Carolyn se ha subido a la azotea tal vez a tomar el aire y el sol, o quizá buscando su destino,

que es un asunto enigmático y a veces difícil, esquivo: podemos sentir su aliento en la nuca,

su olor denso a cuadra o establo, pero nunca se muestra, nunca sale de su mayoría inválida de

macho invisible y abierto en canal.

Carolyn es una mujer hermosa: tan hermosa que tal vez necesitemos mirarla y volverla a mirar,

simplemente para asegurarnos de que no es una aparición, ni se trata de un error de nuestros ojos

locos y, además, para creernos que puede ser real tanta belleza, sin que llegue a caernos la baba

en el babero.

Se apoya en una estructura —que no merece recuerdo— de hierros muertos que se cruzan, incómodos

o insatisfechos, que posiblemente sostienen un pesado reclamo publicitario que no tiene alas o no sabe

usarlas para volar.

Desde esta azotea sin palomas, Carolyn puede oír cómo gira el planeta y cómo se va arrugando, con

ruido de papel, el día que pasa.

Por lo demás, parece una mujer sana y conectada a la actualidad, libre de garrapatas y capaz de seguir

sosteniendo tanta belleza aunque el clima o las envidiosas hormigas o la cambiante moda se pongan

en su contra.