RevistadeLibros

 

 

 

tres poemas de john ashbery

 
 
andrés ibáñez
 
 
 
 
 
 
 
 
 

Leer un poema no es realmente leer, sino soñar. Me ha pasado leer durante años (y no exagero) algunos poemas hasta que un buen día he tenido de pronto la gana, o la ocurrencia, o la brillante idea, de leerlo una vez para ver qué es lo que dice. Y de pronto uno descubre cosas que siempre habían estado allí, como unos caracoles blancos en el fondo de un charco que uno no veía simplemente porque ajustaba sus ojos para ver las nubes reflejadas. Leer un poema es ajustar los ojos aquí o allá, en diferentes niveles y profundidades de las palabras.

Tomemos, por ejemplo, este poema de John Ashbery, que está en sus Uncollected Poems, en el primer tomo de la Library of America de sus poesías completas. Cuando leemos el título, ya sabemos que el poema nos va a gustar. No, sabemos en realidad que nos gusta, o quizás incluso que nos gustaba. Podríamos leerlo o no leerlo, ya que estamos convencidos de que ese poema nos gusta. Pero no tenemos nada mejor que hacer, de modo que empezamos a leerlo. Leemos los tres primeros versos y nuestra suposición se confirma, dado que se trata de un poema muy bello.

Cuando sigo leyendo, me doy cuenta de que estoy leyendo poseído de un enorme deseo, el deseo, la voluntad, de hacer que ese poema sea hermoso. Una quiebra en la música y todo el encanto se desvanecerá. Pero hay que entender la música, saber de qué tipo de música se trata. Por eso hay que leer los poemas tantas veces: por la misma razón que hay que oír una pieza musical varias veces para acabar de comprenderla.

 

 

 

 

un humor de tranquila belleza

 

 

La luz de la tarde era como miel entre los árboles
cuando me dejaste y caminaste hasta el final de la calle
donde terminaba abruptamente el crepúsculo.
El puente levadizo, similar a un pastel de boda, descendió
hasta la tímida flor del nomeolvides.
Tú subiste a bordo.
Ardientes horizontes pavimentados de pronto con piedras de oro,
sueños que tuve, incluyendo el suicidio,
soplan el globo de aire caliente y lo alejan.
Está reventando, está a punto de reventar
con algo invisible
justo durante estos días.
Nosotros escuchamos, y a veces oímos,
algo que se acerca

y hacemos que la sangre descienda, y cosas así.
Los museos se tornaron entonces generosos, y vivieron en nuestro aliento.

 

 

 

 

 

 

Leamos ahora un poema muy diferente, que procede del libro Shadow Train, un libro compuesto íntegramente por poemas de cuatro estrofas de cuatro versos. Este siempre me ha gustado mucho porque su tema es, precisamente, la poesía. Su tono conversacional, directo, didáctico, ligeramente prosaico, no es más que otra máscara adoptada por el poeta. John Ashbery es un poeta de máscaras, de estilos, de tonos. No es un poeta, sino muchos. No tiene una voz, sino muchas voces.

 

 

 

 

paradojas y oxímoros

 

 

Este poema tiene que ver con el lenguaje en un nivel muy básico.
Observa cómo se dirige a ti. Tú miras por la ventana
o pretendes juguetear con algo. Lo entiendes, pero no lo entiendes realmente.
No lo captas, o él no te capta a ti. Ninguno de los dos lo capta.

El poema está triste porque le gustaría ser tuyo, pero no puede.
¿Qué es «un nivel muy básico»? Es eso, y también otras cosas,
que forman un sistema que él intenta poner en juego. ¿En juego?
Bueno, la verdad es que sí, aunque yo considero que el juego es

una cosa externa y más profunda, un patrón encontrado en sueños
tal como la división de la gracia de estos largos días de agosto,
sin prueba alguna. Final abierto. Y antes de que te des cuenta
se pierde en el ajetreo ruidoso de las máquinas de escribir.

Te la han jugado una vez más. Yo creo que tú existes solamente
para convencerme de que lo haga, en tu propio nivel, y luego ya no estás allí
o adoptas una actitud diferente. Y el poema
me ha empujado hasta ponerme suavemente a tu lado. El poema eres tú.

 

 

 

 

 

El poema habla de la relación entre la poesía y el lector, y también, oblicuamente, del papel que tiene el poeta en esa lucha o en esa danza (¿acaso no es lo mismo una lucha que una danza?). El poema quiere dirigirse al lector, y el lector quiere leer el poema, pero ninguno de los dos consigue su objetivo. El poema no alcanza al lector, y el lector bien no entiende, bien pierde todo el interés. Pero, ¿de qué trata el poema? Tiene que ver con el lenguaje, dice Ahsbery, y con el lenguaje en un nivel muy básico, muy obvio. Esto quiere decir poner en juego los elementos de un sistema. Esto, y nada más, aunque esto (permítanme robarle una frase a Joseph Conrad) lo es todo.

«El poema eres tú», dice el último verso. Pero, ¿hemos de creer a Ashbery? ¿El poema soy yo, el lector? ¿Qué diablos significa eso? Puede significar un cierto número de cosas: por ejemplo, que el poema sólo existe cuando alguien lo lee. O cualquier otra cosa sentimental, al estilo del «poesía eres tú» de Bécquer. Bueno, es posible, pero John Ashbery no es un poeta excesivamente sentimental. Probablemente, las últimas palabras del poema no son más que parte de ese «sistema» que el poema intenta poner en juego.

Es el propio poema el que ha puesto al poeta al lado del lector. Es el propio poema el que dice esas palabras, no el autor. El poema dice «el poema eres tú», pero quiere decir en realidad «el poema soy yo».

Reparemos en el título: «Paradojas y oxímoros». Frases que se contradicen a sí mismas o que afirman cosas excluyentes. Eso es, precisamente, el lenguaje de la poesía: paradojas y oxímoros. Esto es, seguramente, el lenguaje en sí.

No me resisto a añadir la traducción de uno de mis poemas favoritos de John Ashbery, tan delicado, tan perfecto, tan incomprensible, como Mozart.

 

 

Pensamientos de una muchacha joven

 

 

«Hace un día tan bonito que tenía que escribirte una carta
desde la torre, y para decirte que no estoy enfadada:
lo que pasa es que resbalé en la pastilla de jabón del aire
y me ahogué en la bañera del mundo.
Vales demasiado para llorar mucho por mi causa.
Y ahora renuncio a ti. Firmado, La enana».

 

Pasé por allí a última hora de la tarde
y la sonrisa todavía iluminaba sus labios
igual que desde hace siglos. Ella siempre sabe
cómo ser absolutamente deliciosa. ¡Oh, hija mía,
preciosa, hija de mi último jefe, princesa,
ojalá no tardes en aparecer!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

Deja un comentario