el cuerpo

 

 

 

 

Xavier era un hombre truculento y cruel. Muy fuerte el hombre. Le encantaban los tangos.

Fue a ver El último tango en París y se excitó terriblemente.

No comprendió la película: pensaba que se trataba de un filme de sexo.

No descubrió que era la historia de un hombre desesperado.

En la noche en que vio El último tango en París los tres se metieron en la cama: Xavier, Carmen

Beatriz.

Todo el mundo sabía que Xavier era bígamo: vivía con dos mujeres.

Cada noche le tocaba a una. A veces dos veces por noche. A la que no le tocaba se quedaba

presenciando. Ninguna tenía celos de la otra.

Beatriz comía que daba gusto: era gorda y enjundiosa. En cambio Carmen era alta y delgada.

La noche del último tango en París fue memorable para los tres. En la madrugada estaban exhaustos.

Pero Carmen se levantó por la mañana, preparó un opíparo desayuno —con cucharas llenas de crema

espesa de leche— y lo llevó para Beatriz y para Xavier. Estaba somnolienta. Fue necesario darse un

baño en la ducha helada para ponerse en forma nuevamente.

Ese día —domingo— almorzaron a las tres de la tarde. La que cocinó fue Beatriz, la gorda. Xavier

bebió vino francés. Y se comió solito un pollo entero. Entre las dos se comieron el otro pollo.

Los pollos estaban rellenos con masa de harina de mandioca con pasas y ciruelas, todo impregnado,

rico.

A las seis de la tarde, los tres se dirigieron a la iglesia. Parecían un bolero. El bolero de Ravel.

Y por la noche se quedaron en casa viendo la televisión y comiendo. Esa noche no sucedió nada:

los tres estaban muy cansados.

Y así era, día tras día.

Xavier trabajaba mucho para mantener a las dos mujeres y a sí mismo: las comidas eran abundantes.

Pero a veces engañaba a ambas con una prostituta excelente. Pero en casa nada contaba, pues

no estaba loco.

Pasaban los días, los meses, los años. Nadie moría. Xavier tenía cuarenta y siete años. Carmen tenía

treinta y nueve. Beatriz ya había cumplido los cincuenta.

La vida les sonreía. A veces Carmen y Beatriz salían a comprar camisas llenas de imágenes de sexo.

Compraban también perfume. Carmen era más elegante. Beatriz, con sus lonjas, escogía un bikini

y un sostén minúsculo para los enormes senos que poseía.

Un día Xavier llegó ya muy tarde de noche: las dos estaban desesperadas.

Apenas si sabían que estaba con la prostituta.

Los tres en verdad eran cuatro, como los tres mosqueteros.

Xavier llegó con un hambre de nunca acabar. Abrió una botella de champaña. Estaba en pleno vigor.

Habló animadamente con las dos, les contó que la industria farmacéutica de su propiedad iba bien de

finanzas. Y les propuso a ambas que los tres fueran a Montevideo, a un hotel de lujo.

Fue tal el barullo por la preparación de las tres maletas.

Carmen se llevó todo su complicado maquillaje. Beatriz salió a comprar una minifalda.

Viajaron en avión. Se sentaron en la fila de tres asientos: él en medio de las dos.

En Montevideo compraron todo lo que quisieron. Incluso una máquina de coser para Beatriz y una

máquina de escribir para Carmen, que quería aprender.

En verdad no necesitaba nada, era una pobre desgraciada. Llevaba un diario: anotaba en las páginas

del grueso cuaderno empastado en rojo las fechas en que Xavier la buscaba. Le daba el diario a

Beatriz para que lo leyera.

En Montevideo compraron un libro de recetas culinarias. Sólo que estaba en francés y ellas no

entendían. Parecían más palabrotas que palabras.

Entonces compraron un recetario en castellano. Y se esmeraron en las sopas y en las salsas.

Aprendieron a hacer rosbif. Xavier engordó tres kilos y su fuerza de toro aumentó.

A veces las dos se acostaban en la cama. Largo era el día. Y, a pesar de que no eran lesbianas, se

excitaban una a otra y hacían el amor. Amor triste.

Un día le contaron ese hecho a Xavier.

Xavier se excitó. Y quiso que esa noche las dos se amaran frente a él.

Pero, ordenado de esa manera, terminó todo en nada.

Las dos lloraron y Xavier se encolerizó furiosamente.

Durante tres días no le dirigió la palabra a ninguna de las dos.

Pero, durante ese intervalo, y sin encargo, las dos fueron a la cama con éxito.

Al teatro los tres no iban. Preferían ver la televisión. O cenar fuera.

Xavier comía con malos modales: agarraba la comida con las manos, hacía mucho ruido al masticar,

además de comer con la boca abierta. Carmen era más refinada, le daba asco y vergüenza.

Beatriz tampoco tenía vergüenza, hasta desnuda andaba por la casa.

No se sabe cómo empezó. Pero comenzó.

Un día, Xavier llegó del trabajo con marcas de lápiz de labios en la camisa. No pudo negar que

había estado con su prostituta preferida. Carmen y Beatriz agarraron un trozo de palo cada una y

corrieron detrás de Xavier por toda la casa. Éste corría todo desesperado, gritando: ¡perdón!, ¡perdón!,

¡perdón!

Las dos, también cansadas, finalmente dejaron de perseguirlo.

A las tres de la mañana, Xavier tuvo ganas de poseer a una de las mujeres. Llamó a Beatriz porque

era la menos rencorosa. Beatriz, lánguida y cansada, se prestó a los deseos del hombre que parecía un

superhombre.

Pero al día siguiente le advirtieron que ya no cocinarían para él. Que se las arreglara con la tercera

mujer. Las dos de vez en cuando lloraban y Beatriz preparó para ambas una ensalada de patatas con

mayonesa.

Por la tarde fueron al cine. Cenaron fuera y sólo regresaron a casa a medianoche. Encontraron a un

Xavier abatido, triste y con hambre. El intentó explicar:

—¡Es porque a veces me dan ganas durante el día!

—Entonces —le dijo Carmen—, ¿por qué no regresas a casa?

Prometió que así lo haría. Y lloró. Cuando lloró, Carmen y Beatriz se quedaron con el corazón destrozado.

Esa noche, las dos hicieron el amor delante de él y él se consumía de envidia.

¿Cómo es que empezó el deseo de venganza? Las dos eran cada vez más amigas y lo despreciaban.

Él no cumplió la promesa y buscó a la prostituta. Ésta lo excitaba porque le decía muchas obscenidades.

Lo llamaba hijo de puta. Él aceptaba todo.

Hasta que llegó cierto día.

O mejor, una noche. Xavier dormía plácidamente como buen ciudadano que era.

Las dos permanecieron sentadas junto a una mesa, pensativas. Cada una pensaba en su infancia perdida.

pensaron en la muerte. Carmen dijo:

—Un día nosotros tres moriremos.

Beatriz replicó:

—Y así y punto.

Tenían que esperar pacientemente el día en que cerrarían los ojos para siempre. ¿Y Xavier?

¿Qué harían con Xavier? Éste parecía un niño durmiendo.

—¿Vamos a esperar que Xavier se muera de muerte natural? —preguntó Beatriz.

Carmen pensó, pensó y dijo:

—Creo que las dos debemos darle una ayudita.

—¿Qué ayuda?

—Todavía no lo sé.

—Pero tenemos que decidir

—Déjalo de mi cuenta, yo sé lo que hago.

Y nada de nada. Dentro de poco tiempo sería de madrugada y nada habría sucedido.

Carmen preparó para las dos un café bien fuerte. Y comieron chocolate hasta la náusea.

Y nada, nada ocurrió realmente.

Encendieron la radio a pilas y oyeron una angustiante música de Schubert. Era piano solo.

Carmen dijo:

—Tiene que ser hoy.

Carmen era la líder y Beatriz obedecía. Era una noche especial: llena de estrellas que las miraban

brillantes y tranquilas. Qué silencio. Pero qué silencio. Se aproximaron las dos a Xavier para ver si se

inspiraban. Xavier roncaba. Carmen realmente se inspiró.

Le dijo a Beatriz:

—En la cocina hay dos cuchillos grandes.

—¿Y luego?

—Pues que nosotras somos dos y tenemos dos cuchillos grandes.

—¿Y luego?

—Y luego, burra, nosotras dos tenemos armas y podremos hacer lo que necesitamos hacer.

Dios lo manda.—

—¿No sería mejor no hablar de Dios en este momento?

—¿Quieres que hable del diablo? No, hablo de Dios porque es el dueño de todas las cosas. Del

espacio y del tiempo.

Entonces entraron en la cocina. Los dos cuchillos grandes estaban filosos, eran de fino acero pulido.

¿Tendrían fuerza?

Sí, la tendrían.

Salieron armadas. La habitación estaba oscura. Ellas dieron de cuchilladas erróneamente, apuñalando

la manta. La noche era fría. Entonces lograron distinguir el cuerpo dormido de Xavier.

La sangre copiosa de Xavier escurría profusamente en la cama, por el suelo.

Carmen y Beatriz se sentaron junto a la mesa del comedor, bajo la luz amarilla del foco desnudo,

estaban exhaustas. Matar requiere fuerza. Fuerza humana. Fuerza divina. Las dos estaban sudadas,

mudas, abatidas. Si hubieran podido, no habrían matado a su gran amor.

¿Y ahora? Ahora tenían que deshacerse del cuerpo. El cuerpo era grande. El cuerpo pesaba.

Fueron entonces al jardín y con la ayuda de dos palas cavaron en la tierra una fosa.

Y, en la oscuridad de la noche, cargaron el cuerpo hasta el jardín.

Era difícil porque Xavier muerto parecía pesar más que cuando estaba vivo, pues se le había

escapado el espíritu. Mientras lo cargaban, gemían de cansancio y de dolor. Beatriz lloraba.

Colocaron el gran cuerpo dentro de la fosa, la cubrieron con la tierra húmeda y olorosa del jardín,

tierra buena para las plantas. Después entraron en la casa, prepararon nuevamente el café y se

restablecieron un poco.

Beatriz, que era muy romántica, se pasaba el tiempo leyendo fotonovelas en las que ocurrían

amores contrariados o perdidos. Ella tuvo la idea de plantar rosas en esa tierra fértil.

Entonces salieron de nuevo al jardín, agarraron una matita de rosas rojas y la plantaron en la

sepultura del llorado Xavier. Amanecía. El jardín impregnado de rocío. El rocío era una bendición al

asesinato. Así pensaron ellas, sentadas en el banco blanco que había ahí.

Pasaron los días. Las dos mujeres compraron vestidos negros. Y apenas comían.

Cuando anochecía, la tristeza recaía sobre ellas. No tenían ya gusto para cocinar.

De rabia, Carmen, colérica, rompió el libro de recetas en francés. Guardó el de castellano:

nunca se sabía si aún podría ser necesario.

Beatriz pasó a ocuparse de la cocina. Ambas comían y bebían en silencio. El pie de rosas rojas

parecía haber pegado. Buena mano para plantar, buena tierra propicia. Todo resuelto.

Y así quedaría cerrado el caso.

Pero sucedió que al secretario de Xavier le extrañó su prolongada ausencia.

Había papeles urgentes que firmar. Como la casa de Xavier no tenía teléfono, fue hasta allá.

La casa parecía impregnada de mala suerte. Las dos mujeres le dijeron que Xavier había salido

de viaje, que estaba en Montevideo.

El secretario no las creyó del todo pero pareció que se había tragado la historia.

A la semana siguiente, el secretario fue a la delegación. Con la policía no se juega.

Primeramente, los agentes de policía no quisieron darle crédito a la historia.

Pero, ante la insistencia del secretario, decidieron perezosamente dar la orden de búsqueda

en la casa del polígamo. Todo en vano: nada de Xavier.

Entonces Carmen habló de esta manera:

—Xavier está en el jardín.

—¿En el jardín? ¿Haciendo qué?

—Sólo Dios lo sabe.

—Pero nosotros no vimos nada ni a nadie.

Fueron al jardín: Carmen, Beatriz, el secretario de nombre Alberto, dos agentes de policía y dos

hombres más que no se sabía quiénes eran. Siete personas.

Entonces Beatriz, sin ninguna lágrima en los ojos, les mostró la fosa florida.

Tres hombres abrieron la sepultura, destrozando el pie de rosas que sufrían por casualidad la

brutalidad humana.

Y vieron a Xavier. Estaba horrible, deformado, ya medio carcomido, con los ojos abiertos.

—¿Y ahora? —dijo uno de los agentes.

—Y ahora hay que detener a las dos mujeres.

—Pero —dijo Carmen— que sea en la misma celda.

—Mire —dijo uno de los agentes frente al secretario atónito—, lo mejor es fingir que nada ha

sucedido, si no va a haber mucho barullo, mucho papeleo escrito, muchos alegatos.

—Ustedes dos —dijo el otro agente de la policía—, preparen sus maletas y váyanse a vivir a

Montevideo. No nos joroben más.

Las dos dijeron:

—Muchas gracias.

Pero Xavier no dijo nada. Nada había realmente que decir.

 

 

 

 

 

O corpo

 

 

 

Xavier era um homem truculento e sangüíneo. Muito forte esse homem. Adorava tangos.

Foi ver O último tango em Paris e excitou-se terrivelmente.

Não compreendeu o filme: achava que se tratava de filme de sexo.

Não descobriu que aquela era a história de um homem desesperado.

Na noite em que viu O último tango em Paris foram os três para cama: Xavier, Carmem e Beatriz.

Todo o mundo sabia que Xavier era bígamo: vivia com duas mulheres.

Cada noite era uma. Às vezes duas vezes por noite. A que sobrava ficava assistindo.

Uma não tinha ciúme da outra.

Beatriz comia que não era vida: era gorda e enxundiosa. Já Carmem era alta e magra.

A noite do último tango em Paris foi memorável para os três. De madrugada estavam exaustos.

Mas Carmem se levantou de manhã, preparou um lautíssimo desjejum — com gordas colheres

de grosso creme de leite — e levou-o para Beatriz e Xavier. Estava estremunhada.

Precisou tomar um banho de chuveiro gelado para se pôr em forma de novo.

Nesse dia — domingo — almoçaram às três horas da tarde. Quem cozinhou foi Beatriz, a gorda.

Xavier bebeu vinho francês. E comeu sozinho um frango inteiro. As duas comeram o outro frango.

Os frangos eram recheados de farofa de passas e ameixas, tudo úmido e bom.

Às seis horas da tarde foram os três para a igreja. Pareciam um bolero. O bolero de Ravel.

E de noite ficaram em casa vendo televisão e comendo. Nessa noite não aconteceu nada:

os três estavam muito cansados.

E assim era, dia após dia.

Xavier trabalhava muito para sustentar as duas e a si mesmo, as grandes comidas.

E às vezes enganava a ambas com uma prostituta ótima. Mas nada contava em casa pois não

era doido.

Passavam-se dias, meses, anos. Ninguém morria. Xavier tinha quarenta e sete anos.

Carmem tinha trinta e nove. E Beatriz já completara os cinqüenta.

A vida lhes era boa. Às vezes Carmem e Beatriz saíam a fim de comprar camisolas cheias de sexo.

E comprar perfume. Carmem era mais elegante. Beatriz, com suas banhas, escolhia biquíni e

um sutiã mínimo para os enormes seios que tinha.

Um dia Xavier só chegou de noite bem tarde: as duas desesperadas. Mal sabiam que ele estava

com a sua prostituta.

Os três na verdade eram quatro, como os três mosqueteiros.

Xavier chegou com uma fome que não acabava mais. E abriu uma garrafa de champanha.

Estava em pleno vigor. Conversou animadamente com as duas, contoulhes que a indústria

farmacêutica que lhe pertencia ia bem de finanças. E propôs às duas irem os três a Montevidéu,

para um hotel de luxo.

Foi uma tal azáfama a preparação das três malas.

Carmem levou toda a sua complicada maquilagem. Beatriz saiu e comprou uma minissaia.

Foram de avião. Sentaram-se em banco de três lugares: ele no meio das duas.

Em Montevidéu compraram tudo o que quiseram. Inclusive uma máquina de costura para

Beatriz e uma máquina de escrever que Carmem quis para aprender a manipulá-la.

Na verdade não precisava de nada, era uma pobre desgraçada. Mantinha um diário: anotava

nas páginas do grosso caderno encadernado de vermelho as datas em que Xavier a procurava.

Dava o diário a Beatriz para ler.

Em Montevidéu compraram um livro de receitas culinárias. Só que era em francês e elas nada

entendiam. As palavras mais pareciam palavrões.

Então compraram um receituário em castelhano. E se esmeraram nos molhos e nas sopas.

Aprenderam a fazer rosbife. Xavier engordou três quilos e sua força de touro acresceu-se.

Às vezes as duas se deitavam na cama. Longo era o dia. E, apesar de não serem homossexuais,

se excitavam uma à outra e faziam amor. Amor triste.

Um dia contaram esse fato a Xavier.

Xavier vibrou. E quis que nessa noite as duas se amassem na frente dele.

Mas, assim encomendado, terminou tudo em nada.

As duas choraram e Xavier encolerizouse danadamente.

Durante três dias ele não disse nenhuma palavra às duas.

Mas, nesse intervalo, e sem encomenda, as duas foram para a cama e com sucesso.

Ao teatro os três não iam. Preferiam ver televisão. Ou jantar fora. Xavier comia com maus modos:

pegava a comida com as mãos, fazia muito barulho para mastigar, além de comer com a boca

aberta. Carmem, que era mais fina,  ficava com nojo e vergonha.

Sem vergonha mesmo era Beatriz que até nua andava pela casa.

Não se sabe como começou. Mas começou.

Um dia Xavier veio do trabalho com marcas de batom na camisa. Não pôde negar que estivera

com a sua prostituta preferida. Carmem e Beatriz pegaram cada uma um pedaço de pau e

correram pela casa toda atrás de Xavier. Este corria feito um desesperado, gritando:

perdão! perdão! perdão!

As duas, também cansadas, afinal deixaram de persegui-lo.

Às três horas da manhã Xavier teve vontade de ter mulher. Chamou Beatriz porque ela era

menos rancorosa. Beatriz, mole e cansada, prestou-se aos desejos do homem que parecia

um super-homem.

Mas no dia seguinte avisaram-lhe que não cozinhariam mais para ele. Que se arranjasse

com a terceira mulher.

As duas de vez em quando choravam e Beatriz preparou para ambas uma salada de batata

com maionese.

De tarde foram ao cinema. Jantaram fora e só voltaram para casa à meia-noite.

Encontrando um Xavier abatido, triste e com fome. Ele tentou explicar:

— É porque às vezes tenho vontade durante o dia!

— Então, disse-lhe Carmem, então por que não volta para casa?

Ele prometeu que assim faria. E chorou. Quando chorou, Carmem e Beatriz ficaram de coração

partido. Nessa noite as duas fizeram amor na sua frente e ele roeuse de inveja.

Como é que começou o desejo de vingança? As duas cada vez mais amigas e desprezando-o.

Ele não cumpriu a promessa e procurou a prostituta. Esta excitava-o porque dizia muito palavrão.

E chamava-o de filho da puta. Ele aceitava tudo.

Até que veio um certo dia.

Ou melhor, uma noite. Xavier dormia placidamente como um bom cidadão que era.

As duas ficaram sentadas junto de uma mesa, pensativas. Cada uma pensava na infância perdida.

E pensaram na morte. Carmem disse:

— Um dia nós três morreremos. Beatriz retrucou:

— E à toa.

Tinham que esperar pacientemente pelo dia em que fechariam os olhos para

sempre. E Xavier? O que fariam com Xavier? Este parecia uma criança dormindo.

— Vamos esperar que Xavier morra de morte morrida? perguntou Beatriz.

Carmem pensou, pensou e disse:

— Acho que devemos as duas dar um jeito.

— Que jeito?

— Ainda não sei.

— Mas temos que resolver.

— Pode deixar por minha conta, eu sei o que faço.

E nada de fazerem nada. Daqui a pouco seria madrugada e nada teria acontecido. Carmem

fez para as duas um café bem forte. E comeram chocolate até à náusea. E nada, nada mesmo.

Ligaram o rádio de pilha e ouviram uma lancinante música de Schubert. Era piano puro.

Carmem disse:

— Tem que ser hoje.

Carmem liderava e Beatriz obedecia. Era uma noite especial: cheia de estrelas que as olhavam

faiscantes e tranqüilas. Que silêncio. Mas que silêncio. Foram as duas para perto de Xavier para

ver se se inspiravam. Xavier roncava. Carmem realmente inspirou-se. Disse para Beatriz:

— Na cozinha há dois facões.

— E daí?

— E daí nós somos duas e temos dois facões.

— E daí?

— E daí, sua burra, nós duas temos armas e poderemos fazer o que precisamos

fazer. Deus manda.

— Não é melhor não falar em Deus nessa hora?

— Você quer que eu fale no Diabo? Não, falo em Deus que é dono de tudo. Do

espaço e do tempo.

Então foram à cozinha. Os dois facões eram amolados, de fino aço polido.

Teriam força?

Teriam, sim.

Foram armadas. O quarto estava escuro. Elas faquejaram erradamente, apunhalando o

cobertor. Era noite fria. Então conseguiram distinguir o corpo adormecido de Xavier.

O rico sangue de Xavier escorria pela cama, pelo chão, um desperdício.

Carmem e Beatriz sentaram-se junto à mesa da sala de jantar, sob a luz amarela da lâmpada

nua, estavam exaustas. Matar requer força. Força humana. Força divina.

As duas estavam suadas, mudas, abatidas. Se tivessem podido, não teriam matado o seu

grande amor.

E agora? Agora tinham que se desfazer do corpo. O corpo era grande. O corpo pesava.

Então as duas foram ao jardim e com auxílio de duas pás abriram no chão uma cova.

E, no escuro da noite — carregaram o corpo pelo jardim afora. Era difícil porque Xavier morto

parecia pesar mais do que quando vivo, pois escapara-lhe o espírito.

Enquanto o carregavam, gemiam de cansaço e de dor. Beatriz chorava.

Puseram o grande corpo dentro da cova, cobriram-na com a terra úmida e cheirosa do jardim,

terra de bom plantio. Depois entraram em casa, fizeram de novo café, e revigoraram-se um

pouco.

Beatriz, muito romântica que era — vivia lendo foto-novelas onde acontecia amor contrariado

ou perdido — Beatriz teve a idéia de plantarem rosas naquela terra fértil.

Então foram de novo ao jardim, pegaram uma muda de rosas vermelhas e plantaram-na na

sepultura do pranteado Xavier. Amanhecia. O jardim orvalhado. O orvalho era uma bênção ao

assassinato. Assim elas pensaram, sentadas no banco branco que lá havia.

Passaram-se dias. As duas mulheres compraram vestidos pretos. E mal comiam.

Quando anoitecia a tristeza caía sobre elas. Não tinham mais gosto de cozinhar.

De raiva, Carmem, a colérica, rasgou o livro de receitas em francês. Guardou o castelhano:

nunca sabia se ainda não seria necessário.

Beatriz passou a ocupar-se da cozinha. Ambas comiam e bebiam em silêncio. O pé de rosas

vermelhas parecia ter pegado. Boa mão de plantio, boa terra próspera.

Tudo resolvido.

E assim ficaria encerrado o problema.

Mas acontece que o secretário de Xavier estranhou a longa ausência. Havia papéis urgentes a

assinar. Como a casa de Xavier não tinha telefone, foi até lá. A casa parecia banhada de mala

suerte. As duas mulheres disseram-lhe que Xavier viajara, que fora a Montevidéu.

O secretário não acreditou muito mas pareceu engolir a história.

Na semana seguinte o secretário foi à Polícia. Com Polícia não se brinca.

Antes os policiais não quiseram dar crédito à história.

Mas, diante da insistência do secretário, resolveram preguiçosamente dar ordem de busca na

casa do polígamo. Tudo em vão: nada de Xavier. Então Carmem falou assim:

— Xavier está no jardim.

— No jardim? fazendo o quê?

— Só Deus sabe o quê.

— Mas nós não vimos nada nem ninguém.

Foram ao jardim: Carmem, Beatriz, o secretário de nome Alberto, dois policiais, e mais

dois homens que não se sabia quem eram. Sete pessoas. Então Beatriz, sem uma

lágrima nos olhos, mostrou-lhes a cova florida.

Três homens abriram a cova, destroçando o pé de rosas que sofriam à toa a brutalidade

humana.

E viram Xavier. Estava horrível, deformado, já meio roído, de olhos abertos.

— E agora? disse um dos policiais.

— E agora é prender as duas mulheres.

— Mas, disse Carmem, que seja numa mesma cela.

— Olhe, disse um dos policiais diante do secretário atônito, o melhor é fingir

que nada aconteceu senão vai dar muito barulho, muito papel escrito, muita falação.

— Vocês duas, disse o outro policial, arrumem as malas e vão viver em

Montevidéu. Não nos dêem maior amolação.

As duas disseram:

muito obrigada.

E Xavier não disse nada. Nada havia mesmo a dizer.

 

 

 

 

 

 

 

 

Lispector, Clarice, 1925-1977

Felicidade clandestina: contos / Clarice Lispector

Rio de Janeiro: Rocco, 1998

EDITORA ROCCO LTDA.

Rio de Janeiro, RJ

estabelecimento do texto

MARLENE GOMES MENDES

(Dra. em Literatura Brasileira pela USP /

Profa. de Crítica Textual da UFF)

 

 

Clarice Lispector

CUENTOS REUNIDOS

Prólogo de Miguel Cossío Woodward

Traducciones del portugués de

Cristina Peri Rossi, Juan García Gayó,

Marcelo Cohen y Mario Morales

1974, Lispector, Clarice

2008, Siruela

Colección: Libros del tiempo, 275

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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