chuck palahniuk 

 

el club de la lucha

 

 

 

Traducido del inglés por

Pedro González del Campo

 

 

A Carol Meader,

que soporta mi mal comportamiento

 

 

 

– 

uno

 

         

Tyler me consigue un trabajo de camarero, después me mete una pistola en la boca y me dice que para alcanzar la vida eterna primero tienes que morirte. Sin embargo, durante mucho tiempo Tyler y yo fuimos muy buenos amigos. La gente siempre me pregunta si conocía bien a Tyler Durden.
El cañón de la pistola me oprime el fondo de la gar­ganta, y Tyler dice:

—En realidad, no moriremos.

Descubro con la lengua los agujeros del silenciador que taladramos en el cañón de la pistola. La mayor parte del ruido que hace un disparo se debe a la expansión de los gases y al pequeño estallido sónico que provoca la bala al salir tan rápida. Para fabricar un silenciador hay que tala­drar agujeros, un montón de agujeros, en el cañón del arma. De esta forma se logra una descompresión que hace que la velocidad de la bala sea menor que la del sonido.

Si taladras mal los agujeros, la pistola te volará la mano.

—En realidad, esto no es la muerte —dice Tyler—. Seremos una leyenda; no envejeceremos.

Desplazo el cañón con la lengua hacia la mejilla y digo:

—Tyler, estás pensando en vampiros.

El edificio donde nos encontramos dejará de existir en diez minutos. Coge un concentrado con un noventa y ocho por ciento de ácido nítrico gaseoso y añádele el triple de ácido sulfúrico. Prepáralo en una bañera con agua helada. Luego, échale glicerina con un cuentagotas. Ya tienes nitroglicerina.

Lo sé porque Tyler lo sabe.

Mezcla la nitroglicerina con serrín y obtendrás un bo­nito explosivo plástico. Mucha gente mezcla la nitroglice­rina con algodón y añade sales Epsom como sulfato. Así también funciona. Otros emplean parafina mezclada con nitroglicerina. A mí la parafina jamás me ha funcionado.

Total, que Tyler y yo estamos en lo alto del edificio Parker-Morris con la pistola incrustada en mi boca, y oímos un ruido de cristales rotos. Asómate al borde. El día está nublado incluso a esta altura. Éste es el edificio más alto del mundo y a esta altura el viento es siempre frío. Hay tanta tranquilidad a esta altura que crees ser uno de aquellos monos astronautas. Cumples pequeñas tareas para las cuales has sido preparado.

Tirar de una palanca.

Apretar un botón.

No entiendes nada y, sencillamente, te mueres.

Desde una altura de ciento noventa y un pisos te aso­mas al borde del tejado y la calle allá abajo parece una alfombra moteada de gente que, de pie, mira hacia arriba. Los cristales rotos son de una ventana justo debajo de nosotros. Estalla una ventana en una cara del edificio y aparece un archivador negro tan grande como una neve­ra. Justo debajo de nosotros, un archivador de seis cuer­pos cae por la fachada cortada a pico del edificio, y mien­tras cae va girando despacio, cae haciéndose más pequeño hasta que desaparece entre la multitud congregada abajo.

En algún lugar de los ciento noventa y un pisos, los monos astronautas de la Comisión de Daños del Pro­yecto Estragos se han descontrolado y están destruyen­do todo vestigio de la historia.

Aquel viejo refrán de «siempre se mata lo que más se quiere», bueno, mira, funciona en ambas direcciones.

Con una pistola incrustada en la boca y el cañón en­tre los dientes sólo conseguirás farfullar algunas vocales.

Sólo nos quedan diez minutos.

A continuación, por un lado del edificio, va apare­ciendo, centímetro a centímetro, una mesa de madera oscura, que, empujada por la Comisión de Daños, se tambalea, se inclina y, tras darse la vuelta, se precipita al vacío hasta que se pierde en la multitud como si se tra­tara de un extraño objeto volador.

Dentro de nueve minutos el edificio Parker-Morris ya no estará aquí. Si llevas suficiente gelatina para deto­naciones controladas y la colocas en los cimientos de una construcción, conseguirás echar abajo cualquier edificio del mundo. Tiene que estar bien afirmada y cu­bierta con sacos terreros para que la explosión incida sobre los pilares y no se expanda por el sótano del gara­je que los rodea.

Los libros de historia no ofrecen este tipo de instruc­ciones. Hay tres formas de obtener napalm: la primera mezclando a partes iguales gasolina y concentrado de zumo de naranja congelado; la segunda, mezclando a partes iguales gasolina y Coca-Cola light; y la tercera, di­solviendo en gasolina inmundicias de gato desmenuza­das hasta que la mezcla adquiera una consistencia sólida.

Pregúntame cómo se fabrica gas nervioso. ¡Ah, y no digamos todos esos demenciales coches bomba!

Nueve minutos.

Los ciento noventa y un pisos del edificio Parker-Morris caerán con la lentitud de un árbol que se desplo­ma en el bosque. ¡Tronco va! Puedes echar abajo cual­quier cosa; es fantástico pensar que el lugar donde es­tamos será sólo un punto en el cielo.

Tyler y yo estamos en el borde del tejado. Tengo la pistola metida en la boca y me pregunto si el arma esta­rá limpia.

Mientras contemplamos cómo se precipita edificio abajo otro archivador, aquí nos olvidamos del suicidio-asesinato de Tyler. Los cajones se abren en el aire, soltan­do resmas de papel blanco, que, atrapadas por la corrien­te ascendente, son arrebatadas por el viento.

Ocho minutos.

Después, el humo; por las ventanas rotas empieza a salir el humo. El equipo de demolición activará la carga primaria dentro de, quizás, ocho minutos. La carga pri­maria provocará la explosión de la carga base; los ci­mientos se desmoronarán y la serie fotográfica del edifi­cio Parker-Morris pasará a los libros de historia.

La serie de cinco fotografías sucesivas: en la primera, el edificio está en pie; en la segunda, adopta un ángulo de ochenta grados; en la siguiente, uno de setenta; en la cuar­ta, cuando el armazón comienza a ceder y la torre des­cribe un ligero arco, el edificio presenta un ángulo de cuarenta y cinco grados; en la última instantánea, la torre, con sus ciento noventa y un pisos, se precipita so­bre el museo nacional, que es el verdadero objetivo de Tyler.

—Ahora éste es nuestro mundo —dice Tyler—: los antepasados están muertos.

Si supiera cómo va a terminar todo esto, estaría bien contento de estar ya muerto y en el cielo.

Siete minutos.

En la cima del edificio Parker-Morris con la pistola de Tyler en la boca, mientras archivadores, despachos y ordenadores caen como meteoros sobre la multitud que rodea el edificio, y el humo sale formando columnas por las ventanas rotas y en la calle, a tres bloques de distan­cia, el equipo de demolición mira el reloj. Sé que todo esto —la pistola, la anarquía y la explosión— es por Marla Singer.

Seis minutos.

Se trata de una especie de triángulo amoroso: yo quiero a Tyler, Tyler quiere a Marla, Marla me quie­re a mí.

Yo no quiero a Marla, y Tyler no me quiere aquí, ya no. Se trata de una cuestión de cariño más que de amor, de propiedad más que de posesión.

Sin Marla, Tyler no tendría nada.

Cinco minutos.

Tal vez nos convirtamos en leyenda, tal vez no. «No», digo, pero aun así, espera.

¿Qué sería de Jesús si nadie hubiera escrito los Evangelios?

Cuatro minutos.

Desplazo con la lengua la pistola hacia la mejilla y digo:

—Tyler, ¿quieres ser una leyenda? Vale, tío, yo te convertiré en leyenda. He estado aquí desde el principio.

Lo recuerdo todo.

Tres minutos.

 

 

 

 

 

 

 

 

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