el instante de la hora siguiente

 

 

 

Ligeras como sombras, las manos de la mujer le acariciaron la cabeza y luego descansaron

plácidamente; las puntas de sus dedos se inmovilizaron sobre las sienes del hombre, latieron

con el cálido ritmo lento en el interior del cuerpo masculino, y con sus palmas cubrió su sólido

cráneo.

—Va-cuidad reverberante —murmuró él, de manera que las sílabas tropezaron

pesadamente unas con otras.

Ella miró desde arriba su cuerpo relajado y fuerte que ocupaba toda la longitud del sofá. Un pie

—el calcetín arrugado alrededor del tobillo—colgaba lacio sobre el borde.

Y mientras ella miraba, su mano delicada abandonó el costado para trasladarse, tambaleante,

hasta la boca y tocarse los labios que habían permanecido fruncidos y separados después de

pronunciar aquellas palabras.

—Inmensa falsedad —articuló detrás de los dedos exploradores.

—Creo que por esta noche ya has hablado bastante, cariño —dijo ella—. El espectáculo

ha terminado y el mono que toca el organillo ha muerto.

Habían apagado la calefacción una hora antes y el apartamento empezaba a quedarse frío. La

mujer miró el reloj, cuyas manecillas señalaban la una. De todos modos, pensó, nunca tenían mucho

calor a esa hora. Y en todo caso no hay corrientes; algunas opalinas espirales de humo permanecían

inmóviles cerca del techo.

Meditativamente su mirada pasó de la botella de whisky a las piezas de ajedrez revueltas sobre la

mesa de juego; a un libro abierto y boca abajo en el suelo; a una hoja de lechuga que —desde que

Marshall la había perdido mientras agitaba su sándwich— yacía desconsolada en una esquina; y a

las desperdigadas colillas y cerillas consumidas.

—Vamos, tápate —dijo con entonación ausente, desdoblando una manta situada en un

extremo del sofá—. Te sientan muy mal las corrientes.

El hombre abrió los ojos y la miró impasible: eran de color azul verdoso, como el jersey que llevaba.

Una delicada red de hilillos de color rosa cruzaba el rabillo de uno, lo que por algún motivo le daba la

expresión inocente de un conejo de Pascua.

Siempre parecía tener bastantes menos de veinte años; con la cabeza recostada en sus rodillas de

manera que la garganta se le arqueaba por encima del cuello abierto de la camisa y resultaba

especialmente tierna por la suave silueta de vértebras y cartílagos; y con el pelo oscuro surgiendo de

la palidez del rostro.

Majestad vacante…

Al hablar bajó los párpados hasta que los ojos, debajo, quedaron reducidos a una rendija que parecía

burlarse de ella. Y ella supo, con un sobresalto repentino, que no estaba tan borracho como fingía.

—No necesitas seguir pontificando —le dijo—. Phillip se ha ido a su casa y sólo quedo yo.

Está en la na…a…aturaleza de la cosas… que semejante punto de vista… vista…

Se ha ido a casa —repitió ella—. Se cansó de oírte hablar.

Tuvo una imagen pasajera de Phillip inclinándose para recoger las colillas: pequeño, rubio, ágil, de

ojos tranquilos—.

—Ha lavado los platos que hemos manchado y quería incluso barrer el suelo, pero no le he

dejado.

—Es… un… —empezó Marshall.

—Viéndote, y viendo lo cansada que estaba yo, se ofreció incluso a desplegar el sofá-cama

y a acostarte.

Un procedimiento muy cuco —dijo Marshall moviendo sólo los labios.

Hice que se marchara.

Recordó por un momento su cara mientras cerraba la puerta entre los dos, el ruido de sus pasos

escaleras abajo y el sentimiento —parte de pena por la soledad, parte de afecto— que la invadía siempre

cuando escuchaba el ruido de otras personas lanzándose a la noche y alejándose de ellos.

—Oyéndolo…, se diría que lee exclusivamente a G. K. Chesterton y a George Moore —dijo él,

dando una ebria entonación a las palabras—. ¿Quién ganó al ajedrez? ¿Él o yo?

Tú —dijo ella—. Pero jugabas mejor antes de emborracharte.

 

     
     

Borracho… —murmuró Marshall, moviendo el largo cuerpo relajadamente y cambiando la posición de la cabeza—. ¡Dios santo! Qué huesudas tienes las rodillas. Hue…sudas.

Pero tuve el convencimiento de que perdías la partida cuando hiciste aquel movimiento tan estúpido con el peón de la dama.

Pensó en los dedos de los dos suspendidos sobre la tallada precisión de sus piezas, el ceño fruncido, el resplandor de la luz en la botella que tenían al lado.

Marshall cerró de nuevo los ojos, las manos abandonadas sobre el pecho.

Símil desastroso —murmuró—. Concedo lo de la montaña. Joyce ascendió trabajosamente… De acuerdo…, pero cuando llegó a la cima… cima llegó…

—No aguantas la bebida, cariño… —Colocó la mano sobre el débil ángulo de su barbilla y la dejó allí.

No estaba dispuesto a decir que el mundo era pla…ano. Durante todo el tiempo era eso lo que decían. Además, los aldeanos podían ir de aquí para allá…, de aquí para allá con sus burros y verlo ellos mismos. Con sus asnos.

Calla —dijo ella—. Has hablado sobre eso más que suficiente. Te pones con un tema y sigues y sigues ad infinitum. Y no aterrizas en ningún sitio.

—Un cráter… —hizo un ruido ronco al respirar—. Y, por lo menos, después de la inmensidad de su ascensión podía haber esperado… algún maravilloso despliegue de fuego del infierno…, algún…

La mano de la mujer le sujetó la barbilla y se la zarandeó.

—Calla —dijo—. Te oí cuando improvisabas con tanta brillantez sobre eso antes de que Phillip se marchara. Me ha parecido obsceno. Y casi lo había olvidado.

Un conato de sonrisa le cruzó la cara y sus ojos azules, casi cubiertos por los párpados, la miraron.

—¿Obsceno? ¿Por qué tienes que identificarte con esos símbolos… sim…?

—Si hablaras de esa manera con alguien que no fuese Phillip, te… te dejaría.

Inmensa va…vacuidad —dijo Marshall, cerrando de nuevo los ojos—. Oquedad mortal. Oquedad, repito. Quizá con las cenizas en el fondo de…

Calla.

Un cretino barrigudo que no cesa de retorcerse.

A la mujer se le ocurrió de pronto que debía de haber bebido más de lo que creía, porque los objetos de la habitación parecían adoptar un extraño aire de sufrimiento. Las colillas daban la sensación de estar demasiado chupadas y mustias. La alfombra, casi nueva, parecía aplastada; y el dibujo, desaparecido a causa de las cenizas. Incluso lo que quedaba del whisky se veía pálido e inmóvil en la botella.

—¿Te sirve de alivio? —preguntó ella con calmosa lentitud—. Espero que en tiempos como éstos…

Sintió la rigidez en el cuerpo de Marshall y que, como un niño mal educado, la interrumpía con un repentino estallido de tarareos nada melódicos.

La mujer se zafó de su cabeza y se puso en pie. La habitación parecía haberse hecho más pequeña, más desordenada, más apestosa por el humo y el licor derramado.

Brillantes líneas blancas se le entretejieron delante de los ojos.

—Levántate —dijo con voz cansada—. Tengo que sacar la maldita cama y hacerla.

Marshall cruzó las manos sobre el estómago y siguió tumbado, sólidamente inmóvil.

—Eres odioso —dijo ella, abriendo la puerta del armario para sacar las sábanas y las mantas, dobladas en los estantes.

De nuevo encima de él, esperando a que se levantara, la palidez agotada del rostro de Marshall le produjo una punzada de dolor. Al igual que las sombras oscuras que le habían descendido hasta los pómulos y el pulso que siempre le latía con fuerza en el cuello cuando estaba borracho o fatigado.

—Escucha, Marshall, es una barbaridad que nos destrocemos de esta manera. Aunque no tengas que trabajar mañana…, quedan años…, cincuenta quizá…, por delante. —Pero las palabras sonaban falsas y ella misma sólo era capaz de pensar en mañana.

 

Marshall tuvo que hacer esfuerzos para sentarse en el borde del sofá, y cuando lo consiguió, bajó la cabeza para apoyársela en las manos.

—Sí, Pollyanna* —murmuró—. Sí, mi querida Pol de la voz ronca…, Pol. Veinte es una edad de verdad encantadora. Demos gracias a Dios.

[Referencia a la protagonista de la famosa novela del mismo nombre, publicada en 1913 por Eleanor Hodgman Porter,

y de la que también existen varias versiones para el cine y la televisión. (N. del t.)]

Las manos de Marshall, que él hundió entre su pelo y que luego cerró, convirtiéndolas en débiles puños, la llenaron de un amor repentino, intensísimo. Bruscamente alzó las esquinas de la manta y se la echó a él por encima de los hombros.

—Arriba, vamos. No nos podemos pasar toda la noche haciendo el tonto de esta manera.

—Vacuidad… —dijo Marshall cansinamente, sin acabar de cerrar la boca.

—¿No te encuentras bien?

Ciñéndose la manta, Marshall consiguió ponerse en pie y caminó pesadamente hacia la mesa de juego.

—¿Puede un hombre pensar alguna vez sin que lo llamen obsceno o enfermo o borracho? No. No existe comprensión para el pensamiento. Del pensamiento más profundo en la oscuridad. De opulentos cúmulos. Con sus culos.

La sábana se hinchó al caer por el aire y los curvos remolinos se transformaron en arrugas.

Rápidamente la mujer arremetió las esquinas y alisó encima las mantas. Al volverse vio que Marshall, encorvado sobre la mesa de juego, se esforzaba torpemente por mantener en equilibrio a un peón sobre una torre. La manta a cuadros rojos le colgaba de los hombros y caía por detrás de la silla.

Se le ocurrió un comentario inteligente.

Pareces —dijo— un rey pensativo en una casa de mala nota. —Se sentó en el sofá convertido  en cama y se echó a reír.

Al hacer un gesto de enfado, a Marshall se le enredaron las manos con el ajedrez, y varias de las piezas cayeron ruidosamente al suelo.

De acuerdo —dijo—. Ríete hasta reventar. Así es como se ha hecho siempre.

A ella la risa le agitaba el cuerpo como si todas las fibras de sus músculos hubieran perdido la elasticidad. Cuando terminó, el silencio en la habitación era total.

Al cabo de un momento, Marshall se quitó la manta, que cayó, arrugada, detrás de la silla.

Está ciego —dijo en voz baja—. Casi ciego.

Ten cuidado, es probable que haya una corriente. ¿Quién está ciego?

Joyce —dijo.

La mujer se sintió sin fuerzas después de reír y la habitación se le presentó con toda claridad en su dolorosa pequeñez.

 

 

 

—Ése es el problema contigo, Marshall —dijo—. Cuando te pones así, sigues y sigues hasta que agotas a cualquiera.

La miró resentido.

—Tengo que decir que estás bonita cuando te emborrachas —replicó. —No me emborracho…, no podría aunque quisiera —dijo ella, sintiendo un dolor que empezaba a pesarle detrás de los ojos.

—Qué hay de aquella noche cuando…

Te lo he contado —dijo ella con frialdad sin separar los dientes—. No estaba borracha. Estaba enferma. Y tú me hiciste salir y…

—Da lo mismo —le interrumpió él—. Eras una cosa digna de verse agarrada a aquella mesa. Da lo mismo. Una mujer enferma…, una mujer borracha…, ¡puf!

Incapaz de reaccionar, la mujer vio cómo se le bajaban los párpados hasta ocultar toda la bondad que había en sus ojos.

—Y una mujer embarazada —dijo—. Por supuesto. Será en algún momento dulce como éste cuando vengas a susurrarme al oído con una sonrisa ingenua tu dulce y taimado secreto. Otro encantador pequeño Marshall. ¿No somos estupendos? Mira lo que sabemos hacer. Dios del cielo, qué cosa tan deprimente.

 

 

 

Te aborrezco —dijo ella, viendo cómo sus manos (que sin duda no eran parte suya)

empezaban a temblar—. Estas peleas de borrachos a medianoche…

Al sonreír, la boca de Marshall le pareció que adoptaba la misma apariencia de hendidura rosada

que tenían sus ojos.

Te encanta —susurró él, repentinamente sobrio—. ¿Qué harías si no me emborrachase  

una vez a la semana, para así manosearme pegajosamente? Y Marshall, cariño, esto y

Marshall, aquello otro. Para pasarme por toda la cara tus deditos avariciosos… Sí, por

supuesto, me quieres más cuando sufro. Eres… eres…

Mientras se tambaleaba al cruzar la habitación a ella le pareció ver que le temblaban los hombros.

—Vamos, mamá —la provocó él—. ¿Por qué no te ofreces a ayudarme para que no me orine

fuera?

Al encerrarse en el baño de un portazo, algunas perchas vacías que colgaban del tirador chocaron

entre sí con una larga resonancia metálica.

—Te voy a dejar… —exclamó ella sin convicción cuando cesó el ruido de las perchas. Pero

aquellas palabras carecían de significado. Sin fuerzas, se sentó en la cama y miró la mustia hoja de

lechuga al otro lado de la habitación. La pantalla de la lámpara estaba torcida a causa de un golpe y

quedaba peligrosamente pegada a la bombilla, lo que hacía que arrojase un doloroso reguero de

claridad a través de la grisura y desorden de la habitación.

—A dejar… —se repitió, todavía pensando en la suciedad que los rodeaba a altas horas de

la noche.

Recordó el ruido de los pasos de Phillip mientras bajaba la escalera. Nocturno y hueco. Pensó en

la oscuridad exterior y en los fríos árboles desnudos del comienzo de la primavera.

Quería imaginarse abandonando el apartamento a aquella hora. Con Phillip tal vez. Pero cuando trató

de verle la cara, el cuerpo, pequeño y tranquilo, los contornos eran imprecisos y faltaba la expresión.

Sólo recordaba la manera en que sus manos se habían metido hasta el fondo rugoso de un vaso con

un paño de cocina, algo que había sucedido cuando poco antes la ayudaba a recoger los platos.

mientras pensaba en seguir aquel sonido hueco, sus pasos se fueron debilitando hasta que sólo

quedó el silencio de la oscuridad.

Con un estremecimiento se levantó del sofá-cama y se acercó a la botella de whisky sobre la mesa

de juego. Las distintas partes de su cuerpo las sentía como pesados apéndices; sólo el dolor detrás

de los ojos le parecía suyo.

Vaciló, la mano en el cuello de la botella. Aquello… o uno de los Alka Seltzer en el cajón de arriba del

escritorio.

Pero la idea de la tableta blanca retorciéndose en lo alto del vaso, consumida por su propia

efervescencia, le pareció del todo deprimente. Además, había la cantidad justa para una última copa.

Se sirvió presurosa, notando de nuevo cómo la reluciente convexidad de la botella siempre la

engañaba.

El whisky creó un violento camino cálido hasta el estómago, pero el resto de su cuerpo siguió helado.

«Maldita sea», susurró, pensando en recoger la hoja de lechuga por la mañana, pensando en el frío

de fuera y atenta a cualquier ruido de Marshall en el cuarto de baño. «Maldita sea. Nunca soy capaz

de emborracharme como él.»

Y mientras contemplaba la botella vacía, tuvo una de las grotescas imágenes que tendían

presentársele a aquella hora.

Se vio —junto con Marshall— en el interior de la botella de whisky.

Repugnantes en su pequeñez y perfección. Se deslizaban muy enfadados, arriba y abajo, por el

frío cristal transparente como simios diminutos. Los vio por un momento, con narices aplastadas y

con miradas de  nostalgia.

Y luego, después de sus frenesíes, los vio tumbados en el fondo —pálidos y exhaustos—, con

aspecto de rollizos especímenes de laboratorio. Sin nada que decirse el uno al otro.

La enfermó el sonido de la botella al caer en la papelera entre cáscaras de naranja y

papeles arrugados y  golpear la hojalata del fondo.

—Ah… —dijo Marshall, abriendo la puerta y colocando cuidadosamente un pie fuera del baño

Ah…, el disfrute más auténtico que le queda al ser humano. En el último momento culminante: mear.

 

 

La mujer se recostó en la puerta del armario, apretando la mejilla contra

el frío reborde de la madera.

—Mira a ver si puedes desnudarte.

—Ah… —repitió Marshall, sentándose en el sofá-cama que ella

había preparado.

Sus manos abandonaron la bragueta y empezaron a maniobrar con el

cinturón—. Todo menos el cinturón… No se puede dormir con una hebilla

clavada en la tripa. Como tus rodillas. Hue…suda.

A ella le pareció que perdería el equilibrio al tratar de quitarse el cinturón

de una sola vez (ya había sucedido, recordó, en una ocasión anterior).

Lo que Marshall hizo en cambio fue sacarlo despacio, trabilla a trabilla, y

cuando hubo terminado, lo colocó cuidadosamente debajo de la cama.

Luego la miró. Se le caían las comisuras de la boca, creando hilos grises

en la palidez del rostro.

Abrió mucho los ojos al mirarla y, por un momento, le pareció que iba a

echarse a llorar.

—Oye… —dijo despacio, con toda claridad.

La mujer sólo oyó el dificultoso sonido de tragar saliva.

—Oye… —repitió. Y se tapó la cara con las manos.

Despacio, con un ritmo que no era de borrachera, su cuerpo se balanceó

de lado a lado. Le temblaban los hombros, cubiertos por el jersey azul.

—Dios Todopoderoso —dijo en voz baja—. Cómo sufro.

La mujer encontró la fuerza para separarse de la puerta, enderezar la pantalla

de la lámpara y apagar la luz. En la oscuridad, una curva azul se agitó delante

de sus ojos, siguiendo los movimientos del cuerpo de Marshall.

Y desde la cama le llegó el sonido de sus zapatos al caer al suelo, el gemido

de los muelles al girarse hacia la pared.

Ella se tumbó a oscuras y alzó las mantas: de repente pesadas y frías al tacto.

Al cubrir los hombros de Marshall notó que los muelles seguían crujiendo y que

su cuerpo se estremecía.

Marshall —susurró—. ¿Tienes frío?

Los escalofríos. Uno de esos malditos escalofríos.

Vagamente la mujer pensó en la botella de agua caliente cuyo tapón había

desaparecido y en la lata de café, vacía en la cocina.

—Maldita sea… —repitió con entonación ausente.

Las rodillas de Marshall se acercaron apremiantes a las suyas en la oscuridad y

sintió que todo su cuerpo se contraía en un rebujo estremecido.

A pesar del cansancio buscó su cabeza y la atrajo hacía sí. Sus dedos acariciaron

el hueco en lo alto del cuello, ascendieron por la hirsuta parte afeitada hasta los

suaves cabellos en lo alto, y siguieron hasta las sienes, donde de nuevo sintió el

latir del pulso.

—Oye… —repitió él, alzando la cabeza para que ella sintiera su respiración

en la garganta.

Sí, Marshall.

Sus manos se cerraron en puños que, tensos, golpearon la cama detrás de los

hombros de la mujer. Luego se quedó tan quieto unos momentos que ella se llenó

de un miedo extraño.

—Es así… —dijo él con una voz de la que había desaparecido toda inflexión—.

El amor que siento por ti, cariño. A veces me parece que…, en algún instante

como éste…, me destruirá.

Luego ella sintió que sus manos se relajaban para posarse débilmente sobre su espalda,

sintió cómo el catarro que había estado incubándose en él durante toda la velada hacía

que su cuerpo se estremeciera, sacudido por grandes escalofríos.

—Sí —respiró ella, apretándole el cráneo contra el hueco entre sus pechos—.

Sí —dijo tan pronto como las palabras y el gemido de los muelles y el olor rancio

a humo en la oscuridad regresaron del lugar a donde, por un momento, todas

las cosas se habían retirado.

 

 

 

 

Traducción de José Luis López Muñoz