clarice lispector

descubrimientos

crónicas inéditas

Traducción y prólogo de Claudia Solans

2ª edición en Argentina: noviembre de 2010

2ª edición en España: noviembre de 2010

Adriana Hidalgo editora S.A., 2010

Buenos Aires

 

 

la inspiración

 

El busto grande, las caderas anchas, los ojos castos, castaños y

soñadores. Una que otra vez gritaba. Lo decía con aire alegre, afligido, muy

rápido como para que no la oyesen del todo:

—Creo que no podría ser escritora, ¡soy tan… tan sintética!

Un día, sin embargo, como oculta de sí misma, tuvo una inspiración y

anotó en el cuaderno de gastos algunas frases sobre la belleza del Pan de

Azúcar. Sólo algunas palabras, ella era sintética. Mucho tiempo después,

una tarde en que estaba sola, recordó que había escrito algo sobre alguna

cosa —¿sobre el Corcovado? ¿Sobre el mar? Sólo recordaba que había

usado las palabras “belleza muy pintoresca”. Fue a buscar el viejo

cuaderno de gastos. Por toda la casa. Mueble por mueble. Abría cajas de

zapatos con la esperanza de haber sido tan sigilosa como su inspiración al

grado de guardar el escrito revelador de su alma en una caja de zapatos.

Habría sido una buena idea. Poco a poco la sofocación aumentaba, se

pasaba la mano por la frente —ahora era más que el cuaderno de gastos lo

que buscaba, buscaba lo que la inspiración le había dictado, veamos,

paciencia, busquemos de nuevo. ¿Qué estaría escrito en el cuaderno?

Recordaba que era algo muy espiritual sobre algo muy pintoresco.

Pintoresco era para ella lo máximo. Busquemos, es cuestión de fuerza de

voluntad, es cuestión de ir y tomarlo. Qué desastre —se sentía inmóvil en

medio de la sala, sin dirección, sin saber dónde buscar ya—, qué desastre.

La casa tranquila por la tarde. Y en alguna parte había una cosa escrita,

un pensamiento íntimo, de eso estaba segura. Se desabotonó acalorada el

cuello de la blusa: no encontrarlo sería perder algo muy suyo. No te

desanimes, se decía, busca entre tus papeles, entre las cartas, entre las

raras noticias que te mandaban. Razonaba sin lógica, que si le hubieran

escrito más ella tendría dónde buscar. Pero su vida ordenada quedaba

expuesta, había pocos escondites, era limpia. El único escondite era su

alma que una vez se había manifestado en el cuaderno de gastos. Pero qué

felicidad tener muebles, cajas donde encontrarlo por casualidad.

Una que otra vez lo buscaba de nuevo. De vez en cuando se acordaba

del cuaderno de gastos con un sobresalto esperanzado. Hasta que, después

de algunos años, dijo, con modestia:

—Cuando era más joven, yo escribía.

 

 

a inspiração

 

O busto grande, quadris largos, olhos castos, castanhos e sonhadores. Uma vez ou outra exclamava.

Disse com ar alegre, aflito, muito rápido como para que não a ouvissem totalmente:

– Acho que eu não podia ser escritora, sou tão… tão resumida!

Um dia, porém, como escondida de si mesma, teve uma inspiração e anotou no caderno de

despesas algumas frases sobre a beleza do Pão de Açúcar. Só algumas palavras, ela era resumida.

Muito tempo depois, numa tarde em que estava só, lembrou-se de que escrevera alguma coisa

sobre alguma coisa – sobre o Corcovado? Sobre o mar? Só se lembrava de que havia usado as

palavras “beleza muito pitoresca”. Foi procurar o antigo caderno de despesas. Por toda a casa.

Móvel por móvel. Abria caixas de sapatos na esperança de ter sido tão secretiva quanto a sua

inspiração a ponto de guardar o escrito revelador de sua alma numa caixa de sapatos. Teria sido

uma boa ideia. Aos poucos a sufocação crescia, ela passava a mão pela testa – aogra era mais do que

o caderno de despesas que ela procurava, procurava o que a inspiração lhe ditara, vejamos,

paciência, procuraremos de novo. O que estaria escrito no caderno? Lembrava-se de que era algo

muito espiritual sobre alguma coisa pitoresca. Pitoresco era para ela o máximo. Procuremos, é

questão de força de vontade, é questão de ir e pegá-lo. Que desastre – sentia imóvel no meio da

sala, sem direção, sem saber onde mais procurar – que desastre. A casa calma à tarde. E em alguma

parte havia uma coisa escrita, um pensamento íntimo, disso tinha certeza. Desabotoou afogueada a

gola da blusa: não achar seria perder alguma coisa muito sua. Não desanime, dizia-se, procure

entre os papéis, entre as cartas, entre as raras notícias que lhe mandavam. Ah, raciocinava

ilogicamente, tivessem-lhe escrito mais e ela teria onde procurar. Mas sua vida ordenada era

exposta, tinha poucos esconderijos, era limpa. O único esconderijo era a sua alma que uma vez se

manifestara no caderno de despesas. Mas que felicidade ter móveis, caixas onde encontrar por

acaso.

Uma vez ou outra procurava de novo. De vez em quanto se lembrava do caderno de

despesas num sobressalto de esperança. Até que, depois de alguns anos, um dia ela disse, modesta:

– Quando eu era mais moça, eu escrevia.

 

 

 

 

 

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