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versos impuros

 

‘Los salmos fosforitos’ se presenta

como un torrencial monólogo interior

 
 
LUIS BAGUÉ QUÍLEZ
 
 
 
 
 

 


 

Pese a su juventud, Berta García Faet se ha consolidado como una de las voces que cuentan en el relato de la poesía española reciente.

Su última entrega, Los salmos fosforitos, se presenta como el torrencial monólogo interior bruto de una neoniña que duda, se desdice, tacha lo escrito, deja fluir el pensamiento, analiza la sintaxis del siglo XXI y abre las compuertas estróficas a una delirante polifonía.

Más allá de esa apariencia de objeto provocador no identificado, Los salmos fosforitos nos permite asistir al crecimiento de un yo que se debate entre los ritos sociales heredados y la toma de conciencia de su papel revolucionario como mujer y poeta:

 

“Berta García Faet

vaya usted a saber qué otra cosa qué

otra autopista

estaría haciendo usted buenamente

si no estuviera aquí, escribiendo”.

 

Más cerca del tendón expresionista que de la plétora pop y más afín a la impureza vallejiana que a la nerudiana, el lirismo sanguíneo de este volumen condensa la dimensión intertextual de un sujeto en el que se encarnan los tópicos eternos y las iconografías posmodernas,

 

“el locus amoenus de

mi carne” y los “pósteres de J.-M. Basquiat”

 

En un momento en el que la poesía parece confundirse con una sucesión de estados de Facebook o con los eslóganes de autoayuda impresos en tazas buenrollistas, necesitamos que alguien nos recuerde que los auténticos obreros del verso son trabajadores de riesgo. Por eso nos hace falta Berta García Faet.

 

 

Los salmos fosforitos. Berta García Faet 2017 188 páginas

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

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