertir la vida en una fiesta privada para que encima el Gobierno, generosa y sutilmente, se encargue de establecer cuotas de participación que aseguren nuestro papel de invitadas.

Nos invitan a participar al 25% de su política; en la vida, un porcentaje mucho más alto de mujeres se sienten miserablemente invitadas: la falta de educación, el maltrato personal, la prepotencia habitual en las relaciones, el abuso de poder o las pautas tácitas que un medio profesional construido a la medida del anfitrión exige son algo tan evidente que da risa hablar de cuotas de participación política cuando la manipulación de nuestro propio proyecto como personas ridiculiza todas las invitaciones oficiales.

Pero están empeñados, siguen abriéndonos las puertas del cielo con la llave tonta de las leyes: mientras miles de afectados esperan la elaboración de una ley justa de objeción de conciencia, a las mujeres nos regalan la entrada en el Ejército.

Desde arriba velan por la igualdad, reparten con la mejor de las intenciones los papeles; desde abajo, muy pocos están dispuestos a desterrar la estupidez diaria, ese trato habitual levemente repugnante que pretende de la mujer un comportamiento de invitada vitalicia, condescendiente, agradecida.

Si en algo están cambiando las nuevas generaciones es en sus relaciones.

Menos torpes, menos ingenuos, se invitan a sí mismos, y los juegos de prepotencia / impotencia empiezan a quedarse sinceramente anticuados.

No se plantean la igualdad porque no necesitan equipararse; les hace gracia lo del 25% porque no necesitan medirse.

Sólo en las manos de una mujer maltratada se estruja la ley de entrada en el Ejército, y las cuotas de participación política son menos que polvo a los ojos de una empleada de hogar explotada.

Filósofos, pensadores, directores bancarios, hagan balance del negocio de la prostitución, establezcan baremos para medir las causas de la miseria humana, inviertan en otro futuro posible para quien nace prestado.

Publicistas, jefazos de los grandes holdings, artistas, políticos honradísimos con la copa sucia en la mano de la droga y la delincuencia barriobajera, paséense por las cárceles de mujeres o por las escuelas para contar una a una las patadas que los niños amadísimos de sus madres dan con amor a sus pequeñas amigas, o por los colegios atestados de niños y niñas educados para la injusticia y la infelicidad sexual.

Y en la calle, todos los días, midan sus patadas paternalistas, oscuras, confusas, esperpénticas.

Jugar a las fiestas es divertido, los anfitriones son siempre gente simpática, pero a la vida no nos invita nadie, y aún quedan muchos hombres idiotas con viruela en el alma, demasiadas muecas ridículas. Es algo que no solucionan las leyes.

No recuerdo el excedente de mujeres inútiles para la guerra tiradas por los barrancos de Esparta ni las brujas quemadas en la hoguera de la Inquisición.

No he vivido otros tiempos que estos últimos 20 años, pero se puede adivinar el boleto de participación que desearían para la mujer, a su medida, en una fiesta de retraimiento y coartadas, chismorreos o halagos, en un mundo de hombres y mujeres cómodas a las que a veces nos cuesta creer que las pequeñas cosas de todos los días cambian en la medida en que somos capaces de mejorar una sociedad donde la mujer no ha dejado de ser una acompañante, una invitada.

Es la pereza de mejorar y la mala conciencia de los misericordiosos lo que anula las leyes protectoras de la igualdad.

Si miran hacia dentro, no hay nada que igualar; si miran hacia arriba, da risa verlos allá subidos, sin poder hacer nada por ellos, tan lejos están de sí mismos, los peones de los andamios del pequeño poder intentando echarnos cables.

Pero sólo te ofrecen el cielo: poca cosa.