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clarice lispector

descubrimientos

crónicas inéditas

Traducción y prólogo de Claudia Solans

2ª edición en Argentina: noviembre de 2010

2ª edición en España: noviembre de 2010

Adriana Hidalgo editora S.A., 2010

Buenos Aires

 

 

enigma

 

Ella estaba vestida con uniforme a rayas de empleada, pero hablaba

como una patrona. Me vio subir las escaleras cargada con paquetes y

parando para sentarme en los escalones —los dos ascensores estaban

descompuestos. Ella vivía en el quinto piso, yo en el séptimo. Subió

conmigo sosteniendo algunos de mis paquetes en una de sus manos, y en

la otra la leche que había comprado. Cuando llegó al quinto piso, dejó la

leche en su casa entrando por la puerta de servicio, y después insistió en

tomar mis paquetes y en subir conmigo hasta el séptimo.

Qué misterio era ése: hablaba como si fuera la dueña de la casa, su

rostro era de patrona, y sin embargo estaba con uniforme. Sabía del

incendio que había sufrido, imaginaba el dolor que yo había sentido, y dijo:

más vale sentir dolor que no sentir nada.

—Hay personas —agregó— que nunca están ni deprimidas y no saben

lo que se pierden.

Me explicó, tan luego a mí, que la depresión enseña mucho.

Y —lo juro— agregó lo siguiente: “La vida tiene que tener un aguijón,

si no la persona no vive”. Y ella usó la palabra aguijón, que me gusta.

 

 

enigma

 

Ela estava vestida de uniforme listrado de empregada, mas falava como dona-de-casa. Viu-me

subir as escadas cheia de embrulhos e parando para sentar nos degraus – os dois elevadores

estavam enguiçados. Ela morava no quinto andar, eu no sétimo. Subiu comigo segurando alguns

de meus embrulhos numa das mãos, e na outra o leite que comprara. Quando chegou ao quinto

andar, botou o leite em casa dela entrando pela porta de serviço, depois fez questão de segurar

meus embrulhos e de subir comigo até o sétimo.

Que mistério era esse: falava como dona-de-casa, seu rosto era o de dona-de-casa, e no

entanto estava uniformizada. Sabia do incêndio que eu sofrera, imaginava a dor que eu sentira, e

disse: mais vale a pena sentir dor do que não sentir nada.

– Tem pessoas – acrescentou – que nunca ficam nem deprimidas, e não sabem o que

perdem.

Explicou-me, logo a mim, que a depressão ensina muito.

E – juro – acrescentou o seguinte: “A vida tem que ter um aguilhão, senão a pessoa não

vive.” E ela usou a palavra aguilhão, de que eu gosto.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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