Francis Bacon

 

 

Bacon es un pintor maldito, o sea con mucho de esnob, ese esnobismo que le lleva a despreciar los cuerpos que ama y devolvérnoslos en figura de charcutería. Pero su arte va más allá que él mismo

 

 

FRANCISCO UMBRAL | 12/06/2003 


 
 
 
Los desnudos de Francis Bacon tienen una calidad aceitosa que desrealiza el cuadro y convierte a la figura en un cetáceo o un molusco, pues Bacon no pretende darnos la realidad sino la apariencia de esa realidad. Sigo pensando que efectivamente Bacon recubría a sus modelos de alguna sustancia o crema o aceite para despojarlos de toda realidad, para dejarlos en mera apariencia, y así es como luego los pintaba.

Bacon no pinta carne ni pescado sino una raza de boxeadores que él ha visto o soñado en algún sitio, que algo tiene que ver con su vida nocturna, con su arte interior del que nunca quiso salir. El dublinés presenta una primera superficie que puede parecer picassiana, pero en seguida vemos que Bacon es un pintor de la noche y Picasso un pintor del día. Picasso es todo exterioridad y Bacon es todo nocturnidad. Esos cuerpos desnudos, dispersos e irreconocibles, tienen un barniz malvado y bajo techo donde se reflectan las luces de la habitación cerrada como las farolas en el asfalto llovido.


Francis Bacon llama “apariencia” al resultado oscuro y secreto de sus cuadros. Quiere decir con esto que desdeña toda interioridad, toda metafísica de la pintura o de la carne. Cultiva casi exclusivamente el desnudo, y en especial el masculino, pero es inútil aquí hablar de sexos porque Bacon a lo que aspira es a la carne luciente de una carnicería donde todo está roto y expuesto o envuelto en celofanes que perfeccionan la brillantez banal y deseada. He aquí un pintor de desnudos que se propone siempre desmembrar el desnudo y darnos la carne bajo su apariencia más ambigua y submarina.

Bacon es un pintor maldito, o sea con mucho de esnob, ese esnobismo sombrío que le lleva a despreciar los cuerpos que ama y devolvérnoslos en figura de charcutería. Pero su arte va más allá que él mismo y de tanta carnicería humana lo que resulta es una mirada profunda, triste y cruel hacia la humanidad en cueros. Bacon no pintaba desnudos reales, sino tomados de fotografías de boxeadores y otras nocturnidades. Es algo así como si hubiera pretendido exorcizar la carne y le hubiese resultado una resurrección de la carne en su estudio de Dublín o de Londres. Siempre habrá mucha sugerencia de cuerpo humano en la pintura de Bacon. Quiere decirse que lo que pinta son resurrecciones, aunque él creía que pintaba cadáveres.

Bacon, el esnob, es quizá el pintor más siglo XX que ha dado el arte, lejos del optimismo salvaje de Picasso y encerrado con sus toneladas de carne humana esperando descubrir la verdad por acumulación. Yo le conocí en Madrid, donde había de morir, pero era de pocas palabras y se negaba a glosar su obra. Toda la sordidez de Bacon está en esa bombilla amarillenta que centra el cuadro y proyecta su luz sobre los cuerpos sin ser reflejada, ya que la pátina de grasa que les ha dado el pintor no se entiende bien con la luz pobre de la pomada.

Hay como un aceite oscuro y reptiloide en la pintura de Bacon, hay un juego de apariencias que de ninguna manera quiere ser real. Desdibuja este pintor tanto como Picasso, pero los desnudos de Picasso resultan matinales e iluminados, mientras que los desnudos de Bacon son cadáveres en actitud humana o son hombres acuchillados en algún almacén del Támesis nocturno. El principio que más debemos respetar de Bacon es su desprecio por la narratividad de la pintura. Bacon se niega a que su pintura narre ninguna cosa, y de esta falta de acción le viene la temperatura cadavérica que consigue darle a la carne. Un boxeador solo bajo una bombilla amarillenta es ya para Bacon un cuadro excesivamente narrativo, algo así como un cuento de Hemingway. Para él, la pintura no tiene que ser narrativa. Considera la narratividad como el gran pecado de la pintura de todos los tiempos. Creemos que en este punto de vista tiene razón y Bacon es el genio de los solos de piano, de la primavera a lo lejos, de las señoritas que bordan, etc. Esto que digo es sólo el catálogo de la pintura narrativa que Bacon desterró del siglo XX. La narración pictórica había sido el pecado mortal de la pintura hasta que vino Bacon. Fuera con el arte que quiere hacer un cuadro de una marina o viceversa. ése es el inmenso espacio que nos deja Bacon para pintar el arte que se pinta a sí mismo. Para pintar la pintura.

 

 

 

 

 


 

 

 

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Francis Bacon

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