chuck palahniuk 

 

el club de la lucha

 

 

 

Traducido del inglés por

Pedro González del Campo

 

 

A Carol Meader,

que soporta mi mal comportamiento

 

 

 

– 

uno

dos

 

 

Los brazos descomunales de Bob me abrazaban y se­pultaban bajo su mole; me apretujaban y mantenían en total oscuridad entre unas tetas flamantes y sudorosas que pendían tan gigantescas como concebimos la gran­deza de Dios. Todas las noches nos encontrábamos en el sótano de la iglesia, que estaba atestado de hombres: éste es Art, éste es Paul, éste es Bob. Las anchas espal­das de Bob me hacían pensar en el horizonte. Su cabe­llo, rubio y espeso, era como el que consigues cuando el fijador se vende como «espuma de moldear»: un pelo espesísimo, muy rubio y con la raya extremadamente recta.

Sus brazos me envolvían, y con las palmas de las ma­nos me apretaba la cabeza contra sus flamantes tetas, que se erguían sobre el barril de su tórax.

—Todo irá bien —dice Bob—; ahora llora.

Desde las rodillas hasta la frente, siento las reaccio­nes químicas de la digestión de Bob y el oxígeno dentro de su cuerpo.

—A lo mejor lo detectaron a tiempo —dice Bob—. Tal vez se trate sólo de un seminoma. Con un seminoma casi tienes una tasa de supervivencia del cien por cien.

Los hombros de Bob se yerguen en una honda inspiración, luego se encogen más y más estremeciéndose entre sollozos. Se yerguen. Se encogen, encogen y encogen.

Hace dos años que vengo aquí todas las semanas, y Bob siempre me rodea con sus brazos y lloro.

—Llora —me dice Bob mientras inhala aire y sollo­za una y otra vez—. No dejes de llorar.

Su ancho y húmedo rostro descansa sobre mi cabe­za y me siento perdido entre sus brazos. Ahora debería llorar. Es lo más apropiado en esta oscuridad asfixiante, oculto por el cuerpo de otra persona y consciente de que todo cuanto sea capaz de conseguir se convertirá en basura.

Cualquier cosa de la que puedas estar orgulloso aca­bará en el cubo de la basura.

Me siento perdido entre sus brazos.

En casi una semana es lo más cerca que he estado de quedarme dormido.

Así conocí a Marla Singer.

Bob llora porque hace seis meses le extirparon los testículos. Luego, lo sometieron a una terapia hormonal de apoyo. Bob tiene tetas porque su nivel de testosterona es demasiado alto. Si elevas el nivel de testosterona más de la cuenta, el cuerpo aumenta la producción de estrógenos para compensarlo.

Ahora es cuando debería llorar porque, justo en este instante, la vida se reduce a nada, o peor aún, cae en el olvido.

Si tomas demasiados estrógenos, te salen tetas de perra.

Es fácil llorar cuando te das cuenta de que las perso­nas a las que quieres acabarán por rechazarte o morirse. En un plazo suficientemente largo, la tasa de supervi­vencia de cualquier persona se reducirá a cero.

Bob me quiere porque piensa que a mí también me han extirpado los testículos.

A nuestro alrededor, en el sótano de la Trinidad Epis­copal, con sus sofás a cuadros comprados en almacenes baratos, puede que haya unos veinte hombres y sólo una mujer; todos abrazados por parejas y la mayoría llorando. Algunas parejas se inclinan hacia delante con las cabezas juntas, oreja contra oreja, como atletas de lucha libre fun­diéndose en un abrazo. El hombre emparejado con la úni­ca mujer apoya los codos en los hombros de ella, un codo a cada lado de la cabeza que sostiene entre las manos, y llora con el rostro oculto en su cuello. La mujer vuelve la cara a un lado y se lleva un cigarrillo a la boca.

Atisbo por debajo de la axila de Bob el grandullón.

—Nunca en mi vida —gime Bob— he sabido por qué hago las cosas.

La única mujer presente en Aún Hombres Unidos, el grupo de apoyo para los enfermos con cáncer de tes­tículos, fuma un cigarrillo a pesar de cargar con un ex­traño, y sus ojos se encuentran con los míos.

Farsante.

Farsante.

Farsante.

Su cabello es de color negro mate; los ojos, grandes como los de los dibujos animados japoneses; lleva pues­to un vestido estampado que parece papel pintado de ro­sas oscuras y está tan delgada como la leche desnatada y macilenta como la mantequilla. Esta mujer también estuvo el viernes por la noche en mi grupo de apoyo a los tuberculosos y el miércoles por la noche participó en la mesa redonda sobre melanomas. El lunes por la noche fue a ver a mi grupo de rap de los Creyentes Firmes con Leucemia. La raya del pelo en mitad de la cabeza parece un rayo blanco y encrespado en el cuero cabelludo.

Cuando buscas este tipo de grupos de apoyo, todos tienen nombres optimistas y poco definidos. Mi grupo de los jueves por la tarde contra los parásitos sanguíneos se llama Limpios y Libres.

El grupo de enfermos con parásitos cerebrales al que voy se llama Arriba y Más Allá.

Esa mujer está, una vez más, aquí, la tarde del sába­do, durante la sesión de Aún Hombres Unidos en el só­tano de la Trinidad Episcopal.

Y lo que es peor, no puedo llorar cuando me mira.

Éste debería ser mi momento preferido, abrazado a Bob y llorando con desesperación. Siempre nos entre­gamos a fondo. Éste es el único lugar donde realmente me relajo y me abandono.

Éstas son mis vacaciones. Acudí por primera vez a un grupo de apoyo hace dos años, después de haber vuelto al médico por culpa del insomnio.

Llevaba tres semanas sin poder dormir. Cuando te pasas tres semanas sin dormir todo se convierte en una experiencia extracorporal. El médico me dijo: «El in­somnio es sólo un síntoma de algo más profundo. Des­cubra cuál es el problema. Escuche a su cuerpo».

Yo sólo quería dormir. Quería pequeñas cápsulas azules de doscientos miligramos de Amital Sodio. Que­ría píldoras azules y rojas de Tuinal, y pastillas de Seconal de color rojo carmín.

El médico me dijo que si mascaba raíces de valeriana y hacía más ejercicio, al final, conseguiría dormir.

Tanto se ha hundido el fruto viejo y magullado de mi rostro, que pensarías que estoy muerto.

El médico me dijo que si quería ver dolor auténtico, pasara por la Primera Eucaristía el martes por la noche. Vea a los pacientes con parásitos cerebrales. Vea las en­fermedades óseas degenerativas. Los trastornos cere­brales orgánicos. Vea cómo sobreviven los enfermos con cáncer.

Así que fui.

En el primer grupo al que acudí hubo presentacio­nes: Alice, Brenda, Dover. Todo el mundo sonríe como si les estuvieran apuntando a la cabeza con una pistola invisible.

Jamás doy mi nombre verdadero en los grupos de apoyo.

He aquí el esqueleto minúsculo de una mujer llama­da Cloe cuyo trasero sin relieve deja los pantalones col­gando, vacíos y tristes. Cloe me cuenta que lo peor de sus parásitos cerebrales era que nadie se quería acostar con ella. Allí estaba, tan próxima a la muerte que le ha­bían liquidado la póliza del seguro de vida con setenta y cinco mil pavos y, en realidad, lo único que Cloe desea­ba era echar un último polvo. Nada de intimidades, só­lo sexo.

¿Qué puede decirle ningún tío? Bueno, ¿qué se le puede decir?

Todo el proceso había comenzado cuando Cloe em­pezó a sentirse un poco cansada. Ahora Cloe estaba de­masiado aburrida para seguir un tratamiento. Películas pornográficas, tenía películas pornográficas en su apar­tamento.

Durante la Revolución francesa, me contó Cloe, las mujeres encarceladas —duquesas, baronesas, mar­quesas o lo que fueran— se tiraban a cualquier hom­bre que quisiera montarlas. Notaba la respiración de Cloe en mi cuello. Follar era una manera de matar el tiempo.

Los franceses lo llamaban la petite mort.

Si estaba interesado, Cloe tenía películas pornográficas. Nitrato de amilo. Lubricantes.

En tiempos normales, ya estaría disfrutando de una erección. Sin embargo, Cloe es un esqueleto hundido en cera amarilla.

Con el aspecto que tiene Cloe, no soy nada. Inclu­so menos que nada. Aun así, los hombros de Cloe se clavan en los míos cuando nos sentamos formando un círculo sobre la alfombra de tripe. Cerramos los ojos. Era el turno de Cloe para dirigir la meditación guiada, y su voz nos introdujo en el jardín de la serenidad. Cloe nos hizo remontar la colina del palacio de las siete puertas. Dentro del palacio estaban las siete puer­tas: la verde, la amarilla, la naranja, y Cloe nos hizo pa­sar y abrió con sus palabras cada una de ellas —la puerta azul, la roja, la blanca— descubriéndonos lo que allí había.

Con los ojos cerrados, imaginábamos que nuestro dolor era como una bola de luz blanca que todo lo cura­ba, que flotaba alrededor de los pies y subía por las ro­dillas, la cintura y el pecho. Nuestros chakras se abrían. El chakra del corazón. El chakra de la cabeza. Con sus palabras Cloe nos introdujo en cuevas donde nos en­contramos con el animal que era nuestro guía. El mío era un pingüino.

El hielo cubría el suelo de la cueva y el pingüino dijo: «Deslizaos». Sin esfuerzo alguno nos deslizamos por túneles y galerías.

Entonces llegó el momento de abrazarnos.

Abrid los ojos.

Cloe explicó que el contacto físico era terapéutico. Todos debíamos escoger a un compañero. Cloe me echó los brazos al cuello y se puso a llorar. En casa llevaba ropa interior sin tirantes y lloraba. Cloe tenía acei­tes y esposas y lloraba mientras yo veía el segundero del reloj dar la vuelta a la esfera once veces.

Así que no lloré durante la primera visita a un grupo de apoyo, hace dos años. Tampoco lloré en mi segunda y tercera visita. No lloré en las sesiones de parásitos san­guíneos, ni en las de cáncer intestinal o demencia ence­fálica orgánica.

Es lo que ocurre en los casos de insomnio. Todo es muy lejano: la copia de una copia de una copia. El in­somnio te distancia de todo; no puedes tocar nada y nada puede tocarte.

Entonces apareció Bob. La primera vez que fui a una sesión de cáncer de testículos, Bob, el gran oso, aquel pedazo de pan, se plantó ante mí durante la se­sión de Aún Hombres Unidos y se echó a llorar. El gran oso cruzó la habitación para refugiarse en mí en el momento de abrazarse, con los brazos colgando a los lados, los hombros caídos. Su gran mentón apoyado en el pecho y los ojos ya inundados de lágrimas. Arras­trando los pies y dando pasos imperceptibles con las rodillas juntas, Bob se deslizó por el suelo del sótano y se arrojó en mis brazos.

Bob aterrizó literalmente sobre mí.

Los brazos de Bob me envolvieron.

Bob el grandullón te exprimía, decía él. Todos aque­llos días tomando ensaladas de Dianabol y luego consu­miendo esteroides Wistrol como para caballos de carre­ras. Tenía un gimnasio propio, Bob el grandullón tenía un gimnasio. Se había casado tres veces. Había promocionado diversos productos y lo había visto alguna vez por televisión. El programa de ensanchamiento pectoral era prácticamente invención suya.

Las  personas  desconocidas  y  que  muestran  tal honradez hacen que me eche a temblar como un flan… ya sabéis lo que quiero decir.

Bob no lo sabía. Quizá sólo uno de sus huevos había sufrido un prolapso, y él sabía que era un factor de riesgo. Bob me contó lo de la terapia hormonal postoperatoria.

A muchos culturistas que se inyectan demasiada testosterona les crecen lo que ellos llaman tetas de perra.

Tuve que preguntarle a Bob qué eran huevos.

Huevos, dijo Bob. Gónadas. Testículos. Cojones. Pelotas. En México, donde se compran los esteroides, los llaman huevos.

Divorcio, divorcio, divorcio, dijo Bob y me mostró una foto que llevaba en la cartera en la que se veía su enorme cuerpo desnudo, posando con un tanga en un concurso de culturismo. Es una forma estúpida de vivir, dijo Bob, pero cuando te encuentras en el escenario, in­menso y depilado, tras haber perdido grasa hasta llegar en torno al dos por ciento, cuando los diuréticos te han dejado frío y duro al tacto como el cemento, te ves ce­gado por las luces y sordo por el ruido del sistema de sonido, y el juez te ordena:

—Extienda el cuadríceps derecho, flexiónelo y man­tenga la postura.

«Extienda el brazo izquierdo, flexione el bíceps y mantenga la postura.

Es mejor que la vida real.

También es el camino más rápido para contraer un cáncer, dijo Bob. Más tarde, se arruinó. Tenía dos hijos ya crecidos que nunca le devolvían las llamadas.

La curación de las tetas de perra consistía, según el médico, en hacer un corte bajo los pectorales y drenar el líquido.

Esto es todo lo que recuerdo, porque entonces los brazos de Bob ya me rodeaban y su cabeza se cernía sobre mí, cubriéndome totalmente. Luego me perdí en el olvido, oscuro, silencioso y completo, y cuando por fin me separé unos pasos de su blando pecho, la camiseta de Bob tenía estampado mi rostro lloroso como si se trata­ra de una máscara húmeda.

 

Eso fue hace dos años, durante mi primera noche en la sesión de Aún Hombres Unidos.

Desde entonces, Bob el grandullón me ha hecho llo­rar en casi todas las reuniones.

Jamás volví al médico. Nunca llegué a mascar raíces de valeriana.

Esto era la libertad. La libertad consistía en perder toda esperanza. Si no decía nada, la gente del grupo se ponía en lo peor. Lloraban con más fuerza. Yo lloraba con más fuerza. Mira las estrellas y desaparecerás.

Al volver a casa después de una reunión de un gru­po de apoyo, me sentía más vivo que nunca. No padecía cáncer ni tenía la sangre infestada de parásitos. Era el centro diminuto y cálido alrededor del cual se congre­gaba la vida del mundo.

Y dormía. Ni los bebés dormían como yo.

Todas las tardes me moría y todas las tardes volvía a nacer.

Resucitado.

Hasta esta noche. Dos años de éxito hasta esta no­che, porque no consigo llorar si esa mujer me mira. No puedo salvarme porque no toco fondo. Tengo la lengua como un estropajo y no hago más que morderme el in­terior de la boca. No he dormido en cuatro días.

Cuando ella me observa, soy un mentiroso. Es una farsante; ella es la mentirosa. Durante la presentación de esta noche, nos saludamos: Soy Bob, soy Paul, soy Terry, soy David.

Nunca doy mi verdadero nombre.

—Tienes cáncer, ¿no? —me preguntó.

A continuación me dijo:

—Hola, qué tal, soy Marla Singer.

Nadie le explicó nunca a Marla de qué clase de cán­cer se trataba. Después estábamos ocupados acunando al niño que hay dentro de cada uno de nosotros.

El hombre sigue llorando apoyado en el cuello de Marla y ella echa otra calada al cigarrillo.

La miro por entre las tetas sudorosas de Bob.

Para Marla soy un farsante. Desde la segunda noche que la vi no consigo dormir. Aún así, yo soy el primer farsante a menos que toda esta gente esté fingiendo sus dolencias, sus accesos de tos y sus tumores, hasta Bob el grandullón, el gran oso. El gran pedazo de pan.

¿Serías tan amable de fijarte sólo en el moldeado de su pelo?

Marla fuma y entorna los ojos.

En este momento, la mentira de Marla refleja mi men­tira y no veo más que mentiras. Estoy en medio de toda la verdad. Todos pendientes de un hilo arriesgándose a compartir aquello que más temen: que su muerte se apro­xima de frente y que el cañón de una pistola les presiona en el fondo de la garganta. Marla fuma y entorna los ojos, yo permanezco enterrado bajo una montaña temblorosa que no deja de sollozar, y, de repente, hasta la muerte y los que están muriendo bajan desfilando con flores de plástico como en el vídeo de algo que no ocurrió.

—Bob —le digo—, me estás aplastando. —Intento hablarle con un susurro, pero no puedo y entonces dejo de hacerlo—. Bob —intento pronunciar las palabras en voz baja, pero, le chillo—: Bob, tengo que ir a mear.

Encima del lavabo del cuarto de baño hay un espejo. Si el programa se mantiene invariable, veré a Marla Singer en la reunión de Arriba y Más Allá, el grupo de apoyo para enfermos con trastornos cerebrales parasitarios. Marla estará allí, por supuesto que estará, y lo que haré será sentarme a su lado. Y después de las presentaciones y de la meditación guiada, después de las siete puertas del palacio y de la bola de luz blanca que todo lo cura, des­pués de que se hayan abierto nuestros chakras, al llegar el momento de abrazarnos, cogeré a esa pequeña zorra.

Con los brazos pegados con fuerza a los costados, pegaré mis labios a su oído y le diré: «Marla, farsante, lárgate».

»Esto es lo único verdadero en mi vida y lo estás arruinando.

«Grandísima mentirosa.

La próxima vez que nos encontremos, le diré: «Marla, no puedo dormir si estás aquí. Necesito esto. Vete».

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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