desde rimbaud con amor                                                         rimbaud X ashbery

rimbaud X ashbery desde rimbaud con amor

ashbery X rimbaud

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las iluminaciones de rimbaud 

las iluminaciones de rimbaud                                                  ashberyX rimbaud

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

jordi doce

 

Por una de esas casualidades que no parecen del todo casuales, la traducción de John Ashbery de Las Iluminaciones  de Rimbaud coincide en el tiempo con la edición española de El juramento de la pista de tenis (1962), quizá el libro más obediente a la vanguardia histórica del poeta americano, y desde luego su trabajo más francés, más teñido de coquetería parisina.

Ashbery ha escrito que hace poco volvió a releer El juramento … y que, lejos de espantarse como preveía, disfrutó con la insolenciael enorme descaro de su escritura juvenil.

A juzgar por los inéditos que ha ido dando a conocer últimamente, parece que ese descaro ha vuelto a filtrarse en su escritura, dando más fuerza al impulso aleatorio, borrando la tenue lógica que unía pasajes y estrofas, dislocando incluso la sintaxis. Tal vez para espantar cualquier indicio de aburguesamiento, el patriarca improbable de la poesía norteamericana parece haber vuelto a sus fuentes, esa Francia personalísima que acotan, entre otros, Pierre Reverdy, Max Jacob, Raymond Roussel o, mucho antes en el tiempo, el Rimbaud de los grandes poemas en prosa.

No es extraño, pues, que haya aceptado la propuesta del editor Bob Weil de traducir Las Iluminaciones, convirtiendo el  encargo en un homenaje a la tradición misma en que se educó.

Ashbery recuerda haber descubierto a Rimbaud a los dieciséis años, cuando «leí “O Saisons, O Châteaux” y me pareció distinto de toda la poesía que había visto hasta entonces».

Años después, en el prólogo a su primer libro, Some Trees  (1956), Auden rastreó la influencia de Rimbaud en el joven poeta con palabras ambiguas que eran tanto un elogio como un reproche (o un paternal aviso a navegantes):

Si la pregunta de Wordsworth había sido: «¿Qué lenguaje emplean realmente los hombres?», Rimbaud se preguntó: «¿Qué lenguaje emplea la mente imaginativa?». En Las Iluminaciones intentó descubrir esta retórica, todo poeta que, como el señor Ashbery, tenga intereses análogos se enfrenta al mismo problema […]. El riesgo para un poeta que trabaja con la vida subjetiva es […] darse cuenta de que, si quiere ser fiel a su naturaleza, debe aceptar extrañas yuxtaposiciones de imágenesextrañas asociaciones de ideas, y siente la tentación de producir extravagancias premeditadas como si lo subjetivamente sagrado fuera por fuerza extravagante.

 

En el fondo, el aviso de Auden es una confesión de sus propias limitacionesy Ashbery supo encontrar una salida a este falso dilema, una tercera vía que preservaba el esplendor y la riqueza de enfoques de la visión imaginativa sin caer en un hermetismo intransitivo.

Y lo hizo, en parte, gracias a Rimbaud y al propio Auden, de quienes aprendió que lo importante no era hacerse entender, sino hacerse oír . O mejor dicho: que forjarse un clima verbal, un timbre distintivo, era la primera obligación del poeta.

nadie que oiga el tono Ashbery, esa dicción a medias irónica, evasiva y seductora que es marca de la casa, puede permanecer indiferentenunca queda muy claro lo que dice o deja de decir, pero es indudable su capacidad para enganchar al oyente, hipnotizarlo con la espiral de una digresión que difiere una y otra vez las conclusiones, los sentidos.

Así también, en gran medida, avanzan Las Iluminaciones, y Ashbery las traduce con oído cómplice, atento a sus quiebros y requiebros, sus ágiles transiciones, esa forma peculiar que tienen de mezclar asombro y desdén, pasión y distancia, fervor y desacato. Si acaso, su Rimbaud suena un poco más templado y conversacional, con algo de la frivolidad satisfecha que le caracteriza.

Y es curioso observar cómo la cercanía del francés le hace emplear un inglés algo más arcaico y germánico de lo habitual. No es mala estrategia. Al fin y al cabo, muchos de estos poemas se escribieron durante la «temporada» londinense de Rimbaud y algo hay en ellos de la concisión y economía de la lengua inglesa, esa música brusca que él asoció a su experiencia de la gran ciudad.

De manera quizá significativa, la traducción de Las Iluminaciones  ha coincidido en el tiempo con el regreso de Ashbery a la práctica del collage.

Tras el descubrimiento de una caja con viejos collages realizados en los años setenta, la legendaria galería neoyorquina Tibor de Nagy expuso en el otoño del 2008 una pequeña muestra que parece haber animado al poeta a retomar una práctica que le permite, una vez más, poner en juego su gusto por la ironía y su sensibilidad pop.

Algunos de estos nuevos collages, como Promontorio,  remiten a pasajes de Las Iluminaciones  (libro para el que llegó a hacer una portada); otros, como era de esperar, son humoradas a costa de la iconografía culta. En todos, sin embargo, está eso indefinible que caracteriza la obra de Ashbery en su conjunto: frescura, vivacidad, gracia en estado puro.

 

     

 

ashbery

 

¿Qué son Las Iluminaciones? En su origen, un fajo desordenado de páginas manuscritas sin título que Arthur Rimbaud le entregó a su antiguo amante Paul Verlaine en Stuttgart en 1875, con ocasión de su último encuentro.

Verlaine acababa de salir de una prisión belga, donde había cumplido condena por herir de un disparo a Rimbaud dos años atrás, en Bruselas. Rimbaud pretendía que su assassin manqué hiciera entrega de aquellas páginas a otro amigo, Germain Nouveau, quien —pensaba— gestionaría su publicación.

Esta actitud despreocupada hacia la que terminaría siendo una de las obras maestras de la literatura universal resulta desconcertante, incluso en alguien tan impredecible como su autor. ¿Era sólo que no quería derrochar en sellos?

(Verlaine, más adelante, se quejaría por carta de que franquear el paquete le había costado «¡¡¡2,75 francos!!!»). Más probablemente se debió a que Rimbaud había decidido ya abandonar la poesía por lo que terminaría siendo una carrera mercantil en África, donde traficaría con una mareante diversidad de artículos y materias primas (aunque no, al parecer, con esclavos, como algunos han supuesto).

Después de todo, había cuidado la publicación de su libro anterior, Una temporada en el infiernoaunque tuvo que dejar el grueso de la tirada en el taller del impresor, a quien fue incapaz de pagar por falta de medios.

Como Emily Dickinson, había visto que «las cabezas de los caballos / señalaban la eternidad». En la penúltima estrofa de «Adieu», el poema final de Una temporada en el infierno,  había escrito: «Sin embargo, es la víspera. Recibamos todas las energías de vigor y de ternura real. Y, con la aurora, armados de una paciencia ardiente, entraremos en las espléndidas ciudades». 

Este tono de despedida, así como la dificultad para fechar cada una de Las Iluminaciones, llevó a los primeros críticos a conjeturar que Una temporada en el infierno  había sido el adiós de Rimbaud a la poesía. Más recientemente ha quedado claro que Las Iluminaciones preceden y siguen a ese poema.

Algunas se escribieron en Londres durante su estancia en la ciudad con Verlaine; otras datan de una visita posterior a Londres con Nouveau, que copió algunas de ellas; otras, en fin, pertenecen al periodo francés que siguió a la horrible aventura bruselense.

Aunque su orden definitivo no se debe a Rimbaud, la primera Iluminación  («Después del diluvio») contradice el «Adieu» de Una temporada en el infierno con una visión de frescura posdiluviana, una vez que la «idea del diluvio» ha vuelto a decaer.

     

 

 

 

 

Aquí, una liebre dice su oración al arco iris a través de la tela de araña, los tenderetes se levantan, los castores edifican, la sangre y la leche corren, los carajillos humean y el Hotel Espléndido se construye en el caos de hielo y noche del polo… En otras palabras, la vida sigue igual.

La noche polar regresa en la  Iluminación final, uno de los más grandes poemas jamás escritos. Aquí un «genio», una figura de naturaleza crística cuyo amor universal trasciende las constricciones de la religión tradicional, llega para salvar el mundo de «todo sufrimiento sonoro y móvil en la música más intensa».

No obstante, pese a todo, «el canto claro de las desdichas nuevas» también debe reinar. ¿Cómo es posible?

Según André Guyaux, uno de los dos responsables de la edición de Garnier que he seguido para mi traducción:

Esta asombrosa expresión implica que el futuro no será idílico ni puramente feliz, como «la abolición de todo sufrimiento… » parece indicar, sino que estas «desdichas nuevas» sonarán con mayor claridad y serán preferibles al sufrimiento causado por la superstición y la «caridades» cristianas del momento».

El genio traerá con él una edad de alegría más triste pero también más sabia, una más alta conciencia que la vaticinada por Una temporada en el infierno, tal vez debido, justamente, a la orden que da la obra de ser «absolutamente moderno».

Tendemos a olvidar que la «poesía moderna» es una institución venerable. El poema en prosa (término que el propio Rimbaud dio a sus  Iluminaciones) había sido ya utilizado por Lautréamont y Baudelaire; Rimbaud mencionó a un amigo la influencia que la poesía en prosa de Baudelaire había tenido en su trabajo.

El verso libre, hoy ubicuo, es empleado por Rimbaud en dos pasajes del libro. Sin embargo, si vamos a lo esencial, la modernidad absoluta era para él el reconocimiento de la simultaneidad de todo lo existente, la condición que alimenta la poesía a cada segundo.

El yo es obsoleto. Es la célebre formulación de Rimbaud, «Yo es otro» («Je est un autre»). En el siglo XX, las visiones conflictivas y simultáneas del objeto de los pintores cubistas, el empleo nivelador de todas las notas de la escala en la música serial y las progresiones no jerárquicas de los cuerpos en movimiento en las coreografías de Merce Cunningham son tres ejemplos entre muchos de esta desestabilización fecunda.

Allá abajo, en la raíz de estas manifestaciones, el revoltijo cristalino de  Las Iluminaciones de Rimbaud, como una colección desordenada de transparencias de linterna mágica —según sus palabras, cada una de ellas era «un sueño intenso y rápido»—, sigue emitiendo pulsaciones. Si somos absolutamente modernos —y lo somos— es porque Rimbaud nos ordenó que lo fuéramos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El Cuaderno

Semanal de Cultura nº 14

Domingo, 22 de enero del 2012

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

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