chuck palahniuk 

 

el club de la lucha

 

 

 

Traducido del inglés por

Pedro González del Campo

 

 

A Carol Meader,

que soporta mi mal comportamiento

 

 

 

– 

uno

dos

tres

.

cuatro

cinco

 

El tipo del cuerpo de seguridad me dio toda clase de explicaciones.

Los mozos de equipaje pueden desentenderse de las maletas que hagan tictac. El tipo del cuerpo de seguri­dad llamaba «lanzadores» a los mozos de equipaje. Las bombas modernas no hacen tictac; en cambio, si una maleta vibra, los mozos de equipaje —los «lanzado­res»— tienen la obligación de llamar a la policía.

Por eso acabé viviendo con Tyler, porque la mayo­ría de las líneas aéreas han adoptado esas normas con las maletas que vibran.

De regreso en el vuelo desde Dulles llevaba todo en aquella maleta. Cuando viajas mucho, aprendes a hacer la misma maleta para todos los viajes. Seis camisas blan­cas. Dos pantalones negros. Lo mínimo imprescindible para sobrevivir.

Un despertador de viaje.

Una máquina de afeitar a pilas.

Un cepillo de dientes.

Seis mudas de ropa interior.

Seis pares de calcetines negros.

Según me dijo el tipo del cuerpo de seguridad, la po­licía había retenido en Dulles mi maleta porque vibraba.

Tenía allí todas mis pertenencias: el material para las lentillas, una corbata roja con rayas azules, una corbata azul con rayas rojas. Las rayas eran de uniforme militar; nada de rayas de corbata tipo club. Y una corbata lisa de color rojo.

Solía tener colgada en la cara interior de la puerta del dormitorio una lista con todas estas cosas.

Vivía en un apartamento que estaba en el piso deci­moquinto, una especie de archivador gigantesco para viudas y jóvenes profesionales. El folleto de propagan­da prometía treinta centímetros de hormigón en los sue­los, techos y paredes con el fin de separarte de cualquier estéreo o televisión a todo volumen. Aire acondiciona­do y treinta centímetros de hormigón; sin embargo, por mucho parqué de arce que tengas, o por mucho regula­dor de voltaje, no puedes abrir las ventanas, así que, cada uno de los doscientos metros cuadrados van a oler a la última comida que hayas preparado o a la última vi­sita al cuarto de baño.

Ah, sí, además, la tapa del contador era como la ta­bla de un carnicero y había también un circuito de ilu­minación de bajo voltaje.

Sin embargo, un suelo de treinta centímetros de hor­migón es importante cuando a la vecina se le ha acabado la batería del audífono y ve los concursos de la tele con la voz bien alta. O cuando se produce una erupción volcáni­ca de gas y los escombros de lo que un día fueron el salón y tus efectos personales salen volando por las ventanas y caen envueltos en llamas dejando tu apartamento, sólo tu apartamento, convertido en un agujero de hormigón car­bonizado, abierto en el acantilado del edificio.

Estas cosas pasan.

Todo, hasta la vajilla de vidrio verde soplado a mano con aquellas burbujitas e imperfecciones y granitos de arena, que eran la prueba de que había sido fabricada por aplicados, sencillos y honrados indígenas aboríge­nes de vete a saber dónde; todo, hasta esos platos se han hecho añicos con la explosión. Imagínate las cortinas devoradas por las llamas, hechas jirones y volando en el viento caliente.

Desde una altura de quince pisos sobre la ciudad, todo esto cae ardiendo, abollando y destrozando los co­ches de todo el mundo.

Mientras vuelo dormido en dirección oeste y a una velocidad 0,83 mach, es decir, a setecientos treinta kiló­metros por hora —a una verdadera velocidad aérea—, el IBI dirige mi maleta hasta una pista de aterrizaje deso­cupada del aeropuerto de Dulles con el fin de desactivar­la. Nueve de cada diez veces, confiesa el tipo del cuerpo de seguridad, la vibración está causada por una máqui­na de afeitar; en este caso, por mi máquina de afeitar a pilas. Y la décima vez, la culpa es de un consolador.

El tipo del cuerpo de seguridad me dio estas explica­ciones en el aeropuerto de destino —adonde llegué sin mi maleta— cuando estaba a punto de coger un taxi para ir a casa y encontrarme las sábanas de franela hechas ji­rones por el suelo.

Imagínese —me dice el tipo del cuerpo de seguri­dad— que al llegar aquí le dijese a una pasajera que su equipaje se quedó en tierra, allá en la Costa Este, por culpa de un consolador. A veces, es incluso un hombre completo. Las líneas aéreas tienen como norma no con­siderar de quién es el objeto cuando se trata de un conso­lador. Hay que emplear el artículo indefinido.

Un consolador.

Nunca «su consolador».

Siempre hay que decir que «el consolador» se puso en marcha accidentalmente.

«Un consolador se puso en marcha y provocó una situación de emergencia que obligó a retener su equipaje.»

Llovía cuando me desperté para coger mi conexión a Stapleton.

Llovía cuando me desperté y por fin estaba cerca de casa.

Un aviso por megafonía nos rogó que nos cerciorá­ramos de que no dejábamos ningún objeto olvidado en los asientos. A continuación se oyó mi nombre. ¿Sería tan amable de presentarme a la salida, donde me espera­ba un representante de la compañía aérea?

Aunque retrasé tres horas el reloj, seguía siendo más tarde de medianoche.

En la puerta estaba el representante de la compañía aérea y estaba también el tipo del cuerpo de seguridad para decirme: «¡Vaya!, la máquina de afeitar es la culpa­ble de que su equipaje se quedara en Dulles». El tipo del cuerpo de seguridad llamaba «lanzadores» a los mozos de equipaje. Después los llamó «trepaescalerillas». Para demostrarme que podría haber sido peor, el tipo me dijo que al menos no se trataba de un consolador. Lue­go, quizá porque era la una de la madrugada y porque soy un tío y él era un tío, y quizá para hacerme reír, me dijo que, en el argot del gremio, a las auxiliares de vue­lo las llamaban «camareras espaciales» y «colchones aé­reos». Parecía llevar puesto un uniforme de piloto: ca­misa blanca con charreteras pequeñas y corbata azul. Mi equipaje ya había sido registrado y llegaría al día si­guiente.

El tipo de seguridad me preguntó el nombre, direc­ción y número de teléfono, y luego me preguntó si sabía cuál era la diferencia entre un condón y la cabina de los pilotos.

—Pues que en el condón sólo cabe un capullo —me dijo.

Cogí un taxi de vuelta a casa con los últimos diez dólares.

La policía local también había estado haciendo un montón de preguntas.

La máquina de afeitar, que no era ninguna bomba, estaba todavía a tres husos horarios detrás de mí.

Y algo que sí era una bomba, una gran bomba, había
pulverizado mis ingeniosas mesillas de café de Njurun-
da, que formaban un círculo compuesto por un yin, de
color verde lima, y un yang, de color naranja. Habían
quedado reducidas a astillas.

El conjunto de sofás de Haparanda, con fundas de quita y pon naranjas diseñadas por Erika Pekkari, ya no era más que basura.

Y no era yo el único esclavizado por el instinto de
construirse un nido. Personas que conozco y que solían
llevarse pornografía al cuarto de baño, ahora se llevan el
catálogo de muebles de IKEA.

Todos tenemos el mismo sillón de Johanneshov ta­pizado con rayas verdes de Strinne. El mío, envuelto en llamas, cayó en una fuente desde una altura de quince pisos.

Todos tenemos las mismas lámparas de papel de Rislampa/Har, fabricadas con alambre y papel ecológi­co sin colorantes. Las mías ahora son confeti.

Todo ese tiempo pasado en el cuarto de baño.

La cubertería de Alie, de acero inoxidable y apta para lavavajillas.

El reloj de Vild de acero galvanizado que estaba en el recibidor, y que, por supuesto, no podía dejar de tener.

  • ¡cómo no!, las estanterías de Klipsk.
  • también las sombrereras de Hemling.

La calle del rascacielos resplandecía salpicada de to­dos esos objetos.

El juego de edredones de Mommala, diseñado por Tomas Harila y disponible en los siguientes colores:

Orquídea.

Fucsia.

Cobalto.

Ébano.

Azabache.

Cascara de huevo o brezo.

Me había costado toda una vida comprar esos trastos.

La laca de fácil cuidado de las mesitas de Kalix.

La mesas nido de Steg.

Compras muebles. Te dices a ti mismo: «Éste es el último sofá que necesitaré en toda mi vida». Compras el sofá y durante un par de años te sientes satisfecho de que aunque no todo vaya bien, al menos, has sabido so­lucionar el tema del sofá. Luego, la vajilla adecuada. Luego, la cama perfecta. Las cortinas. La alfombra.

Finalmente, te quedas atrapado en tu precioso nido y los objetos que solías poseer ahora te poseen a ti.

Hasta que llegué a casa desde el aeropuerto.

El portero surge de las sombras para decirme que ha habido un accidente y que la policía estuvo por allí ha­ciendo un montón de preguntas.

La policía cree que puede haber sido el gas. Tal vez se apagó la llama piloto del horno o se quedó abierto uno de los quemadores y el gas fue saliendo hasta inun­dar todas las habitaciones desde el techo hasta el suelo. El apartamento tenía doscientos trece metros cuadrados y los techos eran altos, por lo que el escape tuvo que du­rar días y días hasta llenar todas las habitaciones. Cuan­do el nivel del gas llegó a ras del suelo, el compresor si­tuado en la base de la nevera emitió un chasquido…

Detonación.

Las ventanas, que ocupaban desde el suelo hasta el techo, estallaron en sus marcos de aluminio y cayeron a la calle junto con los sofás, las lámparas, los platos y los juegos de cama envueltos en llamas, y las revistas anua­les del instituto, los diplomas y el teléfono. Todo salió volando como una erupción solar desde un decimo­quinto piso.

¡Oh, no, mi nevera no! Tenía los estantes llenos de frascos de clases diferentes de mostaza, algunas molidas, otras al estilo de los pubs ingleses. Había catorce salsas bajas en calorías y de distintos sabores y siete clases de alcaparras.

Lo sé, lo sé, una casa llena de condimentos y sin co­mida de verdad.

El portero se sonó la nariz y algo cayó en el pañue­lo con la solidez de una pelota de béisbol atrapada por el guante de un receptor.

—Si quiere puede subir al piso decimoquinto —me dijo el portero—, pero no entre en el apartamento. Ór­denes de la policía. La policía estuvo haciendo pregun­tas: si tenía alguna antigua novia que deseara hacerme esto o si me había ganado algún enemigo que tuviese ac­ceso a dinamita.

—No vale la pena subir —dijo el portero—. Lo úni­co que queda es la estructura de hormigón.

La policía no había descartado que fuera un incen­dio provocado. Nadie había olido el gas. El portero ar­quea una ceja. El tío se pasaba el tiempo flirteando con las sirvientas y enfermeras que trabajaban en los grandes apartamentos del último piso, y que esperaban en las si­llas del vestíbulo hasta que las iban a buscar en coche después del trabajo. Yo había vivido aquí durante tres años; el portero se sentaba todas las noches a leer la revista Ellery Queen mientras yo, cargado de paquetes y bolsas, hacía equilibrios para abrir la puerta de la calle y entrar.

El portero arquea una ceja y me cuenta que hay gen­te que se va de viaje y deja una vela, una vela muy, muy larga, encendida en medio de un gran charco de gasoli­na. Hay personas que al pasar dificultades económicas hacen cosas así. Personas que quieren dejar de tocar fondo.

Le pregunté si podía usar el teléfono de recepción.

—Muchos jóvenes tratan de impresionar al mundo y compran demasiadas cosas —dijo el portero.

Llamé a Tyler.

El teléfono sonó en la casa que Tyler había alquila­do en Paper Street.

Vamos, Tyler, por favor; sálvame.

El teléfono sonaba.

El portero se apoyó en mi hombro y me dijo:

—Muchos jóvenes no saben lo que quieren en rea­lidad.

Oh, Tyler, por favor, sálvame.

El teléfono sonaba.

—Los jóvenes creen que se pueden comer el mundo.

Sálvame de los muebles suecos.

Sálvame del arte inteligente.

Y el teléfono sonaba, y Tyler contestó.

—Si no sabes lo que quieres —continuó el porte­ro—, terminas teniendo un montón de cosas que no necesitas.

Ojalá nunca llegue a realizarme.

Ojalá nunca me sienta satisfecho.

Ojalá nunca llegue a sentirme perfecto.

Tyler, sálvame de sentirme perfecto y satisfecho.

Tyler y yo convenimos en encontrarnos en un bar.

El portero me pidió un número de teléfono en el que pudiera localizarme la policía. Seguía lloviendo. Mi Audi aún estaba en el aparcamiento, pero un aplique de ésos de luz halógena indirecta —-marca Dakapo— había atravesado el parabrisas.

Tyler y yo nos encontramos y bebimos muchísima cerveza. Tyler me dijo que sí, podía mudarme a su casa, pero tendría que hacerle un favor.

Al día siguiente llegaría mi maleta con lo mínimo im­prescindible: seis camisas, seis mudas de ropa interior.

Borrachos en un bar donde nadie se fijaba en noso­tros y a nadie importábamos, le pregunté a Tyler qué quería que hiciera.

Tyler me dijo:

—Quiero que me pegues lo más fuerte que puedas.