el hombre que apareció

 

 

 

Era sábado por la tarde, alrededor de las seis, casi las siete. Bajé y fui a comprar Coca-Cola y cigarros. Crucé la calle y me dirigí al bar del portugués Manuel. Mientras esperaba a que me atendieran, un hombre que tocaba una pequeña gaita se aproximó, me miró, tocó una musiquita y me llamó por mi nombre. Dijo que me había  conocido en la Cultura Inglesa, donde tan sólo estudié en realidad dos o tres meses. Él me dijo:

—No me tengas miedo.

Respondí:

—No tengo miedo. ¿Cuál es su nombre?

Él contestó con una sonrisa triste, en inglés: ¿qué importa un nombre?

Le dijo al señor Manuel:

—Aquí únicamente es superior a mí esta mujer porque ella escribe y yo no.

El señor Manuel ni pestañeó. El hombre estaba completamente borracho. Tomé mis compras y ya me iba cuando dijo:

—¿Puedo tener el honor de llevarte la botella y el paquete de cigarros?

Le entregué mis compras. En la puerta de mi edificio, tomé la Coca-Cola y los cigarros. Él estaba parado junto a mí. Entonces, al parecerme su rostro muy familiar, le volví a preguntar su nombre.

—Soy Claudio.

—¿Claudio qué?

—¿Ahora esto de «qué»? Yo me llamo Claudio Brito…

—¡Claudio! —grité yo—. ¡Oh, Dios mío, por favor, sube conmigo y ven a mi casa!

—¿Qué piso es?

Le indiqué el número del apartamento y el piso. Dijo que iba a pagar la cuenta en el bar y que después subiría.

En casa estaba una amiga. Le conté lo que me había sucedido. Le dije: él es capaz de no venir por vergüenza.

Mi amiga comentó: él no viene, a un borracho se le olvida el número del departamento. Y si viene, ya no saldrá de aquí. Avísame para irme a la habitación y dejarlos a ustedes solos. Esperé y nada. Estaba impresionada por la derrota de Claudio Brito. Desanimada me cambié de ropa.

Entonces tocaron el timbre. Pregunté a través de la puerta cerrada quién era. Él contestó: Claudio Brito. Le dije: espérame ahí sentado en el banco del vestíbulo que ahora mismo te abro. Volví a cambiarme de ropa.

Claudio, él era un buen poeta. ¿Por dónde habrá andado todo este tiempo? Entró e inmediatamente se puso a jugar con mi perro, diciendo que sólo los animales lo entendían.

Le pregunté si quería café. Respondió: únicamente bebo alcohol, hace tres días estoy tomando. Yo mentí: dije que desgraciadamente no tenía nada de alcohol en casa. E insistí en el café. Me miró serio y dijo:

—No me ordenes a mí.

Contesté:

—No te estoy mandando, te estoy pidiendo que tomes café, en la cocina tengo un termo lleno de buen café.

Él dijo que le gustaba el café fuerte. Y le traje una taza para té llena de café, con poca azúcar.

Y él que no bebía. Yo insistiéndole. Entonces tomó el café, hablando con mi perro:

—Si rompes esta taza, te voy a pegar. Ve cómo me mira, él me entiende.

—Yo también te entiendo.

—¿Tú? A ti sólo te importa la literatura.

—Pues te equivocas. Mis hijos, la familia, los amigos están en primer lugar.

Me miró desconfiado, medio de reojo. Y preguntó:

—¿Juras que la literatura no te importa?

—Lo juro —le contesté, con la seguridad que viene desde la íntima veracidad. Y agregué—:

Cualquier gato, cualquier perro vale más que la literatura.

—Entonces —dijo muy emocionado—, aprieta mi mano. Yo te creo.

—¿Estás casado?

—Unas mil veces, ya ni me acuerdo.

—¿Tienes hijos?

—Tengo un crío de cinco años.

—Te voy a dar más café.

Le volví a traer la taza casi llena. Él bebió poco a poco. Dijo:

—Eres una mujer extraña.

—No lo soy —le contesté—, soy una mujer sencilla, nada sofisticada.

Me contó una historia en la que aparecía un tal Francisquito, no entendí bien quién era. Le pregunté:

—¿En qué trabajas?

—No trabajo. Estoy jubilado como alcohólico y enfermo mental.

—Tú no tienes nada de enfermo mental. Sólo que bebes más de lo que debías.

Me contó que había estado en la guerra de Vietnam. Y que durante dos años había sido marinero. Que le sentaba muy bien el mar. Y sus ojos se llenaron de lágrimas. Le dije:

—Sé hombre y llora, llora lo que quieras; ten el gran valor de llorar. Tú debes de tener muchos motivos para llorar.

—Y yo aquí, tomando café y llorando…

—No importa, llora y haz de cuenta que no existo.

Lloró un poco. Era un hombre guapo, con la barba sin hacer y abatidísimo. Se veía que había fracasado. Como todos nosotros. Me preguntó si me podía leer un poema. Le dije que lo quería oír. Abrió una bolsa, sacó de su interior un cuaderno grueso y se puso a reír al abrir las hojas. Leyó entonces el poema. Era sencillamente una belleza. Mezclaba palabrotas con las mayores delicadezas. Oh, Claudio —tenía ganas de gritar—, ¡todos nosotros somos unos fracasados, todos nos vamos a morir algún día! ¿Quién? Pero ¿quién puede decir con sinceridad que se realizó en la vida? El éxito es una mentira.

Le dije:

—Tu poema es tan bonito. ¿Tienes más?

—Tengo otro más, pero seguramente te estoy siendo inoportuno. Con seguridad quieres que me vaya.

—No quiero que te vayas por el momento. Yo te aviso a la hora que tienes que irte, pues yo me acuesto temprano.

Él buscó el poema en las páginas del cuaderno, no lo encontró, desistió. Dijo:

—Yo sé un poco sobre ti. Y hasta conocí a tu ex marido.

Me quedé quieta.

—Tú eres bonita.

Me quedé quieta. Yo estaba muy triste. Y sin saber qué hacer para ayudarlo. No saber cómo ayudar es una terrible impotencia.

Él comentó:

—Si un día me suicido…

—Tú qué te vas a suicidar —lo interrumpí—. Porque es deber de uno vivir. Y vivir puede ser bueno. Créeme.

A quien sólo le faltaba llorar era a mí. No había nada que yo pudiera hacer. Le pregunté dónde vivía. Me contestó que tenía un departamentito en Botafogo. Le dije: vete a tu casa y duerme.

—Primero tengo que ver a mi hijo, está con fiebre.

—¿Cómo se llama tu hijo?

Me lo dijo. Repliqué: tengo un hijo con el mismo nombre.

—Lo sé.

—Le voy a regalar un libro con una historia infantil que una vez escribí para mis hijos. Léesela en voz alta al tuyo. Le di el libro, le escribí una dedicatoria. Él guardó el libro en su especie de maleta. Yo desesperada.

—¿Quieres Coca-Cola?

—Tú tienes la manía de ofrecer café y Coca-Cola.

—Es porque no tengo otra cosa que ofrecerte.

En la puerta él besó mi mano. Lo acompañé hasta el ascensor, apreté el botón de la planta baja y le dije:

—Ve con Dios, por amor de Dios.

El ascensor bajó. Entré a la casa, fui apagando las luces, le avisé a mi amiga, quien en seguida salió, me cambié de ropa, tomé una medicina para dormir y me senté en la sala oscura fumando un cigarro. Me acordé de que Claudio, hacía pocos minutos, me había pedido el cigarro que fumaba. Se lo di. Él fumó. También dijo: un día voy a matar a alguien.

—No es verdad, no lo creo.

Me había hablado también de un tiro de gracia que le dio a un perro que estaba sufriendo. Le pregunté si había visto una película llamada en inglés They do kill horses, don’t they? Y que en portugués la habían denominado La noche de los desesperados. Sí la había visto.

Me quedé mirando. Mi perro me miraba en la oscuridad. Eso fue ayer sábado. Hoy es domingo, 12 de mayo, Día de la Madre. ¿Cómo puedo ser madre para este hombre? Me pregunto y no encuentro la respuesta. No hay respuesta para nada. Me fui a acostar. Yo había muerto.

 

 

 

 

o homem que apareceu

 

 

 

Era sábado de tarde, por volta das seis horas. Quase sete. Desci e fui comprar coca-cola e cigarros. Atravessei a rua e dirigi-me ao botequim do português Manuel.  Enquanto eu esperava que me atendessem, um homem tocando uma pequena gaita se aproximou, olhou-me, tocou uma musiquinha e falou meu nome. Disse que me conhecera na Cultura Inglesa, onde só estudei na verdade dois ou três meses. Ele me disse:

— Não tenha medo de mim. Respondi:

— Não estou com medo. Qual é o seu nome?

Ele respondeu com um sorriso triste, em inglês: o que importa um nome?

Disse a seu Manuel:

— Aqui só é superior a mim essa mulher porque ela escreve e eu não.

Seu Manuel nem piscou. E o homem estava completamente bêbedo. Apanhei as minhas compras e ia embora quando ele disse:

— Posso ter a honra de segurar a garrafa e o pacote de cigarros?

Entreguei minhas compras para ele. Na porta do meu edifício, peguei a coca-cola e os cigarros. Ele parado diante de mim. Então, achando seu rosto muito familiar, tornei a perguntar-lhe o nome.

— Sou Cláudio.

— Cláudio de quê?

— Ora essa, de que o quê? Eu me chamava Cláudio Brito…

— Cláudio! gritei eu. Oh, meu Deus, por favor suba comigo e venha para a minha casa!

— Que andar é?

Eu disse o número do apartamento e o andar. Ele disse que ia pagar a conta no botequim e que depois subia. Em casa estava uma amiga. Contei-lhe o que me acontecera, disse-lhe: ele é capaz de não vir por vergonha. Minha amiga disse: ele não vem, bêbedo esquece número de apartamento. E, se vier, não sairá mais daqui. Me avise para eu ir para o quarto e deixar vocês dois sozinhos. Esperei — e nada. Estava impressionada pela derrota de Cláudio Brito.

Desanimei e mudei de roupa. Então tocaram a campainha. Perguntei através da porta fechada quem era. Ele disse: Cláudio. Eu disse: você espere aí sentado no banco do vestíbulo que eu abro já. Troquei de roupa. Ele era um bom poeta, Cláudio. Por onde andara esse tempo todo? Entrou e foi logo brincando com o meu cachorro, dizendo que só os bichos o entendiam. Perguntei-lhe se queria café. Ele disse: só bebo álcool, há três dias que estou bebendo. Eu menti: disse-lhe que infelizmente não tinha nenhum álcool em casa.

E insisti no café. Ele me olhou sério e disse:

— Não mande em mim. Respondi:

— Não estou mandando, estou lhe pedindo para tomar café, tenho na copa uma garrafa térmica cheia de bom café. Ele disse que gostava de café forte. Eu lhe trouxe uma xícara de chá cheia de café, com pouco açúcar.

E ele nada de beber. E eu a insistir. Então ele bebeu o café, falando com o meu cachorro:

— Se você quebrar esta xícara vai apanhar de mim. Veja como ele me olha, ele me entende.

— Eu também entendo você.

— Você? a você só importa a literatura.

— Pois você está enganado. Filhos, famílias, amigos, vêm em primeiro lugar.

Olhou-me desconfiado, meio de lado. E perguntou:

— Você jura que a literatura não importa?

— Juro, respondi com a segurança que vem de íntima veracidade. E acrescentei: qualquer gato, qualquer cachorro vale mais do que a literatura.

— Então, disse muito emocionado, aperte minha mão. Eu acredito em você.

— Você é casado?

— Umas mil vezes, já não me lembro mais.

— Você tem filhos?

— Tenho um garoto de cinco anos.

— Vou lhe dar mais café.

Trouxe-lhe a xícara de novo quase cheia. Ele bebeu aos poucos. Disse:

— Você é uma mulher estranha.

— Não sou não, respondi, sou muito simples, nada sofisticada.

Ele me contou uma história em que entrava um tal de Francisquinho, que não entendi bem quem era. Perguntei-lhe:

— Em que é que você trabalha?

— Não trabalho. Sou aposentado como alcoólatra e doente mental.

— Você não tem nada de doente mental. Só que bebe mais do que devia.

Ele me contou que tinha feito a guerra do Vietnã. E que fora durante dois anos marinheiro. Que se dava muito bem com o mar. E seus olhos se encheram de lágrimas. Eu disse:

— Seja homem e chore, chore quanto quiser; tenha a grande coragem de chorar.

Você deve ter muito motivo para chorar.

— E eu aqui, bebendo café e chorando…

— Não importa, chore e faça de conta que eu não existo.

Ele chorou um pouco. Era um belo homem, com barba por fazer e abatidíssimo. Via-se que havia fracassado. Como todos nós. Ele me perguntou se podia ler para mim

um poema. Eu disse que queria ouvir. Ele abriu uma sacola, tirou de dentro um caderno grosso, pôs-se a rir, ao abrir as folhas. Então leu o poema. Era simplesmente uma beleza. Misturava palavrões com as maiores delicadezas. Oh Cláudio — tinha eu vontade de gritar — nós todos somos fracassados, nós todos vamos morrer um dia! Quem? mas quem pode dizer com sinceridade que se realizou na vida? O sucesso é uma mentira.

Eu disse:

— É tão bonito o seu poema. Você tem outros?

— Tenho mais um, mas com certeza você está sendo importunada por mim.

Com certeza você quer que eu vá embora.

— Não quero que você vá embora por enquanto. Aviso-lhe quando for a hora de você sair. Porque eu durmo cedo.

Ele procurou o poema nas páginas do caderno, não encontrou, desistiu. Disse:

— Eu sei um bocado de coisas de você. E até conheci o seu ex-marido.

Fiquei quieta.

— Você é bonita. Fiquei quieta.

Eu estava muito triste. E sem saber o que fazer para ajudá-lo. É uma terrível impotência, essa de não saber como ajudar. Ele me disse:

— Se eu um dia me suicidar…

— Você não vai se suicidar coisa alguma, interrompi-o. Porque é dever da gente viver. E viver pode ser bom. Acredite.

Quem só faltava chorar era eu. Não havia nada que eu pudesse fazer. Perguntei-lhe onde morava. Respondeu que tinha um apartamento zinho em Botafogo. Eu disse: vá para a sua casa e durma.

— Antes tenho que ver meu filho, ele está com febre.

— Como se chama seu filho?

Ele disse. Retruquei: tenho um filho com esse nome.

— Eu sei disso.

— Vou lhe dar um livro de história infantil que eu uma vez escrevi para os meus filhos. Leia alto para o seu.

Dei-lhe o livro, escrevi a dedicatória. Ele guardou o livro na sua espécie de maleta. E eu em desespero.

— Quer coca-cola?

— Você tem mania de oferecer café e coca-cola.

— É porque não tenho mais nada para oferecer.

A porta ele beijou minha mão. Acompanhei-o até o elevador, apertei o botão do térreo e lhe disse: vá com Deus, pelo amor de Deus. O elevador desceu. Entrei em casa, fui fechando as luzes, avisei minha amiga que logo em seguida saiu, mudei de roupa, tomei um remédio para dormir — e me sentei na sala escura fumando um cigarro. Lembrei-me que Cláudio, há poucos minutos, tinha pedido o cigarro que eu estava fumando. Eu dei. Ele fumou. Ele também disse: um dia mato alguém.

— Não é verdade, eu não acredito.

Tinha me falado também num tiro de misericórdia que dera num cachorro que estava sofrendo. Perguntei-lhe se vira um filme chamado em inglês They do kill horses, don’t they? e que em português se chamara A noite dos desesperados. Ele tinha visto, sim.

Fiquei fumando. Meu cachorro no escuro me olhava. Isso foi ontem, sábado. Hoje é domingo, 12 de maio, Dia das mães. Como é que posso ser mãe para este homem? pergunto-me e não há resposta. Não há resposta para nada. Fui me deitar. Eu tinha morrido.

 

 

 

 

Clarice Lispector

CUENTOS REUNIDOS

Prólogo de Miguel Cossío Woodward

Traducciones del portugués de

Cristina Peri Rossi, Juan García Gayó,

Marcelo Cohen y Mario Morales

2008, Siruela

Colección: Libros del tiempo, 275

Lispector, Clarice

A via crucis do corpo

Rio de Janeiro

Rocco, 1998