chuck palahniuk 

 

el club de la lucha

 

 

 

Traducido del inglés por

Pedro González del Campo

 

 

A Carol Meader,

que soporta mi mal comportamiento

 

 

 

– 

uno

dos

tres

.

cuatro

cinco

seis

siete 

ocho

nueve

diez

once

doce

trece

catorce

quince

dieciséis

diecisiete

dieciocho

diecinueve

veinte 

veintiuno

 

 

Quince

 

 

Su señoría el presidente de la junta local del sindicato de operarios de cines independientes y del sindicato nacional de operadores de cine, tomó asiento.

En todo cuanto el hombre daba por supuesto ya fuera por dentro, por debajo o por detrás, algo horrible había estado creciendo.

Nada es estático.

Todo se destruye.

Lo sé porque Tyler lo sabe.

Durante tres años Tyler había cortado y montado pe­lículas para una cadena de cines. Las películas viajan en seis o siete carretes pequeños guardados en una maleta metálica. El trabajo de Tyler consistía en montar los carre­tes pequeños en una sola bobina que valiera para los pro­yectores automáticos y los rebobinadores. Al cabo de tres años de trabajo en siete cines —un mínimo de tres funcio­nes por cine y estrenos todas las semanas—, eran cientos las copias que habían pasado por las manos de Tyler.

Mal asunto, pero, al aumentar el número de proyec­tores automáticos y rebobinadores, el sindicato ya no necesitaba a Tyler. El señor presidente de la junta local tuvo que llamar a Tyler y charlar con él.

El trabajo era aburrido y la paga era una mierda, y por eso, el presidente de la junta local del sindicato de opera­rios de cines independientes y del sindicato nacional de operadores de cine le estaba haciendo un favor laboral a Tyler Durden dándole una diplomática patada en el culo.

No consideres esto un despido, sino un reajuste de plantilla.

El señor presidente de la junta local dice en plan jodienda:

—Le agradecemos que haya contribuido a nuestro éxito.

Oh, eso no tenía importancia, dijo Tyler, y sonrió. Siempre y cuando el sindicato siguiera enviándole el cheque él mantendría la boca cerrada.

—Considere esto una jubilación anticipada con de­recho a pensión —dijo Tyler.

Por sus manos habían pasado cientos de películas.

Películas que habían vuelto al distribuidor. Películas que habían vuelto a circular en reposiciones: comedias, melodramas, musicales, películas románticas y películas de acción y aventuras.

Sazonadas con los fotogramas pornográficos de Tyler.

Sodomía, felaciones, cunnilingus, sadomasoquismo.

Tyler no tenía nada que perder.

Tyler era un cero a la izquierda, la escoria de todos.

Todo esto me lo hizo memorizar Tyler para que se lo espetara seguidamente al gerente del hotel Pressman.

En el otro trabajo de Tyler, en el hotel Pressman, Ty­ler les dijo que era un don nadie. A nadie le importaba si moría o vivía, y ¡qué coño!, el sentimiento era mutuo. Todo esto me hizo memorizar Tyler para que lo repitie­ra en la oficina del gerente del hotel, con los guardias de seguridad sentados fuera, junto a la puerta.

Tyler y yo pasamos la noche contándonos historias cuando todo acabó.

Justo después de que se fuera al sindicato de opera­dores de cine, Tyler me mandó a enfrentarme con el ge­rente del hotel Pressman.

Tyler y yo nos parecíamos cada vez más, como ge­melos. Los dos teníamos el pómulo hundido y la piel había olvidado cómo recomponerse tras los golpes y col­gaba de las mejillas.

Las magulladuras eran del club de lucha; el rostro de Tyler, deformado por los golpes, era obra del presiden­te del sindicato de operadores de cine. Después de que Tyler saliera arrastrándose de las oficinas del sindicato, fui a ver al gerente del hotel Pressman.

Me senté en la oficina del gerente del hotel Pressman.

Soy la Venganza Descarada de Fulano.

Lo primero que dijo el gerente del hotel fue que te­nía tres minutos para hablar. Durante los primeros treinta segundos le conté que me había meado en las so­pas y tirado pedos sobre las crémes brülées, y que había estornudado en las endivias rehogadas y que quería que el hotel me mandase un cheque todas las semanas con el equivalente a mi sueldo habitual más las propinas. A cambio, nunca más volvería a trabajar ni acudiría a la prensa o a Sanidad para hacer una confesión llorosa y confusa de lo sucedido.

Los titulares:

«Camarero compungido confiesa haber contamina­do la comida de un hotel.»

A buen seguro, iré a la cárcel —me digo—. Podrían colgarme y arrancarme las pelotas y arrastrarme por las calles y despellejarme y quemarme con lejía; pero el hotel Pressman siempre se recordaría como el hotel en que los ricos más ricos del mundo comían pis.

Las palabras de Tyler van saliendo por mi boca. Y yo, que antes era una persona encantadora.

En la oficina del sindicato de operadores de cine, Tyler se echó a reír cuando el presidente del sindicato le arreó un puñetazo. El puñetazo le hizo caer al suelo y Tyler se sentó apoyado en la pared y riéndose:

—Adelante, no puede matarme. —Tyler se reía.

»Gilipollas. Tal vez me saque la piel a tiras, pero no se atreverá a matarme.

Tiene demasiado que perder.

Yo no tengo nada.

Usted lo tiene todo.

Adelante, pégueme en el estómago. Déme otro pu­ñetazo en la cara. Hágame saltar los dientes, pero no deje de pagarme el sueldo. Rómpame las costillas, pero si se olvida una sola vez de pagarme, haré público lo ocurri­do y usted y su sindicato se hundirán con los pleitos de todos los dueños de cines, distribuidores de películas y mamaítas cuyos hijos tal vez vieran una erección duran­te la proyección de Bambi.

—Soy escoria —dijo Tyler—. Para usted y el resto del puto mundo, soy escoria, basura y un loco —le dijo Tyler al presidente del sindicato—. No le importa dón­de vivo ni lo que siento, ni lo que como ni si alimento a mis hijos o si le pago al médico cuando me pongo enfer­mo. Y sí, soy estúpido y pusilánime y estoy aburrido, pero sigo siendo responsabilidad suya.

 

 

Sentado en aquella oficina del hotel Pressman, mis la­bios seguían partidos por diez sitios distintos como consecuencia del club de lucha. El ojete de la mejilla miraba al gerente del hotel Pressman de forma muy con­vincente.

En esencia, vine a decirle lo mismo que Tyler.

Después de zurrar a Tyler y tirarlo al suelo; después de ver que Tyler no ofrecía resistencia, su señoría el presi­dente del sindicato —con su corpachón enorme como un Cadillac, excesivo para aquella tarea—, su señoría, coceó a Tyler en las costillas y Tyler se echó a reír. Ty­ler se hizo un ovillo en el suelo y su señoría le pegó una patada en las costillas; pero Tyler seguía riéndose.

—Desahóguese —dijo Tyler—. Confíe en mí. Se sen­tirá mucho mejor. Se sentirá estupendamente.

En la oficina del hotel Pressman, le pregunté al gerente del hotel si me dejaba llamar por teléfono. Marqué el número de la redacción del periódico y, mientras el ge­rente del hotel me observaba, dije:

—Hola, he cometido un crimen horrible contra la humanidad como parte de una campaña de protesta po­lítica. Protesto contra la explotación de los trabajadores de la industria de la restauración.

Si iba a la cárcel no sería por haberme convertido en un pobre diablo desequilibrado que se meaba en la ropa. El asunto tendría una dimensión épica.

El camarero Robin Hood defiende la causa de los parias.

Habría muchas más implicaciones que las de un ho­tel y un camarero.

El gerente del hotel Pressman me quitó con suavidad el auricular de la mano. El gerente dijo que no quería que siguiera trabajando allí; no con el aspecto que tenía.

 

Estoy de pie, junto a la cabecera del despacho del gerente cuando grito: «¿Cómo?».

¿No le gustaría hacer esto?

Y sin pensármelo dos veces, mirando todavía al ge­rente, echo el puño hacia atrás y, con toda la fuerza cen­trífuga del brazo, describo una parábola, y me doy un golpe en el rostro que hace brotar sangre de las costras agrietadas de mi nariz.

Sin razón aparente, ahora recuerdo la noche en que Tyler y yo peleamos por primera vez. «Quiero que me pegues lo más fuerte que puedas.»

Este puñetazo no es tan fuerte como aquél. Me pego otro puñetazo. No está mal toda esa sangre, pero me lanzo hacia atrás contra la pared para hacer un ruido terrible y romper el cuadro que cuelga al fondo.

Los cristales rotos y el marco y el dibujo de flores y la sangre caen conmigo al suelo. Siempre haciendo payasa­das. Soy un pobre imbécil. La sangre mancha la alfombra y me arrastro y planto las manos ensangrentadas en el borde de la mesa del gerente del hotel y le digo: «Por fa­vor, ayúdeme», pero empiezo a reírme como un estúpido.

Ayúdeme, por favor.

Por favor, no me vuelva a pegar.

Vuelvo nuevamente al suelo y me arrastro a gatas manchando de sangre la alfombra. Lo primero que voy a decirle es «por favor». Así que mis labios permanecen se­llados. El monstruo se arrastra por entre las encantadoras florecillas y las guirnaldas de la alfombra oriental. La san­gre mana de mi nariz y se desliza garganta abajo y por la boca: está caliente. El monstruo anda a gatas por la al­fombra y recoge por el camino polvo y pelusas que se le quedan pegadas a la sangre de las zarpas. Y se acerca ga­teando lo suficiente para agarrar al gerente del hotel Pressman por la pernera del pantalón de rayas y decir:

Por favor.

Y decir:

Por favor, un «por favor» que sale con una burbuja de sangre.

  • decir: Por favor.
  • la burbuja revienta manchándolo todo de sangre.

Y así queda Tyler libre para inaugurar todas las noches un club de lucha. Tras esto hubo siete clubes de lucha; después hubo quince clubes de lucha y después veintitrés clubes de lucha; sin embargo, Tyler quería más.
El dinero no dejaba de entrar en Paper Street.

—Por favor, déme el dinero, —le digo al gerente del hotel Pressman. Y vuelvo a soltar aquella risita estúpida. Por favor.

Y       por favor no me vuelta a pegar.

Usted tiene tanto y yo no tengo nada. Me encaramo con las manos ensangrentadas por las perneras de rayas del gerente del hotel Pressman y él se echa con fuerza hacia atrás, apoyando las manos en el alféizar a sus es­paldas, y hasta sus labios se retrotraen tras los dientes.

El monstruo afianza una zarpa sangrienta en el talle de los pantalones del gerente, y se pone de pie para aferrarse a su impecable camisa almidonada; y con las manos ensangrentadas, lo inmovilizo cogiéndolo por sus delicadas muñecas.

Por favor. Sonrío y es suficiente para que se me abran los labios.

Se produce un forcejeo mientras el gerente chilla e intenta apartarse de mí y de la sangre y de la nariz aplastada y de la porquería pegada a la sangre. Y justo en ese momento tan entrañable, los guardias de seguridad se deciden a entrar.

 

Dieciséis

 –

 

 

Hoy viene en el periódico que unos desconocidos alla­naron las oficinas de la Hein Tower entre los pisos déci­mo y decimoquinto; se descolgaron por las ventanas y pintaron en la cara sur del edificio una máscara sonrien­te de cinco pisos de altura, y prendieron fuego a las ven­tanas donde se abrían sus enormes ojos y cada uno de ellos resplandeció en llamas, inmenso, vivo e ineludible, sobre el amanecer de la ciudad.

En la foto de la primera página del periódico, la máscara parece una calabaza enfadada, un demonio ja­ponés o el dragón de la avaricia suspendido en el cielo, y el humo son las cejas de una bruja o los cuernos del de­monio. Y la gente grita mientras mira hacia arriba.

¿Por qué habían hecho eso?

Y, ¿quién lo habría hecho? Incluso después de apa­gar los dos fuegos, la cara seguía allí y era todavía peor. Sus ojos vacíos parecían vigilar a todo el mundo, pero, al mismo tiempo, estaban muertos.

Cada vez aparecen más noticias de este tipo en el pe­riódico.

Por supuesto, en cuanto lees esta crónica, quieres sa­ber de inmediato si forma parte del Proyecto Estragos.

El periódico dice que la policía no tiene pistas seguras. Pandillas de gamberros o extraterrestres, quienquie­ra que fuese, podía haberse matado gateando por las cor­nisas y balanceándose desde los alféizares con pulveriza­dores de pintura negra.

¿Era obra del Comité de Daños o del Comité de In­cendios Provocados? Aquella cara gigantesca era segu­ramente la tarea encomendada la semana pasada.

Tyler lo sabría, pero la primera regla del Proyecto Estragos es que no se hacen preguntas sobre el Proyec­to Estragos.

Tyler me cuenta que, en la sesión de esta semana del Comité de Asalto del Proyecto Estragos, enseñó a to­dos a usar una pistola. Las pistolas se limitan a encauzar la explosión en una sola dirección.

Tyler llevó una pistola y las Páginas amarillas a la úl­tima sesión del Comité de Asalto. Se reunieron en el só­tano en el que el club de lucha se reúne los sábados por la noche. Cada comité se reúne una noche diferente.

Incendios Provocados se reúne los lunes.

Asalto se reúne los martes.

Daños se reúne los miércoles.

Desinformación se reúne los jueves.

Caos organizado. La Burocracia de la Anarquía. Imagínatelo. Grupos de apoyo y similares.

Así, el martes por la noche, el Comité de Asalto pro­puso distintas misiones para la semana siguiente, y Ty­ler leyó las propuestas y asignó las tareas del comité.

Antes de siete días, cada miembro del Comité de Asalto tiene que provocar una pelea de la que no saldrá vencedor. Y no será en el club de lucha. Es más difícil de lo que parece. Un hombre de la calle hará lo que sea para no luchar.

La idea consiste en coger a un tío cualquiera que nunca haya peleado y reclutarlo. Dejad que experimente el sabor de la victoria por primera vez en su vida. Dejad que se desahogue. Dejad que os dé una soberana paliza.

Acéptalo. Si ganas, la habrás jodido.

—Lo que debemos hacer —dijo Tyler al comité— es mostrarles a esos tíos la fuerza que todavía tienen.

La clásica arenga de Tyler. A continuación, desdo­bló una a una las esquinas plegadas de los papeles que había dentro de una caja de cartón sobre la mesa. Así propone cada comité los acontecimientos de la próxima semana. Escribes la propuesta en el bloc de notas del comité. Arrancas la hoja, la doblas y la metes en la caja. Tyler comprueba las propuestas y desestima las ideas malas.

Por cada propuesta que desestima Tyler pone una hoja en blanco en la caja.

Luego, cada miembro del comité extrae una hoja de la caja. Tal como me explicó Tyler, si alguien saca una hoja en blanco, sólo tiene que ejecutar la tarea semanal.

Si extraes una propuesta, entonces irás ese fin de se­mana a la fiesta de la cerveza importada y derribarás a un tío sobre un retrete portátil. Te harán un favor extra si te dan una paliza por hacer esto. O tendrás que asistir a un desfile de moda en el atrio de unos grandes almace­nes y arrojarás desde el entresuelo gelatina de fresa so­bre el público.

Si te arrestan, estás fuera del Comité de Asalto. Si te ríes, estás fuera del comité.

Nadie sabe las propuestas que han extraído los de­más y, excepto Tyler, nadie conoce el contenido de las propuestas; ni cuáles se aceptan o cuáles van a la basura. Entrada ya la semana, tal vez leas en el periódico que un hombre sin identificar sacó fuera de un Jaguar descapo­table a su conductor y empotró el coche en una fuente del centro de la ciudad.

Te preguntas si ésa es una de esas propuestas del co­mité que habrías podido extraer.

El siguiente martes por la noche, escrutarás el rostro de los miembros del Comité de Asalto bajo la bombilla solitaria del sótano a oscuras del club de lucha y segui­rás preguntándote quién conducía el Jaguar que acabó en la fuente.

¿Quién subió al tejado del museo de arte e hizo de francotirador disparando tubos de pintura contra las es­culturas de la sala de recepción?

¿Quién pintó la máscara de un demonio en llamas en la fachada de la Hein Tower?

La noche de la misión en la Hein Tower, te imagi­nas una cuadrilla de secretarios, contables o mensajeros entrando furtivamente en las oficinas donde trabajaban todos los días. Tal vez estuvieran un poco bebidos a pe­sar de ir contra las reglas del Proyecto Estragos. Em­plearon llaves maestras donde fue posible y pulveri­zadores de freón para romper en pedazos los cilindros de las cerraduras, y salieron por las ventanas, se balan­cearon en el vacío y rapelaron por la fachada de ladrillo del edificio con cuerdas de escalada, columpiándose y arriesgándose a sufrir una muerte instantánea en ofici­nas donde cada día, hora tras hora, sus vidas se iban con­sumiendo.

A la mañana siguiente, esos mismos oficinistas y con­tables se mezclaron entre la multitud peinados meticu­losamente y mirando hacia arriba, ebrios de sueño pero sobrios, vestidos con corbata, y escucharon cómo la mul­titud se preguntaba quién lo habría hecho y la policía ordenaba a gritos a la gente que por favor se echara atrás mientras el agua caía por el centro humeante de aquellos ojos enormes.

Tyler me confió que nunca había más de cuatro buenas propuestas por reunión, así que las posibilida­des de extraer una propuesta y no un papel en blanco eran de cuatro entre diez. Hay veinticinco tíos en el Comité de Asalto incluyendo a Tyler. A todos se les asigna una tarea: perder una pelea en público; y cada miembro extrae una propuesta.

Esta semana Tyler les ha dicho:

—Comprad una pistola.

Tyler le dio a un tío las Páginas amarillas y le orde­nó que arrancara un anuncio. A continuación, le pasó el listín a otro tío. Cada uno debía ir a un lugar diferente a comprar la pistola o a hacer uso de ella.

—Aquí tengo una pistola —dijo Tyler sacando una del bolsillo del abrigo—: dentro de dos semanas cada uno de vosotros deberá tener una pistola de un tamaño similar al de ésta y tendrá que traerla a la reunión.

»Lo mejor será que la paguéis al contado —dice Ty­ler—. En la siguiente reunión intercambiaréis las pisto­las y denunciaréis el robo de la que comprasteis.

Nadie preguntó nada. No hacer preguntas es la pri­mera regla del Proyecto Estragos.

Tyler hizo circular la pistola. Era muy pesada para ser tan pequeña, como si algo gigantesco, una montaña o una estrella, se hubiera hundido y derretido para dar forma a aquel objeto. Los miembros del Comité la co­gían con dos dedos. Todos querían preguntar si estaba cargada, pero la segunda regla del Proyecto Estragos es no hacer preguntas.

Tal vez estuviera cargada, tal vez no. Tal vez no nos quedara otro remedio que asumir lo peor.

—Las pistolas —dijo Tyler— son sencillas y perfec­tas. Sólo hay que apretar el gatillo.

La tercera regla del Proyecto Estragos es no poner excusas.

—El gatillo —dijo Tyler— libera el martillo y el martillo percute encendiendo la pólvora.

La cuarta regla es no mentir.

—La explosión libera la bala por la apertura del casquillo y el cañón de la pistola encauza la pólvora y el impulso de la bala en una sola dirección —continuó Ty­ler—, igual que el hombre-cañón, igual que el misil sa­liendo del mortero, igual que tu esperma.

Cuando Tyler inventó el Proyecto Estragos, Tyler decía que al Proyecto Estragos no le concernía lo que le pasara al resto del mundo. A Tyler no le importaba si al­guien resultaba herido o no. El objetivo era enseñar a todos y cada uno de los miembros del proyecto que te­nían poder para controlar la historia. Cada uno de no­sotros puede hacerse con el control del mundo.

Tyler inventó el Proyecto Estragos en el club de lucha.

Una noche, en el club de lucha, localicé a un nova­to. Era el primer sábado que aquel jovencito con cara de ángel acudía al club de lucha y decidí luchar con él. Así son las reglas; si es tu primera noche en el club de lucha, tienes que pelear. Quise luchar con él porque había vuelto el insomnio y me apetecía destruir algo hermoso.

Como mi cara nunca tiene oportunidad de curarse, nada tengo que perder en lo que a mi aspecto se refiere. El jefe me preguntó qué hacía para que nunca sanase el agujero de la mejilla. Cuando bebo café, le digo, me tapo el agujero con dos dedos para que no salga por allí.

Existe una llave de estrangulamiento que sólo te deja aire suficiente para no caer inconsciente y aquella noche en el club de lucha, golpeé al novato, y le machaqué su hermosa cara de ángel, primero con mis huesudos nudi­llos, como un molar triturando comida, y con el costado del puño cuando los nudillos quedaron en carne viva al clavarse sus dientes a través de los labios. El chico cayó al suelo como un fardo.

Tyler me dijo más tarde que nunca me había visto destruir algo hasta ese extremo. Aquella noche Tyler supo que o le daba alguna salida al club o tendría que cerrarlo.

Sentado a la mesa, durante el desayuno, Tyler me dijo:

—Parecías un maníaco, un psicópata. ¿Dónde se te fue la cabeza?

Le contesté que estaba hecho una mierda y que no me había relajado en absoluto. Que no había obtenido ningún placer. Tal vez había desarrollado eso: inmuni­dad a los combates y quizá necesitaba meterme en algo más fuerte.

Aquella mañana Tyler inventó el Proyecto Estragos.

Tyler me preguntó que contra qué luchaba en rea­lidad.

Tyler hablaba de ser la escoria del mundo, los escla­vos de la historia, así me sentía. Quería destruir todas las cosas hermosas que nunca tendría. Incendiar las selvas tropicales del Amazonas. Provocar emisiones de cloro-fluorocarbonos que destruyan el ozono. Abre las válvu­las de los contenedores de los superpetroleros y vierte directamente al océano el crudo de los pozos petrolí­feros. Quería matar todos los peces que no podía per­mitirme comer, y empantanar las playas francesas que nunca llegaría a ver.

Deseaba que el mundo entero tocara fondo.

Mientras machacaba a aquel chico, lo que en reali­dad quería era meterle una bala entre ceja y ceja a to­dos los osos panda en peligro de extinción que no se decidían a follar para salvar su especie, y a las ballenas y delfines que se dejaban morir embarrancando en las playas.

No pienses en términos de extinción. Considéralo una reducción de plantilla.

Durante miles de años el hombre había jodido el planeta; lo había llenado de basura y mierda, y ahora la historia esperaba de mí que limpiara lo que habían deja­do los demás. Es mi deber enjuagar las latas de sopa y reciclarlas. Y dar cuenta de todas y cada una de las gotas del aceite del coche.

También tengo que pagar la factura de los residuos nucleares y los tanques de gasolina enterrados y las tierras llenas de residuos tóxicos acumulados por la ge­neración que me precedió.

Retuve el rostro de Cara de Ángel en el pliegue del codo, como un bebé o un balón de rugby, y le golpeé con los nudillos; le golpeé hasta que los dientes se le rom­pieron bajo los labios. Después le golpeé con el codo has­ta que cayó al suelo como un fardo. Hasta que le perforé la piel de los pómulos y se la dejé amoratada.

Deseaba respirar humo.

Los pájaros y los ciervos son un lujo estúpido; todos los peces deberían flotar muertos.

Deseaba incendiar el Louvre; volver a esculpir las esculturas de Fidias del Partenón con una almádena y lim­piarme el culo con la Mona Lisa. Así es mi mundo hoy en día.

Mi mundo, el mío, y todos los antepasados están muertos.

Fue aquella mañana, durante el desayuno, cuando Tyler inventó el Proyecto Estragos.

Queríamos arrasar la historia y liberar al mundo de ella.

Mientras desayunábamos en la casa de Paper Street, Tyler me dijo que me imaginara plantando rábanos y pa­tatas sobre el césped del hoyo decimoquinto de un cam­po de golf abandonado.

Cazarás alces en los bosques húmedos del cañón cercano a las ruinas del Rockefeller Center y encontra­rás almejas enterradas junto a los cuarenta y cinco gra­dos de inclinación de la Aguja Espacial. Pintaremos en los rascacielos gigantescas caras totémicas y amuletos antropomórficos con rostros de duendes, y todas las noches, lo que haya quedado de la humanidad se refu­giará en los zoos vacíos y se encerrará en las jaulas para protegerse de los osos, pumas y lobos que se pasean de noche mientras les vigilan por entre los barrotes.

—El reciclado y los límites de velocidad son una chorrada —dijo Tyler—. Es como dejar de fumar en el lecho de muerte.

El Proyecto Estragos salvará al mundo. Una gla­ciación cultural. Una Edad Media provocada. El Proyec­to Estragos obligará a la humanidad a hibernar y a entrar en remisión hasta que la Tierra se haya recuperado.

—Justifica la anarquía —dice Tyler—. Imagínatelo.

Igual que el club de lucha hace con oficinistas y le­guleyos, el Proyecto Estragos destruirá la civilización para que podamos hacer de la Tierra un mundo mejor.

—Imagínate —dijo Tyler— cazando alces junto a los escaparates de unos grandes almacenes en cuyos pa­sillos malolientes se pudren en las perchas vestidos y fracs. Llevarás vestiduras de cuero que te durarán toda la vida y escalarás la Sears Tower por enredaderas tan gruesas como tu muñeca. Escalarás la bóveda de un bos­que uliginoso donde la atmósfera estará tan limpia que verás figuras diminutas majando maíz y poniendo a se­car tiras de carne de venado bajo el sol de agosto en el área de descanso de una autopista abandonada.

Aquél era el objetivo del Proyecto Estragos, dijo Tyler: la destrucción completa e inmediata de la civili­zación.

El siguiente paso del Proyecto Estragos no lo sabe na­die excepto Tyler. La segunda regla es no hacer preguntas.

—No compréis munición —ordenó Tyler al Comité de Asalto—. Así no os preocuparéis. Sí, mataréis a alguien.

Incendios Provocados. Asaltos. Daños y Desinfor­mación.

Nada de preguntas. Nada de preguntas. Nada de ex­cusas ni mentiras.

La quinta regla del Proyecto Estragos es confiar en Tyler.

Diecisiete

 

 

 

El jefe me lleva otro papel a la mesa y lo deja junto a mi codo. Ya no llevo corbata. Como el jefe lleva su corbata azul, tiene que ser jueves. La puerta de su oficina ahora está siempre cerrada; no hemos intercambiado más de dos palabras diarias desde que encontró las reglas del club de lucha en la fotocopiadora. Tal vez le di a entender que lo iba a destripar de un balazo. Siempre haciendo payasadas.

Podría llamar para pedir la conformidad al Departa­mento de Transporte. El soporte del montaje del asien­to delantero no pasó la prueba antichoque antes de ser producido en serie.

Si sabes dónde mirar, hallarás por todas partes cuer­pos enterrados.

—Buenas—, le digo.

—Buenas —me contesta.

Junto al codo tengo otro documento importante y privado que Tyler quería que le mecanografiara y fotocopiase. Hace una semana, Tyler midió a pasos el só­tano de la casa alquilada en Paper Street. Sesenta y cinco pies de largo y cuarenta de ancho. Tyler pensaba en voz alta. Tyler me preguntó:

—¿Cuánto es seis por siete?

Cuarenta y dos.

—¿Y cuarenta y dos por tres?

Ciento veintiséis.

Tyler me entregó una lista manuscrita con sus notas y dijo que las pasara a máquina e hiciera setenta y dos fotocopias.

¿Por qué tantas?

—Porque es el número de tíos que pueden dormir en el sótano si compramos literas triples en los exceden­tes del ejército —dijo Tyler.

¿Qué hacemos con sus cosas?

—No traerán nada más que lo que esté en la lista, y debería caber debajo del colchón —dijo Tyler.

La misma lista que el jefe encuentra en la fotocopiadora. El contador de la fotocopiadora todavía marca se­tenta y dos copias. La lista dice:

«Traer los artículos requeridos no garantiza la admi­sión en el entrenamiento, si bien ningún aspirante será admitido a menos que llegue equipado con los siguien­tes artículos y con la cantidad exacta de quinientos dó­lares en metálico para su entierro.»

Incinerar el cuerpo de un indigente cuesta por lo menos trescientos dólares, dijo Tyler, y ese precio iba en aumento. Todo el que muere sin esta cantidad míni­ma, termina diseccionado en una clase de anatomía.

El alumno debe llevar siempre el dinero en el zapa­to, por si resultara muerto. Así, su fallecimiento no será una carga para el Proyecto Estragos.

Por lo demás, el aspirante tiene que personarse con lo siguiente:

Dos camisas negras.

Dos pares de pantalones negros.

Un par de zapatos negros y fuertes.

Dos pares de calcetines negros y dos mudas de ropa interior lisa.

Un abrigo negro y grueso.

Esto incluye la ropa que el aspirante lleve a la espalda:

Una toalla blanca.

Un colchón de los excedentes del ejército.

Una escudilla de plástico blanco.

El jefe sigue todavía aquí, junto a mi mesa; cojo la lista original y le digo: «Gracias». El jefe vuelve a su ofi­cina y me pongo a jugar un solitario en el ordenador.

Al regresar a casa le doy las copias a Tyler, y los días van pasando. Voy a la oficina.

Vuelvo a casa.

Voy a la oficina.

Vuelvo a casa y hay un tipo de pie en el porche. El tipo está delante de la puerta de casa con su otra camisa y los pantalones negros dentro de una bolsa marrón de papel que ha dejado sobre la cancela del porche don­de lleva los tres últimos artículos: una toalla blanca, un colchón del ejército y una escudilla de plástico. Desde una ventana del piso de arriba Tyler y yo lo observamos hasta que Tyler me pide que lo despache.

—Es demasiado joven —dice Tyler.

El tipo del porche es Cara de Ángel, el chico a quien intenté destrozar la noche en que Tyler inventó el Pro­yecto Estragos. Tiene los ojos negros y el pelo rubio cor­tado al rape. Su hermoso ceño no muestra arrugas ni cica­trices. Si le pones un vestido y le pides que sonría, tendrás una mujer. Cara de Ángel está tan cerca de la puerta que la toca con los dedos de los pies. La mirada al frente, cla­vada en la madera astillada, los brazos a los lados y vesti­do con zapatos negros, camisa negra y pantalones negros.

—Deshazte de él —dice Tyler—. Es demasiado joven.

Le pregunto:

—¿Qué edad es demasiado joven?

—No importa —dice Tyler—. Si el aspirante es joven, le diremos que es muy joven. Si está gordo, que es muy gordo. Si es viejo, que es muy viejo. ¿Delgado?, de­masiado delgado. ¿Blanco?, demasiado blanco. ¿Ne­gro?, demasiado negro.

Así es como desde hace tropecientos años se han puesto a prueba los aspirantes en los templos budistas. Tyler quiere que le diga al aspirante que se largue y si sus convicciones son tan firmes que se queda en la en­trada sin comida, amparo, olvidado durante tres días, entonces y sólo entonces, se le permitirá entrar e iniciar la instrucción.

Así que le digo a Cara de Ángel que es demasiado jo­ven, pero sigue allí a la hora de comer. Después de comer, salgo y pego a Cara de Ángel con una escoba y de una patada le mando el saco a la calle. Desde el piso de arriba, Tyler observa cómo pego al chico con la escoba, por en­cima de la oreja, y el chico no se mueve; a continuación, de una patada mando el saco a la cuneta y le grito:

—Lárgate —le grito—. ¿No me has oído? Eres de­masiado joven. Nunca lo conseguirás —le grito—. Vuel­ve dentro de un par de años y prueba de nuevo. Ahora vete fuera de mi porche.

Al día siguiente el chico sigue ahí; Tyler sale y le dice:

—Lo siento.

Tyler dice que lamenta haberle hablado de la ins­trucción pero que realmente es demasiado joven y que por favor se vaya.

El poli bueno. El poli malo.

Vuelvo a gritarle al pobre chico. Seis horas más tar­de, Tyler sale y le dice que lo siente, pero que no. Tiene que irse. Tyler dice que llamará a la policía si no se va.

El chico no se mueve.

Su ropa sigue tirada en la cuneta. El viento arrastra la bolsa de papel rasgada.

El chico no se mueve.

Al tercer día, hay otro aspirante frente a la puerta de casa. Cara de Ángel sigue allí; Tyler baja y le dice:

—Pasa. Recoge tus cosas y entra.

Al nuevo tío, Tyler le dice que lo siente, pero que ha habido un error. Es demasiado mayor para la instruc­ción; que por favor se vaya.

Voy todos los días a la oficina. Vuelvo a casa y siem­pre hay en el porche uno o dos tipos esperando. Ningu­no mira al otro. Cierro la puerta y los dejo en el porche. Durante una temporada esto sucede a diario, y a veces, los aspirantes se marchan, pero en la mayoría de los casos aguantan hasta el tercer día, así que casi están ocupadas las setenta y dos literas que Tyler y yo compramos y montamos en el sótano.

Un día Tyler me da quinientos dólares y me dice que los lleve a todas horas en el zapato. Es el dinero de mi entierro. Es otra costumbre de los antiguos monaste­rios budistas.

Ahora vuelvo del trabajo y la casa está llena de ex­traños a los que Tyler ha admitido. Todos trabajan. La planta baja se ha convertido en cocina y fábrica de ja­bón. El baño siempre está ocupado. Grupos de hombres desaparecen durante días y vuelven cargados con bol­sas de caucho rojo llenas de una grasa ligera y acuosa.

Una noche Tyler sube y me encuentra escondido en el dormitorio y me dice:

—No los molestes. Todos conocen su cometido. Forma parte del Proyecto Estragos. Nadie conoce el plan en su totalidad, pero están preparados para desem­peñar su tarea a la perfección.

En el Proyecto Estragos la regla es confiar en Tyler.

Entonces, Tyler desaparece.

Los grupos del Proyecto Estragos se pasan el día derritiendo grasa. No duermo. Toda la noche oigo cómo otros grupos mezclan lejía, cortan barras y cuecen pas­tillas de jabón sobre envoltorios de galletas que luego envuelven en papel de seda y sellan con la etiqueta de la Compañía Jabonera de Paper Street. Todo el mundo, menos yo, parece saber su cometido, y Tyler no está nunca en casa.

Me abrazo a las paredes, soy como un ratón atrapa­do dentro de una maquinaria de hombres silenciosos con la energía de monos adiestrados, y que cocinan, tra­bajan y duermen en grupos. Tira de una palanca. Aprie­ta un botón. Una cuadrilla de monos espaciales prepara comida todo el día; y todo el día grupos de monos espa­ciales comen en las escudillas que ellos mismos trajeron.

Una mañana, al irme a trabajar, Bob el grandullón está en el porche vestido con zapatos negros, y camisa y pantalones negros. Le pregunto si ha visto a Tyler últi­mamente. ¿Lo ha enviado Tyler aquí?

—La primera regla del Proyecto Estragos —dice Bob el grandullón con los talones juntos y tieso como un palo— es no hacer preguntas sobre el Proyecto Estragos.

Así pues, ¿qué honrosa y descerebrada tarea le ha asignado Tyler?, le pregunto. Hay tíos cuyo trabajo con­siste únicamente en pasarse el día hirviendo arroz, o la­vando las escudillas o limpiando el cagadero. Todo el día. ¿Le ha prometido Tyler la iluminación divina si se pasa dieciséis horas diarias empaquetando pastillas de jabón?

Bob el grandullón guarda silencio.

Me voy a trabajar. Vuelvo a casa y sigue en el por­che. No duermo en toda la noche y, a la mañana si­guiente, Bob el grandullón está cuidando el jardín.

Antes de irme a trabajar, le pregunto a Bob el gran­dullón quién lo ha dejado entrar. ¿Quién le ha asignado esa tarea? ¿Ha visto a Tyler? ¿Estuvo Tyler aquí anoche?

Bob el grandullón me responde:

—La primera regla del Proyecto Estragos es no hablar…

No le dejo acabar y le digo:

—Sí, sí, sí, sí.

Y mientras estoy en la oficina, los grupos de monos espaciales cavan en el césped fangoso que rodea la casa y echan sales Epsom para reducir la acidez de la tierra, y echan paladas de estiércol de buey sacadas de establos, y bolsas con mechones de pelo traídas de peluquerías para repeler a los topos y a los ratones e incrementar las proteínas del suelo.

A cualquier hora de la noche los monos espaciales vuelven de algún matadero con bolsas de carne aún san­grante para incrementar el hierro del suelo, y harina de huesos para aumentar el nivel de fósforo.

Los grupos de monos espaciales plantan albahaca, tomillo, lechuga, retoños de olmo escocés, de euca­lipto, de jeringuilla y de menta, que forman un trazado caleidoscópico. Un rosetón dentro de cada parcela ver­de. Otros grupos salen de noche a matar babosas y cara­coles a la luz de las velas. Otro grupo de monos espacia­les recolecta sólo las nebrinas y las hojas más perfectas para hervirlas y obtener un tinte natural. Consuelda, por­que es un desinfectante natural. Pétalos de violeta, porque curan el dolor de cabeza; y aspérula, porque le da al ja­bón olor a hierba recién cortada.

En la cocina hay botellas de vodka de ochenta grados para fabricar jabón de azúcar moreno y también trans­parente con olor a geranio y jabón de pachulí. Robo una botella de vodka y gasto el dinero de mi entierro en ci­garrillos. Marla se presenta en casa y hablamos de las plantas. Marla y yo paseamos bebiendo y fumando por los senderos de grava rastrillados que serpentean por el trazado caleidoscópico del jardín. Hablamos de sus pe­chos y de cualquier tema menos de Tyler Durden.

Un día aparece en el periódico que un grupo de hom­bres vestidos de negro irrumpió en un concesionario de coches de lujo de uno de los mejores barrios y empezó a pegar golpes con bates de béisbol a los parachoques de­lanteros de los coches para que explotaran los airbags y se dispararan las alarmas.

En la Compañía Jabonera de Paper Street, otros grupos recolectan pétalos de rosas, anémonas y lavanda, y guar­dan las flores en cajas con una pastilla de sebo puro para que absorba el aroma y fabricar así jabón con olor a flores.

Marla me hablaba de las plantas.

La rosa, dice Marla, es un astringente natural.

Algunas de las plantas tienen nombres de esquela necrológica: luisa, rosa, ruda, melisa. Algunas, como la reina de los prados y la vellorita, la caléndula o la eufra­sia, parecen nombres de hadas de Shakespeare. La len­gua cerval con su olor a vainilla dulce. El olmo escocés, otro astringente natural.

La raíz de lirio, el lirio azul.

Todas las noches Marla y yo paseamos por el jardín hasta que estoy seguro de que Tyler no va a venir esa no­che a casa. Justo detrás de nosotros siempre hay un mono espacial que nos sigue para recoger la hebra de toronjil, ruda o menta que Marla ha aplastado y puesto bajo mi nariz. Una colilla de cigarro. El mono espacial rastrilla el sendero tras él para borrar nuestras huellas.

Y una noche, en un parque de la parte alta de la ciu­dad, otro grupo echó gasolina alrededor de cada uno de los árboles, y también entre ellos, y provocaron un per­fecto incendio forestal en miniatura. Apareció en el pe­riódico: las ventanas de las casas de esa calle se derritie­ron con el fuego; los neumáticos reventaron y los coches aparcados se desplomaron sobre las ruedas pin­chadas y derretidas.

La casa alquilada por Tyler en Paper Street es un ser vivo y húmedo debido a toda la gente que respira y suda en su interior. Hay tanto ajetreo de gente que la casa se mueve.

Esta noche Tyler tampoco ha venido a casa. Alguien taladró los cajeros automáticos y los teléfonos públicos, acopló unos encajes en los orificios y llenó hasta rebosar de grasa mecánica o pastel de vainilla los cajeros auto­máticos y los teléfonos públicos.

  • Tyler nunca estaba en casa, pero al cabo de un mes, unos cuantos monos espaciales llevaban la quemadura del beso de Tyler en el dorso de la mano. Luego, estos monos espaciales también desaparecían, y había nue­vos aspirantes en el porche para reemplazarlos.
  • todos los días los grupos llegaban y se iban en co­ches diferentes. Nunca veías el mismo coche dos veces. Una noche oí a Marla en el porche de entrada gritándo­le a un mono espacial.

—He venido a ver a Tyler… Tyler Durden. Vive aquí y es amigo mío.

El mono espacial dice:

—Lo siento, pero eres demasiado… —titubea— …demasiado joven para la instrucción.

—¡Anda y que te follen! —dice Marla.

—Además —prosigue el mono espacial— no has traído los artículos exigidos: dos camisas negras, dos pa­res de pantalones negros…

—¡Tyler! —chilla Marla.

—Un par de zapatos negros fuertes.

—¡Tyler!

—Dos pares de calcetines negros y dos mudas de ropa interior lisa.

—¡Tyler!

Oigo que la puerta se cierra de un portazo. Marla no se queda a esperar los tres días.

Casi todos los días, después del trabajo vuelvo a casa, y me hago un sandwich de mantequilla de cacahuete.

Al volver a casa, uno de los monos espaciales está le­yendo a la asamblea de monos espaciales que están sen­tados ocupando toda la planta baja:

—«No sois un hermoso copo de nieve individual. Estáis hechos de la misma materia orgánica corrompible que todos los demás, y todos formamos parte del mis­mo montón de abono.»

El mono espacial continúa:

—«Nuestra civilización nos ha hecho a todos igua­les. Ya nadie es totalmente rico, o blanco, o negro. Todos queremos lo mismo. Como individuos no somos nada.»

El conferenciante se detiene cuando entro a prepa­rarme el sandwich, y todos los monos espaciales perma­necen sentados en silencio como si me encontrara a so­las. Les digo:

—No os preocupéis, ya lo he leído. Yo lo mecano­grafié.

Hasta es probable que lo haya leído mi jefe.

—Todos somos un montón de basura —les digo. Vamos, seguid con vuestro jueguecito. No os preocu­péis por mí.

Los monos espaciales esperan callados mientras me hago el sandwich y cojo otra botella de vodka y subo las escaleras. A mis espaldas oigo:

«No sois un hermoso copo de nieve individual.»

Soy el Corazón Roto de Fulano porque Tyler me abandonó. Porque mi padre me abandonó. ¡Oh! Podría continuar así indefinidamente.

Algunas noches, al salir de la oficina, voy a otro club de lucha en el sótano de un bar o en un garaje y pregun­to a todo el mundo si han visto a Tyler Durden.

En todos los clubes nuevos, siempre hay alguien a quien nunca he visto antes —de pie bajo la luz solita­ria en el centro de aquella oscuridad, rodeado de hom­bres—, que recita las reglas de Tyler.

La primera regla del club de lucha es que no se habla del club de lucha.

Cuando se inician los combates, me llevo aparte al jefe del club y le pregunto si ha visto a Tyler. Vivo con él —le digo— pero hace tiempo que no va por casa.

El tipo abre los ojos como platos y me pregunta si realmente conozco a Tyler Durden.

Esto me sucede en la mayoría de los clubes nuevos. Sí —le digo—. Tyler es mi colega. Entonces, repentina­mente, todos quieren estrecharme la mano.

Esos tipos se quedan mirando el ojal de mi mejilla y la tez amoratada de la cara, amarilla y verdosa en los bordes, y me llaman señor. No, señor. Nunca, señor. No conocen a nadie que haya visto nunca a Tyler Dur­den. Fueron amigos de amigos quienes conocieron a Ty­ler Durden, y ellos fundaron este club, señor.

Entonces me guiñan un ojo.

No conocen a nadie que haya visto nunca a Tyler Durden.

Señor.

¿Es verdad? —me preguntaron todos—, ¿está Tyler Durden reuniendo un ejército? Eso se rumorea. ¿Duer­me Tyler Durden sólo una hora? Se dice que Tyler se ha puesto en marcha y está fundando clubes de lucha por todo el país. Qué ocurrirá ahora, se preguntan todos.

Las reuniones del Proyecto Estragos se han trasla­dado a un sótano más grande porque cada comité —In­cendios Provocados, Asaltos, Daños y Desinformación— va creciendo conforme más y más miembros se van licenciando en los clubes de lucha. Cada comité tie­ne un jefe y ni siquiera los jefes conocen el paradero de Tyler. Tyler los llama por teléfono todas las semanas.

Todos los miembros del Proyecto Estragos quieren saber cuál será el siguiente paso.

¿A dónde nos dirigimos?

¿Qué es lo que estamos esperando?

En Paper Street, Marla y yo paseamos descalzos de noche por el jardín, despertando a cada paso el aroma a salvia, a verbena y a geranios. Sombras con camisas y pantalones negros se agachan a nuestro alrededor bus­cando a la luz de una vela bajo las hojas de las plantas para matar un caracol o una babosa. Marla me pregunta qué es lo que está pasando aquí.

Entre los terrones sobresalen mechones de pelo. Pelo y mierda. Carne y harina de huesos. Las plantas crecen más rápido de lo que tardan los monos espaciales en podarlas.

Marla me pregunta:

—¿Qué vas a hacer?

¿Qué piensas?

Entre la porquería brilla un punto dorado; me arro­dillo a mirarlo de cerca. ¿Qué va a pasar ahora? No lo sé, le digo a Marla.

Parece que nos han dejado plantados a los dos.

Por el rabillo del ojo veo a los monos espaciales pu­lulando con sus ropas negras y agachados a la luz de las velas. El punto dorado entre la porquería es una muela con una funda de oro. Sobresalen otras dos muelas con empastes plateados. Es una mandíbula.

—No, no puedo decir lo que ocurrirá —le digo. Y hundo las tres muelas, entre el pelo y la mierda y los huesos y la sangre, para que Marla no pueda verlas.

 

Dieciocho

 

 

 

Este viernes me quedo dormido por la noche sobre el despacho de la oficina.

Cuando me despierto con la cara y los brazos cruza­dos sobre la mesa, el teléfono está sonando y todos se han ido. En mi sueño sonaba un teléfono, y no tengo claro si la realidad se adentró en el sueño o si el sueño está suplantando a la realidad.

Cojo el teléfono; Convenios y Responsabilidades.

Ese es mi departamento: Convenios y Responsabili­dades.

El sol se está poniendo y nubes del tamaño de Wyoming y Japón se amontonan en el horizonte camino de la ciudad. No es que tenga una ventana en la oficina; es que toda la fachada del edificio es de cristal. Todo aquí es de cristal, del techo al suelo. Todo aquí son persianas. Todo aquí son alfombras grises de pelo ralo de las que surgen algunas lápidas diminutas en las que se enchufan los ordenadores a la red. Todo es un laberinto de cu­bículos cuadriculados con mamparas de madera contra-chapada y tapizada.

En alguna parte se oye el zumbido de un aspirador.

El jefe se ha ido de vacaciones. Me envió un mensaje por correo electrónico y desapareció. Me han ordenado que me prepare para una revisión oficial dentro de dos se­manas. Que reserve una sala de conferencias. Que ponga todos los patitos en fila. Que actualice mi curriculum y ese tipo de cosas. Han incoado un expediente contra mí.

Soy la Indiferencia Total de Fulano.

Me he estado portando muy mal.

Cojo el teléfono y es Tyler que dice:

—Sal de la oficina, hay unos tíos esperándote en el aparcamiento.

Le pregunto:

—¿Quiénes son?

—Te están esperando —dice Tyler.

Las manos me huelen a gasolina.

—Espabila; tienen un coche fuera, un Cadillac —con­tinúa Tyler.

Estoy todavía dormido.

No sé si Tyler forma parte de mi sueño.

O si soy un sueño de Tyler.

Las manos me huelen a gasolina. No hay nadie más por aquí; me levanto, salgo y voy al aparcamiento.

Un tío del club de lucha trabaja con coches, así que ha aparcado junto al bordillo de la acera el Corniche ne­gro de alguien y me limito a mirarlo, negro y dorado como una pitillera gigante dispuesta a llevarme a alguna parte. Este mecánico sale del coche y me dice que no me preocupe, que cambió la matrícula con la de un coche aparcado en el aeropuerto.

El mecánico del club de lucha afirma que sabe poner en marcha cualquier cosa. Sacas dos cables de la barra de dirección. Pones en contacto los dos cables, completas el circuito con el solenoide del arranque, y ya tienes co­che para dar un paseíto.

O bien, puedes piratear el código de la llave a través del concesionario.

Hay tres monos espaciales sentados en los asientos traseros del coche, vestidos con camisas negras y panta­lones negros. No veas nada malo. No oigas nada malo. No digas nada malo.

—¿Dónde está Tyler? —pregunto.

El mecánico del club de lucha aguarda como si fue­ra un chófer, con la puerta del Cadillac abierta. El mecá­nico es alto, huesudo y con una espalda que recuerda a un gran poste de teléfonos.

—¿Vamos a ver a Tyler? —pregunto.

En el asiento delantero está esperándome un pastel de cumpleaños con las velitas listas para ser encendidas. Me meto dentro y el coche arranca.

Incluso una semana después del club de lucha, no hay ningún problema si vas dentro de los límites de ve­locidad. Tal vez durante dos días hayas defecado heces negras por culpa de las heridas internas, pero te sientes de puta madre. Hay otros coches circulando y te acercas demasiado a ellos. Los conductores te hacen gestos con el dedo. Los extraños te odian. No es nada personal. Después del club de lucha te sientes tan relajado que no te importa. Ni siquiera enciendes la radio. Tal vez las costillas te den punzadas cada vez que respiras porque tienes alguna fractura en línea. Los coches que van de­trás te dan las luces. El sol se está poniendo, naranja y dorado.

El mecánico sigue conduciendo. El pastel de cum­pleaños está en el asiento del medio.

Es acojonante ver en el club de lucha a tíos como el mecánico. Tipos fibrosos que nunca se relajan. Luchan hasta hacerse picadillo. Tipos de piel blanca como esque­letos hundidos en cera amarilla, con tatuajes; tipos oscu­ros como la cecina. Suelen sentirse muy unidos, igual que los miembros de Alcohólicos Anónimos. Nunca dicen basta. Es como si fueran todo energía; se mueven tan rá­pido que sus siluetas se difuminan; siempre se están recu­perando de algo. Como si la única decisión que les que­dara por tomar fuera la forma de morir y quisieran morir luchando.

Tipos como éstos sólo pueden luchar entre sí.

Nadie los retará a luchar ni tampoco retarán a nadie excepto a alguien tan fibroso, huesudo e impetuoso como ellos, puesto que nadie más se atreverá a luchar contra ellos.

Los que miran el combate ni siquiera gritan cuando tíos como el mecánico se lanzan uno contra otro.

Tan sólo oyes la respiración entrecortada de los lu­chadores; las manos intentando aferrar al contrario; el zumbido y el impacto de unos puños que martillean y martillean las costillas hundidas. Ves los tendones, músculos y venas tensarse bajo la piel de estos tíos. La piel brilla sudorosa, nervuda, húmeda bajo la luz solitaria.

Pasan diez, quince minutos. Su olor, estos tíos su­dan y huelen; te recuerda al pollo frito.

Transcurren veinte minutos en el club de lucha; fi­nalmente, uno de los tíos cae al suelo.

Después de un combate, los dos tipos, como droga­dos, irán a todas partes juntos el resto de la noche, derrengados y sonrientes por haber luchado tan duro.

Desde que se unió al club de lucha, el mecánico siempre está por la casa de Paper Street. Quiere que es­cuche una canción que ha compuesto. Quiere que vea la casa para aves que ha construido. Me mostró la fotogra­fía de una chica y me preguntó si era bastante guapa como para casarse con ella.

Sentado al volante del Corniche, el tío me dice:

—¿Has visto el pastel que te he hecho?

No es mi cumpleaños.

—El coche perdía aceite —dice el mecánico—, pero se lo cambié y el filtro del aire también. Comprobé las válvulas y la regulación. Se supone que va a llover esta noche, así que también cambié las gomas de los limpia-parabrisas.

—¿Qué ha planeado Tyler? —pregunto.

El mecánico abre el cenicero y empuja hacia adentro el encendedor eléctrico. Y me dice:

—¿Es una prueba? ¿Nos estás probando?

¿Dónde está Tyler?

—La primera regla del club de lucha es que no se ha­bla del club de lucha —dice el mecánico—. Y la última regla del Proyecto Estragos es no hacer preguntas.

Entonces, ¿qué puede contarme este tío?

—Has de entender que tu padre fue tu modelo de Dios —me dice.

Detrás de nosotros, el trabajo y la oficina se van ha­ciendo más y más pequeños, hasta que desaparecen.

Las manos me huelen a gasolina.

El mecánico dice:

—Si eres varón, y eres cristiano y vives en Estados Unidos, tu padre es tu modelo de Dios. Y si nunca co­nociste a tu padre; o si está en libertad bajo fianza, o se muere o nunca está en casa, ¿qué piensas de Dios?

Es el dogma de Tyler Durden. Garabateado en trozos de papel mientras yo dormía y que me dio para que lo mecanografiara e hiciese fotocopias en la oficina. Lo he leído todo. Incluso es probable que mi jefe lo haya leído.

—Al final, terminas pasándote la vida buscando un padre y un Dios —dice el mecánico.

»Debes tener en cuenta la posibilidad de no caerle bien a Dios. Pudiera ser que Dios nos odiara. No es lo peor que podría ocurrir.

Tyler se dio cuenta de que llamar la atención de Dios

 

por ser malo era mejor que no recibir ninguna atención. Tal vez porque el odio de Dios sea preferible a su indi­ferencia.

Si pudieras ser el peor enemigo de Dios o nada, ¿qué elegirías?

Según Tyler Durden, somos los niños medianos de Dios, sin un lugar especial en la historia y sin ser mere­cedores de especial atención.

A menos que llamemos la atención de Dios, no te­nemos esperanza de condena ni redención.

¿Qué es peor, el infierno o nada?

Sólo si nos cogen y nos castigan podemos salvarnos.

—Incendia el Louvre —dice el mecánico— y lim­píate el culo con la Mona Lisa. Al menos de esa forma Dios sabrá nuestros nombres.

Cuanto más bajo caigas, más alto volarás. Cuanto más lejos corras, más querrá Dios que vuelvas.

—Si el hijo pródigo nunca se hubiera ido de casa, el ternero cebado seguiría vivo —dice el mecánico.

No es suficiente con ser uno más de los granos de arena de una playa o una más de las estrellas del cielo.

El mecánico conduce el Corniche negro por la vieja autopista de circunvalación sin carril de adelantamiento y dejamos atrás una caravana de camiones que va al lí­mite de la velocidad permitida. El Corniche se llena con la luz de los faros que nos siguen, y allí estamos, ha­blando y reflejados en el cristal del parabrisas. Condu­ciendo dentro del límite de velocidad. Tan rápido como lo permite la ley.

Una ley es una ley, como diría Tyler. Conducir de­masiado rápido era igual a provocar un incendio igual a poner una bomba igual a matar a un hombre de un tiro.

Un criminal es un criminal es un criminal.

—La semana pasada podríamos haber llenado otros cuatro clubes de lucha —dice el mecánico—. Tal vez Bob el grandullón se ponga al frente del próximo si en­contramos un bar.

Así que la semana que viene repasará las reglas con Bob el grandullón y le dará su propio club de lucha.

De ahora en adelante, cuando un jefe funde un club, cuando todos formen un círculo en torno a la luz en el centro del sótano, a la espera, el jefe dará vueltas a su alrededor, oculto en la oscuridad.

—¿Quién ha inventado las nuevas reglas? ¿Ha sido Tyler? —le pregunto.

El mecánico sonríe y me dice:

—Ya sabes quién inventa las reglas.

La nueva regla es que nadie sea el centro del club de lucha, me dice. Nadie será el centro del club de lucha a excepción de los dos hombres que estén peleando. El jefe gritará mientras da vueltas lentamente en torno a la multitud, oculto en la oscuridad. Los hombres del círculo se mirarán a través del centro vacío de la habi­tación.

Así se hará en todos los clubes de lucha.

No es difícil encontrar un bar o un garaje donde fundar un nuevo club de lucha; en el primer bar, el bar donde sigue reuniéndose el primer club de lucha, ganan el equivalente a la renta del mes con un solo sábado por la noche que se reúna el club de lucha.

Según el mecánico, otra nueva regla del club de lu­cha es que el club siempre será gratuito. Nunca costará dinero entrar en él. El mecánico grita por la ventanilla a los coches que se acercan y el viento nocturno corre en dirección contraria a la del coche:

—Te queremos a ti, no a tu dinero.

El mecánico grita por la ventanilla:

—Mientras estés en el club de lucha, no importa el dinero que tengas en el banco. No eres tu trabajo. No eres tu familia, y no eres quien te dices que eres.

»No eres tu nombre —grita el mecánico contra el viento.

Uno de los monos espaciales del asiento de atrás coge el hilo del discurso:

—No eres tus problemas.

—No eres tus problemas —chilla el mecánico.

—No eres tu edad —grita un mono espacial.

—No eres tu edad —chilla el mecánico.

El mecánico da un volantazo y se mete en el carril contrario —el coche se llena de luces a través del para­brisas—, sereno, como si estuviera esquivando puñeta­zos. Un coche y luego otro vienen hacia nosotros to­cando la bocina y el mecánico gira bruscamente, justo a tiempo de esquivarlos.

Los faros se aproximan, más y más grandes; las bo­cinas se desgañitan; el mecánico alarga el cuello hacia delante, entre las luces y los ruidos, y grita:

—No eres tus esperanzas.

Nadie contesta a su grito.

Esta vez, el coche que viene directo hacia nosotros nos esquiva justo a tiempo.

Viene otro coche que hace señales con las luces: lar­gas, cortas, largas, cortas; tocando el claxon y el mecáni­co grita:

—No te salvarás.

El mecánico no lo esquiva, pero el otro coche sí.

Otro coche, y el mecánico chilla:

—Todos moriremos algún día.

Esta vez, el coche nos esquiva, pero el mecánico, con un volantazo, vuelve a cerrarle el paso. El coche nos esquiva y el mecánico vuelve a girar, frente a fren­te de nuevo.

En ese instante te deformas e hinchas. Durante ese instante nada importa. Mira a las estrellas y habrás desa­parecido. Nada importa; ni tu equipaje ni tu mal alien­to. Las ventanillas son oscuras por fuera y las bocinas se desgañitan a tu alrededor. Las luces parpadean cegándo­te: largas y cortas y largas, y nunca tendrás que volver a trabajar.

Nunca tendrás que volver a cortarte el pelo.

—Rápido —dice el mecánico.

El coche vuelve a esquivarnos y el mecánico se pone otra vez en su camino.

—¿Qué te gustaría haber hecho antes de morir? —me pregunta.

Con el coche derecho hacia nosotros, tocando la bo­cina, el mecánico está tan sereno que incluso aparta la vista de la carretera para mirarme y decir:

—Diez segundos para el impacto.

»Nueve.

»Ocho.

»Siete.

»Seis.

El trabajo —le digo—. Me gustaría dejar el trabajo.

La bocina sigue sonando mientras el coche nos es­quiva y el mecánico no se cruza en su camino.

Más luces se aproximan y el mecánico se gira y les dice a los tres monos que van en el asiento trasero:

—Mirad, monos espaciales —dice—. Ya veis cómo se practica este juego. Espabilaos ahora o moriremos todos.

Un coche nos pasa por la derecha y en el paracho­ques lleva una pegatina que dice: «Conduzco mejor cuando estoy borracho». El periódico dice que miles de estas pegatinas aparecieron una mañana pegadas en los coches. Otras pegatinas dicen cosas como:

«Hazme puré.»

«Conductores borrachos contra las madres.»

«Reciclad todos los animales.»

Al leer el periódico, supe que el Comité de Desinfor­mación había promovido esto. O el Comité de Daños.

Sentado junto a mí, nuestro sobrio y limpio mecáni­co del club de lucha me dice que sí, que las pegatinas forman parte del Proyecto Estragos.

Los tres monos espaciales permanecen callados en el asiento trasero.

El Comité de Daños está imprimiendo tarjetas de bolsillo de las líneas aéreas en las que aparecen los pasa­jeros luchando entre sí por las mascarillas de oxígeno mientras el avión cae envuelto en llamas hacia las rocas a dos mil kilómetros por hora.

Los Comités de Daños y Desinformación luchan por ver quién desarrolla antes un virus informático que maree los cajeros automáticos hasta que vomiten fajos de billetes de diez y veinte dólares.

El encendedor eléctrico salta al rojo vivo y el mecá­nico me pide que encienda las velas del pastel de cum­pleaños.

Enciendo las velas y el pastel parpadea bajo un halo de fuego.

—¿Qué querrías haber hecho antes de morir? —dice el mecánico mientras de un volantazo nos pone en el ca­mino de un camión que avanza hacia nosotros. El camión trompetea; brama una y otra vez y las luces de los faros, como un amanecer, brillan más y más hasta borrar la sonrisa del mecánico—. Pedid un deseo; rápido —le dice al retrovisor donde aparecen los tres monos espaciales sentados en el asiento trasero—. Nos quedan cinco segun­dos para caer en el olvido.

»Uno —dice.

»Dos.

El camión cubre el horizonte, ruge y emite una luz cegadora.

»Tres.

—Montar a caballo —dice una voz en el asiento trasero.

—Construir una casa —dice otra voz.

—Hacerme un tatuaje.

El mecánico dice:

—Creed en mí y moriréis para siempre.

Demasiado tarde. El camión intenta evitarnos y el mecánico también, pero la parte trasera del Corniche choca contra el extremo del parachoques del camión.

No es que lo supiera en aquel momento; lo que sé es que las luces, los faros del camión parpadean en la oscu­ridad; y soy lanzado contra la puerta y luego contra el pastel de cumpleaños y el mecánico al volante.

El mecánico está acurrucado contra el volante para mantenerlo recto y las velas de cumpleaños se apagan. Durante un instante perfecto, la luz deja de iluminar el cuerpo negro y cálido del coche y nuestros gritos alcan­zan la misma nota profunda, el mismo tono quejumbro­so que el claxon del camión; y estamos sin control ni sal­vación ni dirección ni escapatoria, y estamos muertos.

Querría morirme en este mismo instante. No soy nada comparado con Tyler.

Estoy desamparado.

Soy un estúpido y todo cuanto hago es desear y ne­cesitar cosas.

Mi vida insignificante. Mi insignificante trabajo de mierda. Mis muebles suecos. Nunca, no, nunca le he di­cho esto a nadie, pero antes de conocer a Tyler, estaba planeando comprarme un perro y llamarlo Séquito.

Así de mala puede volverse la vida.

Mátame.

Me aferro al volante y giro para volver a meternos en el tráfico.

Ya.

Preparados para evacuar el alma.

Ya.

El mecánico lucha por echarse a la cuneta, y yo lu­cho por morir de una jodida vez.

Ya. El asombroso milagro de la muerte. Eres un ser vivo que habla y camina y, al minuto siguiente, eres un ser inerte.

No soy nada; incluso menos que nada.

Frío.

Invisible.

Huele a cuero. Siento el cinturón de seguridad retor­cido a mi alrededor como una camisa de fuerza, y cuan­do trato de incorporarme, me golpeo la cabeza contra el volante. Duele más de lo que debería. Mi cabeza descan­sa sobre el regazo del mecánico y, al mirar hacia arriba, mis ojos enfocan la cara del mecánico allá en lo alto, sonriente; está conduciendo y veo las estrellas más allá de la ventanilla del conductor.

Tengo las manos y la cara pegajosas de algo.

¿Sangre?

Crema de mantequilla escarchada.

El mecánico mira hacia abajo:

—Feliz cumpleaños.

Huelo el humo y me acuerdo del pastel de cum­pleaños.

—Casi partes el volante con la cabeza —me dice.

Nada más que el aire nocturno y el olor a humo; las estrellas y el mecánico que me sonríe y conduce; mi ca­beza en su regazo. De repente, no quiero incorporarme.

¿Dónde está el pastel?

—En el suelo —dice el mecánico.

Nada más que el aire nocturno y el olor a humo cada vez más intenso.

¿Conseguí mi deseo?

Por encima de mí, perfilándose contra las estrellas más allá de la ventana, su cara me sonríe.

—Las velas de cumpleaños —me dice— son de esas que no se apagan.

A la luz de las estrellas, mis ojos son capaces de per­cibir el humo que se desprende de los pequeños fuegos que hay esparcidos por la alfombrilla del coche.

 

Diecinueve

 –

 

 

El mecánico del club de lucha tiene el pie sobre el acele­rador, permanece enfadado tras el volante, aunque de un modo sereno, y todavía nos queda algo importante por hacer esta noche.

Antes de que se acabe la civilización tendré que aprender a leer las estrellas y a orientarme por ellas. Todo está tranquilo, como si condujéramos un Cadillac por el espacio. Tenemos que haber salido de la autopista. Los tres tíos del asiento trasero se han desmayado o están durmiendo.

—Tuviste una experiencia casi de vida —dice el me­cánico.

Levanta una mano del volante y me toca el cardenal donde la frente chocó con el volante. Está lo suficiente­mente hinchada como para cerrarme los dos ojos y el mecánico recorre la hinchazón con la yema de un dedo frío. El Corniche coge un bache en la carretera y el dolor se cierne sobre mis ojos como la sombra que produce una visera. Los amortiguadores y el parachoques trase­ros crujen y rechinan en la soledad que rodea a nuestra precipitación por la carretera de noche.

El mecánico me explica que el parachoques trasero del Corniche sólo está sujeto con unos cables y que casi fue arrancado al topar con el lateral del parachoques dentro del camión.

Le pregunto si lo de esta noche forma parte de su misión en el Proyecto Estragos.

—Es parte de ella —me dice—. He tenido que eje­cutar cuatro sacrificios humanos y ahora debo recoger un cargamento de grasa.

¿Grasa?

—Para el jabón.

¿Qué está planeando Tyler?

El mecánico habla, y es como el mismísimo Tyler Durden.

—Los hombres más fuertes y listos que jamás hayan existido —su rostro perfilado contra las estrellas que se reflejan en la ventanilla del conductor— y son hombres que trabajan en gasolineras o sirviendo mesas.

La línea de la frente, las cejas, la pendiente de la nariz, las pestañas, la curva de los ojos y el perfil plástico de la boca destacan en negro contra las estrellas mientras habla.

—¡Si consiguiéramos llevar a esos hombres a cam­pamentos de instrucción y terminar de formarlos…!

»Las pistolas se limitan a encauzar la explosión en una sola dirección.

»Hay un tipo de mujeres y de hombres jóvenes y fuertes que quieren dar sus vidas por una causa. La publi­cidad hace que compren ropas y coches que no necesi­tan. Generaciones y generaciones han desempeñado tra­bajos que odiaban para poder comprar cosas que en realidad no necesitan.

«Nuestra generación no ha vivido una gran guerra ni una gran crisis, pero nosotros sí que estamos libran­do una gran guerra espiritual. Hemos emprendido una gran revolución contra la cultura. La gran crisis está en nuestras vidas. Sufrimos una crisis espiritual.

«Nuestro deber es enseñar a esos hombres y muje­res la libertad a través de la esclavitud; y el coraje a tra­vés del miedo.

«Napoleón se jactaba de que podía conseguir que sus hombres dieran la vida por los jirones de una bandera.

«Imagínate cuando convoquemos una huelga y to­dos se nieguen a trabajar hasta que redistribuyamos la riqueza del mundo.

«Imagínate cazando alces por los bosques húmedos del cañón cercano a las ruinas del Rockefeller Center.

»Lo que dijiste de tu trabajo, ¿lo decías en serio? —dice el mecánico.

Sí, así era.

—Por eso hemos cogido el coche esta noche —dice.

Esto es una partida de caza y vamos a cazar para conseguir grasa.

Nos dirigimos al vertedero de material médico desechable.

Nos dirigimos al incinerador de material médico desechable y allí —entre las gasas quirúrgicas y las vendas ya usadas, y los tumores de diez años de antigüedad y los tubos intravenosos y las agujas desechables y despo­jos pavorosos, realmente pavorosos, entre las muestras de sangre y los trozos amputados— encontraremos más dinero del que podríamos llevarnos en una sola noche aunque tuviéramos un camión de basura.

Conseguiremos dinero suficiente para hundir con su peso el Corniche hasta el tope de los ejes.

—Grasa —dice el mecánico—. Grasa de liposucciones extraída de los muslos más ricos de América. Los muslos más ricos y orondos del mundo.

Nuestro objetivo son las grandes bolsas llenas de gra­sas de liposucciones, que acarrearemos hasta Paper Street y derretiremos y mezclaremos con lejía y romero, y se la venderemos a la misma gente que pagó para que se la ex­trajeran. A veinte pavos la pastilla, son los únicos que se lo pueden permitir.

—La grasa más rica y cremosa del mundo; la grasa del país —dice—. Lo cual hace de ésta una noche simi­lar a las de Robin Hood.

Las velas de cumpleaños chisporrotean en la alfom­brilla.

—Se supone que mientras estemos allí también ha­brá que buscar alguno de esos virus de hepatitis.

 

– 

Veinte

 –

 

 

Ahora sí que iba a llorar de verdad, y un goterón rodó a lo largo del cañón de la pistola, recorrió la anilla del ga­tillo y se derramó por mi dedo índice. Raymond Hessel cerró los ojos y apreté con tanta fuerza la pistola contra su sien que él ya nunca dejaría de sentir su presión y yo estaba a su lado y era su vida y podía morir en cualquier momento.

No era una pistola barata y me preguntaba si la sal podría joderla.

Todo había ido sobre ruedas, reflexioné. Había hecho todo lo que el mecánico me había dicho. Para esto ne­cesitábamos comprar una pistola. Estaba haciendo mis deberes.

Cada uno de nosotros debía llevarle a Tyler doce carnés de conducir como prueba de que había realizado doce sacrificios humanos.

Esta noche aparqué el coche y esperé en los alrede­dores del bloque a que Raymond Hessel acabara su tur­no en el Korner Mart, que abre toda la noche, y hacia las doce Raymond Hessel estaba esperando el autobús nocturno, cuando me acerqué y le saludé.

Raymond Hessel no contestó. Seguramente pensaba que quería su dinero, su salario mínimo; los catorce dólares de la cartera. Oh, Raymond, con tus veintitrés años te echaste a llorar y las lágrimas rodaron por el ca­ñón de la pistola que te encañonaba la sien. No, no se trata de dinero. No siempre se trata de dinero.

Ni siquiera me dijiste «Hola».

No eres tu triste billetera.

Te dije: «Bonita noche; fría pero despejada».

Ni siquiera me dijiste «Hola».

«No eches a correr o tendré que dispararte por la es­palda», te dije. Había sacado la pistola y llevaba un guan­te de látex para que, en el caso de que la pistola se con­virtiera en la prueba A, no hubiera nada a excepción de las lágrimas secas de Raymond Hessell, caucasiano, veintitrés años de edad, sin marcas familiares.

Entonces, me prestaste atención. Tus ojos abiertos y espantados mostraban a la luz de la farola un color ver­de de anticongelante.

Cada vez que la pistola te tocaba la cara retrocedías un poco más como si el cañón estuviera muy caliente o muy frío. Hasta que te dije: «No retrocedas», y dejas­te que la pistola te tocara, pero aun así apartabas la ca­beza del cañón.

Me entregaste la cartera como te pedí.

Según decía el carné de conducir, te llamabas Ray­mond K. Hessel. Vives en el apartamento A del 1320 SE Benning. Tenía que ser un apartamento en el sótano. A los apartamentos ubicados en sótanos suelen darles letras en vez de números.

Raymond K. K. K. K. K. K. Hessel; a ti te hablaba.

Apartaste la cabeza del cañón y dijiste «Sí». Sí, dijis­te, vivías en un sótano.

También llevabas fotografías en la cartera. Una de tu madre. Aquello era duro para ti; tuviste que abrir los ojos y mirar al mismo tiempo la pistola y la foto de mamá y papá sonriéndote; pero lo hiciste y luego cerraste los ojos y te echaste a llorar.

Te iba a enfriar; el asombroso milagro de la muerte. Eres un ser vivo y, al minuto siguiente, un ser inerte, y tu mamá y papá llamarían al viejo médico de la familia —como quiera que se llame— para recoger tu historial de la clínica dental, pues no iba a quedar mucho de tu cara. Y tu mamá y papá, que siempre habían esperado tantas cosas de ti; y no, la vida no era justa, y encima, ahora esto.

Catorce dólares.

«¿Es ésta tu mamá?», dije.

Sí. Llorabas, gimoteabas, llorabas. Tragaste saliva. Sí.

Llevabas el carné de la biblioteca y un carné de un videoclub. La cartilla de la seguridad social. Catorce dó­lares. Quería llevarme el pase del autobús, pero el mecá­nico dijo que cogiera sólo el carné de conducir. Y un carné universitario caducado. Tú antes estudiabas algo.

Como llorabas cada vez más te encañoné con la pis­tola en la mejilla con más fuerza, y comenzaste a retro­ceder hasta que te dije: «No te muevas o te mato aquí mismo». Ahora dime qué estudiabas.

¿Dónde?

En la universidad, dije. Llevas un carné de estudiante.

Oh, no lo sabías… Sollozos. Hipo. Gimoteos. Bio­logía.

Escucha, vas a morir esta noche, Raymond K. K. K. Hessel. Tal vez mueras dentro de un segundo, tal vez dentro de una hora; tú decides. Así que miénteme. Dime lo primero que se te pase por la cabeza. Invéntalo. Me importa una mierda. Tengo la pistola.

Por fin me escuchaste y olvidaste la mezquina trage­dia que gestabas en tu cabeza.

Rellene el formulario. ¿Qué desea Raymond Hessell ser de mayor?

«Irme a casa —dijiste—, sólo quiero ir a casa, por favor.»

«Déjate de mierdas», dije yo. ¿Cómo deseabas pa­sar el resto de tu vida? Si es que podías hacer algo en el mundo.

Invéntalo.

No sabías.

«Pues vas a morir ahora mismo —te dije—. Gira la cabeza.»

La muerte empezará dentro de diez segundos, nue­ve, ocho.

«Veterinario», dijiste. Querías ser veterinario.

Eso va de animales. Hay que ir a la facultad para ser eso.

«La facultad es demasiado para mí», dijiste.

Podrías estar en la universidad dejándote el culo allí, Raymond Hessel, o podrías estar muerto. Tú eliges. Te metí la cartera en el bolsillo trasero de los téjanos. Así que lo que realmente te gustaba era ser médico de animales. Alivié la presión del cañón salado sobre una mejilla y te la puse en la otra. Doctor Raymond K. K. K. K. Hessel, ¿es eso lo que siempre has querido ser?, ¿veterinario?

Sí.

¿No mientes?

No, no, lo decías en serio. Sí; no mentías. Sí.

Vale, te dije, y te incrusté el cañón húmedo de la pis­tola en el mentón, y luego en la punta de la nariz, y don­dequiera que hiciese presión con el cañón, quedaba la huella redonda y húmeda de tus lágrimas.

«Bueno —te dije—, vuelve a la facultad. Cuando te despiertes mañana por la mañana encontrarás un medio de volver a la facultad.»

Te incrusté el cañón húmedo de la pistola en las me­jillas, luego en el mentón y finalmente en la frente. «Po­drías estar muerto», dije.

Tengo tu carné de conducir.

Sé quién eres. Sé dónde vives. Me quedaré tu carné de conducir y te vigilaré, señor Raymond K. Hessel. Me cercioraré dentro de tres meses, y luego dentro de seis y luego dentro de un año, y si no has vuelto a la fa­cultad a convertirte en veterinario, morirás.

No abriste la boca.

Lárgate y vive tu vida insignificante, pero recuerda que te vigilo, Raymond Hessell, y que preferiría matarte a que siguieras en ese trabajo de mierda ganando única­mente dinero para comprarte queso y ver la televisión.

Ahora me voy a ir, así que no te des la vuelta.

Esto es lo que Tyler quiere que haga.

Son las palabras de Tyler las que salen de mi boca.

Soy la boca de Tyler.

Soy las manos de Tyler.

Todos los miembros del Proyecto Estragos forman parte de Tyler Durden y viceversa.

Raymond K. K. Hessel, la cena te va a saber mejor que nunca y mañana será el día más hermoso de toda tu vida.

 

Veintiuno

 

 

 

Te despiertas en la terminal internacional del aeropuer­to de Sky Harbor.

Retrasa el reloj dos horas.

El puente aéreo me lleva al centro de Phoenix y en todos los bares que entro hay tíos con puntos de sutura en torno a las cuencas de los ojos, donde un buen puñe­tazo les hizo la cara picadillo. Otros tíos tienen la nariz torcida; pero todos se convierten al instante en mi fami­lia cuando ven mi agujero rugoso en la mejilla.

Tyler no ha pasado por casa desde hace tiempo. Cum­plo mis pequeñas tareas. Voy de aeropuerto en aero­puerto para ver los coches en que otros perdieron la vida. La magia de viajar. Una vida diminuta. Jabones di­minutos. Asientos diminutos en las líneas aéreas.

A dondequiera que voy pregunto por Tyler.

Por si lo encuentro, llevo en el bolsillo los carnés de conducir de mis doce sacrificios humanos.

En todos los bares que entro, en todos esos jodí­dos bares, veo tíos con la cara como un mapa. En todos los bares me echan un brazo sobre los hombros y me quie­ren invitar a una cerveza. Es como si supiera qué bares se convierten en clubes de lucha.

Pregunto si han visto a un tipo llamado Tyler Durden.

Es una estupidez preguntarles por el club de lucha.

La primera regla del club de lucha es que no se habla del club de lucha.

Pero ¿habéis visto a Tyler Durden?

Nunca hemos oído ese nombre, señor —me con­testan.

Pero tal vez lo encuentre en Chicago, señor.

Debe de ser el agujero en la mejilla; todos me llaman señor.

Y         hacen un guiño.

Te despiertas en el aeropuerto de O’Hare y tomas el puente aéreo para Chicago.

Adelanta el reloj una hora.

Si te puedes despertar en un lugar distinto.

Si te puedes despertar en un huso horario diferente.

¿Por qué no te puedes despertar siendo otra persona?

En todos los bares a los que vas tíos hechos un Cris­to quieren invitarte a una cerveza.

No, señor. Nunca han visto a ese Tyler Durden.

Y       hacen un guiño.

Nunca han oído ese nombre antes, señor.

Pregunto por el club de lucha. ¿Hay esta noche club de lucha?

No, señor.

La segunda regla del club de lucha es que no se ha­bla del club de lucha.

Los tipos hechos un Cristo niegan con la cabeza.

Nunca lo hemos oído, señor. Pero tal vez encuentre ese tal club de lucha en Seattle, señor.

Te despiertas en el aeropuerto de Meigs Field y lla­mas a Marla para ver qué pasa por Paper Street. Marla te cuenta que ahora todos los monos espaciales se ra­pan el pelo. Las máquinas de afeitar eléctricas se recalientan y toda la casa huele a pelo chamuscado. Los monos espaciales emplean lejía para borrarse las huellas dactilares.

Te despiertas en el aeropuerto de SeaTac.

Retrasa el reloj dos horas.

El puente aéreo te lleva al centro de Seattle y en el primer bar donde entras el camarero lleva puesto un collarín que le echa la cabeza tan atrás que cuando te sonríe te tiene que mirar por encima de la berenjena aplastada y cárdena de su nariz.

El bar está vacío y el camarero dice:

—Bienvenido de nuevo, señor.

Nunca, nunca había estado antes en ese bar.

Le pregunto si conoce a Tyler Durden.

El camarero me sonríe con el mentón sobresaliendo por encima del collarín blanco y me pregunta:

—¿Me está poniendo a prueba?

—Sí —le digo—, es una prueba. ¿Conoce a Tyler Durden?

—La semana pasada estuvo usted aquí, señor Dur­den —me dice—. ¿No se acuerda?

Tyler estuvo aquí.

—Usted estuvo aquí, señor.

Nunca he estado aquí antes.

—Si usted lo dice, señor —responde el camarero—, pero el jueves por la noche entró aquí para preguntar cuándo planeaba la policía cerrar el club.

El jueves pasado me pasé toda la noche despierto con insomnio preguntándome si estaba despierto o dormido. El viernes por la mañana me desperté tarde, hecho polvo y con la sensación de no haber pegado ojo.

—Sí, señor —dice el camarero—. El jueves por la noche estuvo usted aquí, en ese mismo sitio, y me pre­guntó por la redada de la policía y luego me preguntó cuántos tíos habíamos rechazado en el club de lucha el miércoles por la noche.

El camarero gira los hombros y el collarín para echar un vistazo al bar vacío y dice:

—Nadie nos escucha, señor Durden. Anoche recha­zamos a veintisiete. El bar siempre está vacío la noche después del club de lucha.

En todos los bares en los que he entrado esta sema­na la gente me ha llamado señor.

En todos los bares en los que entro, esos tíos con las caras hechas un Cristo comienzan a parecerse unos a otros. ¿Cómo puede saber un desconocido quién soy?

—Usted tiene una marca de nacimiento, señor Dur­den —dice el camarero—. En el pie, con la forma de Australia en rojo oscuro, y con Nueva Zelanda al lado.

Sólo Marla sabe esto. Marla y mi padre. Ni siquiera Tyler lo sabe. Cuando voy a la playa, me siento con el pie escondido debajo de la pierna.

El cáncer que no tengo se ha extendido por todas partes.

—Todos los miembros del Proyecto Estragos lo sa­bemos, señor Durden.

El camarero levanta la mano con el dorso hacia mí y con la quemadura de un beso.

¿Mi beso?

El beso de Tyler.

—Todo el mundo sabe lo de su marca de nacimien­to —dice el camarero—. Forma parte de la leyenda. Se está convirtiendo usted en una verdadera leyenda.

Llamo a Marla desde un motel de Seattle para pregun­tarle si alguna vez lo hemos hecho. Ya sabes.

Al otro lado de la línea Marla pregunta:

—¿Qué dices?

Que si nos hemos acostado.

-¿Qué?

Ya sabes, ¿alguna vez nos hemos acostado?

—¡Santo Dios!

¿Y bien?

—Y bien, ¿qué? —dice ella.

¿Alguna vez nos hemos acostado?

—Eres un puto cabrón.

¿Nos hemos acostado?

—¡Te mataría!

¿Eso significa sí o no?

—Sabía que pasaría —dice Marla—. Estás chiflado. Me amas. Me desprecias. Me salvas la vida y luego con­viertes a mi madre en jabón.

Me doy un pellizco.

Pregunto a Marla cómo nos conocimos.

—En el grupo aquel de cáncer testicular —dice Marla—. Luego me salvaste la vida.

¿Que le salvé la vida?

—Me salvaste la vida.

Tyler le salvó la vida.

—Tú me salvaste la vida.

Meto el dedo a través del agujero de la mejilla y lo muevo. El dolor debería ser suficiente para despertarme.

Marla dice:

—Me salvaste la vida en el hotel Regent cuando ac­cidentalmente intenté suicidarme. ¿Te acuerdas?

¡Oh!

—Aquella noche —dice Marla— te dije que quería tener un aborto tuyo.

Acabamos de perder presión en la cabina.

Pregunto a Marla cómo me llamo.

Vamos a morir todos.

Marla dice:

—Tyler Durden. Te llamas Tyler la escoria humana Durden.

Vives en el número 5123 NE de Paper Street, que en este mismo instante está lleno a rebosar de discípulos tuyos, que se rapan el pelo y se queman la piel con lejía.

Tengo que dormir un rato.

—Tendrás que mover el culo y venirte para aquí —chilla Marla al otro lado del teléfono— antes de que esos espantajos hagan jabón conmigo.

Tengo que encontrar a Tyler.

La cicatriz de la mano, le pregunto, cómo se la hizo.

—Fuiste tú —me responde Marla—. Me besaste la mano.

Tengo que encontrar a Tyler.

Tengo que dormir un rato.

Tengo que dormir.

Tengo que irme a dormir.

Le doy a Marla las buenas noches y su voz chillona suena lejos, lejos, cada vez más lejos cuando me estiro y cuelgo el teléfono.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

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