clarice lispector

descubrimientos

crónicas inéditas

Traducción y prólogo de Claudia Solans

2ª edición en Argentina: noviembre de 2010

2ª edición en España: noviembre de 2010

Adriana Hidalgo editora S.A., 2010

Buenos Aires

 

 

calor humano

 

No, no estaba rojo. Era casi de noche y estaba todavía claro. Si por lo

menos fuera rojo a la vista como lo era intrínsecamente. Pero era un calor

de luz sin color, y detenida. No, la mujer no lograba transpirar. Estaba

seca y límpida. Y allá fuera sólo volaban pájaros de plumas pajosas. Pero

era un calor visible, si ella cerraba los ojos para no ver el calor, entonces

venía la lenta alucinación simbolizándolo: veía grandes elefantes que se

acercaban, elefantes dulces y pesados, de aspecto seco, aunque mojados

en el interior de la carne por una insoportable ternura caliente; eran

difíciles de cargarse a sí mismos, lo que los hacía lentos y pesados.

Todavía era temprano para encender las lámparas, lo que por lo

menos precipitaría una noche. La noche que no venía, no venía, no venía,

que era imposible. Y su amor que ahora era imposible —que era seco como

la fiebre de quien no transpira, era amor sin opio ni morfina. Y “yo te amo”

era una astilla que no se podía sacar con una pinza. Astilla incrustada en

la parte más gruesa de la planta del pie.

Ah, y la falta de sed. Calor con sed sería soportable. Pero ah, la falta

de sed. No había más que faltas y ausencias. Y ni siquiera las ganas. Sólo

astillas sin puntas salientes por donde ser pinzadas y extirpadas. Sólo los

dientes estaban húmedos. Dentro de una boca voraz y reseca los dientes

húmedos pero duros —y sobre todo boca voraz de nada. Y la nada era

caliente en aquel final de tarde eternizada.

Sus ojos abiertos y diamantes. En los tejados los gorriones secos. “Yo

os amo, personas” era una frase imposible. La humanidad le era como una

muerte eterna que sin embargo no tenía el alivio de morir por fin. Nada,

nada moría en la tarde seca, nada se pudría. Y a las seis de la tarde era

mediodía. Se hacía mediodía con un ruido atento de máquina de bomba de

agua, bomba que trabajaba hacía tanto tiempo sin agua que se había

convertido en hierro oxidado. Hacía dos días que faltaba agua en la ciudad.

Nada nunca había sido tan despertado como su cuerpo sin transpiración y

sus ojos diamantes, y de vibración detenida. ¿Y Dios? No. Ni siquiera la

angustia. El pecho vacío, sin contracción. No había grito.

Mientras tanto era verano. Verano largo como un patio vacío en las

vacaciones de la escuela. ¿Dolor? Ninguno. Ninguna señal de lágrima y

ningún sudor. Ninguna sal. Sólo una dulzura pesada: como la del aspecto

lento de los elefantes de cuero reseco. La escualidez límpida y caliente.

¿Pensar en su hombre? No, astilla en la planta del pie. ¿Hijos? Quince

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hijos colgados, sin balancearse ante la ausencia de viento. Ah, si las manos

comenzaran a humedecerse. Aunque hubiera agua, del odio no tomaría un

baño. Del odio no había agua. Nada corría. La dificultad es una cosa

detenida. Es una joya diamante. La cigarra de garganta seca no dejaba de

murmurar. ¿Y Dios se licuó por fin en lluvia? No. Ni lo quiero. Por seco y

calmo odio, quiero esto mismo, ese silencio hecho de calor que la ruda

cigarra vuelve sensible. ¿Sensible? No se siente nada. Más que esta dura

falta de opio que amenice. Quiero que esto que es intolerable continúe

porque quiero la eternidad. Quiero esta espera continua como el canto

enrojecido de la cigarra, pues todo eso es la muerte detenida, es la

eternidad, es el celo sin deseo, los perros sin ladrar. Es en esta hora que el

bien y el mal no existen. Es el perdón súbito, nosotros que nos

alimentábamos del castigo. Ahora es la indiferencia de un perdón. No hay

más juicio. No es el perdón después de un juicio. Es la ausencia de juez y

de condenado. Y la muerte, que debía ser una única buena vez, no: está

siendo sin parar. Y no llueve, no llueve. No existe menstruación. Los

ovarios son dos perlas secas. Voy a deciros la verdad: por odio seco, lo que

quiero es esto mismo, que no llueva.

Y precisamente entonces ella oye algo. Es algo también seco que la

deja todavía más seca de atención. Es un rodar de trueno seco, sin

ninguna saliva, que rueda pero ¿dónde? En el cielo absolutamente azul, ni

una nube de amor. Debe de ser de muy lejos el trueno. Pero al mismo

tiempo viene un aroma dulzón de elefantes grandes, y de jazmín de la casa

de al lado. La India invadiendo, con sus mujeres dulzonas. Un aroma de

claveles de cementerio. ¿Irá a cambiar todo tan de repente? Para quien no

tenía ni noche ni lluvia ni podredumbre de madera en el agua, para quien

no tenía más que perlas, va a venir la noche, va a venir la madera

pudriéndose por fin, claveles vivos de lluvia en el cementerio, ¿lluvia que

viene de Malasia? La urgencia es todavía inmóvil pero ya tiene un temblor

adentro. Ella no percibe, la mujer, que el temblor es suyo, como no había

percibido que aquello que la quemaba no era la tarde calurosa sino su

calor humano. Ella sólo percibe que ahora algo va a cambiar, que lloverá o

caerá la noche. Pero no soporta la espera de un pasaje, y antes de que la

lluvia caiga, el diamante de los ojos se licúa en dos lágrimas. Y al final el

cielo se ablanda.

 

 

 

calor humano

 

Não, não fazia vermelho. Era quase de noite e estava ainda claro. Se pelo menos fosse

vermelho à vista como o era intrinsecamente. Mas era um calor de luz sem cor, e parada. Não, a

mulher não conseguia transpirar. Estava seca e límpida. E lá fora só voavam pássaros de penas

empalhadas. Mas era um calor visível, se ela fechava os olhos para não ver o calor, então vinha a

alucinação lenta simbolizando-o: via elefantes grossos se aproximarem, elefantes doces e pesados ,

de casca seca, embora molhados no interior da carne por uma ternura quente insuportável; eles

eram difíceis de se carregarem a si próprios, o que os tornava lentos e pesados.

Ainda era cedo para acender as lâmpadas, o que pelo menos precipitaria uma noite. A noite

que não vinha, não vinha, não vinha, que era impossível. E o seu amor que agora era impossível –

que era seco como a febre de quem não transpira, era amor sem ópio nem morfina. E “eu te amo”

era uma farpa que não se podia tirar com uma pinça. Farpa incrustada na parte mais grossa da sola

do pé.

Ah, e a falta de sede. Calor com sede seria suportável. Mas ah, a falta de sede. Não havia

senão faltas e ausências. E nem ao menos a vontade. Só farpas sem pontas salientes por onde

serem pinçadas e extirpadas. Só os dentes estavam úmidos. Dentro de um boca voraz e ressequida

os dentes úmidos mas duros – e sobretudo boca voraz de nada. E o nada era quente naquele fim

de tarde eternizada.

Seus olhos abertos e diamantes. Nos telhados os pardais secos. “Eu vos amo, pessoas”, era

frase impossível. A humanidade lhe era como uma morte eterna que no entanto não tinha o alívio

de enfim morrer. Nada, nada morria na tarde enxuta, nada apodrecia. E às seis horas da tarde fazia

meio-dia. Fazia meio-dia com um barulho atento de máquina de bomba de água, bomba que

trabalhava há tanto tempo sem água e que virava ferro enferrujado. Há dois dias faltava água na

cidade. Nada jamais fora tão acordado como seu corpo sem transpiração e seus olhos diamantes, e

de vibração parada. E Deus? Não. Nem mesmo a angústia. O peito vazio, sem contração. Não

havia grito.

Enquanto isso era verão. Verão largo como o pátio vazio nas férias da escola. Dor?

Nenhuma. Nenhum sinal de lágrima e nenhum suor. Sal nenhum. Só uma doçura pesada: como a

da casca lenta dos elefantes de couro ressequido. A esqualidez límpida e quente. Pensar no seu

homem? Não, farpa na parte coração dos pés. Filhos? Quinze filhos dependurados, sem se

balançarem à ausência de vento. Ah, se as mãos começassem a se umedecer. Nem que houvesse

água, por ódio não tomaria banho. Por ódio não havia água. Nada escorria. A dificuldade é uma

coisa parada. É uma joia- diamante. A cigarra de garganta seca não parava de rosnar. E Deus se

liquefez enfim em chuva? Não. Nem quero. Por seco e calmo ódio, quero isso mesmo, este silêncio

feito de calor que a cigarra rude torna sensível. Sensível? Não se sente nada. Senão esta dura falta

de ópio que amenize. Quero que isto que é intolerável continue porque quero a eternidade. Quero

esta espera contínua como o canto avermelhado da cigarra, pois tudo isso é a morte parada, é a

eternidade, é o cio sem desejo, os cães sem ladrar. É nessa hora que o bem e o mal não existem. É o

perdão súbito, nós que nos alimentávamos da punição. Agora é a indiferença de um perdão. Não

há mais julgamento. Não é o perdão depois de um julgamento. É a ausência de juiz e de

condenado. E a morte, que era para ser uma única boa vez, não: está sendo sem parar. E não chove,

não chove. Não existe menstruação. Os ovários são duas pérolas secas. Vou vos dizer a verdade: por

ódio enxuto, quero é isto mesmo, e que não chova.

E exatamente então ela ouve alguma coisa. É uma coisa também enxuta que a deixa ainda

mais seca de atenção. É um rolar de trovão seco, sem nenhuma saliva, que rola mas onde? No céu

absolutamente azul, nem uma nuvem de amor. Deve ser de muito longe o trovão. Mas ao mesmo

tempo vem um cheiro adocicado de elefantes grandes, e de jasmim da casa ao lado. A Índia

invadindo, com suas mulheres adocicadas. Um cheiro de cravos de cemitério. Irá tudo mudar tão

de repente? Para quem não tinha nem noite nem chuva nem apodrecimento de madeira na água –

para quem não tinha senão pérolas, vai vir a noite, vai vir madeira enfim apodrecendo, cravo vivo

de chuva no cemitério, chuva que vem da Malásia? A urgência é ainda imóvel mas já tem um

tremor dentro. Ela não percebe, a mulher, que o tremor é seu, como não percebera que aquilo que a

queimava não era o fim da tarde encalorada e sim o seu calor humano. Ela só percebe que agora

alguma coisa vai mudar, que choverá ou cairá a noite. Mas não suporta a espera de uma passagem,

e antes da chuva cair, o diamante dos olhos se liquefaz em duas lágrimas. E enfim o céu se

abranda.