charles baudelaire

 

 

madrigal triste

 

 

I

Que m’importe que tu sois sage ?
Sois belle ! et sois triste ! Les pleurs
Ajoutent un charme au visage,
Comme le fleuve au paysage ;
L’orage rajeunit les fleurs.

Je t’aime surtout quand la joie
S’enfuit de ton front terrassé ;
Quand ton coeur dans l’horreur se noie ;
Quand sur ton présent se déploie
Le nuage affreux du passé.

Je t’aime quand ton grand oeil verse
Une eau chaude comme le sang ;
Quand, malgré ma main qui te berce,
Ton angoisse, trop lourde, perce
Comme un râle d’agonisant.

J’aspire, volupté divine !
Hymne profond, délicieux !
Tous les sanglots de ta poitrine,
Et crois que ton coeur s’illumine
Des perles que versent tes yeux !

 

 

II

Je sais que ton coeur, qui regorge
De vieux amours déracinés,
Flamboie encor comme une forge,
Et que tu couves sous ta gorge
Un peu de l’orgueil des damnés ;

Mais tant, ma chère, que tes rêves
N’auront pas reflété l’Enfer,
Et qu’en un cauchemar sans trêves,
Songeant de poisons et de glaives,
Eprise de poudre et de fer,

N’ouvrant à chacun qu’avec crainte,
Déchiffrant le malheur partout,
Te convulsant quand l’heure tinte,
Tu n’auras pas senti l’étreinte
De l’irrésistible Dégoût,

Tu ne pourras, esclave reine
Qui ne m’aimes qu’avec effroi,
Dans l’horreur de la nuit malsaine,
Me dire, l’âme de cris pleine :
” Je suis ton égale, Ô mon Roi ! “

 

 

 

 

 

I

¿Qué me importa que sabia seas?
i Sé bella, y sé triste! Los lloros
añaden al rostro un encanto,
como al paisaje hacen los ríos;
la tormenta aviva las flores.

 

Te amo más cuando la alegría
de tu frente abatida huye;
y en horror tu pecho se ahoga;
y en tu presente se despliega
la nube horrible del pasado.

 

Te amo cuando tus ojos vierten
agua caliente cual la sangre;
cuando, aunque te acune mi mano,
tu angustia, muy densa, taladra
cual estertor de agonizante.

 

Yo aspiro, ¡divino deleite!

¡himno profundo, delicioso!,

el gemir todo de tu pecho;

¡tu corazón creo que alumbran

las perlas que tus ojos vierten !

 

 

 

 

II

Sé que tu pecho, que rebosa
viejos amores desgajados,
llamea aún como una fragua,
y que abrigas bajo tu seno
algo de orgullo demoniaco;

mas, querida, mientras tus sueños
el Hades no hayan reflejado,
y que en pesadilla sin tregua,
soñando espadas y venenos,
de hierro y polvo enamorada,

 

abriendo a todos con temor,
en todo viendo la desdicha,
convulsa cuando dan las horas,
no hayas sentido los abrazos
del Asco siempre irresistible,

 

tú no podrás, mi esclava reina
que sólo me amas con espanto,
en la malsana noche horrible
decirme a gritos desde tu alma:
«¡Yo soy tu igual, oh, tú, mi Rey!»

 

 

 

[versión de Luis Martínez de Merlo]

 

 

 

 

 

 

I

 

¿Qué me importa tu sensatez?

¡Sé bella! ¡Y sé triste! El llanto

añade un encanto a la tez

como un río al bosque tal vez;

la tormenta refresca el campo.

 

Te amo más cuando se pliega

sin gozo tu frente abatida,

tu alma en el horror se anega

y sobre tu hoy se despliega

la nube del ayer, temida.

 

Cuando vierten, sangre quemante,

tus grandes ojos un fluido

y, sin sentir mi mano amante,

tu grave angustia emite un ruido

como estertor de agonizante.

 

¡Aspiro, lascivia divina!

¡Himno profundo, placentero!

¡Sollozo que tu pecho inclina!

¡Créeme, tu alma se ilumina

si la perla el llanto sincero!

 

 

II

 

Sé que tu pecho, que rebosa

viejos amores desgarrados,

arde cual fragua y no reposa,

y en tu pecho guardas celosa

el desdén de los condenados;

 

sólo, amada, cuando el infierno

refleje tu visión sin freno

y en un desasosiego eterno

sueñes con dagas y veneno,

con pólvora y hierro en tu seno,

 

y con temor abras tu puerta

viendo en todo la desventura,

convulsa en la hora despierta,

y te apriete la garra dura

del asco en su tortura cierta,

 

podrás, esclava soberana

que me amas con temor sombrío

en la horrible noche malsana,

decirme, con alma que clama,

«¡Yo soy igual a ti, Rey mío!»

 

 

[versión de Manuel J Santayana]

 

 

 

     

 

 

I  

 

¿Qué me importa que seas discreta?

¡Sé bella! ¡Y sé triste! Las lágrimas

Agregan un encanto al rostro,

Como el río al paisaje;

La tempestad rejuvenece las flores.  

 

Yo te amo sobre todo cuando el júbilo

Desaparece de tu frente abatida;

Cuando tu corazón en el horror se ahoga;

Cuando sobre tu presente se despliega

La nube horrenda del pasado.  

 

Yo te amo cuando tu intensa mirada vuelca

Un raudal ardiente como la sangre;

Cuando, malgrado mi mano que te mece,

Tu angustia, harto pesada, orada

Como un estertor de agonizante.

 

Yo aspiro, ¡voluptuosidad divina!

¡Himno profundo, delicioso!

Todos los sollozos de tu pecho,

Y creo que tu cuerpo se ilumina

Con las perlas que vierten tus ojos.    

 

 

II  

 

Yo sé que tu corazón, que rebalsa

Pasados amores desarraigados,

Llamea aún como una fragua,

Y que tú cobijas bajo tu garganta

Un poco del orgullo de los condenados;  

 

Pero, querida mía, en tanto que tus sueños

No hayan reflejado el Infierno,

Y que en una pesadilla sin treguas,

Soñando con venenos y dagas,

 

Prendada de pólvora y de hierro,  

No abriendo a cada uno sino con miedo,

Barruntando la desdicha por doquier,

Convulsionándote cuando la hora suene,

Tú no hayas sentido el abrazo

Del irresistible Tedio,  

 

Tú no podrás, esclava reina

Que no me amas sino con espanto,

En el horror de la noche malsana

Decirme, el alma de gritos desbordante:

“Yo soy tu igual, ¡oh, mi Rey!”

 

 

 

[versión de Pedro Provencio]

 

 

 

 

¿Qué me importa que seas casta? Sé bella y triste.
Las lágrimas aumentan de tu faz el encanto.
Reverdece el paisaje de la fuente al quebranto;
la tormenta a las flores de frescura reviste.

Eres más la que amo si la melancolía
consterna tu mirada; si en lago de negrura
tu corazón naufraga; si el ayer su pavura
tiende sobre tus horas como nube sombría.

Eres la Bien-Amada si tu pupila vierte
-tibia como la sangre- su raudal; si aunque blanda
mi caricia te arrulle, lenta y ruda se agranda
tu angustia con el trémulo presagio de la muerte.

¡Oh voluptuosidades profundas y divinas!
¡Salmo de los deleites entonado en sollozos!
Tus ojos, como perlas, son fuegos misteriosos
con que las interiores penumbras iluminas.


Tu corazón es fragua; la pasión insepulta
como ascua inextinta, dispersa su destello;
y bajo la celeste blancura de tu cuello
un poco de satánica rebeldía se oculta.

Pero en tanto, Adorada, que no pueblen tus sueños
pesadillas sin término, reflejos avernales,
y en lívidas visiones de azufre mil puñales
tajen tu carne ebria de filtros y beleños,

y a todas las quimeras pávida esclavizada
el augurio funesto mires a cada paso,
y convulsa te acojas al letárgico abrazo
del tedio irresistible que anuncia la alborada.

Tú no podrás, -oh sierva que me impones tu ley
y a tu amor me encadenas perversa y temblorosa,
decirme desde el antro de la noche morbosa,
con el alma en un grito: Yo soy tú mismo, ¡oh Rey!

 

[versión de Carlos López Narváez]

 

 

 

 


 

 

 

 

 

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