El desacuerdo final

Wallace Stevens, Poemas tardíos, Lumen, Trad. Daniel Aguirre, Barcelona, 80 pp., 2009

Wallace Stevens, nacido en Hartford en 1879, se sitúa en una línea de la poesía americana que empieza en Emerson y Emily Dickinson,

y que acabaría en Williams, Ammons y Ashbery.

Aunque desde el Modernism la poesía americana haya emprendido aventuras muy distintas, en su raíz siempre ha estado la preocupación

de cómo habitar, cómo asumir la historia, cómo estar en la naturaleza.

Es decir, sobre cómo vivir, qué hacer, igual que tituló Stevens uno de sus poemas.

Sus últimas composiciones fueron la aportación definitiva a una obra compleja, que en cada libro se reinventó a sí misma, y que arrojó luz

nueva, como un último gesto de insatisfacción con la naturaleza de la mente y de la imaginación.

Estos poemas son las aclaraciones finales de quien ha pensado todo aquello que ha sentido. Stevens no se deja ir, afirma su trayectoria

cuando ya todo parecía acabado, se rebela contra la lucidez de la vejez como el último engaño de las palabras antes de desaparecer.

¿Acaso no son las palabras las que nos matan, las que nos hacen envejecer? ¿Acaso no tienen ellas la culpa de todo?

Hay una profundidad en la poesía de Wallace Stevens que excede a la propia poesía, que la envuelve y la define.

Lo que le importa a Stevens es la capacidad infinita de asociación de la mente y la imaginación, pensando siempre que esas

asociaciones libres conforman seres, y tienen consecuencias.

Le importa el control de la imaginación y de los sueños, porque de esas mentes libres se desprenderán actos libres, seres nuevos. La

distancia que Stevens toma sobre el poema le permite un afuera que en estos últimos poemas ya no es irónico, sino que toma conciencia

de la edad, de que el flujo de conciencia llega a su fin, y hay que encontrar las últimas conclusiones. 

La pregunta que se plantea Stevens a lo largo de toda su obra es cómo por qué se forma la imaginación, aunque en estos últimos

poemas, escritos con más de setenta años, quizá lo que le preocupa es que esa imaginación sea capaz de extinguirse a sí misma,

de llegar a un punto final. Pocos poetas han llegado en su vejez a un nivel de depuración similar, sin dejar de arriesgar formalmente.

Pocos poetas son capaces de hacer un gesto más sobre su propia obra, como si rasgara su último lienzo. Acaso solamente Yeats y

Eliot, en la tradición anglosajona, llegaran a una experiencia de la vejez y la muerte tan reveladoras como la de Stevens. 

Habiendo pasado la imaginación sobre todas las cosas, habiendo transformado todo, lo que plantea Stevens es que quizá no haya

nada mejor que dejar las cosas como estaban.

La poesía de Stevens es una poesía de superficies que se tocan, que se suben unas sobre otras, para revelar los extraños mecanismos

de la mirada y la imaginación.

En este despojamiento, este interés continuo por encontrar una forma de mirar exacta, por no vivir entre dos vidas, entre su exótico verano

en Florida y su vida gris en Hartford, entre la libertad de sus primeros libros y la seriedad de los últimos, reside la grandeza de Stevens, 

quien realiza un juicio constante sobre su propia actividad.

Su deseo por encontrar el modo más verdadero de percibir las cosas, para que se dé esa unión final entre filosofía y poesía, que Stevens

explora desde el principio, le hace entrar con las palabras, con los sonidos, en las propias cosas. 

Por ejemplo, cuando escribe “Veamos la cosa misma y ninguna cosa más”, está cerca de Rilke, en su voluntad de hacer de todo una

única cosa, un único nombre.

De hecho, a pesar de ser aparentemente poetas muy distintos, las coincidencias entre Rilke y Stevens son muchas, y quizá sean

los dos poetas que más han cambiado la historia de la poesía en el siglo veinte, con permiso de Celan, y que han sido capaces de

posicionarse y distanciarse sobre su propia obra, y de construir un sujeto poético fuerte.

Es decir, han definido la conciencia y la historia. Han entrado en las cosas.  

Cuando escribe en el último poema 

¿Habré vivido una vida de esqueleto / como un descreído de la realidad / un compatriota de todos los huesos del mundo?,

Stevens aún manifiesta su duda sobre si la poesía es algo en sí mismo, si dedicarse a la poesía no es, de algún modo, dedicarse

íntegramente a la muerte. Creo que con los años se dio cuenta de la seriedad y la gravedad de sus palabras. Como explica Andrés

Sánchez Robayna, Stevens contempla la poesía misma como el absoluto, para él la poesía es experiencia moral analizada en el

poema mismo. Existe necesidad de crear una nueva moral, nuevos valores éticos y, por tanto, estéticos. La palabra ensancha las

fronteras.

El poeta había confesado sobre el período de Notas para una ficción suprema que “en ese tiempo sentía con más fuerza que nunca la

necesidad de un acuerdo final con la realidad”. En estos poemas últimos ya no parece que ese acuerdo sea suficiente para él: cercana

ya la muerte, uno puede permitirse un total desacuerdo con la naturaleza de la vida y del lenguaje.

El desacuerdo con la realidad y con las cosas es el que nos da fuerza para crear otras constelaciones, otros modos de pensar que no

ayuden a la realidad, sino que la despisten. Decía Luce Irigaray, que lo real es todo aquello que ninguna definición de la realidad puede

expresar. Ese desacuerdo íntimo y radical se transforma en vida, en conciencia, en diferencia. Ese desacuerdo es lo que nos separa y

nos une a los otros. 

Stevens entrega la voz a la materia, es capaz de verse en las cosas y dejar que ellas griten su realidad; deja que ellas se imaginen

en el sonido de las palabras que las nombran. Un grito final de las cosas que nos haga llegar a la ficción suprema, a la conciencia absoluta,

a un hombre nuevo que habite la tierra sin pisarla. Así que, como ha escrito Alvaro García en un poema reciente, “Todo es conciencia.

Por qué pararla”. 

Pablo Fidalgo Lareo


 

 

 

 

 

 

 

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