chuck palahniuk 

 

el club de la lucha

 

 

 

Traducido del inglés por

Pedro González del Campo

 

 

A Carol Meader,

que soporta mi mal comportamiento

 

 

 

– 

uno

dos

tres

.

cuatro

cinco

seis

siete 

ocho

nueve

diez

once

doce

trece

catorce

 

Nueve

 

– 

La saliva de Tyler tenía dos funciones. El beso húmedo en la palma de mi mano retuvo el polvo de gas mientras me achicharraba. Ésa fue la primera función. La segunda fue convertir el hipoclorito en cáustico. El polvo de gas sólo es cáustico cuando lo mezclas con agua. O saliva.

—Es una quemadura química —dijo Tyler—; te do­lerá más que cualquier otra quemadura.

La lejía sirve para desatascar desagües obstruidos.

Cierra los ojos.

Una mezcla de hipoclorito y agua llega a perforar una cacerola de aluminio.

Una solución de hipoclorito y agua disolverá una cuchara de madera.

Combinado con agua, el polvo de gas supera los cien grados de temperatura y al calentarse me quema el dor­so de la mano. Tyler posa sus dedos sobre los míos; te­nemos las manos extendidas sobre mis pantalones man­chados de sangre, y Tyler me pide que preste atención porque es el momento más importante de mi vida.

—Porque todo hasta este momento es una historia —dice Tyler— y todo lo que venga después será otra.

Es el momento más importante de nuestra vida.

La lejía, adherida con la forma exacta del beso de Tyler, es una hoguera o un hierro candente o una pila atómica derretida en mi mano al final de una larguísima carretera que imagino a kilómetros de mí. Tyler me pide que regrese y permanezca con él. Mi mano se aleja, di­minuta en el horizonte al final de la carretera.

Imagínate el fuego todavía ardiendo, excepto que ahora está más allá del horizonte. Una puesta de sol.

—Regresa al dolor —dice Tyler.

Es el tipo de meditación guiada que se emplea en los grupos de apoyo.

Nunca pienses en la palabra «dolor».

Si la meditación guiada funciona con el cáncer, tam­bién funcionará con esto.

—Mírate la mano —dice Tyler.

No te mires la mano.

No pienses en las palabras «abrasador», «carne», «tejido» y «chamuscado».

No te oigas gritar.

Meditación guiada.

Estás en Irlanda. Cierra los ojos.

Estás en Irlanda el verano en que terminaste la uni­versidad, y estás bebiendo en un pub cercano al castillo donde todos los días acuden autobuses repletos de tu­ristas ingleses y norteamericanos para besar la piedra de Blarney.

—No lo niegues —dice Tyler—. El jabón y los sa­crificios humanos se compenetran.

Dejas el pub junto con una riada de hombres que ca­minan entre el silencio de los coches mojados por calles en las que acaba de llover. Es de noche. Hasta que llegas al castillo de la piedra de Blarney.

El suelo de los pisos del castillo está podrido y subes por las escaleras de piedra mientras la oscuridad aumen­ta a tu alrededor en cada nuevo peldaño. Todos están

tranquilos con la ascensión y la tradición de este peque­ño acto de rebeldía.

—Escúchame —dice Tyler—. Abre los ojos.

»En la antigüedad —dice Tyler— los sacrificios hu­manos se ejecutaban en una colina que dominara un río. Miles de personas. Escúchame. Se ejecutaban los sacrifi­cios y se ponían a arder los cuerpos en una pira.

»Llora si quieres —dice Tyler—. Ve al fregadero y deja que el agua corra sobre la mano, pero primero de­bes saber que eres un estúpido y que morirás. Mírame.

»Algún día —dice Tyler— morirás y, hasta que no seas consciente de ello, no me eres de ninguna utilidad.

Estás en Irlanda.

—Llora si quieres —dice Tyler—, pero cada lágrima que caiga sobre la lejía te dejará en la piel una cicatriz como la producida por un cigarrillo.

Meditación guiada. Estás en Irlanda el verano que acabaste la universidad, y quizá sea aquí donde quisiste por primera vez la anarquía. Años antes de conocer a Tyler Durden, antes de mear en tu primera créme anglaise aprendiste algo sobre los pequeños actos de re­beldía.

En Irlanda.

Estás de pie sobre una plataforma en lo alto de las escaleras de un castillo.

—Con vinagre —dice Tyler— se detiene la quema­dura, pero antes tendrás que darte por vencido.

Después de que cientos de personas fueran sacrifica­das y quemadas, me cuenta Tyler, una masa de residuos espesa y blanca se deslizó por el altar colina abajo en di­rección al río.

Primero tienes que tocar fondo.

Estás en la plataforma de un castillo de Irlanda y una oscuridad insondable cubre el borde de la plataforma;

delante de ti, en la oscuridad, a la distancia de un brazo, hay una pared de piedra.

—La lluvia —me cuenta Tyler— cayó año tras año sobre la pira, y año tras año se quemó gente, y la lluvia se filtró por entre las cenizas de la madera y se convirtió en una solución de lejía; la lejía se mezcló con la grasa derretida de los sacrificios y una masa de jabón blanca y espesa se deslizó por la base del altar y serpenteó colina abajo hacia el río.

  • los irlandeses que hay a tu alrededor caminan con su pequeño acto de rebeldía en la oscuridad hasta el bor­de de la plataforma, se detienen en el saliente de la oscu­ridad insondable y mean.
  • me dicen: «Vamos, mea un buen chorro de ese pis americano, rico, amarillo y atestado de vitaminas. Rico, caro y desperdiciado».

—Este es el momento más importante de tu vida —dice Tyler—, pero estás en otro sitio y te lo estás perdiendo.

Estás en Irlanda.

¡Oh!, y lo estás haciendo. ¡Oh, sí! Sí. Y hueles el amoníaco y la dosis diaria de vitamina B.

Tyler me cuenta que, tras mil años de matanzas y lluvias, los antiguos descubrieron que sus vestiduras se limpiaban mejor si las lavaban en aquel lugar, allí donde el jabón llegaba al río.

Meo sobre la piedra de Blarney.

—¡Qué tío! —dice Tyler.

Me meo en los pantalones negros con manchas de sangre secas que mi jefe no soporta.

Estás en una casa alquilada en Paper Street.

—Esto quiere decir algo —dice Tyler.

»Es una señal —dice Tyler. Tyler es un pozo de in­formación valiosa—. Las culturas sin jabón —dice Tyler— utilizaban su propia orina y la de sus perros para lavarse el pelo y la ropa con el ácido úrico y el amonía­co que contenían.

Hay olor a vinagre, y el fuego que te abrasa la mano, al final de esa larga carretera, sale fuera de ti.

Hay olor a lejía, que te escalda los sinus nasales y hay ese olor vomitivo a hospital, como de pis y vinagre.

—Fue justo matar a toda esa gente —dice Tyler.

El dorso de tu mano está hinchado, rojo y brillante como un par de labios idénticos a los del beso de Tyler. Diseminados en torno al beso están los puntos de las quemaduras del cigarrillo de alguien que ha estado llo­rando.

—Abre los ojos —dice Tyler. Su rostro está cuajado de lágrimas—. Felicidades —dice Tyler—. Estás un paso más cerca antes de tocar fondo.

»Tienes que saber que el primer jabón se fabricó con héroes —dice Tyler.

Piensa en los animales que se emplean al experimen­tar productos.

Piensa en los monos que lanzan al espacio.

—Sin sus muertes, su dolor, sin su sacrificio —dice Tyler— no tendríamos nada.

 

 

Diez

 

 

Paro el ascensor entre dos pisos mientras Tyler se desa­ta el cinturón. Al detenerse el ascensor, los cuencos de sopa apilados en el carrito dejan de tintinear y cuando Tyler levanta la tapa de la sopera el vapor se eleva hasta el techo.

Tyler se la saca y dice:

—Si me miras no podré hacerlo.

Es una sopa de tomate con cilantro y almejas. Nadie olerá lo que echemos de más en ella.

Le digo que se apresure y al mirar a Tyler por enci­ma del hombro veo cómo mete el último centilitro en la sopa. Tiene gracia: se parece a un elefante vestido con la camisa blanca y la pajarita de un camarero bebiendo sopa con su trompa pequeña.

Tyler me dice:

—Te dije que no miraras.

La puerta del ascensor tiene una ventanilla a la altura de la cara, que me permite observar el pasillo del servi­cio de banquetes. Con el ascensor parado entre dos pi­sos, mi visión es como la de una cucaracha que se pasea por el linóleo verde. Desde aquí, a la altura de una cuca­racha, el pasillo verde llega hasta unas puertas que están medio abiertas, y tras las cuales, hay titanes que beben barriles de champán en compañía de sus gigantescas es­posas, mientras se saludan con bramidos y agitan manos en las que portan diamantes de tamaño increíble.

—La semana pasada —le cuento a Tyler—, cuando los abogados del Empire State se reunieron aquí para celebrar la fiesta de Navidad, se me puso dura y la metí en todas las mousses de naranja.

La semana pasada, dice Tyler, paró el ascensor y se tiró un pedo en el carrito de los boccone dolce para el té de la Liga Juvenil.

Tyler sabe que el merengue absorbe mucho los olores.

A la altura de una cucaracha, oímos al arpista cauti­vo tocar mientras los titanes se llevan a la boca pedazos de chuletas de cordero, cada trozo del tamaño de un cerdo, cada boca, un afilado Stonehenge de marfil.

Venga, vamos.

—No puedo —dice Tyler.

Si la sopa se enfría, la mandarán de vuelta a la cocina.

Los gigantes devolverán algún plato sin razón apa­rente. Sólo quieren ver cómo te afanas por su dinero. En una cena como ésta, con fiesta y banquete, saben que la propina está incluida en la cuenta y te tratan como ba­sura. La verdad es que nada vuelve a la cocina. Cambia de sitio las pommes parisienne y los asperges hollandaise, sírveselos a otro y verás que, como por encanto, ya estarán bien.

Las cataratas del Niágara. El río Nilo, le digo. En la escuela creíamos que si metías la mano de alguien dor­mido en un cuenco con agua caliente, mojaba la cama.

Oigo a Tyler detrás de mí:

—¡Oh! ¡Oh, sí! ¡Oh! Lo he conseguido. ¡Oh, sí! Sí.

Más allá de las puertas entreabiertas del pasillo de servicio, dentro de las salas de baile, se ven faldas elegantísimas de color oro y negro y rojo, tan altas como el telón de terciopelo dorado del antiguo teatro Broadway. De vez en cuando aparecen dos Cadillacs de cuero negro con cordones donde deberían estar los parabrisas. Por encima de los coches se mueve una ciudad de blo­ques de oficina con fajas rojas.

No pongas demasiado, le digo.

Tyler y yo nos hemos convertido en terroristas de la industria de la restauración, en guerrilleros. Sabotea­dores de banquetes nocturnos. El hotel organiza ban­quetes, y cuando alguien encarga una cena, obtiene la comida, el vino, la vajilla de porcelana, la cristalería… y los camareros. Se les trata a lo grande, todo va incluido en la cuenta. Y como saben que no pueden amenazarte con negarte la propina, no eres para ellos más que una cucaracha.

Una vez Tyler trabajó en una fiesta nocturna. Fue en­tonces cuando Tyler se convirtió en un camarero renega­do. En esa primera fiesta, Tyler servía el primer plato en una casa de cristal blanca como una nube, que parecía flotar sobre la ciudad y que tenía las patas de acero fija­das sobre una colina. A mitad del primer plato, mientras Tyler enjuaga la vajilla para la pasta, la anfitriona entra en la cocina con un trozo de papel que se agita como una bandera en su mano temblorosa. Hablando entre dientes, la señora pregunta si los camareros han visto a algún in­vitado bajar al recibidor que lleva a los dormitorios; so­bre todo, a alguna de las invitadas o al anfitrión.

En la cocina, Tyler, Albert, Len y Jerry enjuagan y apilan los platos, y Leslie, el cocinero, unta con mante­quilla de ajo los corazones de alcachofa rellenos de gam­bas y caracoles.

—Se supone que no debemos ir a esa parte de la casa —dice Tyler.

Entramos por el garaje. Lo único que nos permiten ver es el garaje, la cocina y el comedor.

El anfitrión aparece en el umbral de la puerta de la cocina, tras su mujer, y le quita el trozo de papel de la mano temblorosa.

—No pasa nada —dice él.

—¿Cómo me presentaré ante los invitados sin saber quién lo hizo? —dice la señora.

El anfitrión apoya su mano en la espalda del vestido de fiesta de seda blanca que hace juego con la casa, y la señora se yergue con la espalda recta y los hombros fir­mes, y se calma al instante.

—Son tus invitados —le dice el anfitrión— y es una fiesta muy importante.

Tiene mucha gracia: parece un ventrílocuo dando vida a una marioneta. La señora mira a su marido, y con un ligero empujón, el anfitrión se lleva a su mujer de vuelta al comedor. La nota cae al suelo y las puertas de la co­cina —sss, sss— barren la nota, que alcanza los pies de Tyler.

—¿Qué dice? —pregunta Albert.

Len sale a recoger los platos de pescado.

Leslie vuelve a meter en el horno la bandeja con los corazones de alcachofa y pregunta:

—¿Y bien?, ¿qué dice?

Tyler mira directamente a Leslie y, sin molestarse si­quiera en recoger la nota, dice:

—«He vertido cierta cantidad de orina en al menos una de sus muchas y elegantes fragancias.»

Albert sonríe:

—¿Te measte en su perfume?

No, dice Tyler. Se había limitado a dejar la nota en­tre los frascos. Tiene unos cien frascos en la repisa del espejo del cuarto de baño.

Leslie sonríe:

—Así que no llegaste a hacerlo, ¿eh?

—No —dice Tyler—, pero eso ella no lo sabe.

Durante el resto de aquella noche en una fiesta blan­ca y de cristal en el cielo, Tyler fue retirando de la mesa de la anfitriona, primero el plato de alcachofas frías; lue­go la ternera fría con las pommes duchesse frías; luego el choufleur a la polanaise frío, y Tyler siguió llenando de vino su copa unas doce veces. La señora, sentada a la mesa, observaba a todas y cada una de sus invitadas mientras comían, hasta que, mientras retiraban los sor­betes y se servía el gáteau de albaricoque, el asiento que ocupaba la señora en la cabecera de la mesa quedó re­pentinamente vacío.

Estaban fregando los platos después de marcharse los invitados y cargaban las neveras portátiles y la vajilla de porcelana en la furgoneta del hotel, cuando el anfi­trión entró en la cocina y le preguntó a Albert si podía ir a ayudarle con algo pesado.

Leslie dice que tal vez Tyler llegara demasiado lejos.

Con voz alta y clara Tyler explica cómo se matan ballenas para destilar un perfume que cuesta al peso más que una onza de oro. La mayoría de la gente no ha visto nunca una ballena. Leslie tiene dos crios en un aparta­mento junto a la autopista, y la anfitriona tiene en su cuarto de baño invertidos más dólares en frascos de per­fume de los que conseguiríamos ganar en un año.

Albert vuelve de ayudar al anfitrión y marca el núme­ro 911. Albert cubre el auricular del teléfono con la mano y le dice a Tyler que no debería haber dejado esa nota.

—Pues coméntaselo al administrador —dice Tyler—. Haz que me despidan. Me importa un bledo este trabajo de mierda.

Todos se miran los pies.

—Lo mejor que nos podría ocurrir —dice Tyler— es que nos despidieran. De esa forma dejaríamos de in­tentar ir tirando y haríamos algo de provecho en nues­tra vida.

Albert pide por teléfono una ambulancia y les da la dirección. Mientras espera al teléfono, Albert nos explica que la anfitriona está hecha un asco. Albert tuvo que re­cogerla junto al retrete. El anfitrión no logró levantarla, porque la señora dice que fue él quien se meó en los fras­cos de perfume y que intenta volverla loca teniendo una aventura con una de las invitadas, justo esa noche, y que está cansada, cansada de toda esa gente a quienes llaman amigos.

El anfitrión no puede levantarla porque la señora se ha caído detrás del retrete con su vestido blanco y agita la mitad de un frasco de perfume roto. La señora dice que le cortará la garganta si intenta tocarla.

—Genial —dice Tyler.

Albert apesta a perfume y Leslie le dice:

—Albert, querido, apestas a perfume.

No hay forma de salir del cuarto de baño sin esa pes­te, dice Albert. Por el suelo yacen rotos todos los frascos de perfume y el retrete está lleno hasta arriba de fras­cos. Parecen hielo, dice Albert, como en las fiestas más locas del hotel, cuando tenemos que llenar los orinales con hielo picado. El cuarto de baño apesta a perfume y el suelo parece de gravilla, lleno de trozos plateados de un hielo que no se derretirá. Y cuando Albert ayuda a la señora a levantarse, su vestido blanco está húmedo con manchas amarillas y la señora intenta golpear al anfi­trión, resbala sobre el perfume y los cristales rotos, y aterriza sobre las manos.

La señora llora y sangra y se hace un ovillo contra el retrete.

—¡Oh, esto apesta! —dice—. ¡Oh, Walter, apesta; apesta! —dice la señora.

El perfume apesta —todas aquellas ballenas muertas metiéndosele en los cortes de las manos—, apesta.

El anfitrión levanta a la señora cogiéndola por la es­palda y la señora mantiene las manos extendidas hacia arriba como si rezara, apenas separadas entre sí unos centímetros; la sangre corre por las palmas y por las mu­ñecas y por la pulsera de diamantes hasta llegar a los co­dos, por donde cae goteando.

Y el anfitrión dice:

—No pasa nada, Nina.

—Mis manos, Walter —dice la señora.

—No pasa nada.

—¿Quién querría hacerme esto? ¿Quién podría odiarme hasta este punto? —dice la señora.

El anfitrión se dirige a Albert:

—¿Podría llamar a una ambulancia?

Ésa fue la primera misión de Tyler como terrorista de la industria de la restauración. Camarero y guerrille­ro. Desvalijador con salario mínimo. Tyler ha hecho esto durante años, pero dice que es más divertido hacerlo acompañado.

Cuando Albert concluye la historia, Tyler sonríe y dice:

—Genial.

De vuelta en el hotel, dentro del ascensor parado en­tre la cocina y las salas de banquete, le cuento a Tyler que estornudé sobre la gelatina de trucha para la con­vención de dermatólogos; y que tres personas me dije­ron que estaba demasiado salada y otra dijo que estaba deliciosa.

Tyler se la sacude un poco sobre la sopera y me dice que se ha quedado seco. Resulta más fácil con sopas frías como la vichissoise o con los gazpachos del jefe de coci­na. Resulta imposible con aquella sopa de cebolla que lle­va por encima una capa de queso derretido. Si alguna vez como aquí, eso será lo que pida.

A Tyler y a mí se nos están acabando las ideas. Hacer­le cosas a la comida termina siendo aburrido, se con­vierte casi en parte de la faena típica del trabajo. Enton­ces oigo a uno de los médicos, abogados o lo que sean, explicando la forma en que el virus de la hepatitis logra vivir durante seis meses sobre el acero inoxidable. Te preguntas cuánto tiempo podrá vivir ese virus en unas natillas charlotte russe al ron.

O en el salmón timbale.

Le pregunté al médico dónde podría echarle mano a uno de esos virus de la hepatitis, y estaba tan borracho que se rió.

—Todo termina en el vertedero de material médico contaminante —me dice.

Y se ríe.

Todo.

El vertedero de material médico contaminante sue­na parecido a tocar fondo.

Con una mano sobre el panel de control del ascen­sor, le pregunto a Tyler si está preparado. La cicatriz en el dorso de la mano está roja, hinchada y brillante como un par de labios con la forma exacta del beso de Tyler.

—Un segundo —dice Tyler.

La sopa de tomate debe de estar todavía caliente, ya que el ganchudo aparato que Tyler se mete de nuevo en los pantalones tiene ese tono rosa del marisco hervido, como un langostino gigante.

 

 

– 

Once

 

 

Podríamos estar vadeando un río de Suramérica —tierra de prodigios— y unos pececillos se introducirían por la uretra de Tyler. Estos pececillos poseen escamas con púas que al entrar en el cuerpo de Tyler se abren hacia los la­dos y hacia atrás; los pececillos se sienten como en casa y se disponen a poner sus huevos. La verdad es que este sábado por la noche podía ser mucho peor.

—Lo que hicimos con la madre de Marla —dice Ty­ler— podría haber sido peor.

Le pido que se calle.

Tyler me dice que el gobierno francés podría haber­nos llevado a un complejo subterráneo a las afueras de París donde, como parte de una prueba de toxicidad de un spray bronceador, nos afeitarían las pestañas téc­nicos semicualificados, en lugar de cirujanos.

—Cosas así suceden —dice Tyler—. Lee los perió­dicos.

Lo peor de todo es que sabía lo que Tyler se había traído entre manos con la madre de Marla; sin embargo, por primera vez desde que lo conocía, Tyler tenía un me­dio fiable para ganar dinero. Tyler estaba ganando pasta de verdad. Nordstrom llamó y le pidió a Tyler para an­tes de Navidad doscientas pastillas de su jabón facial con

azúcar moreno. A veinte pavos la pastilla —precio reco­mendado de venta al público—, tendríamos dinero sufi­ciente para salir los sábados por la noche. Dinero para arreglar el escape de gas e ir a bailar. Sin la preocupación del dinero, tal vez podría dejar mi trabajo.

Tyler se ha puesto el nombre de Compañía Jabone­ra de Paper Street. La gente comenta que es el mejor ja­bón del mundo.

—Habría sido peor —dice Tyler— si accidental­mente te hubieras comido a la madre de Marla.

Con la boca llena de pollo al estilo Kung Pao, le pido que se calle de una puñetera vez.

Es sábado por la noche y estamos sentados sobre dos neumáticos pinchados en los asientos delanteros de un Impala del 68, en la primera fila de un aparcamiento de coches de ocasión. Tyler y yo charlamos y bebemos latas de cerveza; el asiento delantero de este Impala es más grande que la mayoría de los sofás que tiene la gen­te. Hay otros aparcamientos como éste a lo largo del pa­seo; en el ramo los llaman Lotes de Cafeteras y todos los coches vienen a costar unos doscientos dólares. Duran­te el día, los gitanos a cargo de estos aparcamientos se meten en sus oficinas de madera contrachapada y fuman puntos largos y delgados.

Estas viejas bañeras son los primeros coches en los que los críos iban al instituto: Gremlins y Pacers, Mavericks y Hornets, Pintos, rancheras de la International Harvester, Cámaros, Dusters e Impalas. Coches que la gente apreciaba y luego abandonó. Animales que se venden a peso; vestidos de dama de honor en el mercadillo benéfico de la Buena Voluntad. Tienen abolladu­ras; las aletas y el capó delanteros están pintados de ne­gro, rojo o gris, y hay grumos de masilla que nadie se preocupó de lijar. Interiores de plástico imitando madera, cuero y cromados. Por la noche, los gitanos ni se mo­lestan en cerrar las puertas de los coches.

Las farolas del paseo iluminan el precio pintado en el parabrisas del Impala, un parabrisas enorme y en­volvente como una pantalla de Cinemascope. Vea Es­tados Unidos. Cuesta noventa y ocho dólares. Desde el interior parece que fueran ochenta y nueve centavos: cero, cero, coma, ocho, nueve. Norteamérica te pide que llames.

Aquí la mayoría de los coches valen unos cien dóla­res, y todos llevan un contrato de venta «tal como está» colgado en la ventanilla del conductor.

Escogimos el Impala porque si había que dormir en un coche aquel sábado por la noche, éste era el que tenía los asientos más grandes.

Cenamos comida china porque no podemos ir a casa. O dormíamos aquí o pasábamos toda la noche en vela en una sala de baile. No vamos a salas de baile. Tyler dice que la música está a tal volumen, en especial los bajos, que se le fastidia el biorritmo. La última vez que salimos, Tyler dijo que la música tan alta le producía es­treñimiento. El que la sala sea tan ruidosa para hablar, hace que después de un par de copas, todo el mundo se sienta el centro de atención, si bien todos están comple­tamente aislados del resto.

Eres el cadáver de una de aquellas novelas inglesas de asesinatos.

Esta noche dormimos en un coche porque Marla fue a casa y amenazó con llamar a la policía para que me arres­taran por hervir a su madre; entonces Marla comenzó a dar portazos por la casa chillando que era un carnicero y un caníbal, y a dar patadas a las pilas de revistas del Reader’s Digest y del National Geographic, y entonces me fui y la dejé allí. Eso es todo.

Después de su intento de suicidio —intencionado pero accidental— con Xanax en el hotel Regent, no lo­gro imaginarme a Marla llamando a la policía; sin em­bargo, Tyler creyó conveniente dormir fuera esta noche. Por si acaso.

Por si Marla reduce la casa a cenizas.

Por si Marla sale y compra una pistola.

Por si Marla sigue todavía en casa.

Por si acaso.

Intento concentrarme:

Blanca luna de rostro vigilante; las estrellas nunca se enfurecen, bla, bla, bla, fin.

Aquí estoy, con los coches pasando junto al paseo y una cerveza en la mano, en el Impala, con ese volante frío y duro, de baquelita, tal vez de noventa centímetros de diámetro, y con el asiento de vinilo agrietado pelliz­cándome el culo a través de los vaqueros. Tyler me dice:

—Otra vez. Cuéntame exactamente lo que ocurrió.

Durante semanas no quise saber lo que Tyler se traía entre manos. En una ocasión, fui con Tyler a la estafeta de la Western Union y vi que le mandaba un telegrama a la madre de Marla.

ARRUGAS ESPANTOSAS (stop) ¡AYÚDAME, POR FA­VOR!, (fin)

Tyler le mostró al empleado el carné de Marla de la bi­blioteca y firmó con el nombre de Marla la hoja de envío y le gritó que sí, que había hombres que se llamaban «Marla» y que no metiera las narices donde no le importaba.

Al dejar la Western Union, Tyler me dijo que si le quería debía confiar en él. Yo no necesitaba saber nada, dijo Tyler, y me llevó a Garbonzo’s a comer hummus.

Lo que realmente me asustaba no era tanto el tele­grama sino comer con Tyler fuera de casa. Tyler nunca jamás había pagado algo al contado. Para agenciarse ropa, Tyler va a gimnasios y hoteles y reclama alguna prenda en la sección de objetos perdidos. Es mejor que lo que hace Marla, que va a las lavanderías automáticas a robar téjanos de las secadoras y los vende a doce dó­lares el par en las tiendas que compran vaqueros usa­dos. Tyler nunca comía en restaurantes y Marla no te­nía arrugas.

Sin razón aparente, Tyler envió a la madre de Marla una caja de bombones de medio kilo.

Este sábado por la noche también podía ser mucho peor, me dice Tyler en el Impala, si hubiera una araña reclusa parda. Al picar no sólo te inyecta el veneno, sino también una enzima o un ácido digestivo que disuelve el tejido en torno a la picadura y que literalmente te licua el brazo, la pierna o la cara.

Esta noche Tyler estaba escondido cuando todo em­pezó. Marla se dejó caer por casa. Sin llamar siquiera, Marla se asoma por la puerta de casa y grita: «Toc toc».

Estoy leyendo un Reader’s Digest en la cocina. Me quedo desconcertado.

Marla grita:

—Tyler, ¿puedo entrar? ¿Estás en casa?

Le contesto a voz en grito que Tyler no está en casa.

Marla grita:

—No seas mezquino.

Para entonces ya estoy en la puerta de entrada. Marla está en el vestíbulo con un paquete urgente del Fede­ral Express y me dice:

—Necesito meter algo en el congelador.

La sigo hasta la cocina como un perro pisándole los talones y diciendo que no.

No.

No.

No.

No va a empezar a llenarme la casa de porquerías.

—Pero, pedazo de animal —dice Marla—, si no ten­go congelador en el hotel y además me dijiste que podía traerlo.

No es cierto. Lo último que quiero es que Marla se instale aquí poco a poco con sus porquerías.

Marla rasga el paquete del Federal Express sobre la mesa de la cocina y saca algo blanco del paquete de pa­pel acolchado y me lo restriega por las narices.

—No es basura —dice ella—. Estás hablando de mi madre, así que ¡vete a la mierda!

Lo que Marla ha sacado del paquete es una de esas bolsas con la sustancia blanca que Tyler derretía para obtener sebo y hacer jabón.

—Habría sido peor —dice Tyler— si te hubieras comido sin saberlo el contenido de una de esas bolsas. Si te hu­bieras levantado a media noche y hubieses echado esa sustancia viscosa y blanca en una sopa de cebollas de Ca­lifornia y te la hubieras comido como una de esas salsas para patatas fritas o brócoli.

Ni por todo el oro del mundo deseaba que Marla abriese el congelador mientras estábamos los dos en la cocina.

Le pregunté qué iba a hacer con esa masa blanca.

—Labios estilo París —dijo Marla—. Cuando te haces mayor, los labios se hunden en la boca. Estoy ahorrando para una inyección de colágeno en los labios. Tengo casi más de un kilo de colágeno en el conge­lador.

Le pregunté que de qué tamaño quería los labios. Marla me dijo que era la operación en sí lo que le preocupaba.

Le cuento a Tyler en el Impala que la sustancia del pa­quete del Federal Express era la misma sustancia con la que fabricábamos el jabón. Desde que se había descu­bierto que la silicona era peligrosa, el colágeno se había convertido en un artículo muy preciado en las inyeccio­nes para eliminar arrugas o rellenar labios finos y meji­llas flácidas. Tal como lo había explicado Marla, la ma­yoría del colágeno barato es grasa de vaca esterilizada y procesada, pero ese colágeno barato no dura mucho tiempo en el cuerpo. Da lo mismo dónde te lo inyecten, por ejemplo en los labios, tu cuerpo lo rechaza y co­mienza a eliminarlo. Al cabo de seis meses, vuelves a te­ner los labios como al principio.

El mejor colágeno, dijo Marla, es tu propia grasa ex­traída de los muslos, procesada, purificada e inyectada de nuevo en los labios. O donde sea. Este tipo de colá­geno sí que dura.

Aquella sustancia del frigorífico eran las reservas de colágeno de Marla. Cuando su madre se echaba algunos kilos de más, se hacía una liposucción y conservaba la grasa. Marla dice que el proceso se denomina «acopio». Cuando la mamá de Marla no necesita el colágeno, envía los paquetes a Marla. Ella nunca tiene grasa de más y su mamá cree que siempre es preferible que Marla use el co­lágeno de la familia a que use grasa barata de vaca.

La luz del paseo se filtra a través del contrato de venta de la ventanilla y refleja las palabras «tal como está» en la mejilla de Tyler.

—Las arañas —dice Tyler— pueden poner los huevos bajo la piel y las larvas abrirte túneles en ella. Así de mala puede ser la vida.

Ahora mismo, este pollo con almendras, con su sal­sa caliente y cremosa, me sabe al colágeno extraído de los muslos de la madre de Marla.

Fue en ese momento, de pie en la cocina junto a Marla, cuando me di cuenta de lo que Tyler había hecho.

ARRUGAS ESPANTOSAS.

Y supe por qué le enviaba bombones a la madre de Marla.

AYÚDAME, POR FAVOR.

—Marla, ¿seguro que quieres ver el congelador?—, le digo.

—¿Ver qué? —dice Marla.

—Nunca comemos carne roja —me dice Tyler en el Impala. Él no emplea grasa de pollo porque el jabón no se solidifica en pastillas—. Esa sustancia —dice Tyler— nos está dando una fortuna. Pagamos el alquiler con el colágeno.

Le digo que debería habérselo dicho a Marla. Ahora ella cree que he sido yo.

—La saponificación —dice Tyler— es la reacción química necesaria para fabricar un buen jabón. La grasa de pollo no sirve, ni tampoco la grasa con mucha sal.

«Escucha —dice Tyler—. Tenemos que servir un pe­dido importante. Lo que haremos será enviar a la mamá de Marla más bombones y tartas de frutas.

No creo que eso vuelva a funcionar.

En resumen, Marla echó un vistazo al congelador. Vale, sí, primero hubo un forcejeo. Intento detenerla, la bolsa cae al suelo y se rompe sobre el linóleo y ambos resba­lamos en aquella porquería blanca y pegajosa, e intenta­mos levantarnos buscando aire para respirar. Marla me agarra de la cintura por detrás; su cabello negro azotán­dome el rostro, los brazos prendidos de los costados, y le repito una y otra vez que no fui yo. No fui yo.

Yo no lo hice.

—¡Mi madre; la has derramado por todas partes!

Necesitábamos hacer jabón, le digo con el rostro jun­to al oído. Necesitábamos lavar mis pantalones, pagar el alquiler, arreglar el escape de gas. No fui yo.

Fue Tyler.

Marla se pone a chillar: «¿De qué estás hablando?» y forcejea para deshacerse de la falda. Lucho por ponerme en pie y no resbalar en el suelo, agarrado a su falda de al­godón indio estampado, y Marla, vestida con las bragas, los topolinos y la blusa campestre, abre la puerta del congelador y la reserva de colágeno ha desaparecido.

Hay dos pilas de linterna gastadas y nada más.

—¿Dónde está?

Gateo marcha atrás, resbalando con pies y manos en el linóleo, y voy limpiando el suelo con el trasero mien­tras me alejo de Marla y la nevera. Me llevo la falda a los ojos para no tener que ver la cara de Marla al decírselo.

La verdad.

Hicimos jabón con él… con ella… Con la madre de Marla.

—¿Jabón?

Jabón. Hierves grasa, la mezclas con lejía y obtienes jabón.

Cuando Marla empieza a gritar, le tiro la falda a la cara y echo a correr. Resbalo. Corro.

Marla me persigue por toda la planta baja, derrapan­do en las esquinas, apoyándose en los marcos de las ven­tanas para tomar impulso. Resbalando.

En las paredes empapeladas con flores vamos dejando las marcas de nuestras manos, sucias de grasa y mugre del suelo. Caemos, resbalamos; nos golpeamos contra el zócalo de madera de las paredes; nos levantamos de nuevo y seguimos corriendo.

Marla grita.

—¡Has hervido a mi madre!

Tyler hirvió a su madre.

Marla grita, sus uñas siempre un centímetro detrás de mí.

Tyler hirvió a su madre.

—¡Tú has hervido a mi madre!

La puerta de casa seguía abierta.

Y entonces salí por la puerta de casa mientras Marla me gritaba desde el umbral. Mis pies ya no resbalaban en la acera de asfalto y seguí corriendo. Hasta que en­contré a Tyler o hasta que Tyler me encontró y le contó lo ocurrido.

Con una cerveza cada uno, nos acomodamos, Tyler en el asiento trasero y yo en el delantero. Incluso ahora es probable que Marla siga en casa lanzando revistas con­tra las paredes y gritando que soy un gilipollas y un monstruo capitalista con dos caras, un cabrón lamecu­los. Los kilómetros de noche que median entre Marla y yo me deparan insectos, melanomas y virus carnívoros. No se está tan mal donde estoy.

—Cuando a un hombre le cae un rayo —dice Tyler— la cabeza se le derrite y se reduce a una pelota de béisbol en ascuas; y su bragueta se queda soldada en una sola pieza.

Le digo:

—¿Hemos tocado fondo esta noche?

Tyler se reclina y me pregunta:

—Si Marilyn Monroe estuviese viva, ¿qué estaría haciendo?

—Buenas noches—, le digo.

El letrero cuelga del techo hecho trizas y Tyler me dice:

—Pues arañando la tapa del ataúd.

 

 

 

Doce

 –

 

 

El jefe está de pie, pegado a mi mesa, con una media sonrisa; los labios esbozando una línea tenue, la entre­pierna junto a mi codo. Levanto la vista de la carátula que estoy escribiendo para un expediente. Estas cartas siempre empiezan igual:

«Le enviamos este aviso en atención a las obligacio­nes impuestas por el Decreto Nacional para la seguridad de vehículos de motor. Hemos descubierto que existe un defecto…»

Esta semana he aplicado la fórmula de responsabili­dades y, por una vez, A multiplicado por B y multipli­cado por C da una cifra superior al coste de retirada de un coche.

Esta semana ha sido la pinza de plástico que sujeta la banda de goma a las varillas del limpiaparabrisas. Un artícu­lo desechable. Sólo doscientos vehículos afectados. Casi nada en comparación con el coste de mano de obra.

La semana pasada fue más normal. La semana pasa­da fue cierto tipo de cuero curtido con una determinada sustancia teratogénica —nirret sintético o algo así—, tan ilegal que aún se emplea en curtidos del Tercer Mundo. Un producto tan potente que causa taras de nacimiento en el feto de cualquier mujer embarazada que entre en contacto con él. Nadie llamó la semana pasada al Departamento de Transporte. Nadie tramitó la retirada de su coche.

La nueva tapicería de cuero multiplicada por el cos­te de mano de obra y por el coste administrativo da una cifra superior a nuestros beneficios del primer trimestre. Si alguien descubre alguna vez el fallo, aún podemos in­demnizar a un montón de familias sumidas en el dolor y mantenernos todavía muy lejos del coste que supondría reponer seis mil quinientas tapicerías de cuero.

Sin embargo, esta semana hemos tramitado una reti­rada de coches. Y esta semana vuelvo a sufrir insomnio. Insomnio, y ahora todas las cifras del mundo parecen detenerse para descargarse sobre mi tumba.

El jefe lleva puesta una corbata gris y eso significa que hoy es martes.

El jefe trae una hoja de papel a mi mesa y me pre­gunta si he perdido algo.

—Este papel estaba en la fotocopiadora—, me dice, y comienza a leer—: «La primera regla del club de lucha es que no se habla del club de lucha».

Sus ojos van de un lado a otro del papel y suelta una risita estúpida.

—«La segunda regla del club de lucha es que no se habla del club de lucha.»

Oigo las palabras de Tyler saliendo de los labios de mi jefe: el señor Mandamás con la gordura típica de la me­diana edad y con aquella foto de familia sobre la mesa y con el sueño de jubilarse anticipadamente para pasar los inviernos en un camping de caravanas en algún lugar del desierto de Arizona. El jefe, con sus camisas superalmidonadas y sus citas fijas para recortarse el pelo todos los jueves después de comer, me mira y dice:

—Espero que esto no sea suyo.

Soy la Furia Hirviendo en la Sangre de Fulano.

Tyler me pidió que le pasara a máquina las reglas del club de lucha y le hiciera diez copias. Ni nueve ni once. Tyler dijo diez. Todavía tengo insomnio y no recuerdo haber dormido desde hace tres días. Debe de ser el ori­ginal que pasé a máquina. Hice diez copias y me olvidé el original. El resplandor de la fotocopiadora —como el flash de los paparazzi— en mi cara. El distanciamiento del insomnio; una copia de una copia de una copia. No puedes tocar nada y nada puede tocarte.

El jefe lee:

—«La tercera regla del club de lucha es dos hombres por combate.»

Ninguno de los dos parpadea.

El jefe lee:

—«Un combate por vez.»

No he dormido desde hace tres días, a no ser que esté durmiendo ahora. El jefe agita la hoja delante de mis narices. ¿Y esto, qué?, me dice. ¿Es algún jueguecito al que me dedico en horas de trabajo? Me pagan para que preste atención absoluta, no para que pierda el tiem­po con jueguecitos de guerra. Y no me pagan para que me aproveche de las fotocopiadoras.

¿Y esto, qué? Agita el papel delante de mis narices. Qué debería hacer, me pregunta, con un empleado que malgasta el tiempo de trabajo en su pequeño mundo de fantasías. Si estuviera en su pellejo, ¿qué haría?

¿Qué haría?

La mejilla hundida, la hinchazón tumefacta de los ojos y la cicatriz roja e hinchada del beso de Tyler en el dorso de la mano. Una copia de una copia de una copia.

Reflexión.

¿Por qué quiere Tyler diez copias de las reglas del club de lucha?

Una vaca sagrada.

—Lo que haría —le digo— es tener mucho cuidado con quien hablo de esto.

»Parece haberlo escrito un asesino psicótico y peli­groso —le digo—; algún esquizofrénico susceptible de sufrir un ataque en cualquier momento de la jornada la­boral y capaz de pasearse de despacho en despacho con una carabina semiautomática Armalite AR-180 de las que se accionan a gas.

El jefe no aparta la mirada de mí.

—Ese tío —le digo— probablemente se pasa las no­ches en casa con una lima haciendo cruces en la punta de cada uno de los proyectiles. De esta forma cuando se presente una mañana en la oficina y le meta un tiro a su jefe, a ese lameculos gruñón, incompetente, mezquino, quejica y cobarde, la bala se escindirá por las ranuras abiertas con la lima y se abrirá como una bala dumáum que florece en su interior, volándole las apestosas tripas a través de la columna vertebral. Imagínese el chakra de sus tripas abriéndose a cámara lenta cuando explota la salchicha del intestino delgado.

El jefe me aparta el papel de la cara.

—Continúe —le digo—; lea algo más.

»En serio —le digo— es fascinante. La obra de una mente completamente enferma.

Y sonrío. El ojal del agujero en mi mejilla tiene el mismo color amoratado que las encías de un perro. La piel se tensa en torno a la hinchazón de los ojos y pare­ce barnizada.

El jefe no aparta la mirada de mí. —Déjeme ayudarle, le digo.

Y continúo:

—La cuarta regla del club de lucha es un combate por vez.

El jefe mira el papel y luego me mira a mí.

—La quinta regla —le digo— es nada de zapatos ni camisas durante el combate.

El jefe mira el papel y luego me mira a mí.

—Tal vez —le digo—, ese hijoputa de mente enfer­miza utilice una carabina Eagle Apache, porque lleva un peine de treinta cartuchos y sólo pesa cuatrocientos gra­mos. La carabina Armalite lleva un peine de cinco car­tuchos. Con treinta cartuchos, ese cabronazo podría ce­pillarse a todos los vicepresidentes y aún le quedaría un cartucho para cada uno de los directores.

La palabras de Tyler van saliendo de mi boca. Y yo antes era una persona encantadora.

Miro al jefe. Mi jefe. Tiene los ojos de un azul cianita claro.

Las carabinas semiautomáticas J y R 68 también lle­van un peine de treinta cartuchos y sólo pesan trescien­tos gramos.

El jefe no deja de mirarme.

—Da miedo —le digo—. Seguramente es alguien a quien conoce desde hace años. Seguramente ese tipo lo sabe todo sobre usted: dónde vive, dónde trabaja su es­posa y a qué escuela van sus hijos.

Es agotador y, de repente, muy aburrido.

¿Y por qué necesita Tyler diez copias de las reglas del club de lucha?

No debo decir lo que sé sobre los interiores de cue­ro que provocan taras de nacimiento. Lo que sé sobre la falsificación de las pastillas de freno que parece suficiente­mente buena para pasar la prueba del agente de com­pras, pero falla a los cuatro mil kilómetros.

Sé lo del reóstato de los aparatos de aire acondicio­nado: se calienta tanto que prende fuego a los mapas de la guantera. Sé cuánta gente ha muerto quemada por culpa del circuito de retorno del inyector de combustible. He visto a personas con las piernas amputadas a la altura de la rodilla cuando los turbocompresores explotan y las aspas atraviesan el compartimiento del motor y entran en la cabina de los pasajeros. He visto sobre el terreno co­ches completamente quemados y he visto informes en los que el origen del fallo constaba como «desconocido».

—No —le digo—; este papel no es mío.

Cojo el papel con dos dedos y se lo arrebato de un ti­rón. El borde debe de haberle hecho un corte en el pul­gar porque se lleva al instante la mano a la boca y chupa con fruición, los ojos abiertos como platos. Hago una pelota con el papel y lo tiro a la papelera junto a mi mesa.

—Tal vez —le digo— no debería traerme toda la por­quería que recoge por ahí.

El domingo por la noche voy a Aún Hombres Unidos y el sótano de la Trinidad Episcopal está casi vacío. Sólo Bob el grandullón y yo. Entro arrastrándome con todos los músculos magullados por dentro y por fuera, pero con el corazón todavía a cien y un volcán de ideas en la cabeza. Es el insomnio. Toda la noche devanándome los sesos.

Toda la noche cavilando: ¿Estoy dormido? ¿He dor­mido algo?

Para colmo, los brazos de Bob el grandullón se salen de las mangas de la camiseta tan duros e hinchados que brillan. Bob el grandullón sonríe, de lo contento que está de verme.

Pensaba que yo había muerto.

—Sí —le digo—; yo también.

—Bien —dice Bob el grandullón—; tengo buenas no­ticias.

¿Dónde están todos?

—Ésas son las buenas noticias —dice Bob—. El gru­po se ha disuelto. Sólo he venido para decírselo a los que puedan venir.

Cierro los ojos y me derrumbo sobre uno de los sofás de cuadros comprados en unos almacenes baratos.

—La buena noticia —dice Bob el grandullón— es que hay un grupo nuevo, aunque la primera regla de este nuevo grupo es que se supone que no puedes hablar de él.

¡Oh!

—Y la segunda regla es que se supone que no puedes hablar de él —dice Bob el grandullón.

¡Oh, mierda! Abro los ojos.

Joder.

—Se llama club de lucha —dice Bob el grandullón— y se reúne todos los viernes por la noche en un garaje en el otro extremo de la ciudad. Los jueves por la noche hay otro club de lucha que se reúne en un garaje cercano.

No conozco ninguno de los dos sitios.

—La primera regla del club de lucha —dice Bob el grandullón— es que no se habla del club de lucha.

Los miércoles, jueves y viernes por la noche Tyler trabaja de operador de cine. La semana pasada vi los che­ques con su paga.

—La segunda regla del club de lucha —dice Bob el grandullón— es que no se habla del club de lucha.

El sábado por la noche Tyler va al club de lucha conmigo.

—Sólo dos hombres por combate.

El domingo por la mañana a casa magullados y dor­mimos toda la tarde.

—Sólo un combate por vez —dice Bob el grandullón.

El domingo y el lunes por la noche, Tyler trabaja sirviendo mesas.

—Se lucha sin camisa ni zapatos.

El martes por la noche Tyler fabrica jabón en casa y lo envuelve en papel de seda para venderlo. La Compa­ñía Jabonera de Paper Street.

—Los combates —dice Bob el grandullón— duran lo que haga falta. Éstas son las reglas inventadas por el tío que inventó el club de lucha.

Bob el grandullón me pregunta:

—¿Lo conoces?

»Yo tampoco lo he visto jamás —dice Bob el gran­dullón—, pero el tío se llama Tyler Durden.

La Compañía Jabonera de Paper Street.

¿Lo conozco?

—No sé—, le contesto.

Tal vez.

 

 

Trece

 

Al llegar al hotel Regent, Marla está en el vestíbulo ves­tida con un albornoz. Marla me llamó al trabajo y me pidió que pasase del gimnasio, la biblioteca, la lavande­ría o lo que hubiera planeado para después del trabajo y que fuese a verla.

Por eso me llamó Marla, porque me odia.

No dice nada sobre sus reservas de colágeno.

Me pregunta si podría hacerle un favor. Marla se ha quedado esta tarde en la cama. Marla vive de los platos cocinados que el servicio de Comidas sobre Ruedas manda a sus vecinos fallecidos y que ella recoge con la excusa de que están durmiendo. En resumidas cuentas, Marla se ha quedado esta tarde en la cama esperando la llegada, entre las doce y las dos, del envío de Comidas sobre Ruedas. Hace dos años que Marla no tiene un se­guro médico, por lo que dejó de hacerse revisiones; sin embargo, esta mañana se descubrió en un pecho una es­pecie de bulto y los nódulos que tiene bajo el brazo y cerca del bulto estaban a la vez blandos y duros al tacto, y no podía decírselo a ninguna de las personas que quie­re para no asustarlas, y tampoco podía permitirse pagar a un médico si no era nada, pero necesitaba hablar con alguien y que ese alguien la examinase.

El color de los ojos castaños de Marla es como el de un animal al que hubieran metido en un horno y luego sumergido en agua fría. Se llama vulcanización, galvani­zación o temple.

Marla promete olvidar el asunto del colágeno si la ayudo y la examino.

Me figuro que no llama a Tyler porque no quiere asustarlo. A su entender, yo soy neutral; se lo agradezco.

Subimos a su habitación y Marla me cuenta que en la naturaleza no se ven animales viejos porque mueren tan pronto como envejecen. Si enferman o pierden rapidez, los mata un animal más fuerte. Los animales no están hechos para llegar a viejos.

Marla se echa en la cama, se desata el cinturón del al­bornoz y me dice que nuestra civilización ha convertido la muerte en algo negativo. Los animales viejos deberían ser una excepción antinatural.

Monstruos.

Marla está fría y suda mientras le cuento que en la universidad una vez tuve una verruga. En el pene, aun­que digo «polla». Fui a la Facultad de Medicina a que me la quitaran. La verruga. Después se lo conté a mi padre. Eso fue años más tarde, y mi papá se rió y me dijo que era tonto porque verrugas como ésa son un regalo de la naturaleza. Las mujeres las adoran y Dios me había he­cho un favor.

Me arrodillo junto a la cama de Marla con las manos aún frías de la calle; palpo poco a poco la piel fría de Marla; pellizco un poco de la piel de Marla cada varios centímetros. Marla me dice que esas verrugas, ese rega­lo de Dios, provocan a las mujeres cáncer en el cuello del útero.

Así que estaba sentado sobre una toalla de papel en la sala de reconocimiento de la Facultad de Medicina mientras un estudiante me rociaba la polla con un bote de nitrógeno líquido y otros ocho estudiantes observa­ban. Es ahí donde acabas si no tienes seguro médico. Sólo que no la llaman polla, sino pene, y —la llames como la llames— te la rocían con nitrógeno líquido. Si te la quemaran con lejía dolería igual.

Marla se ríe hasta que se da cuenta de que mis dedos se han detenido. Como si hubiera encontrado algo.

Marla deja de respirar; su estómago parece un tam­bor y el corazón es como un puño que golpea por den­tro el cuero tenso del tambor. Pero no, si me detengo es porque estoy hablando y porque, por un instante, nin­guno de los dos estaba en el dormitorio de Marla. Está­bamos en la Facultad de Medicina, años atrás, y yo sen­tado sobre un papel pegajoso y con la polla ardiéndome por el nitrógeno líquido, hasta que uno de los estudian­tes vio mis pies descalzos y abandonó la habitación en dos zancadas. El estudiante volvió precedido por tres médicos de verdad, que de un codazo echaron a un lado al tío del bote de nitrógeno líquido.

Uno de los médicos de verdad me levantó el pie de­recho y lo plantó ante la cara de los otros médicos de verdad. Los tres lo hicieron girar, lo palparon y sacaron fotos con una Polaroid, y fue como si el resto de mi per­sona, a medio vestir y con aquel don de Dios medio congelado, ya no existiese. Sólo el pie. El resto de los es­tudiantes se empujaba para poder mirar.

—¿Cuánto hace que tiene esa mancha roja en el pie? —me preguntó uno de los médicos.

El médico se refería a mi marca de nacimiento. Una marca de nacimiento que tengo en el pie derecho y con la que mi padre bromea y que parece un mapa granate de Australia con una Nueva Zelanda diminuta junto a ella. Esto es lo que les dije y las cosas se aclararon. Mi polla se estaba derritiendo. Se marcharon todos menos el estudiante del nitrógeno y creo que también se habría ido; estaba tan decepcionado que no me miró a los ojos mientras cogía el glande y lo estiraba hacia él. Volvió a rociar lo que quedaba de la verruga con el pulverizador. La sensación era de que aunque cerrara los ojos y me imaginara que la polla estaba a cientos de kilómetros, seguiría doliéndome.

Marla me mira la mano y ve la cicatriz del beso de Tyler.

Le dije al estudiante de medicina que no debían de ver muchas marcas de nacimiento.

No era eso. El estudiante me dijo que todos creían que la marca de nacimiento era un cáncer. Había una nueva clase de cáncer que padecían los hombres jóvenes. Se despertaban con un punto rojo en los pies o en los to­billos. Los puntos no desaparecen, se extienden hasta cu­brirte y te matan.

El estudiante me dijo que los médicos y el resto de estudiantes estaban tan emocionados porque pensaban que tenía ese nuevo cáncer. Muy pocas personas lo te­nían, aunque se iba extendiendo.

Esto fue hace muchos, muchos años.

Con el cáncer pasan estas cosas, le digo a Marla. Co­meten errores y tal vez la clave sea no olvidarse del res­to de uno mismo cuando alguna parte enferma.

—Es posible —dice Marla.

El estudiante del nitrógeno líquido terminó la faena y me dijo que la verruga se caería en un par de días. So­bre el papel pegajoso, al lado de mi culo desnudo, había una fotografía de mi pie que nadie quería. Le pregunté si podía quedarme la foto.

Aún conservo la fotografía en mi habitación, en una esquina del marco del espejo. Todas las mañanas me peino delante de ese espejo antes de ir a trabajar y pien­so que hubo una vez en que, durante diez minutos, tuve cáncer o algo peor que cáncer.

Le digo a Marla que éste era el primer año en que el Día de Acción de Gracias mi abuelo y yo no íbamos a patinar aunque el hielo tenía un espesor casi de quince centímetros. Mi abuela siempre lleva en la frente o en los brazos esos emplastos redondos sobre unos lunares que tuvo toda la vida y que no tienen buen aspecto. Se extienden por los bordes y su color marrón se vuelve azul o negro.

Cuando mi abuela salió del hospital la última vez, mi abuelo le llevaba la maleta, y era tan pesada que se quejaba de que se sentía desequilibrado. Mi abuela era una mujer francocanadiense tan recatada que nunca se había puesto un traje de baño en público y siempre de­jaba abierto el grifo del lavabo para disimular cualquier ruido que pudiera hacer en el cuarto de baño. Al salir del hospital de Nuestra Señora de Lourdes, después de una mastectomía parcial, ella le dijo: «¿Tú te sientes de­sequilibrado?».

Según mi abuelo, esto resume toda la historia, cómo era mi abuela, el cáncer, su matrimonio, tu vida. Se ríe siempre que cuenta esa historia.

Marla no se ríe. Quiero hacerla reír, animarla, que me perdone lo del colágeno. Quiero decirle a Marla que no he encontrado nada. Si descubrió algo esta mañana, es­taba equivocada. Una marca de nacimiento.

Marla tiene la cicatriz del beso de Tyler en el dorso de la mano.

Quiero que Marla se ría, así que no le cuento lo de la última vez que abracé a Cloe: una Cloe sin pelo, un es­queleto hundido en cera amarilla con una bufanda de seda en torno a su cabeza calva. Abracé a Cloe una última vez antes de que desapareciera para siempre. Le dije que parecía un pirata y se rió. Cuando voy a la playa siempre me siento con el pie derecho —Australia y Nueva Zelanda— oculto bajo la otra pierna o enterra­do en la arena. Tengo miedo de que la gente me vea el pie y empiece a morirme en su imaginación. El cáncer que yo no tengo está ahora en todas partes. Eso no se lo cuento a Marla.

Hay un montón de cosas que deseamos ignorar so­bre la gente que queremos.

Para animarla, para hacerla reír, le cuento lo de la mujer del consultorio de Querida Abby, que se casó con un guapo y brillante empresario de pompas fúnebres. En su noche de bodas la obligó a meterse en una bañera de agua helada hasta que la piel parecía hielo al tacto, y entonces la hizo echarse en la cama y quedarse comple­tamente quieta mientras poseía su cuerpo inerte y frío.

Lo gracioso es que la mujer lo aguantó de recién casada y siguió soportándolo los diez años siguientes de matrimonio y ahora había escrito a Querida Abby para preguntarle a Abby si creía que aquello tenía im­portancia.

 

Catorce

 –

 

Por eso yo apreciaba tanto los grupos de apoyo, porque la gente, cuando cree que te estás muriendo, te presta toda su atención.

Si aquella podía ser la última vez que estuvieran contigo, estaban contigo de verdad. Todo lo demás —el saldo del banco, las canciones de la radio o el pelo albo­rotado— carecía de importancia.

Te dedicaban toda su atención.

La gente te escuchaba en vez de estar pendiente de su turno para hablar.

Y cuando hablaban no te contaban ninguna historia. Al conversar iban constituyendo algo que los transfor­maba en seres diferentes.

Marla había empezado a ir a los grupos de apoyo cuando descubrió el primer bulto.

La mañana siguiente del día siguiente al que descu­briéramos su segundo bulto, Marla entró brincando en la cocina con las dos piernas metidas en una media y dijo:

—Mira, soy una sirena.

Marla dijo:

—No es como cuando los tíos os sentáis al revés en el retrete y hacéis como que vais en moto. Éste es un ac­cidente de verdad.

Justo antes de conocernos en Aún Hombres Unidos apareció el primer bulto; ahora tenía otro más.

Lo que debéis saber es que Marla sigue viva. La filo­sofía de Marla respecto a la vida, me dijo, es que puede morirse en cualquier momento. La tragedia de su vida es que no se muere.

Cuando Marla descubrió el primer bulto, fue a una clínica donde madres consumidas como espantapájaros se sentaban en sillas de plástico a los tres lados de la sala de espera con niños desmadejados como peleles y he­chos un ovillo en su regazo o reclinados a sus pies. Los niños tenían los ojos hundidos y oscuros como cuando se pudre la piel de una naranja o un plátano y se va su­miendo en la carne, y las madres se rascaban levantán­dose capas de caspa en infecciones incontrolables del cuero cabelludo. De la misma forma que en los hospita­les los dientes de los pacientes parecen enormes en los rostros delgados, sus dientes son sólo fragmentos de hueso que sobresalen de la piel para triturar alimentos.

Aquí es donde acabas cuando no tienes seguro de enfermedad.

Antes de que se supiera más sobre el tema, hubo un montón de homosexuales que quisieron tener niños y ahora los niños están enfermos y las madres se están mu­riendo y los padres han muerto; y sentada en el hospital entre el olor vomitivo a pis y a vinagre, mientras una en­fermera le pregunta a cada madre cuánto hace que está enferma y cuánto peso ha perdido y si el niño tiene algún pariente vivo o un tutor, Marla decide que no.

Si se iba a morir, Marla no quería saberlo.

Marla dobló la esquina de la clínica en dirección a la lavandería y robó todos los vaqueros de las secadoras; luego se fue caminando hasta una tienda donde le die­ron quince pavos por cada par. A continuación, Marla se compró unas medias de las buenas, de las que no ha­cen carreras.

—Hasta las medias buenas que no hacen carreras —dice Marla— se enganchan.

Nada es estático. Todo se destruye.

Marla comenzó a ir a los grupos de apoyo porque era más fácil estar con escoria humana. Todos padecían algún mal. Y durante un rato, en la pantalla del monitor cardíaco la línea de su corazón aparecía plana.

Marla cogió un trabajo que consistía en preparar fu­nerales por adelantado para una casa de pompas fúnebres donde algunos hombres gordos, pero sobre todo muje­res gordas, salían de la sala de exposición con una urna crematoria del tamaño de una huevera, y Marla, sentada en el despacho del recibidor, con el pelo negro recogido y las medias con enganchones y un bulto en el pecho y un destino funesto, les decía: «Señora, no se engañe. En esa urna diminuta no cabría ni siquiera su cabeza. Vuelva dentro y escoja una urna del tamaño de un balón».

El corazón de Marla tenía el mismo aspecto que mi cara. La inmundicia y la escoria del mundo. Escoria hu­mana postconsumista que nadie se preocuparía jamás de reciclar.

Entre los grupos de apoyo y la clínica, me dijo Marla, había conocido a mucha gente que ahora estaba muerta. Personas que estaban criando malvas y que la llamaban de noche por teléfono. Marla se iba de bares y, cuando el camarero gritaba su nombre y ella atendía la llamada, la línea se había cortado.

En aquellos tiempos, pensaba que estaba tocando fondo.

—Cuando tienes veinticuatro años —dice Marla— no tienes idea de cuan bajo puedes caer; pero, aprendí rápido.

La primera vez que Marla rellenó una urna cremato­ria no se puso la mascarilla, y más tarde se sonó la nariz y el pañuelo se tiñó de negro con los restos del señor Zutano.

En la casa de Paper Street, si el teléfono suena una sola vez y lo coges y la línea se ha cortado, sabes que es alguien que intenta contactar con Marla. Ocurre más veces de las que te imaginas.

Un inspector de policía empezó a llamar a la casa de la calle Paper Street por la explosión de mi apartamento; Tyler se ponía a mi lado, apoyaba el pecho contra mi es­palda, y me susurraba al oído mientras yo atendía al te­léfono con el oído libre y el inspector me preguntaba si conocía a alguien que supiera fabricar dinamita casera.

—El desastre es una parte natural de mi evolución hacia la tragedia y la disolución —susurraba Tyler.

Le dije al inspector que fue la nevera la que voló el apartamento por los aires.

—Estoy rompiendo las ataduras a la fuerza física y las posesiones terrenas —susurraba Tyler—, ya que sólo mediante la autodestrucción llegaré a descubrir el poder superior del espíritu.

La dinamita, dijo el inspector, tenía impurezas; resi­duos de oxalato de amoníaco y percloruro potásico, que hacían suponer que la bomba era casera; y el cerrojo de seguridad de la puerta de entrada estaba destrozado.

Le dije que aquella noche estaba en Washington D.C.

El inspector del teléfono me explicó que alguien ha­bía rociado el cerrojo de seguridad con un bote de freón y que luego lo había golpeado con un cincel frío para romper el cilindro. Así es como roban bicicletas los de­lincuentes.

—El redentor que destruya mis propiedades —dice Tyler— está luchando por salvar mi espíritu. El maestro que logre apartar las posesiones de mi camino me li­berará.

El inspector dijo que, quienquiera que hubiese pues­to la dinamita casera, podía haber abierto el gas y apa­gado las llamas piloto del horno días antes de que se produjera la explosión. El gas fue sólo el detonante. Tu­vieron que pasar días antes de que el gas llenara el apar­tamento y alcanzase el compresor situado en la base de la nevera y el motor eléctrico del compresor provocara la explosión.

—Dile que sí —susurra Tyler—, que lo hiciste tú. Que tú volaste la casa. Es lo que quiere oír.

Le digo al inspector que no. No dejé el gas abierto y después me fui de la ciudad. Amaba mi vida. Amaba el apartamento. Amaba cada uno de los muebles. Eran mi vida. Todo: las lámparas, las sillas, las alfombras eran parte de mí. Los platos de los armarios eran parte de mí. Las plantas eran parte de mí. La televisión era parte de mí. Fui yo quien voló por los aires. ¿No se daba cuenta?

El inspector me dijo que no abandonara la ciudad.