The skies they were ashen and sober:
   The leaves they were crisped and sere,
   The leaves they were withering and sere.
   ……………………………………………..
   Then my heart it grew ashen and sober
   As the leaves that were crisped and sere,
   As the leaves that were withering and sere.

 
   Edgar A. Poe, Ulalume

 

I  

EL CARNERO DE MARCO POLO (Cuando dejamos de jugar al rugby)

El sacristán Celso Tembura, al que llaman Arneirón los amigos, otros le dicen Cornecho y él tampoco lo toma a mal,

y que laña castañetas y fríe pajaritos como nadie, pardales, xílgaros, verderoles, también diseca sapos y lechuzas, todo

por diversión, con las doniñas no se atreve porque pierden el pelo, tiene los pies planos, las cejas muy pobladas y la

conciencia intermitente, o sea tartamuda, Celso también canta fados portugueses y tangos porteños con muy buena entonación

y prepara larpadelas de encargo, cuanto más viento sople sobre la mar mejor para todos, larpadela quiere decir cuchipanda,

él no pone las putas porque casi se lo prohíbe su condición, no falta nada, los que se ganan la vida bajo techado crían a veces

malos pensamientos, malos sentimientos, Celso libra porque es solemne y de buenas intenciones, a los que sienten temor de

Dios se les nota en la solemnidad y al final salvan su alma, su hermano Telmo había sido timonel de la trainera fisterrá Unxía

pero quedó cojo de un temblor que lo tiró por el cantil de punta Raboeira o petón do Demo y ahora es sepultureiro en el

camposanto de la parroquia de San Xurxo dos Sete Raposos Mortos, que queda cerca del monasterio de San Xiao de Moraime

donde se coronaban los reyes suevos rodeados de carballos, de laureles y de tojos de oro, Hilario Ascasubi, el poeta gaucho,

nació en Posta de Fraile Muerto y nadie se extraña, los moros que pescan sus besugos de reflejos dorados al sur del estrecho

de Gibraltar dicen que el viento pasa pero la mar permanece, el ruido de la mar no va y viene como piensa Floro Cedeira,

el pastor de vacas, sino que viene siempre, zas, zás, zas, zás, zas, zás, desde el principio hasta el fin del mundo y sus miserias,

a la ciudad de Dugium Duio, que era la capital de los nerios, se la llevó el viento y la sepultó en la mar, dicen que entre el petón

de Mañoto y el Centulo, esas piedras llevan ahí mil años, dos mil años, tres mil años criando concharelas y percebes, pero el

ruido de la mar no va y viene como piensa Floro Cedeira, el pregonero de las saludables virtudes del pulpo crudo, es lo mejor

para combatir el reuma y la tortícolis, sino que viene siempre, zas, zás, zas, zás, zas, zás, desde el principio hasta el fin del

mundo y aun antes, otros cuentan que Dugium murió aplastada por un terremoto en el canal que separaba la ínsula de Fisterra

de tierra firme y unía las playas de Mar de Fóra y Langosteira, cuando recreció el terreno la ciudad quedó sepultada para siempre,

la mar muge como un buey amargo, igual que un escuadrón de bueyes roncos y amargos, quizá fuera mejor decir que la mar

muge como un coro de cien vacas pariendo, quizá más, y en San Mereguildo de Gandarela, la ciudad que ardió bajo las aguas

cuando lo de Juanito Jorick, el dublinés al que caparon por una apuesta en una romería, las campanas voltean al compás de tres

por cuatro para que los católicos podamos cantar las alabanzas de la virgen Locaia a Balagota, la moza a la que los infieles frieron

el virgo en alpechín y le escarnecieron la naturaleza pintándole los nueve buratos del organismo con purpurina, daba risa verla.

   —A los infieles deberíamos matarlos a todos.

   —Puede que sí.

   —¿Fusilados o ahorcados?

   —Tanto tiene.

La mar no se paró nunca desde que Dios inventó el tiempo hace ya todos los años del mundo, Dios inventó el mundo al mismo

tiempo que el tiempo, el mundo no existía antes del tiempo, la mar no se cansa nunca, el tiempo no se cansa nunca, ni el mundo,

que cada día es más viejo pero tampoco se cansa nunca, la mar se traga un barco o cien barcos, se lleva un marinero o cien

marineros y sigue murmurando con su voz afónica, con su voz de borracho triste y pendenciero, amargo y peleón.

   —¿A usted le asusta?

   —No; a mí, no, yo ya estoy acostumbrado.

MADERA DE BOJ

Camilo José Cela

    Espasa Calpe

   3ª edición: octubre de 1999

Madrid