chuck palahniuk 

 

el club de la lucha

 

 

 

Traducido del inglés por

Pedro González del Campo

 

 

A Carol Meader,

que soporta mi mal comportamiento

 

 

 

– 

uno

dos

tres

.

cuatro

 

 

Esta noche están aquí todos los típicos parásitos cere­brales. Las sesiones de Arriba y Más Allá siempre cuen­tan con una nutrida asistencia. Éste es Peter. Este es Aldo. Esta es Marcy.

¿Qué tal?

Presentaciones. Hola a todos; ésta es Marla Singer; es la primera vez que viene.

Hola, Marla.

La sesión de Arriba y Más Allá comienza con el rap de la recuperación. El grupo de apoyo no se llama En­fermos con Parásitos Cerebrales. Jamás oirás a nadie de­cir parásitos. Todos están siempre en franca mejoría. ¡Ah, este nuevo medicamento! Aunque siempre acaban de salir de un bache, no verás más que miradas extravia­das, tras llevar cinco días con dolor de cabeza. Una mu­jer se enjuga unas lágrimas involuntarias. Todos llevan una tarjeta de identificación y la gente a la que has visto todos los martes por la noche a lo largo de un año, acu­de a tu encuentro con la mano tendida y los ojos clava­dos en tu tarjeta de identificación.

No creo que nos conozcamos.

Nadie dirá parásitos. Dirán agentes.

Tampoco dirán curación. Dirán tratamiento.

Durante el rap de la recuperación uno de los enfermos describirá la forma en que el agente se extendió por su columna vertebral hasta que, de repente, perdió el control sobre la mano izquierda. El agente, dirá alguno, le ha secado las meninges y ahora el cerebro se desplaza con libertad dentro del cráneo provocando este tipo de ataques.

La última vez que estuve aquí, la mujer llamada Cloe nos comunicó las únicas noticias buenas que tenía. Cloe se puso de pie con dificultad, apoyándose en los brazos de madera de la silla, y dijo que ya no tenía miedo a morirse.

Esta noche, después de las presentaciones y el rap de la recuperación, una chica a la que no conozco y cuya tarjeta la identifica como Glenda nos dice que es la hermana de Cloe y que, por fin, a las dos de la mañana del martes pasado Cloe se murió.

¡Oh! Este momento debería de ser delicioso. Duran­te dos años Cloe ha llorado en mis brazos y ahora está muerta; muerta y enterrada, enterrada en una urna, mau­soleo o columbario. ¡Oh!, la prueba de que un día estás vivo y arrastrándote por el mundo, y al siguiente te has convertido en un frío fertilizante, en bufé para gusanos. Este es el asombroso milagro de la muerte, y sería un mo­mento delicioso si no fuera por… ¡ah! por esa mujer.

Marla.

¡Vaya! Marla me está mirando otra vez, destacándo­se entre todos los parásitos cerebrales.

Mentirosa.

Farsante.

Farsante.

Marla es la farsante. Tú eres el farsante. En realidad, cada vez que alguien pone cara de dolor, o cae al suelo retorciéndose y gruñendo mientras la entrepierna de sus vaqueros se vuelve azul oscuro, todo es una farsa.

Esta noche, de repente, la meditación guiada no me transportará a ninguna parte. Detrás de cada una de las siete puertas del palacio, la puerta verde, la puerta na­ranja, está Marla. La puerta azul: Marla está allí de pie. Mentirosa. Durante la meditación guiada, mientras atravieso la cueva, el animal que me hace de guía es Marla. Marla, mientras fuma un cigarrillo y entorna los ojos. Mentirosa. Con su pelo negro y labios carnosos, estilo francés. Farsante. Labios de sofá italiano de cuero oscu­ro. No tienes escapatoria.

Cloe sí era auténtica.

Cloe era tal y como sería el esqueleto de la cantante Joni Mitchell si consiguieras hacerle sonreír y pasearse por una fiesta mostrando una amabilidad exquisita con todo el mundo. Imagínate el popular esqueleto de Cloe, del tamaño de un insecto y corriendo a las dos de la ma­ñana por los sótanos y las galerías de sus tripas. Su pulso convertido en una sirena cuyo aullido se oye por encima de todos y que anuncia: preparada para morir dentro de diez segundos, nueve, ocho. La muerte se iniciará dentro de siete segundos, seis…

Por la noche Cloe corrió por el laberinto de sus pro­pias venas colapsadas y por conductos que reventaban para derramar linfa caliente. Los nervios asomaban por el tejido como cables trampa y brotaban abscesos que se hinchaban como perlas blancas y calientes.

Aviso de megafonía: Preparada para evacuar los in­testinos dentro de nueve segundos, ocho, siete.

Preparada para evacuar el alma dentro de diez se­gundos, nueve, ocho.

Cloe avanza chapoteando en el líquido expulsado por sus ríñones enfermos, y que ahora le llega a los to­billos.

La muerte comenzará dentro de cinco segundos.

Cinco, cuatro.

Cuatro.

En torno a ella, el pulverizador antiparásitos tiñe su corazón.

Cuatro, tres.

Tres, dos.

Cloe escala a pulso los conductos helados de su gar­ganta.

La muerte comenzará dentro de tres segundos, dos.

La luz de la luna entra por su boca abierta.

Preparados para el último aliento, ya.

Evacuación.

Ya.

El alma se libera del cuerpo.

Ya.

Se inicia la muerte.

Ya.

¡Oh!, sería tan delicioso recordar el amasijo de hue­sos calientes de Cloe aún en mis brazos mientras Cloe yace muerta en alguna parte.

Pero no, Marla me observa.

Durante la meditación guiada abro los brazos para recibir al niño que hay en mí y el niño es Marla fuman­do un cigarrillo. No aparece ninguna bola de luz curati­va. Mentirosa. Ni los chakras. Imaginaos los chakras abriéndose como flores y, en el centro de cada uno, una deliciosa explosión de luz a cámara lenta.

Mentirosa.

Mis chakras siguen cerrados.

Al terminar la meditación, todos se estiran, giran la cabeza de un lado a otro y se ayudan a ponerse de pie para estar preparados. Contacto físico terapéutico. A la hora del abrazo, doy tres pasos y me planto delante de Marla, que levanta la mirada y fija la vista en mi rostro mientras yo observo al resto, que ya está preparado para la representación.

Vamos, la actuación va a empezar; abrazad a quien tengáis más cerca.

Mis brazos se cierran como cepos en torno a Marla.

Esta noche escoged a alguien especial.

Marla mantiene prendidos a su cintura dedos que parecen cigarrillos.

Decidle a vuestro compañero cómo os sentís.

Marla no tiene cáncer testicular. Marla no tiene tu­berculosis ni se está muriendo. Bueno, está bien; según la sesuda filosofía sobre la nutrición cerebral, todos nos estamos muriendo; sin embargo, Marla no se está mu­riendo de la misma forma que se moría Cloe.

El momento ha llegado, entregaos.

Entonces, Marla, ¿te gustan estas manzanas?

Entregaos a fondo.

Marla, lárgate. Vete. Vete.

¡Adelante! Llorad si queréis.

Marla me mira fijamente. Tiene los ojos castaños. Los lóbulos de las orejas se arrugan en torno a los agu­jeros de los pendientes, aunque no los lleva puestos. Sus labios agrietados están escarchados con piel muerta.

Adelante, llorad.

—Tampoco tú te estás muriendo —dice Marla.

A nuestro alrededor, las parejas sollozan, abrazadas.

—Si me denuncias —dice Marla—, te denunciaré.

—Entonces, podemos repartirnos la semana, —le digo. Marla puede quedarse las enfermedades óseas, los parásitos cerebrales y la tuberculosis. Yo me reservo el cáncer testicular, los parásitos sanguíneos y la demencia encefálica orgánica.

—¿Y qué pasa con el cáncer de colon ascendente? —pregunta Marla.

Esta chica ha hecho los deberes.

Nos repartiremos el cáncer de intestino. Ella irá el primer y el tercer domingo de cada mes.

—No —dice Marla.

No; lo quiere todo. Los cánceres y los parásitos. Marla entrecierra los ojos. Nunca soñó que pudiera sentirse tan maravillosamente bien. De hecho se sentía viva. Tenía la piel más clara. Nunca había visto a un muerto. No sabía bien qué era la vida porque no tenía con qué contrastarla. ¡Ah!, pero ahora conocía experiencias de agonía, muerte, dolor y pérdida; llanto, temblores, te­rror y remordimientos. Ahora que sabe a dónde vamos todos, Marla disfruta cada instante de la vida.

No, no estaba dispuesta a dejar ningún grupo de apoyo.

—No, nada de volver al anterior estilo de vida —dice Marla. Trabajaba en una funeraria para sentirme a gusto conmigo misma, sólo por seguir respirando. ¿Qué pasa­ría si no encontrara trabajo en mi campo?

—Pues vuelve a trabajar en la funeraria, —le contesto.

—Los funerales no se pueden comparar en nada con esto —me dice Marla—. Los funerales son ceremonias abstractas. Aquí, en cambio, adquieres una experiencia real de la muerte.

A nuestro alrededor, las parejas se secan las lágri­mas, se sorben la nariz, se dan palmaditas en la espalda y se separan.

—No podemos venir los dos, —le digo.

—Pues no vengas.

Lo necesito.

—Entonces vete a los funerales.

Los demás se han separado y se dan la mano para la oración final. Suelto a Marla.

—¿Cuánto hace que vienes aquí?

La oración final.

Dos años.

Un hombre del círculo de los que rezan me coge una mano. Otro coge la mano de Marla. Por lo general, cuando comienzan estas oraciones dejo de respirar. ¡Oh!, bendícenos. ¡Oh!, bendice nuestra rabia y nues­tros miedos.

—¿Dos años? —Marla inclina la cabeza para hablar en un susurro.

¡Oh! Bendícenos y ampáranos.

A lo largo de estos dos años, si alguien pudo haber­me descubierto, o bien había fallecido o se había recu­perado y dejado de asistir.

Ayúdanos, ayúdanos.

—Está bien —accede Marla—, de acuerdo, de acuer­do. Te dejo el grupo de cáncer testicular.

Bob el grandullón, ese bendito pedazo de pan, se­guirá mojándome con sus lágrimas. Gracias.

Condúcenos a nuestro destino. Danos la paz.

—De nada.

Así conocí a Marla.