Belinda, saltando la tapia, salió a acabarse el cierzo, con el pelo a tirabuzones y la blusa malva. Estaba

en tipo, ortodoxa, circulada y clásica, con los balconcillos abiertos y los labios pintados de oro.

Humberto, el cartero, presenció desde lejos la apertura de Belinda, amagó por la derecha, tomó en corto

y, tragándose la sangre, sin trucos, hizo el ajuste al quiebro y la invitó a una horchata fría en el bar del Casino.

         Respetando el reglamento, rodado y rompedor, Humberto le pidió a Susan que le diera de beber en la boca

y, entre tanto, midiendo el escote con fijeza, sin faroles ni filigranas, solamente numerando el tamaño, allí mismo

hizo el teléfono.

“Qué buena está la horchata fría”, dijo Belinda cumpliendo su turno.

         Salieron del bar cogidos de la mano, pisando los charcos, mirándose a los ojos, ignorando el mar, tirándose

las tres cartitas y, después de dar una vuelta por la Magdalena, sin prisa, fueron a casa de Belinda.

         Humberto la tomó de los palos y la sacó de la jaula.

         Con andamios de seda y los relojes parados, voraces de volumen y atando cabos, se reunieron en la querencia,

muy codiciosos, colaborando en la cortesía y, a cuerpo de rey, se dejaron caer dentro de la misma piel,

desabrochándose la cara, derrotando despacio, tocando el placer.

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

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