chuck palahniuk 

 

el club de la lucha

 

 

 

Traducido del inglés por

Pedro González del Campo

 

 

A Carol Meader,

que soporta mi mal comportamiento

 

 

 

– 

uno

dos

tres

.

cuatro

cinco

seis

siete 

ocho

 

Una mañana aparece flotando en el retrete, como una medusa muerta, un condón usado.

Así conoció Tyler a Marla.

Me levanto a mear y allí, en la taza del váter, apare­ce el condón contra un fondo de pinturas rupestres he­chas con porquería. Te preguntas: «¿En qué piensa el esperma?».

¿Qué es esto?

¿La bóveda de la vagina?

¿Qué pasa aquí?

Toda la noche soñé que estaba follándome a Marla Singer, a Marla Singer mientras fumaba un cigarrillo, a Marla Singer mientras entornaba los ojos. Me despierto solo en la cama y la puerta de la habitación de Tyler está cerrada. La puerta de la habitación de Tyler nunca está ce­rrada. Estuvo lloviendo toda la noche. Las tablas del teja­do se hinchan, se comban, se tuercen, y la lluvia se cuela y acumula en el techo de escayola y cae goteando por la ins­talación de la luz.

Cuando llueve tenemos que quitar los fusibles. Uno ya ni se molesta en encender las luces. La casa que Tyler ha alquilado tiene tres pisos y un sótano. Nos movemos por ella con velas. Cuenta con varias despensas y porches cubiertos donde puedes dormir, y en el rellano de la escalera hay ventanas con vidrieras. En el salón hay galerías con asientos junto a las ventanas. Los zócalos de madera están grabados y barnizados y miden casi medio metro de altura.

La lluvia se filtra en hilillos por toda la casa y la ma­dera se hincha y se contrae, y los suelos, zócalos y mar­cos de las ventanas escupen milímetro a milímetro los clavos, que se van oxidando.

En todas partes tropiezas con los clavos oxidados o te los enganchas en el codo y sólo hay un cuarto de baño para los siete dormitorios y ahora hay en él un condón usado.

La casa está a la espera de algo, un cambio en la zona o un testamento que ordene su derribo. Le pregunté a Tyler cuánto tiempo llevaba aquí y me dijo que unas seis semanas. El propietario original de la casa comenzó a coleccionar en la noche de los tiempos, y continuó du­rante toda su vida, revistas del National Geographic y del Reader’s Digest. Grandes pilas de revistas en inesta­ble equilibrio que crecen cada vez que llueve. Tyler dice que el último inquilino doblaba las páginas satinadas de las revistas y hacía papelinas de coca. La puerta de casa no tiene cerradura desde que la policía o quien fuera le dio una patada. Nueve capas de papel pintado se hin­chan en las paredes del comedor: estampados de flores debajo de rayas de colores, debajo de dibujos de pajari­tos, debajo de papel de China.

Nuestros únicos vecinos son un taller de máquinas cerrado y, en la acera de enfrente, un almacén grande como un bloque de pisos. En casa hay un armario con rodillos de dos metros para enrollar los manteles de da­masco; así nunca tenemos que plegarlos. Hay un ropero tapizado de madera de cedro. Los azulejos del cuarto de baño tienen pintadas unas florecillas más bonitas que las de la mayoría de los juegos de té de porcelana de las lis­tas de boda, y en el váter hay un condón usado.

Llevo como un mes viviendo con Tyler.

Tyler viene a desayunar con chupetones por todo el cuello y el pecho, y yo estoy enfrascado en la lectura de un Reader’s Digest atrasado. Ésta es la casa perfecta para traficar con drogas. No hay vecinos. En Paper Street no hay más que almacenes y la fábrica de papel. El olor a pedos del humo de la papelera y el olor a jaula de háms-ters de las astillas de madera que se amontonan en pirá­mides anaranjadas en torno a la fábrica. Ésta es la casa perfecta para traficar con drogas porque durante el día pasan por Paper Street camiones de tropecientos dóla­res, pero por la noche Tyler y yo estamos solos en un kilómetro a la redonda.

En el sótano encontré pilas y pilas de revistas del Reader’s Digest y ahora hay un montón de Reader’s Di­gest en cada habitación.

La vida en Estados Unidos.

La risa es la mejor medicina.

Las pilas de revistas son casi el único mobiliario.

En las revistas más viejas hay una serie de artículos en los que los órganos del cuerpo humano hablan de sí mismos en primera persona: Soy el Útero de Mengana.

Soy la Próstata de Fulano.

No es broma; y Tyler se sienta a la mesa de la cocina con los chupetones y sin camisa y bla, bla, bla: que si co­noció anoche a Marla Singer, que si se acostaron…

Escuchar esto y convertirme en la Vesícula Biliar de Fulano es todo uno. Es culpa mía. A veces haces algo y estás jodido, y otras, estás jodido por lo que no haces.

Anoche llamé a Marla. Hemos inventado un sistema para que cuando yo quiera ir a un grupo de apoyo pueda llamar a Marla y ver si también ella tiene pensado ir. La noche de ayer se dedicaba a melanomas y me sentía un poco deprimido.

Marla vive en el hotel Regent, un amasijo de ladri­llos marrones que se tienen en pie gracias a la mugre, donde todos los colchones están cerrados hermética­mente dentro de resbaladizas fundas de plástico, porque mucha gente va allí a morir. Si no te apoyas bien en la cama, tú y las sábanas y la manta iréis a parar al suelo.

Llamé a Marla al hotel Regent para saber si iba a ir a melanomas.

Marla me contestó a cámara lenta. No se trataba de un suicidio real, dijo Marla, probablemente era sólo una de esas escenas para llamar la atención, pero se había to­mado demasiadas pastillas de Xanax.

Imagínate ir hasta el hotel Regent para ver a Marla pasearse de un lado a otro por esa habitación decrépita mientras repite: Me muero. Muero. Me muero. Muero. Mueeero. Muero.

Así durante horas y horas.

Así que se iba a quedar en casa esta noche, ¿no?

Marla dijo que se estaba muriendo de verdad. Debía darme prisa si no quería perdérmelo.

Le di las gracias, pero le dije que tenía otros planes.

«No importa», dijo Marla. También podía morirse viendo la televisión. Marla sólo esperaba que echaran algo que valiese la pena.

Me fui corriendo a los melanomas. Volví a casa tem­prano y dormí.

Ahora, durante el desayuno, a la mañana siguiente Tyler se sienta aquí cubierto de chupetones y me dice que Marla es una zorra retorcida, pero que eso le gusta mucho.

Anoche, tras la reunión de melanomas, volví a casa y me metí en la cama y me quedé dormido. Y soñé que echaba un polvo y otro polvo y otro polvo con Marla Singer.

Y esta mañana, escuchando a Tyler, pretendo estar leyendo el Reader’s Digest. Una zorra retorcida; yo po­dría habértelo dicho. Reader’s Digest. Humor de uni­forme.

Soy las Vías Biliares y Rabiosas de Fulano.

¡Las cosas que Marla le dijo anoche!, me cuenta Tyler. Ninguna chica le había hablado así en la vida.

Soy los Dientes Rechinantes de Fulano.

Soy la Nariz Hinchada de Mengano mientras echa llamaradas.

Después de echar unos diez polvos, me cuenta Ty­ler, Marla le dijo que quería quedarse embarazada. Marla le dijo que deseaba tener un aborto de Tyler.

Soy los Nudillos Blancos de Fulano.

Cómo no le iba a gustar eso a Tyler. La noche de an­tes de ayer, Tyler se quedó allá arriba solo y se dedicó a montar en Blancanieves fotogramas de órganos sexuales.

Cómo podría competir yo para llamar la atención de Tyler.

Soy la Sensación de Rechazo Rabiosa e Irritada de Fulano.

Lo peor de todo es que es culpa mía. Anoche, des­pués de irme a dormir, me cuenta Tyler que volvió a casa al finalizar su turno de camarero en el banquete y Marla llamó otra vez desde el hotel Regent. Ya estaba allí, dijo Marla. El túnel, la luz que la atraía hacia el tú­nel. La experiencia de la muerte era tan genial que Marla quería describírmela mientras abandonaba su cuerpo y ascendía flotando.

Marla no sabía si su espíritu podría utilizar el teléfo­no, pero quería que por lo menos alguien oyese su últi­mo aliento.

No, no. Tyler contesta el teléfono y malinterpreta la situación.

No se conocen, así que Tyler piensa que no es bue­no que Marla esté a punto de morir.

No se trata de eso.

No es asunto suyo, pero Tyler llama a la policía y corre al hotel Regent.

Ahora, según la antigua costumbre china que todos he­mos aprendido gracias a la televisión, Tyler será por siem­pre responsable de Marla, porque salvó la vida de Marla.

Si yo hubiera perdido unos minutos en ir a ver a Marla morir, nada de esto habría sucedido.

Tyler me dice que Marla vive en la habitación 8G, en el último piso del hotel Regent, en lo alto de ocho rella­nos de escalera y al final de un ruidoso pasillo con risas enlatadas televisivas que atraviesan las puertas. Cada dos segundos echa un chillido alguna actriz o muere un actor gritando al ser alcanzado por una ráfaga de balas. Tyler llega al final del vestíbulo y antes de que pueda llamar a la puerta surge de la habitación 8G un brazo macilento como mantequilla y muy, muy delgado, le coge por la muñeca y tira de él hacia adentro.

Me enfrasco en la lectura de un Reader’s Digest.

Incluso mientras Marla mete a Tyler de un tirón en la habitación, Tyler oye el chirrido de unos frenos y las sirenas que se congregan frente al hotel Regent. Sobre el tocador hay un consolador fabricado con el mismo plástico rosa y suave con el que se fabrican millones de muñecas Barbie y, por un momento, Tyler se imagina millones de muñecas Barbies y consoladores moldeados por inyección, saliendo de la cadena de montaje de una fábrica de Taiwán.

Marla repara en Tyler, que contempla su consola­dor, y pone los ojos en blanco y le dice:

—No tengas miedo. No es una amenaza para ti.

Marla saca a Tyler a empujones al pasillo y le dice que lo siente, pero que no debería haber llamado a la po­licía, y que, probablemente, la policía ya está abajo.

Marla cierra la puerta de la habitación 8G y empuja a Tyler hacia las escaleras. En las escaleras Tyler y Marla se aplastan contra la pared mientras la policía y los en­fermeros suben en tromba con el oxígeno preguntando cuál es la habitación 8G.

Marla les dice que es la puerta al final del pasillo.

Marla le dice a gritos a la policía que la chica de la 8G fue en otros tiempos una chica encantadora, pero que ahora es un monstruo, un monstruo horrible. La chica es escoria humana infecciosa; está confundida y teme hacer algo equivocado y, por lo tanto, no hará nada.

—La chica de la habitación 8G no tiene fe en sí mis­ma —grita Marla— y le preocupa tener cada vez menos posibilidades al envejecer.

»Buena suerte —grita Marla.

La policía se amontona junto a la puerta cerrada de la habitación 8G, y Marla y Tyler se apresuran a bajar al ves­tíbulo. A sus espaldas, un policía grita junto a la puerta.

—¡Déjenos ayudarla! Señorita Singer, ¡hay muchas razones para seguir viviendo! ¡Marla, déjenos entrar y le ayudaremos a solucionar sus problemas!

Marla y Tyler salieron corriendo a la calle. Tyler metió a Marla en un taxi, y en lo alto del octavo piso del hotel, Tyler distinguió que se movían sombras de un lado a otro tras las ventanas de la habitación de Marla.

En la autopista, entre todas las luces y los otros co­ches que avanzan deprisa por los seis carriles hacia un punto que se desvanece, Marla le dice a Tyler que debe mantenerla despierta toda la noche. Si Marla se duer­me, morirá.

Un montón de gente quería ver muerta a Marla, le dijo a Tyler. Esas personas estaban muertas, en el otro mundo, y la llamaban de noche por teléfono. Marla se iba de bares y oía al camarero preguntar por ella, y cuando atendía la llamada, la línea se había cortado.

Tyler y Marla se pasaron casi toda la noche despier­tos en la habitación contigua a la mía. Cuando Tyler se despertó, Marla había desaparecido y vuelto al hotel Regent.

Le digo a Tyler que Marla Singer no necesita un amante sino un asistente social.

Tyler me contesta:

—No llames a esto «amor».

En pocas palabras, Marla está ahora dispuesta a arrui­nar otra parte de mi vida. Siempre, desde que fui a la uni­versidad, he hecho amigos. Se casan. Pierdo los amigos.

Estupendo.

—Fantástico— le digo yo.

Tyler pregunta:

—¿Es esto un problema para ti?

Soy las Tripas en Tensión de Fulano.

—No —le contesto—. No pasa nada.

Ponme una pistola en la cabeza y pinta la pared con mi cerebro.

—Simplemente, genial —le digo yo—; en serio.

 

Ocho

 

 

– 

Mi jefe me manda a casa porque tengo los pantalones llenos de sangre seca, y eso me llena de alegría.

La herida del pómulo hundido no se cura nunca. Voy a trabajar y las cuencas sumidas de mis ojos son dos donuts turgentes y amoratados que rodean los dos meatos que tengo para ver. Hasta el día de hoy me sa­caba de quicio haberme convertido en un maestro zen totalmente equilibrado, y que nadie se hubiera dado cuenta. Sin embargo, sigo trabajando con el fax. Escri­bo haikus que envío por fax a todo el mundo. En el trabajo, cuando me cruzo con la gente en el vestíbulo, me vuelvo totalmente zen a los ojos de todos esos ros­tros hostiles.

Las abejas obreras libran; hasta los zánganos saben volar, la reina es la esclava.

Renuncias a todas las posesiones terrenales, al co­che, y te vas a vivir a una casa alquilada en la parte tóxi­ca de la ciudad, donde a altas horas de la noche oyes a Marla y Tyler, en su habitación, llamarse mutuamente escoria humana.

Toma esto, escoria humana.

Haz esto, escoria humana.

Tómatelo. Trágatelo, nena.

Aunque sólo sea por contraste, esto me convierte en el centro diminuto y sereno del mundo. Y yo, con los ojos hundidos y la sangre seca formando grandes costras oscuras en los pantalones, le digo ¡Hola! a todo el mun­do en la oficina. «¡Hola! Miradme. ¡Hola! Soy tan zen. Esto es sangre. No es nada. Hola. Todo es nada; es tan alucinante estar iluminado. Como yo.»

Suspira.

Mira. Por la ventana. Un pájaro.

Mi jefe me preguntó si la sangre era mía.

El pájaro vuela a favor del viento. Estoy escribiendo mentalmente un haiku.

Sin tener siquiera un nido

el pájaro llamará hogar al mundo:

la vida es tu tarea.

Cuento con los dedos: cinco sílabas, siete, cinco.

La sangre, ¿es mía?

Sí —digo yo—. Parte de ella.

No es una buena respuesta.

¡Vaya negocio! Tengo dos pares de pantalones ne­gros. Seis camisas blancas. Seis mudas de ropa interior. Lo mínimo imprescindible. Me voy al club de lucha. Es­tas cosas pasan.

—Vete a casa y cambíate —me dice el jefe.

Empiezo a preguntarme si Tyler y Marla son la mis­ma persona. Excepto por el polvo de todas las noches en el dormitorio de Marla.

Haciéndolo.

Haciéndolo.

Haciéndolo.

Tyler y Marla nunca están en la misma habitación. Nunca los veo juntos.

Pero tampoco me verás nunca con Zsa Zsa Gabor, y eso no significa que seamos la misma persona. Tyler no se deja ver cuando Marla está en casa.

Para que pueda lavar los pantalones Tyler tiene que enseñarme a fabricar jabón. Tyler está en el piso de arri­ba y la cocina huele a cigarrillos y a pelo quemado. Marla está sentada a la mesa de la cocina quemándose la parte interior del brazo con la colilla de un cigarrillo mientras se llama a sí misma escoria humana.

—Abrazo mi propia corrupción supurante —le dice Marla a la punta color cereza de su cigarrillo. Marla hace girar el cigarrillo sobre la carne blanca y suave del brazo—. Arde, zorra, arde.

Tyler está arriba, en mi habitación, se mira los dien­tes en el espejo y me dice que me ha conseguido un tra­bajo de camarero para banquetes, media jornada.

—En el hotel Pressman. Siempre y cuando puedas trabajar por las noches —dice Tyler—. Este empleo ali­mentará tu odio clasista.

—Sí —le digo—, lo que sea.

—Te harán llevar una pajarita negra —me explica Tyler—. Lo único que necesitas es una camisa blanca y unos pantalones negros.

—Jabón, Tyler —le digo—, necesitamos jabón. Te­nemos que fabricar jabón. Lo necesito para lavar los pantalones.

Sujeto los pies a Tyler mientras hace doscientos ab­dominales.

—Para hacer jabón, primero hay que conseguir gra­sa. —Tyler está lleno de información útil.

Excepto cuando están echando un polvo, Marla y Tyler nunca comparten la misma habitación. Si Tyler está cerca de ella, Marla no le hace caso. La situación me es familiar, pues mis padres se hacían invisibles el uno para el otro de la misma manera. Luego, mi padre se lar­gó para establecer otra franquicia.

Mi padre siempre decía: «Cásate antes de que te abu­rra el sexo o nunca te casarás».

Mi madre decía: «Nunca compres nada que tenga cre­mallera de nailon».

Mis padres jamás dijeron nada que valiera la pena bor­dar en un cojín.

Tyler va por el abdominal ciento noventa y ocho. Ciento noventa y nueve. Doscientos.

Tyler lleva una especie de albornoz de franela un poco pegajosa y pantalones elásticos.

—Haz que Marla salga de casa —me dice Tyler—. Mándala a la tienda a comprar un bote de polvo de gas. Lejía en polvo. No de cristal. Deshazte de ella.

Vuelvo a tener seis años y a llevar y traer mensajes entre mis padres cuando están desavenidos. Lo odiaba cuando tenía seis años y lo sigo odiando ahora.

Tyler comienza a hacer elevaciones de piernas, y yo bajo y le digo a Marla que vaya a por los polvos de hipoclorito y le doy un billete de diez dólares y mi tar­jeta del autobús. Marla sigue sentada a la mesa de la cocina y le quito el cigarrillo de entre los dedos. Con suavidad y facilidad. Limpio con un paño las manchas rojizas del brazo de Marla, donde las costras de las quemaduras se han agrietado y empiezan a sangrar. Luego, le calzo los pies con unos zapatos de tacón alto.

Marla me observa mientras represento el papel de Príncipe Azul con sus zapatos y me dice:

—Entré sin llamar. No creí que hubiera nadie en casa. La puerta principal no cierra.

No digo nada.

—Para nuestra generación, el condón hace las veces del zapato de cristal. Te lo pones cuando conoces a al­guien; bailas toda la noche y luego lo tiras. Me refiero al condón, no a la persona.

No hablo con Marla. Podrá entrometerse en los gru­pos de apoyo y entre Tyler y yo, pero nunca podrá ser mi amiga.

—Te he estado esperando aquí toda la mañana.

Los brotes florecen y mueren; trae el viento nieve o mariposas, la piedra no repara en ello.

Marla se levanta de la mesa de la cocina; lleva puesto un vestido azul sin mangas, de una tela brillante. Marla tira del extremo de la falda y se la levanta para mostrar­me las diminutas puntadas del dobladillo. No lleva ropa interior y me guiña un ojo.

—Te quería enseñar mi vestido nuevo —dice Marla—. Es un vestido de dama de honor y está todo cosido a mano. ¿Te gusta? En el mercadillo benéfico de la Buena Voluntad lo vendían por un dólar. ¿Puedes creer que al­guien haya estado dando puntadas minúsculas con el úni­co fin de confeccionar un vestido tan horrible? —dice Marla.

La falda es más larga por un lado que por otro y la cin­tura caída órbita alrededor de las caderas de Marla.

Antes de irse a la tienda, Marla se levanta la falda con las puntas de los dedos y baila una especie de danza alre­dedor de mí y de la mesa de la cocina moviendo el trase­ro, que se menea. Lo que le gusta, dice Marla, son todas esas cosas que la gente desea con intensidad y luego tira una hora o un día después; como los árboles de Navi­dad, que son el centro de atención hasta que, pasadas las fiestas, se ven esos árboles de Navidad muertos, todavía decorados con espumillón, tirados a un lado de la auto­pista. Al contemplarlos, piensas en los animales arrolla­dos en la carretera o en las víctimas de crímenes sexuales, que llevan la ropa interior del revés y están maniatadas con cinta aislante negra.

Sólo quiero que se largue de aquí.

—El Centro de Control de Animales es el mejor si­tio —me dice Marla—. Todos los animales, los perritos y gatitos que la gente quiso y luego abandonó, hasta los animales viejos, bailan y saltan a tu alrededor para lla­mar la atención, porque pasados tres días les inyectan una sobredosis de fenobarbital y los arrojan a un enor­me horno para mascotas.

—El sueño eterno, al estilo de El valle de los perros.

«Donde te castran, aunque alguien te quiera lo sufi­ciente como para salvarte la vida. —Marla me mira como si fuera yo quien se la tira y me dice—: Contigo no hay quien gane, ¿no es cierto?

Marla sale por la puerta de atrás cantando aquella canción espeluznante de El valle de las muñecas.

Me quedo mirándola mientras se aleja.

Me quedo en silencio uno, dos, tres momentos has­ta que Marla desaparece por completo por la puerta.

Me doy la vuelta y aparece Tyler.

Tyler me dice:

—¿Te la has quitado de encima?

Sin un ruido ni olor alguno aparece Tyler.

—En primer lugar… —Tyler habla mientras salva la distancia entre la puerta de la cocina y la nevera y em­pieza a revolver en el congelador—… necesitamos grasa.

Respecto a mi jefe, dice Tyler, si estoy realmente en­fadado con él debería ir a la oficina de correos y rellenar una tarjeta de cambio de domicilio y desviar toda su correspondencia a Rugby, en Dakota del Norte.

Tyler comienza a sacar bolsas que tienen dentro algo congelado y blanco, y las echa en el fregadero. Me pide que ponga una cacerola grande al fuego y que la lle­ne de agua casi hasta el borde. Si no hay agua suficiente, la grasa se oscurecerá al desprenderse el sebo.

—Esta grasa —me explica Tyler— tiene mucha sal, así que, cuanta más agua, mejor.

Pon la grasa en el agua y déjala que hierva.

Tyler estruja las bolsas, la inmundicia blanca cae al agua, y luego esconde las bolsas vacías en el fondo de la basura.

Tyler me dice:

—Usa un poco la imaginación. Acuérdate de toda aquella mierda sobre los colonos que aprendiste en los Boy Scouts. Acuérdate de la química del instituto.

Cuesta imaginarse a Tyler en los Boy Scouts.

Otra cosa que podría hacer, dice Tyler, es ir una no­che a casa de mi jefe y enchufar una manguera en la toma de agua del jardín. Enchufa la manguera en una bomba de mano, inyecta en las cañerías de la casa una carga de co­lorante industrial —rojo, azul o verde— y espera a ver el aspecto del jefe al día siguiente. O podía sentarme en­tre los matorrales y bombear hasta llenar las cañerías con 8 kg/cm2. Así, cuando alguien tire de la cadena del váter, la cisterna explotará. Con 10 kg/cm2, si alguien abre el grifo de la ducha, la presión del agua hará que ex­plote la alcachofa, destrozará la rosca y… ¡blam!, la alca­chofa se convierte en el obús de un mortero.

Tyler me dice estas cosas sólo para que me sienta mejor. La verdad es que aprecio a mi jefe. Además, ahora estoy iluminado. Ya sabes, sólo puedo comportarme como Buda. Crisantemos. El Sutra del Diamante y el Bine Cliff Record. Hari Rama, ya sabes, Krisna, Krisna. Ya sabes, iluminado.

—No te conviertes en una gallina por muchas plu­mas que te pegues en el trasero, me dice Tyler.

Cuando la grasa se derrita, el sebo subirá a la super­ficie del agua hirviendo.

—¡Vaya! —le digo—, ¿así que me pego plumas en el trasero?

¡Como si Tyler, con las quemaduras de cigarrillo en los brazos, tuviese un alma tan desarrollada! Don Esco­ria Humana y su esposa. Relajo la expresión de mi rostro y me transformo en uno de esos tipos impasibles como vacas hindúes y que aparecen camino del matadero en las instrucciones de emergencia de los aviones.

Apaga el fuego.

Remuevo el agua hirviendo.

Más y más sebo subirá a la superficie hasta cubrir toda el agua con una capa de color madreperla. Coge un cucharón para espumar la capa y retírala.

—¿Cómo está Marla?—, le pregunto.

—Por lo menos Marla está intentando tocar fondo —responde Tyler.

Remuevo el agua hirviendo.

Continúa espumando hasta que no salga más sebo. En efecto, es sebo lo que estamos espumando. Puro sebo de calidad.

Tyler me dice que todavía estoy lejos de tocar fon­do y que si no bajo hasta el fondo no conseguiré salvar­me. Jesús hizo lo mismo con su historia de la cruci­fixión. No debería limitarme a renunciar al dinero, la propiedad y el conocimiento. No es sólo un refugio para el fin de semana. Debería dejar de intentar mejorar y labrarme un desastre. Ya no puedo seguir jugando so­bre seguro.

Esto no es un seminario.

—Si pierdes el temple antes de tocar fondo —dice Tyler— nunca lo conseguirás.

Sólo después del desastre podemos resucitar.

—Sólo después de haberlo perdido todo —dice Ty­ler— eres libre para hacer cualquier cosa.

Lo que he experimentado es una iluminación pre­matura.

—Y sigue removiendo —dice Tyler.

Cuando la grasa haya hervido lo suficiente y ya no salga más sebo, tira el agua hirviendo. Limpia la cacero­la y llénala otra vez de agua.

Le pregunto cuánto me falta para tocar fondo.

—Desde donde estás —dice Tyler— jamás conse­guirás ni imaginarte cómo es el fondo.

Repite el proceso con el sebo espumado. Hierve el sebo en el agua. Espuma una y otra vez.

—La grasa que estamos utilizando tiene mucha sal —dice Tyler—. Demasiada sal y el jabón no se solidifi­cará. Hierve y espuma.

Hierve y espuma.

Marla ha vuelto.

En cuanto Marla abre la puerta de rejilla metálica, Ty­ler se va, se esfuma, huye fuera de la habitación, desaparece.

Tyler se ha ido arriba, o Tyler se ha ido abajo, al sótano.

Marica.

Marla entra por la puerta trasera con un bote de pol­vo de gas.

—En la tienda tienen papel higiénico cien por cien reciclado —dice Marla—. Reciclar papel higiénico debe ser el peor trabajo del mundo.

Cojo el bote de polvo de gas y lo pongo en la mesa. No le hablo.

—¿Puedo quedarme a dormir esta noche? —me pre­gunta Marla.

No le hablo. Cuento mentalmente: cinco sílabas, siete, cinco.

El tigre sabe sonreír;

la serpiente dirá que te quiere:

las mentiras nos vuelven malos.

—¿Qué estás preparando? —me pregunta Marla.

Soy el Punto de Ebullición de Fulano.

Le digo que se largue:

—Vete de aquí, ¿vale? ¿No me has arrebatado ya una parte bastante grande de mi vida?

Marla me coge de la manga y me retiene durante un segundo para besarme en la mejilla.

—¿Me llamarás? Hazlo, por favor; tenemos que hablar.

Le digo que sí, sí, sí, sí, sí.

En cuanto Marla sale por la puerta, Tyler aparece de nuevo en la habitación.

Con la rapidez de un truco de magia. Mis padres practicaron ese truco de magia durante cinco años.

Hiervo el agua y la espumo mientras Tyler deja es­pacio libre en la nevera. El vapor llena la habitación y el techo de la cocina gotea agua. La bombilla de cuarenta vatios está oculta en el fondo de la nevera, es un brillan­te que no alcanzo a ver detrás de las botellas de ketchup y los frascos de escabeche, salmuera o mayonesa; una lucecita en el interior del frigorífico ilumina el perfil de Tyler.

Hierve y espuma. Hierve y espuma. Pon el sebo espumado en cartones de leche con la parte superior completamente abierta.

Desde una silla apoyada en el frigorífico abierto, Tyler vigila el enfriamiento del sebo. En la cocina cal­deada, nubes de vapor frío caen en cascada por el fondo de la nevera y forman un charco en torno a los pies de Tyler.

A medida que voy llenando los cartones de leche con sebo, Tyler los mete en la nevera.

Me arrodillo junto a Tyler frente a la nevera, y Tyler me coge las manos y me las enseña. La línea de la vida. La línea del amor. Los montes de Venus y de Marte. El vapor condensado forma un charco a nuestro alrededor, y la luz brilla tenuemente en nuestros rostros.

—Necesito que me hagas otro favor —me dice Tyler.

Se trata de Marla, ¿no?

—Jamás le hables de mí. No hables de mí a mis es­paldas. ¿Lo prometes? —pregunta Tyler.

Lo prometo.

Tyler dice:

—Si alguna vez le mencionas mi nombre, nunca vol­verás a verme.

Lo prometo.

—¿Lo prometes?

Lo prometo.

Tyler dice:

—Recuerda que lo has prometido tres veces.

Una capa de algo espeso y claro comienza a cubrir la superficie del sebo del frigorífico.

—El sebo —le advierto— se está separando.

—No importa —dice Tyler—. La capa más clara es glicerina. O la agregas de nuevo cuando hagas el jabón o bien la espumas y la quitas.

Tyler se lame los labios y pone las palmas de mis manos boca abajo sobre sus muslos, sobre la falda de franela pegajosa del albornoz.

—Si mezclas glicerina con ácido nítrico obtendrás nitroglicerina —dice Tyler.

Respiro por la boca abierta y repito: «Nitroglicerina».

Tyler se lame los labios, húmedos y brillantes, y me besa el dorso de la mano.

—Si mezclas nitroglicerina con nitrato sódico y se­rrín, obtendrás dinamita.

El beso brilla húmedo en el dorso de mi mano blanca.

«Dinamita», repito mientras me acuclillo.

Tyler forcejea con el tapón del bote de polvo de gas y lo destapa.

—Puedes volar puentes —dice Tyler.

»Si mezclas la nitroglicerina con más ácido nítrico y parafina, obtendrás explosivos de gelatina —dice Tyler.

»Podrías volar un edificio con facilidad —dice Tyler.

Tyler inclina unos centímetros el bote que contiene el polvo de hipoclorito sobre el beso húmedo y brillan­te del dorso de mi mano.

—Es una quemadura química —dice Tyler— y te dolerá más que cualquier otra quemadura. Peor que cien cigarrillos.

El beso brilla en el dorso de mi mano.

—Te quedará una cicatriz —dice Tyler.

»Con jabón suficiente —dice Tyler— podrías volar el mundo entero. Ahora recuerda tu promesa.

Y Tyler vierte la lejía.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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