Viendo a mujeres como Bárbara, uno recuerda aquello de que, afortunadamente,

la vida siempre se las arregla para ser imprevisible. Bárbara se ha puesto guapa

para gustar, que los motivos de una mujer para embellecerse pueden ser muchos,

claro está, incluso el de disgustar.

Está hermosa de presencia, de ‘aquí estoy yo, qué pasa’, provocativamente hermosa,

con esa falda que lleva incluido un corsé o un elástico que le realza el busto.

Y la melena espléndida, que ella utiliza como obstáculo, parapeto, burladero, como un

elemento generador de situaciones equívocas, ambiguas: te veo / no te veo, un motivo

para iniciar el juego: Nueva York es más interesante si la recorres con un plano de Venecia.

Bárbara está crecida de boca, con unos labios machos para estampar, hoy ha salido de

casa a jugar al ajedrez sin tablero, sólo para comerse las piezas; porque se ha dado cuenta

de que todos somos contingentes pero ella, a ratos, en sus mejores ratos, es necesaria,

muy necesaria, que son las sabidurías que sirven para que la vida sea o se parezca a una

aventura.

 

 

 


 

 

 

 

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