UMBRAL 

los existencialistas

 

Sartre, pese a su marxismo, profesa en Heidegger, pero éste le llama “periodista”, por su labor divulgadora.Los existencialistas o, por mejor decir, el existencialismo, supone una lectura del romanticismo por elevación. “Efectivamente, los románticos estaban en lo cierto”, se dicen los existencialistas, “pero vamos a explicar por qué”. Sôren Kierkegaard, chepudito y envuelto todavía en las nieblas del postromanticismo danés, abandona a su Regina Olsen porque no lo tiene claro (1).

Nuestro Unamuno lee a Kierkegaard y decide que aquello es lo suyo: una pasión pasada por la cabeza, una inteligencia pasada por el corazón. Pero Unamuno era rector de Salamanca, cargo de mucho respeto, y no se decide a abandonar a nadie. Con el tiempo, durante la  penúltima moda existencialista, se hizo cierta ironía sobre Gabriel Marcel, “existencialista cristiano”, pero lo cierto es que los primeros existencialistas -SK, MU- fueron cristianos. Lo que pasa es que Marcel parte de su cristianismo  seguro para adentrarse en las procelas existencialistas. Se reserva una carta, hace trampa, mientras que los existencialistas lo que se juegan es su relación misma con la religión, es decir, con Dios, que era una armadura que en el XIX todavía nos encontrábamos en todos los rellanos de cualquier ascensión filosófica.

Heidegger es el gran existencialista de nuestro tiempo, con poderoso lenguaje lírico y con un fondo lírico, asimismo, en todo lo que piensa, idea, imagina , inventa. El Misterio no se le cae de la boca, como la pipa de solitario de la Selva Negra. Julián Marías ha dicho hace poco que la Escuela de Frankfurt se crea para borrar la figura de Heidegger, culpable de unos ingenuos contactos con el nacional socialismo. Pero Heidegger llegó, en algún momento, a encarnar el destino del hombre en Hitler, y a escribirlo (aunque fuera en frase de circunstancias), como Hegel había hecho, más seriamente, con el Imperio Austro-Húngaro, y Goethe lo haría con Napoleón.

El intelectual es hembra y necesita siempre el Gran Macho que haga realidad histórica sus cogitaciones, para saber que han triunfado. Jean-Paul Sartre profesa pronto de existencialista, sin renegar de Heidegger, quien le llama “periodista”, por la cualidad divulgadora de sus obras (2).
Sartre es ese gran hombre de letras francés sin el que no puede pasarse Francia. Cuando este hombre no surge, se le constituye por toda una escuela prefabricada: escuela de la mirada, estructuralismo, etc. Alguien lo dijo de Jean Cocteau:

-Es lo que se da cuando no puede darse un gran poeta.

Claro que Cocteau se resarciría cuando surgió Minou Drouet, la niña poetisa de 11 años:

-Todas las niñas de Francia son poetisas, menos Minou Drouet.

 

El fondo lírico, a Heidegger le viene de Rilke (3). Kierkegaard y Unamuno, sin un gran poeta detrás, quedan como más sequizos. Sólo teniendo a Rilke detrás se puede escribir que “el hombre es pastor del ser” o que “el hombre es un ser de lejanía”.

Sartre es, ante todo, un prodigioso ensayista, y viene a ocupar el hueco de André Gide, el trono de André Gide en la literatura francesa, sólo que Gide era amoral y sintético, mientras que Sartre es moralista y farragoso (son cosas que suelen ir unidas). ¿Qué es la moral sino una farragosidad? Abrid un tratado de moral. Sartre no es filósofo, quizá para fortuna suya, como se prueba en El Ser y la Nada. Gide, ni siquiera lo intentó. Como novelistas y dramaturgos, ambos son malos. Ambos vienen, realmente, de Montaigne, que inaugura un género nuevo -el último- y muy francés: el ensayo.

Poderosos ensayistas, Gide en cínico y lacónico, Sartre en “buena fe” y -ya está dicho- farragosidad. Sartre intenta poner en comunicación el existencialismo con el comunismo soviético, como antes había hecho Breton con el surrealismo. A todos estos movimientos les conviene una pasada por la izquierda. Cuando se decepciona de los rusos, Sartre se hace prochino. Renuncia al Nobel porque antes se lo han dado al jovencísimo Camus, un existencialista de “centro” y ya medio arrepentido. La palabra Sartre sigue siendo una voz polémica. De Camus nadie se acuerda, salvo algunas jovencitas con prematuras inquietudes tardías (yo me entiendo). Como ejemplo de conducta existencialista/irracionalista absoluta, mejor que El extranjero es el Pascual Duarte.
¿Por qué mata el extranjero al árabe? ¿Y por qué mata Pascual Duarte a su perro, que le está mirando con amor? Por lo menos, Pascualillo nos ahorra las preguntas metafísicas posteriores. Merleau-Ponty, Starobinsky, Bataille y otros militaron en diversas formas de existencialismo, mediado el siglo, o se inventaron cada uno su existencialismo particular, pero aquí, como en Breton y los surrealistas, aparece el papado laico. Sartre quiere ser el padre de todos ellos, máxime cuando ya tiene prevenida una madre: Simone de Beauvoir, cuyas novelas son directamente ilegibles véase Todos los hombres son mortales), y cuyos ensayos más famosos, como ese de la segunda cosa, transparenta continuamente la pregunta interior de la autora: ¿Y qué le va a parecer este párrafo a Sartre?”. La noche que le dieron el Nobel y lo rechazó, Sartre volvió muy tarde del café. Un periodista le estaba esperando en el portal:

-¿Por qué lo ha rechazado usted?
-También rechacé el premio Stalin.

 

Y siguió leyendo a oscuras, mientras subía, el periódico de la tarde. Todos los chicos de mi generación hicimos el parvulario Sartre, y hoy puede uno discernir a tantos años, que era un enorme escritor, todo un hombre de letras -eso que se da tanto en Francia- y que acabó no creyendo en el existencialismo ni en el comunismo. Acabó siendo un viejo ácrata: mayo/68 le había marcado tanto como a De Gaulle (supuso también su caída silenciosa)
Los chicos le habían silbado en la Universidad. Claro que el silbido es lírico, pero no es un argumento aunque sea colectivo. En cuanto al pleito Heidegger/Frankfurt, Adorno, en su libro sobre la ideología y la jerga, deja bastante clara la riquísima (y no siempre involuntaria) aportación del filósofo de la Selva Negra al nacional socialismo. Decir que Hitler viene directamente de Nietzsche es un simplismo que ya no simplifica nada. Adorno está en posesión de un utillaje filosófico mucho más científico que el de Heidegger, y Walter Benjamín, por la otra punta de la Escuela, es el “golfo” de Frankfurt, lleno de intuiciones. El poderoso lirismo de MH remite siempre a Rilke.
En la primavera de 1967, Sartre y la Beauvoir vinieron a Madrid, a un hotel de los bulevares, y yo me acerqué por allí, dispuesto a hacerle una entrevista al maestro, que se mostró esquivo como si lo mío fuese un bolígrafo/pistola. Estuvieron en el cine y, antes de la película, había un corto del Pato Donald. Donald no consigue conciliar el sueño, y en un momento determinado, abre un ojo; por su ojo se ven pasar ovejas. Fue el único momento de sonrisa de Sartre en toda la proyección. Realmente, era un gag para un filósofo. Incluso cuando escribe Le Mots, su libro más poético, la recreación de su infancia, el lirismo se le desliza continuamente hacia el ensayo. Precisamente este balanceo entre reflexión y emoción -entre “sonido y sentido”, hubiera dicho Valéry- es lo que hace de Le Mots un gran libro, su mejor libro. Siempre quedamos más grandes en lo pequeño. Sartre, “periodista” o no, es el hombre que retiñe  de existencialismo varias generaciones. Como ya se ha dicho aquí, ha sido quizá el gran parvulario intelectual de los niños de la guerra (mundial), que fue la mía.
En plena moda del insufrible Faulkner (que tanto daño haría a sus epígonos latinochés), Sartre, en Tiempos modernos, hace la crítica científica y demoledora de un novelista fundamentalmente tramposo. En cuanto a la pintura (la música le interesó menos, y en esto se diferencia de Adorno: era francés y no alemán), su ensayo sobre el Tintoretto es el que aúna más afortunadamente el entendimiento materialista de la Historia (Tintoretto, hijo de tintoreros, viendo ya un mundo más real que el que veía Tiziano) con el entendimiento lírico de la pintura.
El existencialismo, en fin, viene a razonar algo que el Romanticismo había intuido: que la vida precede a la razón, que la existencia precede a la esencia, o que no hay otra esencia que la continuidad de nuestros actos, y que la pasión es una forma de conocimiento superior al conocimiento mismo: o inferior, más profunda. Ya nadie filosofa desde ninguna esencia, sino desde su propia existencia. Nietzsche aconsejaba partir del cuerpo para filosofar. El ratio/vitalismo de Ortega va por ese camino.
Se han pasado las modas y los modos del existencialismo, en la literatura y en la vida. Es decir, no se han pasado, sino que han ingresado en el terreno firme y nada tonto de lo obvio, de lo que se da por supuesto. No tenemos otra existencia que la existencia. Toda metafísica es una teología de paisano. La filosofía, así, se ha hecho contingente, menesterosa, periódica y periodística (con perdón de
Heidegger), con lo que tienen de nuevo plena actualidad nuestros pensadores azarosos: Unamuno y Ortega.

 


1. El concepto de la angustia, de SK, es en buena medida un precedente de Del
sentimiento trágico de la vida, de Unamuno.
2. A Sartre le irritaba que le llamasen “normalista”, por su origen en la Escuela
Normal.
3. Heidegger define a Rilke como “poeta de los tiempos míseros”.

 

 

 

 

 


 

 

 

 

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