Cees Nooteboom

 El enigma de la luz

Un viaje en el arte

Traducción: Isabel-Clara Lorda Vidal

2007

 

la dama y el unicornio

 

 

     
        

El museo de Cluny se encuentra en uno de los puntos más concurridos de París, en el cruce del boulevard Saint-Germain con el boulevard Saint-Michel. La puerta de entrada del museo da acceso a un patio interior. Una vez dentro, el ruido del mundo moderno se debilita, no queda sino el vago rumor de un salvaje rompiente al que ya no perteneces. Entras en una segunda estancia y luego en una tercera.

Llegas a una sala circular y el exterior, ya olvidado, se torna un suspiro: te hallas en otro mundo. La primera vez fui solo. Solo en un bosque de telas, solo ante una misteriosa mujer, seis veces distinta y sin embargo la misma, acompañada siempre del mismo unicornio, el animal más enigmático entre todos los animales.

 

Solo en el siglo XV, entre esas imágenes alegóricas de los cinco sentidos y un misterio. Desde entonces siempre que estoy en París acudo a ese museo como quien visita a un ser querido. Me quedo un rato en la sala rodeado por esos seis grandes tapices como una virgen en un hortus conclusus, ese lugar que Mulisch, de forma poco ortodoxa, llamó en cierta ocasión «jardín concluido».

La singular alma que soy se alimenta de contradicciones, y aquí, desde luego, éstas no faltan. Cada vez descubro alguna nueva. Por lo que respecta a la forma, llama la atención esa rigidez inherente a la tapicería, como si la imagen se hubiera detenido de improviso, torpemente congelada en ese tejido tan material; y en flagrante contradicción con ello —siempre que retrocedas un paso o entornes los ojos y mediante el velo de las pestañas difumines la aparente rigidez del tejido— se revela lo que hay de ligero y móvil en la escena.

En cuanto al significado, la contradicción se produce entre el fin y los medios, pues ¿cómo liberarme de la esclavitud a la que me condenan mis propios sentidos cuando esos mismos sentidos se representan ante mí llenos de encanto? Y luego está el unicornio, que representa la bondad o la maldad, la castidad o la muerte. Cuando los hombres le dan caza, emplean como cebo a una virgen, pero cuando el cazador es el propio animal, éste se convierte en una representación de la Muerte que acecha incesante a los hombres. Con su unicornio, el animal golpeará a «los pueblos, en todos los confines de la tierra».

Debería andarme menos por las ramas y describir las imágenes tal como las ha tejido el desconocido.

 

La vista. Sobre un fondo rojo bermellón como el color de la sangre reseca, hay una mujer joven sentada en una isla circular, de tono algo más oscuro, sembrada de flores y animales. A su derecha está el león, que no la mira y que sujeta entre las garras de sus patas delanteras el estandarte azul con el emblema de la familia Le Viste: tres lunas crecientes de plata sobre un fondo del mismo rojo mortecino. El blanco unicornio reposa sus pezuñas sobre el regazo de la mujer. Ella sujeta un espejo delante de él en el que nosotros vemos reflejado al animal, que sin embargo no se ve a sí mismo.

A la mujer se le ha subido un poco el vestido, descubriendo así su faldón interior cuyo pesado tejido cae en pliegues azules sobre sus pies invisibles. La mirada de la mujer no se dirige al animal ni a nosotros, es una mirada interior, melancólica, que mira sin ver nada. Si fijo la vista en las pezuñas tendidas sobre el regazo de la dama, excluyendo todo lo demás de mi campo de visión, parece que estuvieran frente a un hueco oscuro. El animal tampoco la mira a ella. Tiene los ojos muy abiertos y una expresión de beatitud. El unicornio se ha rendido. En esta escena, su misterioso cuerno solitario no se asocia con un arma brutal.

 

El oído. El mismo fondo, una isla sembrada de flores y animales, un león cuya cola se yergue desde su flanco izquierdo como una planta estilizada. En la cara una expresión boba. Aquí el unicornio sostiene también un estandarte, convertido esta vez en un elemento decorativo. La mujer toca un órgano portátil en el que volvemos a ver el león y el unicornio representados como pequeñas piezas ornamentales. Las trencillas de su cabello rubio están recogidas en una pluma de garceta. Una sirvienta maneja el fuelle del instrumento. Nunca alcanzaré a escuchar las notas que emiten esos largos tubos del órgano, pero sé que es una melodía lenta, resignada, melancólica. Lo sé por los ojos de la dama. El conejo, el perro, el zorro que la acompañan no oyen los sonidos como los animales auténticos, no, oyen una melodía. Es algo imposible pero es así.

 

El gusto. Ésta es la dama más bella. Es ella la que me hace retornar una y otra vez a este lugar. La isla de este tapiz es más amplia, la dama es esbelta, su velo se agita impulsado por un viento que no perturba los árboles. El unicornio aparece aquí erguido, su poder se hace así más visible. El león ruge, sus dientes son amenazadores, su lengua, maligna. Ambos animales lucen aquí el estandarte como una prenda de vestir. La mujer, apartando la vista, tantea en una fuente con dulces. En su mano izquierda, un periquito mantiene el equilibrio batiendo sus alas: se sostiene sobre una pata y se dispone a engullir la peladilla que se lleva al pico con su garra derecha. Me imagino, con el oído, la vibración de las alas. El pequeño animal que está a sus pies también se lleva a la boca un caramelo colorado y la sucesión de imposibilidades aumenta: nunca oiré ese órgano ni probaré esos dulces ni tocaré a esa mujer. He sido desterrado a un tiempo posterior. Pero poseo la imagen de la dama: los ojos clavados en un mundo ajeno, el invisible pensamiento oculto en un gesto de su pequeña boca que podría ser una sonrisa, la larga melena dorada.

 

El olfato. La mujer es más grande, más esbelta que la sirvienta. Sostiene con cuidado entre los dedos una corona de flores que podría encajar sobre una cabeza humana. Ella no huele nada, es el mono quien representa el olfato. Éste ha cogido del canasto una flor, tupida y blanca, y la huele pensativo, con los ojos muy abiertos, con expresión tensa, como si fuera un escritor intentando describir un olor. Todo en este tapiz es olor, pero mi destierro continúa. Tampoco oleré jamás esta flor. ¿Cómo percibir un olor tejido?

 

El tacto. Este unicornio está lejos de aquel de Plinio, quien describe a la indómita criatura como «un caballo con cabeza de ciervo, patas de elefante, cola de jabalí y un único cuerno de tres pies de longitud. Se dice que es imposible cazarlo vivo». Aquí es ella, la intangible, la que le toca a él, nada menos que en el cuerno. Rinoceron si virgini se inclinare valet, cur verbum patris celici virgo non generaret? Estas palabras aparecen en el Defensorum Immaculatae Virginitatis. Si el unicornio se inclina ante una virgen, ¿por qué no iba una virgen a engendrar el Verbo del Señor de los cielos? En este tapiz eso ya no es una pregunta. El prowd rebellious Unicorn del The Faene Queene se ha vuelto dócil como un cordero. Aquí es la virgen la que sujeta el estandarte. Tampoco esta vez mira lo que hace. Con un gesto de levedad y delicadeza infinitas roza con la palma de la mano izquierda el cuerno en espiral: lascivia bajo la aparente castidad. El ojo ocre de macho cabrío clava su pupila negra en la larga melena de la mujer que fluye hacia él como un río. El mono está encadenado, el leopardo de las nieves lleva un collar, el león tolera la presencia de un conejo blanco junto a sus garras. La naturaleza está sometida. Y ella, con su gargantilla de oro, ceñida sobre un vestido de terciopelo azul oscuro, ella contempla un paisaje que yo no puedo ver; ella, con su culpa inocente, sujeta ese cuerno vertical por lo que podría llamarse la base, ahí donde me figuro que es más sensible un unicornio, justo por encima de las orejas y de los ojos. De nuevo me resulta difícil creer que es materia lo que veo, algo que ha sido hilado, teñido y tejido por unas manos ya desaparecidas. La época de esas manos y la mía se anulan mutuamente. Yo he sido envenenado por la interpretación iconográfica: sé que el unicornio es la Muerte y también Cristo y su muerte, que la dama es el cebo y que, fuera del campo de visión, lo esperan los cazadores con sus flechas. Pero entonces sé demasiado y se me quitan las ganas de resolver el misterio del último tapiz, el único en el que aparecen palabras escritas. À mon seul désir, a mi único deseo. El tiempo no ha deformado esas cuatro palabras, no las ha transformado, puedo pronunciarlas, se escriben exactamente igual que antes, siguen siendo válidas.

 

 

 

Ahora bien, ¿qué expresan esas palabras más allá de su significado? ¿Qué hace la dama con el collar? ¿Lo deposita en el joyero o lo saca? ¿Renuncia a sus joyas o toma posesión de las mismas? ¿Y quién fue esa mujer que ahora no es nadie? No sé si quiero saberlo. Antes de volver a París, a la calle y a mi siglo, quiero imaginar que éste es un sueño en el que hay que permanecer en silencio y armarse de paciencia hasta llegar a oler las flores de ese bosque de esperanzas, ver a esa mujer, degustar las frutas y finalmente, en el silencio propio del mundo de los sueños, escuchar cómo se acerca el inconcebible sonido de los cascos del unicornio, y, cuando el animal esté perdido por haberla visto a ella, acercarme a él, acariciar su cuerno y pasar a formar parte así del tejido de una imagen que no existe.

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

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