Por: Gonzalo Ramírez Quintero

 

Está lejos en el tiempo mi primer encuentro con la poesía de Jorge Riechmann. En Madrid, allá por el año de 1987, adquirí Cántico de la erosión. La voz de un joven poeta español de 25 años se abría paso en estas páginas con una singular e inquietante fuerza expresiva que planteaba un diálogo fraterno pero exigente con el lector. Era una voz nítidamente historizada y politizada pero sin el menor asomo de dogma; una voz que conjugaba rebelión y revelación; una voz transparente y a la vez enigmática.

Desde aquella lectura de Cántico de la erosión, la poesía de Jorge entró en mi biografía como lector de una vez y para siempre.

 

I

 

A esta altura, no es exagerado afirmar que gracias a una voz como la de Jorge Riechmann, la poesía española contemporánea tiene otras medidas, otras exigencias, otros riesgos. Cierto que lo mismo puede decirse, entre los poetas nacidos en la sexta década del pasado siglo, de las voces de Juan Carlos Mestre, Enrique Falcón, Julia Castillo, Guadalupe Grande: voces radicalmente diversas pero unidas por una misma fidelidad al oficio mayor; voces que se desmarcaron de eso que en España llaman poesía de la experiencia desde finales de los ochenta.  

A mí me parece desolador el saldo que ha dejado la tal poesía de la experiencia. Y ello se debe, en gran medida, al hecho de convertir a la comunicación con el lector en un a priori, casi que un dogma: se trata de un falso pacto comunicativo basado en la simplificación empobrecedora de que el poema debe ser entendido a juro.

Aquella poesía de recetario tenía fecha de caducidad a la vista. Y no conducía a otra parte que a un callejón sin salida.

Me adhiero completamente a estas palabras del Maestro Antonio Martínez Sarrión:

Determinados poetas se negaron a entrar en el redil y decidieron instalar sus tiendas, sus pieles, a la intemperie, en la urbe o en despoblado, pero sin yugo, a buen recadudo de amos, sin Thatcher, sin Reagan y los que han seguido, sin sus mamporreros, alcahuetes y legitimadores, a leguas de todo el ganado que a estos rabadanes siguió, con escasos balidos disonantes. Entre el corto números de los invictos, de los no sometidos, se hallaba el poeta español J.R. veinteañero entonces, hoy cuarentón.

Se necesitaba coraje para no entrar en el redil. Y algo más que coraje en España: convicción poética.

Es claro que Riechmann estableció un deslinde con el error de la poesía de la experiencia: no en vano se reconoció en la exigencia creadora de un José Ángel Valente, de un Francisco Pino, de un Antonio Gamoneda dentro de la tradición poética española.

[Riechmann cuenta con el lector, busca dialogar con él, sin halagarlo y sin entontecerlo: no en vano su poesía está en guerra contra la banalidad y la insignificancia. Está entre aquellos y aquellas que reasumieron, a todo riesgo, la posibilidad cierta del conocimiento poético.

Jorge Riechmann es de España, pero también de todas partes, pertenece a un mundo donde caben muchos mundos. En especial, yo celebro su pertenencia al país de la poesía en nuestra lengua. Y me parece ejemplar el diálogo atento y entusiasta que ha sostenido con diversas voces poéticas de Nuestra América: Juan Gelman, Gonzalo Rojas, Antonio Porchia, José Viñals, Eduardo Milán, y pare usted de contar, son para él, como diría el Maestro René Char, aliados sustanciales.

Como aliados sustanciales han sido y son Bertolt Brecht y René Char.

Vio claro el Maestro Antonio Martínez Sarrión cuando dijo que Brecht le aportó un manejo flexible y felicísimo de la dialéctica. Se trata de una dialéctica abierta, viva, ajena a cualquier tipo de formulismo, como corresponde al heterodoxo que eres.

Char, a quien Riechmann ha traducido con devoción, le mostró el camino a través del cual pensamiento e imagen se iluminan mutuamente. Es el pensar y el poetizar fundiéndose indisolublemente. Pero el Maestro provenzal también ha dejado en él una poderosa exigencia ética a la que ha sido enteramente fiel. Y no menos importante la vecindad con Char le enseñó a perfeccionar la desobediencia, la rebeldía.]

 

II

 

[Tal y como se nos aparece en Entreser (Poesía reunida 1993-2007), la poesía de Jorge Riechmann ha alcanzado una espléndida plenitud creadora. Qué maravilla encontrarse con un poeta de palabra iluminada y solidaria: capaz de decir y de contradecir, de interpelar y de revelar.

Entreser nos permite recorrer el segundo ciclo de su obrar poético; el primer ciclo quedó recogido en Futuralgia (Poesía reunida 1979-2000). Ambos ciclos se destacan por su sostenida coherencia dentro de su inquieta y fecunda diversidad. 

Al igual que en Futuralgia, en Entreser se hace inmediatamente perceptible un proceso de gestación abierta que se va cumpliendo poema a poema, libro a libro. Un proceso tan fascinante como modélico por su calidad específica que es hija del rigor y de la pasión.

No pretendo intentar una explicación global de Entreser. Lo que deseo, más bien, es intervenir estas páginas como una forma de prolongar su lectura. Una lectura que ha reafirmado mi admiración sin reservas por la poesía de Jorge Riechmann.

En realidad y en verdad, qué estimulante resulta, a la hora de leer, encontrarse con una poesía que sea capaz de ser tan consecuente con sus propias exigencias; que no se quede a medio camino como suele suceder.

Si Riechmann ha recorrido y sigue recorriendo, tal y como bien lo señala Pedro Provencio, un espectro expresivo amplísimo y arriesgado, ello no se deduce de un impulso única y exclusivamente formal.

Nos encontramos en Entreser con un explorador: un audaz e insumiso explorador marcado por una permanente insatisfacción vital y verbal con respecto a su hacer; que sabe que la travesía no tiene final a la vista y que hay que caminar con entrañable espíritu, esto es, con un amor ecológico y movilizado por todo lo vivo, con una solícita ternura hacia la amenazada realidad de este mundo.

Acierta Provencio cuando señala que a Riechmann: Nada humano, y aún más: nada vivo le es ajeno.]

Dice Riechmann en Poema de uno que pasa:

 

Uno que en el umbral se encuentra

con los animales

el abejorro la ardilla el gorrión el erizo

la urraca el perro el tiburón el mono

allí en el umbral donde ellos acuden

a abrevarse de sueño y de luz

 

[A través de los animales se nos manifiesta aquella fe de vida cantada por Jorge Guillén: fe en su esplendor tan transparente como enigmático que, hoy más que nunca, merece ser defendido.

Es el esplendor que nos reconecta con lo sagrado. En este preciso sentido, nada vivo puede sernos ajeno.

Existe una luminosa correspondencia entre el ecólogo y el poeta. Hay un común tomar partido fuera de cualquier codificación convencional. Tomar partido equivale a contravenir. A situarse a contratiempo y a contracompás.

Según Hölderlin, es poéticamente como el hombre habita esta tierra. Tal posibilidad de habitar obliga hoy a levantarse, a insurreccionarse personal y colectivamente contra el ecocidio que avanza inexorablemente por todas partes.

Examinemos brevemente lo que Pedro Provencio ha llamado hiperconsciencia al estudiar la poesía de Riechmann. Se trata de un estado mental de análisis omnímodo que se implica en cada hecho objetivo como si fuera (o más bien porque es) un nudo en la red de su metabolismo más íntimo.

Se me ocurre, en primer término, que la reflexión de Provencio nos muestra el paisaje intelectual de la praxis poética de Riechman. Un paisaje intelectual denso, cargado de referencias y pleno de memoria, pero que tiene que habérselas con un presente terriblemente adverso, un presente prácticamente sin salidas.

Tal estado mental de análisis omnímodo, entonces, pone al sujeto poético en tremendas dificultades. No es poca cosa que se implique en cada hecho objetivo como si fuera (o más bien porque es) un nudo en la red de su metabolismo más íntimo. Por decir lo menos: el metabolismo más íntimo tiene que estar dispuesto a pagar un altísimo precio. Se requiere del inmenso coraje y la inmensa lucidez de un Jorge Riechmann para ser afectado de tal manera y tener la capacidad de elaborar una poesía con tanta calidad y tanta dignidad. (Valga el paréntesis: Riechmann se distingue, lo digo con René Char, por la cantidad de páginas insignificantes que no ha escrito).  

Hablamos de un estado mental que exige mucho porque el análisis omnímodo no concluye pasivamente en sí mismo: sale hacia el afuera para impugnar la cotidiana y massmediática legitimación de lo dado; sale hacia el afuera con una voz que afirma la vida sin condiciones, una voz abierta hacia la futuridad.

En Poesía contra poesía, el espléndido libro de Jean Bollack sobre Paul Celan, he encontrado una reflexión que me parece enteramente aplicable al obrar de Riechmann en Entreser: la poesía se transforma en un lugar de combate, y no sólo de memoria. Pienso que la memoria histórica tiene un peso fundamental en esta poesía, generando un posicionamiento subjetivo tan consistente como combativo: El mundo tal como es resulta inaceptable; no se puede vivir sin desear otro estado del mundo y sin luchar por él.

Ahora bien, se trata de un lugar de combate que no está políticamente sobredeterminado. Un lugar de combate que se crea y recrea en cada poema porque es el sentido mismo de la poesía lo que está en juego cuando el desierto crece y la destrucción avanza.]

Vuelvo a apoyarme en Bollack para proseguir: en Entreser hallamos una voz indeleblemente marcada y problematizada por su situación histórica. Pero una voz que siempre recoge el guante, una voz impulsada y afinada por una irrenunciable y poderosa energía crítica:

 

Tienes que decidirte:

o lo real son los movimientos del dinero,

o lo real son los cuerpos de hombres

y mujeres. Irreconciliablemente

esa opción seccionará el mundo.

Lo llamaremos lucha de clases.

 

Poesía absolutamente refractaria a la indiferencia y a la resignación, esto es, que se afirma soberanamente contra ellas. No en vano opera desde una lúcida y entrañable subversión del sentido. Y nos habla con el acento de la más genuina indignación:

 

Escribo

poesía

anticapitalista (perdón

por la redundancia)

porque no desisto

de ver sanar

la nube martirizada

el osezno sin leche

la bombardeada dignidad

 

[Si esta voz cuestiona y protesta lo hace, como diría Raúl Zurita, poniendo toda la gama de la afectividad humana en máxima tensión. Máxima tensión, aclaro, que debe sacudir a cada palabra, tornándola irreemplazable.

El cuestionamiento y la protesta necesitan de la mayor energía creadora para validarse poéticamente. Si no es así, se estará editorializando y no poetizando.

La poesía se resiste a cualquier forma de instrumentalización política. Pero, también, se resiste a que se le fijen tabúes sobre ciertas y determinadas temáticas.

En un poeta como Riechmann, lo histórico, lo social, lo político, lo ecológico, son genuinos disparadores poéticos. Y ello es así porque, ya lo dije, en él pensar y poetizar se funden indisolublemente.

Pensar y poetizar desde el deseo y la rebeldía.

Desear y rebelarse porque el sistema-mundo capitalista es poéticamente inaceptable.

Desear y rebelarse sin eludir el afrontamiento de la incertidumbre, del dolor, del sinsentido.

Desear y rebelarse conjugando el mayor riesgo y la mayor lucidez. Así logra el poema, con palabras de este mundo, tensar el arco y lanzar la flecha lo más lejos posible.

La voz de Jorge Riechmann está consustanciada con la pobre, bella fuerza erótica humana. Eros moviliza y de qué manera esta poesía.

Pobre, bella fuerza erótica humana que en Riechmann se vuelve tan envolvente como englobante; que no se reduce a la mera genitalidad.]

 

Valga un ejemplo:

 

Lugares del deseo: desplazar el bulto durmiente del perrito,

la gata intensa, deslizarse dentro

del otoñal lecho cálido, tocar la piel del amor.

 

[En realidad y verdad, en Entreser se cumple admirablemente aquel dictum que nos legara Miguel de Unamuno como un tremendo reto que no ha perdido la menor vigencia: Siente el pensamiento, piensa el sentimiento. Pienso que el impulso creador  se da en ti a partir de este  movimiento que, en el fondo, es uno solo. Y cuando piensa el sentimiento y siente el pensamiento, lo anecdótico y lo explícito, digámoslo así, no se cierran sobre sí mismos, van más allá de sí mismos.

Al llegar aquí, me vuelve a asaltar una pregunta que me hice varias veces durante la lectura de Entreser: ¿hasta qué punto se le puede considerar a Riechmann un poeta realista? Yo diría que es un fervoroso practicante de lo que Yves Bonnefoy llamó un gran realismo. No en vano ha postulado la necesidad de un realismo de indagación, un realismo no conformista. Recurro a esta reflexión suya:]

Realismo, para mí, se definiría en términos sobre todo negativos. Caracteriza al realista su voluntad de no excluir (no excluir lo discordante, lo incómodo, lo atípico, lo que no encaja en nuestros idealizados órdenes preconcebidos); su afán de resistir cuanto sea posible contra los procesos (vital y pragmáticamente necesarios) de simplificación y tipificación de la realidad; su deseo de atender a las voces soterradas, reprimidas, intempestivas que de repente horadan nuestra realidad previamente constituida.

 

Creo pertinente y enriquecedor poner en diálogo lo dicho por Riechmann con estas hermosas palabras de Fina García Marruz:

El realismo verdadero debiera abarcar el sueño y el no-sueño, lo que tiene un fin y lo que no tiene ninguno, el cacharro doméstico y la Vía Láctea. Ningún otro realismo que el de la misericordia.

Valga el comentario: la subjetividad de Riechmann es distintivamente misericordiosa; plena de genuina compasión y de acendrada fidelidad. 

 

III

 

[Desde Desandar lo andado (1993-1999) hasta Las artes de lo imposible (2007), en el arco temporal que cubre Entreser, su poesía ha trazado su fecundo acontecer, trabajando, explorando los límites entre lo comunicable y lo incomunicable. Ahí radica la fuerza que le es propia.

En cuanto al trabajo con el verso, el poeta se la juega en la posibilidad cierta de decir más con menos. Así ocurre en Muro con inscripciones/ Todas las cosas pronuncian nombres, Ahí te quiero ver, Poema de uno que pasa,Las artes de lo imposible. El principio constructivo de cada uno de estos libros, de cada una de estas secuencias, es la fragmentación. Y aunque en un sentido distinto al de Lezama Lima, son fragmentos a su imán, imantados por su propio y múltiple centro creador.

En cada fragmento Riechmann busca concretar, lo digo otra vez con Jean Bollack, la libre constitución y reconstitución de un momento en el devenir. Sin velar lo referencial, incluso lo biográfico, cada fragmento apunta hacia un sentido que los trasciende:]

 

Esto es real: las viñas, el ciclista,

la caja de tomates, el gato negro y pardo

al que no dejan entrar en la casa. Y el esfuerzo

de éste, de aquélla, de este otro

por vivir una vida sin servidumbre, hasta donde

se pueda limpia, libre de autoengaño

y que no dé la espalda al misterio de las cosas.

 

[Hay un ir y venir del poema en verso al poema en prosa con feliz libertad. No puede ser de otra manera en una escritura cuya dinámica procesual se gesta en su capacidad del todo específica para cambiar de registro, de tono, permaneciendo fiel a sus propias convicciones y obsesiones.

Entreser acoge dos libros de poemas en prosa: Desandar lo andado y Conversaciones entre alquimistas. Dejo abierta una pregunta: ¿cómo se personaliza en Riechmann esta modalidad expresiva?

En principio, el poema en prosa acoge un decir más expansivo; libera otras posibilidades expresivas; permite explayarse en diversas direcciones sin atender a las necesarias reglas de juego que Riechmann se  impone cuando encara el verso. Claro: el poema en prosa tiene sus propias reglas de juego, su propio rigor verbal. 

Qué duda cabe: es un singular practicante de esta modalidad expresiva. Por momentos parece –y digo bien: parece- que discurre ensayísticamente pero vuelvo a reiterar que en él pensar y poetizar se funden indisolublemente.]

Hay mucho donde escoger en sus poemas en prosa. Ejemplifico a través de este texto titulado Acertijo para tontos que pertenece a Conversaciones entre alquimistas:

¿Qué es lo más marginal de todo y sin embargo se asienta perdurablemente en el centro de la vida y de las cosas? ¿El almanaque de todas las debilidades que no obstante acumula sin cesar energía para las inconcebibles resistencias? El acertijo es transparente: la poesía, claro está, limpio está, transparente está. Sin indulgencia reclamo esa palabra amorosa y fatídica. Así vamos sacando del zurrón –agujereado y vacío– el pan y la sal de nuestra esperanza. Así vamos formulando, paso a paso, uno adelante y tres atrás, la delicada álgebra de la comunidad futura. En la sobriedad de los resquicios, nos hacemos fuertes para no enmudecer. Durchhalten! dice, contra todas las probabilidades probables, el dibujo al pastel de Paul Klee en 1940, justo antes de su muerte. Resistir. Existir. Revelar. Resistir.

Un arte de resistir: un arte que nos permita resistir. La resistencia como una forma de estar en el mundo.

Por cierto: no me he referido a ese libro sorprendente e inclasificable que es Fotografías (hacia una educación de la mirada). Cada imagen ausente con su respectiva leyenda nos convoca no sé si a mirar por primera vez, pero, en todo caso, sí a mirar de otra manera.

 

IV

 

En Entreser Riechmann se replantea constantemente el sentido de la poesía.

Dice: Poesía: un amor que indaga. Por eso mismo, no puede dejar de indagar sobre sí misma, esto es, sobre sus posibilidades y sus dificultades.

Oigamos su voz:

Poesía: decir lo que no se sabe, y sin saberlo queriéndolo, y por eso indagando en ello, aproximándose a algo que está ahí, que siempre ha estado ahí, ya inmediato y de repente inaccesible.

[Tal aproximación no tiene nada pero nada que ver con la literatura. Es un hacer cuerpo y un hacer alma desde el deseo y la rebeldía. Ahora bien, esta radicalidad experiencial se constituye como una puesta en diálogo:]

En poesía no se puede ni hablar por hablar, ni hablar por el placer de escucharse a sí mismo. El breve tiempo y la demasiada muerte nos vedan tales frivolidades. El soliloquio me parece esencialmente no poético: en poesía todo se extrema hacia el tú.

[Todo se extrema hacia el tú, ciertamente, pero sin que la poesía se traicione a sí misma. En el poema, Riechmann está a la búsqueda, como quería Celan, de un tú cordial y, más aún, fraterno. Pero tal tú merece respeto y no manipulación: extremarse hacia el tú implica extremarlo, buscarlo en toda su complejidad. Es lo propio de una poesía que se plantea, sigo una penetrante intuición Eduardo Milán sobre la obra de Juan Gelman, como una ética del decir.

Al tú se le busca desde el ápice de la expresión creadora. La poesía que se simplifica deliberadamente en función de ganar inteligibilidad y poder de comunicación, termina por convertirse en una forma de la banalidad.]

Veamos cómo Riechmann nos coloca ante una cuestión esencial:

Para qué escribir poesía. Me vienen a la cabeza los versos inolvidables de Barry Callaghan: and love is like a silent prayer/ sung by the living/ for the dead. Los poemas: canciones para los muertos y conjuros para los no nacidos. Tan inactuales como eso: ¿quién pretendería una eficacia inmediata, mensurable, previsible? Tan solitarios como eso. Pero necesarios, desde luego, tan necesarios. Preguntadles si no a los muertos. Preguntad a quienes nacerán.

 

[Me gusta la forma como pone en duda, con humildad preguntona, esa pretensión de eficacia inmediata, mensurable, previsible: una pretensión que se vuelve una capitulación desde el punto de vista poético. Me gusta, también, que un poeta de palabra densamente historizada, reivindique la inactualidad valiéndose de los versos de Barry Callaghan: las canciones para los muertos y los conjuros para los no nacidos son inactuales y, por tanto, no son susceptibles de reificación. En tal sentido, lo inactual puede aportarnos un nivel más amplio de conciencia histórica.]

No puedo privarme de citar un poema donde quedan sintéticamente expresadas las coordenadas de una veraz y persuasiva poética:

 

No se trata de decir la revolución

sino de hacer la revolución

sobre todo si hablamos desde dentro del poema.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

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